Por qué deberían escuchar Slowdive
Vamos a empezar el año dando la turra. Feliz 2026, por cierto.
Este año me recibe con una mezcla rara de alivio y vértigo, como si hubiera cruzado una puerta que llevaba meses atascada. Después de casi tres meses de bloqueo absoluto: ideas que se quedaban a medio formar, textos que parecían prometer algo y luego se desinflaban, esa sensación de estar mirando una página en blanco que te mira de vuelta, etc. por fin he vuelto a sentir esa chispa. Esa necesidad de escribir hasta en las paredes de mi habitación.
Eso sí, aunque no escribiera, nunca dejé de escuchar música ni de leer. Esas dos cosas son mis constantes vitales.
Y fue precisamente escuchando música cuando me llegó la iluminación de fin de año. Estaba revisando mi biblioteca de álbumes escuchados, haciendo ese ritual de despedida para lo que escuché en el 2025, qué te ha salvado, qué te ha transformado. Y entonces apareció Souvlaki, el disco de mi queridísimo Slowdive, y me golpeó de lleno la memoria emocional. Ahí empezó todo. Bueno, ahí y con Lana del Rey, pero Lana merece su propio capítulo, su propio altar, su propia publicación. Hoy no toca. Hoy toca Slowdive.
Mi despertar musical llegó de forma casi accidental. Un día, allá por la post‑pandemia, vi Persépolis (recomendadísima, de verdad). Y no sé si fue la película, el estado mental en el que estaba o una alineación cósmica, pero una cosa llevó a la otra y terminé escuchando Souvlaki Space Station como quien mira a los ojos a un animal salvaje en un momento de conexión espiritual. De repente estaba sola en una galaxia fría, suspendida en un vacío inmenso, pero con un fulgor cálido que me atravesaba entre capas de distorsión. Era como si la música te envolviera en una especie de niebla luminosa, un abrazo extraño que no te promete nada pero te sostiene igual. Primero llegó Souvlaki, luego Just for a Day, después el concepto entero del shoegaze (sí, sí, lo de mirarse los pies), Pygmalion… y ya no hubo vuelta atrás.
Y Just for a Day, uf. Déjame empezar. Me acompañó en algunos de mis momentos más duros. Recuerdo salir en invierno para coger el autobús de las 6 a.m.: oscuridad absoluta, ese frío que te muerde los dedos, la parada llena de cuerpos encogidos esperando en silencio. Y yo, con los auriculares puestos, simplemente le daba a reproducir. Tiene temas que empiezan despacio, sin prisa, sin agobiar, se iban construyendo como si respiraran. Y luego estaba Primal, que me parece una barbaridad de canción. Qué bonito era aquel trayecto, viendo cómo el día empezaba mientras el mundo seguía medio dormido.
Debo admitir que no soy la persona más objetiva del mundo cuando se trata de Slowdive. Me gustan todos sus discos —unos más que otros, claro—, pero incluso los que menos me tocan tienen algo que me atrapa. Me parece que tienen una discografía impecable, coherente y honesta. Slowdive no es solo un grupo que escucho. Es un lugar al que vuelvo.
Al igual que muchas otras cosas en la vida, Slowdive y su música me han moldeado hasta convertirme en la persona que soy hoy con los gustos que me definen y la sensibilidad que me acompaña. Gracias a ellos descubrí no solo que me gusta la música, sino que puedo apreciarla desde un lugar distinto, más profundo, más consciente. Con ellos la música no es solo melodía o ritmo, sino atmósfera, textura e intención. Y desde entonces disfruto analizándola, desmenuzándola, dejándome llevar por lo que me provoca. Es como si me hubieran abierto una puerta que yo no sabía cómo cruzar. Y quizá por eso, empezar el año hablando de ellos me parece casi un acto de justicia.