'Tala' (1984) es buen ejemplo de esa visión ácida que tenía Thomas Bernhard de la vida y de los hombres. Un sillón orejero, desde el que el narrador observa a unos viejos amigos que ya no son lo que eran, como la sociedad en la que convive a su pesar y a la que va fulminando, se erige en una plataforma para diseccionar de manera implacable a sus compatriotas y a Viena, a los que profesa amor y odio: «Naturalmente, tenían también, en su monstruosidad y repulsión, cosa que hay que decir, su encanto austríaco, por decirlo así».
Bernhard expone aquí su reflexión sobre el arte, sobre un entorno que doblega a la voz original y al pensamiento divergente, que arrolla, que tala el esplendor: «Los jóvenes se marchan a la capital (Viena) y se desgracian en el sentido más exacto de la palabra, allí donde lo esperaban todo, por la brutalidad de la sociedad y por su propia naturaleza, que la mayoría de las veces no está a la altura de esa gran ciudad devoradora de hombres».
En 'Tala', el narrador es invitado a una «cena artística» en casa del matrimonio Auersberger, en lo que debería ser punto de encuentro de figuras vienesas de la cultura justo después del estreno en el Burgtheater de 'El pato salvaje', de Ibsen, cuyo actor principal será el reclamo de la reunión. El discurso del narrador, circular, obsesivo, es 'estilo Bernhard', inconfundible en su búsqueda de recovecos en los que tropezarse y de callejones sin salida. La repetición de palabras, su ritmo al ralentí, le sirve para ofrecer un paisaje de decadencia e inmovilismo, repleto de agujeros negros: «Cuando pienso que no han llegado a nada en Viena, a nada en absoluto, lo pienso con conciencia de que ellos mismos no saben en absoluto que no han llegado a nada».
En su sillón orejero, el narrador describe a los presentes mientras se aguarda la llegada del actor de 'El pato salvaje'. Ello le sirve para recordar también sus comienzos como escritor hace dos décadas, cuando todos los que le rodean en la cena, odiados ahora, eran amados e idolatrados entonces. Con una copa en la mano recuerda la frescura de las composiciones musicales del anfitrión, John Auersberger, ahora constituido en mero «onanista de la sociedad». O a Jeannie Billroth, que siguió el camino que va «de joven talento a repelente artista oficial». O a Joana, una amiga íntima, su único anhelo, que se ha suicidado recientemente, en los principios joven promesa de la actuación y, al final, víctima del fracaso, del intento de hacer carrera a cualquier precio, destacada como la antítesis del invitado al que ansiosamente se espera: el intérprete triunfal del Burgtheater. «De ellos fui amigo hace treinta, incluso hace sólo veinticinco años, pensaba, y no lo comprendía», afirma el narrador, espectador del desfile de rostros finiquitados, frente a las cadenas de las relaciones humanas que, de repente, se aflojan por aborrecimiento.
Ahora están todos reunidos en un piso cualquiera de la Gentzgasse, dentro de esa ciudad devoradora de hombres, y ya ninguno tiene veinte años o un porvenir, ni siquiera el narrador, que se sabe en la misma trampa que el resto. «Si aparece un talento, al cabo de poco tiempo se ve que no es ningún talento», dicen, a sabiendas de la inevitabilidad de la tala del individuo/artista en el seno de la sociedad/Estado. Aquí sólo se dispone de lo injusto, como diría alguno en el eco de ese compartimento estanco de los Auersberger, anclado en un deprimente 'aquí y ahora' con aroma a gulash y lucioperca. Desde un simple sillón se vislumbra el desmoronamiento moral de toda una sociedad y ese piso de la Gentzgasse se acaba convirtiendo en la tumba del mundo. Pero cuando todo está tan negro, sólo queda la huida, al amparo de todas las contradicciones humanas: «Pensaba mientras corría que aquella ciudad por la que corría, por espantosa que la encuentre siempre, es para mí, sin embargo, la mejor de las ciudades, esa Viena odiada, siempre odiada por mí, era otra vez de repente para mí querida, mi querida Viena».
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