Golpeó la puerta y esperó; a veces esos segundos pueden durar una eternidad. Cuando la puerta se abrió, respiró hondo y entró. Nadie dijo nada, es como si estuviese esperando que el azar decidiese por propia voluntad sobre lo que puede llegar a pasar en los próximos minutos.
- Sentate por favor. Contame ¿Cómo estuviste estos dÃas? -
Comenzó a buscar en su mente la respuesta correcta. La sabÃa, pero no podÃa decirla. No podÃa lograr que esas palabras salieran de su boca. Todo lo que habÃa estado pensando en el camino se esfumó de su mente; se mezclaron las oraciones, el sentido de lo que querÃa decir.
-Bien, normal- La certeza de que esa respuesta era muy vaga se hacia notar en el ambiente. Nadie que tuvo una semana normal lo relata de esa manera. Aprendió que tener dÃas normales es sinónimo de que cosas más grandes se estaban desarrollando en las sombras y en cualquier momento atacaban. No le gustaban esas certezas. Siempre prefirió pensar lo peor para que, cuando ocurriese, contase con los elementos necesarios para manejarse. Es mejor sorprenderse con las cosas buenas y no con las malas. Hay que estar preparado, es su frase de cabecera para justificar su pesimismo disfrazado de realismo.
Se miraron sin verse. No sabÃan bien qué esperaban encontrar en la otra persona, pero eso no importaba. Las miradas pesaban, querÃan saber más allá de lo que las simples palabras pueden expresar.
-Aja… ¿normal cómo? - Por lógica y profesión, se permitÃa realizar esas preguntas. Las frases no especificas le molestaban, necesitaba saber más…sino, ¿de qué otra manera podrÃa ayudar? -
- Pensé en vos- tres palabras que salieron de su boca sin permiso. HabÃan estado bailando en su pensamiento desde que tomó la decisión de confesarse, porque no podÃa más con el secreto en su cabeza. - Pero no de la manera que, supongo, te imaginás. Pensé en vos por fuera de estas cuatro paredes, lejos de la estructura profesional que nos acerca tan limitadamente. Pensé en vos riendo, con una copa en la mano, mirándome por encima de ella cuando tomás un sorbo. Pensé en vos cuando te acomodás el pelo, agarrándolo desde la nuca y deslizando tus dedos hacia arriba, siempre mirándome. Pensé en vos más cerca de mÃ, tanto que puedo escuchar tus latidos yendo a la par con tu respiración. Pensé en vos, conmigo. No está bien, pero pensé en vos. –
Su mirada, mezcla de sorpresa y satisfacción, inundó el ambiente. Por momentos se cruzaban con unos ojos tÃmidos, vulnerables después de haberse confesado. No habÃa dicho nada tan grave, pero si muy importante. Una verdad que carcomÃa su pensamiento, un sentimiento que ya no podÃa controlar. Tal vez, pensó, estuvo mal decirlo de esa manera. Pero no encontraba otra.
Una frase seca que, por momentos, creyó indiferente. Comenzaban a aparecer, uno tras otro, los sentimientos de culpa, de vulnerabilidad, de ansiedad. TendrÃa que haber sido capaz de dominar ese torbellino de sensaciones que nacÃan cuando el retrato de su cara y el sonido de su voz se instalaban en su cabeza y no habÃa manera de frenar a su imaginación. Hasta que, por fin, habló.
- Pensaste en mÃ. Por fuera de estas cuatro paredes, en una situación muy lejana y diferente a la que nos reúne. No está bien, pero pensaste en mÃ. Y no sólo lo pensaste, sino que lo hiciste tangible con palabras, que salieron de tu boca una tras una, sin mediar consecuencias, sin importar el efecto que pueden llegar a causar. Pensaste en mÃ, pensaste en vos conmigo. En una copa en mi mano, en mis ademanes rutinarios como acomodarme el pelo, con mis ojos clavados en los tuyos. -
- Si. Pensé en eso y mucho más, que no me atrevo a decir. Prefiero que esos pensamientos queden en mi cabeza nada más. Mis fantasÃas no suelen tener un ápice de realidad. Todo sucede mejor en mi imaginación-
Ya no podÃan mantener la mirada, y mucho menos cuando comenzó a jugar con su pelo, llevándolo desde la nuca hacia arriba. Comenzó a latir fuerte su corazón, los nervios le jugaban una mala pasada haciendo que sus manos empiecen a transpirar. Se habÃa metido en un lÃo de proporciones gigantes, todo por dejar escapar sus sentimientos. Pensó en levantarse, cruzar esa puerta para no volver, y que todo lo que haya crecido en su interior comience a marchitarse, para luego convertirse en una anécdota más.
El silencio se hizo cada vez más pesado. Se escuchaba como respiraban. Se miraban, profundamente, y luego bajaban la mirada. AbrÃan la boca para acotar algo, pero ya las palabras no salÃan.
-Esperame, ya vuelvo- se levantó y salió por esa puerta.
Esta es mi oportunidad. Tengo que salir. Borrar su número, no venir más. Puedo conseguir ayuda en otro lugar, menos peligroso, menos tentador. Pensó. Se puso de pie frente a la puerta, cuando escuchó unos pasos, sus pasos, regresar.
- ¿Te ibas a algún lado? TodavÃa tenemos tiempo- Le dijo, sonriendo.
Volvió a sentarse, con resignación, esperando el veredicto del acto tan valiente como estúpido, de haberse confesado. Y al levantar la vista, vio que tenÃa dos copas y una botella de vino recién abierta. Sonrió.
-Quiero que me cuentes todo, con lujo de detalles- Fueron las palabras que salieron de su boca, mientras servÃa las copas y se encontraba con sus ojos, nuevamente clavados en los suyos.
Se sentaron en el piso, muy cerca, casi rozándose, mientras, lentamente, se iba cerrando la puerta.