Necesito escribir esto antes de que el día se lo lleve, antes de que me parezca difuso, antes de que se esfume entre los miles de pensamientos que pasan en mi día.
Eran las ocho de la mañana. Apenas despertaba cuando te llamé, recuerdo la sensación de calor de las sábanas y la pantalla... solo no recuerdo cómo empezó la conversación, recuerdo cómo terminó: dejándome llena de preguntas, de esas que se meten entre las grietas.
Hablar contigo siempre se siente distinto, no bien, no mal, solo distinto, casi etéreo.
Hay una calma en tu voz que parece saber el camino incluso cuando todo alrededor se mueve. Imperturbable, si pudiera utilizar una palabra para ti sería esa, me gusta cómo miras las cosas, cómo las sostienes con firmeza, seguridad y ese maldito encanto que tienes y del cual estoy segura que eres consciente.
Y, al mismo tiempo, como si fuese tu pasatiempo favorito (es un chiste) -me desarmas- hay una frase de un rapero con la que siempre me acuerdo de ti -"Supongo que la química se dio Y que nuestras pláticas casi eran prácticas de terror"
Es extraño. Es como si, cada vez que hablamos, me desnudara frente a ti e, inversamente proporcional, tuviera que quitarme una capa más y quedarme frente a mí, sin posibilidad de esconderme. Me dejas pensando durante horas, acompañada de preguntas que no sabía que necesitaba hacerme.
Y eso, aunque a veces incomode, es un regalo y de algún modo, lo más disfrutable de mi existencia.
Después de hablar contigo, el día cambió. Los pendientes dejaron de pesar. El tiempo comenzó a avanzar. Hice todo lo que tenía que hacer y, por primera vez en días, sentí que respiraba sin prisa.
Más tarde me senté a comer, encendí la televisión y, por un momento, el mundo guardó silencio. Fue un instante pequeño, pero suficiente para recordar que soy más que todo lo que está pasando y que también lo que está pasando es el resultado inherente de mis decisiones.
Necesitaba dejar esto escrito.
Porque cada conversación contigo es como recibir una caja cerrada, un acertijo que no sé si podré resolver y un montón de posibilidades. Tú nunca me das la respuesta; solo me entregas la llave de una pregunta. Y soy yo quien, poco a poco, encuentra la forma de abrirla.
No sé si alguna vez sabrás el efecto que tienes en mí.
Pero, aunque haya miles de kilómetros entre nosotros y nuestras vidas sean tan distintas, siempre consigues mover algo dentro de mí.
Gracias por tu tiempo.
Y gracias por recordarme, una conversación a la vez, que todavía hay mucho de mí por descubrir, gracias por cambiar mi vida, a base de palabras, te pienso y mientras escribo esto mira:
















