El chico continuó rodeando a la pelirroja con sus brazos, sintiendo un nudo tan fuerte en su estómago que sentía que estaba a punto de echar lo que había comido aquella tarde. Tragó saliva, intentando disipar sus nervios, pero no consiguió nada. Verla así estaba matándole lentamente, pero tampoco le gustaba el rumbo que estaban tomando las cosas en su relación. Era complicado. Enredó sus dedos en el cabello de la muchacha y lo acarició durante un par de minutos, esperando que se calmara, aunque aquello nunca sucedió. Escuchó sus palabras, sus sollozos y titubeos, y no era capaz de articular la frase que ella quería escuchar. Estaba demasiado dolido y decepcionado como para engañarse a sí mismo. —Mack, por favor—. Pidió en un susurro cuando ella volvió a aferrarse a su cuerpo como a una tabla en medio del océano. —Por favor, necesito tiempo. Necesito que comprendas cómo me siento. Necesito alejarme un poco de ti—. No era capaz de expresarse con claridad: no quería herirla con ninguna de sus palabras. —Estoy seguro de que solo así conseguiré saber qué es lo mejor para ambos. Si es estar juntos, te juro que volveré—. La miró a los ojos de nuevo y acarició sus mejillas, borrando las lágrimas. —Y tú también sabrás si quieres estar conmigo, si eso es lo mejor para ti ¿vale? Me voy a ir ahora. No sigas llorando. Solo piensa en lo mejor para ti, en lo nuestro. En… todo, solo piénsalo—.
Sentía que caía y caía en un hoyo negro que se negaba a escupirla, neutralizando sus sentidos y extendiendo por sus venas un líquido tan venenoso y espeso como el alquitrán, el cual la destruía poco a poco mientras ella se abrazaba a algo que no tenía salvación, que estaba perdido. No podía hacer nada, ya nada tenía sentido, así que solo le quedó obligarse a dejar ir lo que de una u otra manera quería irse de su lado. Tomando una honda respiración, dejó caer sus brazos sin vida a cada costado de su cuerpo mientras sus piernas daban dos pasos hacia atrás para retirarse de un calor que no la calentaba sino que helaba cada uno de sus huesos. Volvió abrazarse a sí misma, sintiéndose tan perdida como una niña pequeña mientras observaba sin ver sus pies sobre una Tierra que sentía que no la sostenía. No, ya no estaba en la Tierra, ahora estaba en un hoyo negro. “Está bien” dijo, su voz rota, sin vida, sus labios a penas moviéndose. “Está bien” repitió, dando otro paso hacia atrás para poner más distancia entre su corazón roto y quien lo había destrozado. “Está bien” volvió a decir, asintiendo sin sentir que lo hacia ante las palabras del muchacho. “Adiós, Zed” se despidió finalmente, lágrimas silenciosas aún corriendo por sus mejillas cuando decidió volver a ver aquel rostro que tanto amaba antes de marcharse. Sus ojos verdes, siempre llenos de vida, demostrando el amor que sentían, lo observaron esta vez sin expresión y sin emociones, completamente vacíos mientras sus brazos se apretaban un poco más contra su anatomía al mismo tiempo que sus pies retrocedían otro paso. Ya no había un porqué por el cual quedarse, las cosas habían sido dichas y ella sobraba en tan lúgubre momento. Mordiendo su labio inferior, giró su cuerpo entero hasta darle la espalda al Sigma, moviendo la cáscara vacía que era su cuerpo hacia su hermandad para dejar tras de sí lo único que había logrado hacerla cambiar.