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Flashback: BerlÃn - 1940
Los niños se hallaban acostados en una habitación en lo más alto de la casa. Esa casa que debÃan compartir con otras dos familias judÃas que se escondÃan allà de las garras de los nazis. La casa en sà no estaba mal pero era demasiado pequeña para tres familias con tantos niños. A los hijos de Arabella no les gustaba quedarse en el ático donde vivÃan demasiado tiempo pero su madre les habÃa amenazado con meterles chinches debajo de las sábanas sino hacÃan lo que les decÃa. Asà que se pasaban las horas muertas en el ático, jugando a las cartas o contando las motas de polvo de los estantes.
Morgana y Lancelot apenas contaban con cinco años, por lo que se entretenÃan más rápidamente con cualquier cosa que encontrasen. Sobretodo Morgana, quien ideaba mágicos mundos donde vivÃan grandes aventuras con amigos tan variopintos como un pato que hablaba o una lechuga cantarina. La mayorÃa de las veces jugaba con Lancelot, quien solÃa hacer de pirata o de leñador o de ogro de los montes. SolÃan esconderse debajo de la mesa del comedor, como si fuera un refugio donde sus sueños pudieran cobrar vida a traves de las descripciones que hacÃan.
Sin embargo, aquella noche los juegos quedaron en un segundo plano. Se habÃan ido pronto a la cama, luego de que su padre apareciese brevemente para darles las buenas noches. Los mellizos no solÃan enterarse de las visitas de su padre, pues aparecÃa poco por casa. Su madre les habÃa dicho que tenÃa un trabajo muy importante que le llevaba a viajar por todo el mundo y que suerte tenÃan de que pudiera sacar tiempo para verlos. Eso solÃa sentar mal tanto a Morgana como a Lancelot; eran pequeños pero no entendÃan por qué su madre los regañaba cuando únicamente habÃan preguntado por qué su padre pasaba tan poco tiempo en casa.
Si es que aquello podÃa llamársele casa.
La noche habÃa caÃdo a plomo sobre la ciudad de BerlÃn, haciendo que las calles se volviesen más peligrosas. Todas las familias estaban recogidas en sus respectivas casas y Arabella echó un vistazo en la habitación donde descansaban sus hijos: Tristán dormÃa en una cama contra la pared mientras que los mellizos debÃan compartir el lecho por falta de espacio. Luego de arroparlos cuidadosamente, cerró la puerta tras de sÃ, con el candil en una mano para dirigirse a su habitación.
El reloj de la sala dio las tres de la mañana cuando Morgana abrió uno de sus ojos azules. Lancelot dormitaba a su lado con un gesto asustado en su rostro. SolÃa pasarle, tenÃa muchas pesadillas y Morgana siempre intentaba calmarlo cuando se despertaba en medio de la noche gritando como un poseso. Le dio un beso en la mejilla, cosa que hizo a Lancelot relajarse mÃnimamente, girándose en la cama.
Entonces, comenzaron los ruidos.
Al principio no fueron excesivamente fuertes. Los tÃpicos que cabrÃan esperar de una casa habitada por tres familias pero un ruido más intenso que los anteriores hizo que los tres hermanos se despertaran de golpe.
—Tranquilos -les dijo Tristán a sus hermanos, saliendo de la cama apresuradamente, retirando el cacho de manta roÃda con el que se tapaba a duras penas del duro invierno alemán. Las mantas mas gordas y consistentes habÃa preferido dejarlas para sus doshermanos, a los cuales dirigió una mirada segura y tranquila- Seguro que son las ratas -añadió dirigiéndose hacia la puerta cuyas bisagras gruñeron escandalosamente en mitad del silencio de la noche.Antes de cerrar a sus espaldas, lanzó una última mirada por encima de su hombro a Lancelot y a Morgana, viendo la mueca asustadiza del primero y la desconfiada de la segunda. Torció una comisura antes de que la puerta se cerrase del todo y le dejase en mitad de la oscuridad del pasillo que daba a la habitación de su madre. Comenzó a avanzar en pequeños pasos donde la madera crujÃa levemente bajo las plantas de sus pies descalzos -pues ese mismo dÃa habÃa perdido el último par de sus calcetines en la calle- y se detuvo en mitad del pasillo, intentando ver algo por el resquicio de la puerta que daba a la oscura habitación de su madre.—¿Mamá? -preguntó el niño y se humedeció los labios ansioso, escuchando como unos extraños ruidos procedÃan de la habitación de la mujer.El inevitable sentimiento de miedo hizo mella en el muchacho de diez años que tuvo que cerrar los ojos unos instantes y pensar qué harÃa su padre. A diferencia de sus hermanos pequeños, que apenas sabÃan nada de él, Tristán sà compartÃa el efÃmero tiempo que pasaba en casa su padre. Era poco pero intentaba aprovecharlo al máximo. Por eso, su mente recreó la voz de su padre que le aseguró que no tenÃa porque tener miedo y hundió su mano en el bolsillo de su pantalón, extrayendo una pequeña medalla de plata donde él mismo habÃa rayado con la punta de una pequeña navaja que tenÃa el apellido McCoy. Se la habÃa regalado su padre, una de las pocas pertenencias que tenÃa de él. Por lo que frotando con dos dedos de su mano derecha dicha medalla, como si aquel objeto le imprimiera el valor que comenzaba a faltarle, llegó hasta la puerta de la habitación de su madre y empujó la puerta, que emitió el mismo chirrido que habia producido la de su habitación.—¿Mamá? -repitió Tristán, observando desde la puerta que la cama estaba desecha pero no habÃa rastro de su madre. ¿HabrÃa salido también al escuchar el ruido? Imposible, la hubiera visto.La cortina de la ventana hizo un leve frufru indicando que estaba abierta. Pero más que eso, la habitación habÃa disminuido tanto la temperatura que prontamente los dientes de Tristán comenzaron a castañear. Apenas habÃa dado un par de pasos para asomarse a la ventana cuando una gota de sangre le cayó justamente en el hombro. Al mirar hacia arriba se encontró con el rostro maltrecho de su madre, con la boca tapada por una gigantesca garra parecida a la rama de un árbol. Arabella sangraba por una herida en el estómago y tenÃa varias heridas desperdigadas por todo el torso y el rostro. El cuerpo al que pertenecÃa esa garra quedaba oculto entre las sombras de las vigas pero el ruido chirriante de sus dedos le quedarÃa grabado a fuego para el resto de su vida.—¿Tristán? Morgana y Lancelot, agarrados de la mano, se asomaron a la habitación. En ese momento, su madre consiguió deshacerse del agarre del ser, cayendo al suelo con una herida sangrante en el torso.—¡Corred! —les dijo a los mellizos que, asustados, retrocedieron un par de pasos. Arabella tomó en brazos a Tristan en el momento justo en que el ser a sus espaldas caÃa de pie al suelo y, manchando a su hijo de sangre, lo tiró por la ventana en el momento justo en que aquella cosa la atravesaba de lado a lado con uno de sus afilados brazos.
El cuerpo de Tristán salió impulsado por la ventana y, en una acto reflejo para detener el impacto de la caÃda, alargó una de sus manos aferrando la cortina que se rasgó según su cuerpo rodaba por el pequeño tejadillo que terminaba en una caÃda de dos pisos. Tristán largó un grito cuando sintió como la cortina se rompÃa del todo y apenas le quedaba un metro hasta llegar al borde. Pero entonces se aferró al canalón con ambas manos, viendo de reojo como la cortina caÃa creando un leve vuelo hasta quedar esparcida en el suelo.Impulsándose sobre sus fuertes brazos, esos que ayudaban a descargar los pocos camiones de alimentos que entraban en la capital, labor por la que se ganaba unas cuantas monedas, consiguió trepar hasta el tejado y llegar a la ventana nuevamente. Un fuerte olor a lo que supuso era sangre impactó contra sus fosas nasales en cuando sus dos pies cayeron sobre el suelo de madera, el cual estaba tan empapado de sangre que Tristán se resbaló y cayó sobre un gran charco del lÃquido carmesà procedente del cuerpo de su madre, del cual no habÃa rastro ninguno.—¿Morgana? ¿Lancelot? -preguntó Tristán poniendose en pie torpemente, manchado completamente de sangre.Salió de la habitación y de nuevo el pasillo le embargó en su oscuridad. Se detuvo en seco al escuchar el crujido de las vigas por encima de su cabeza y apretó los dientes hasta hacerles rechinar.—Muéstrate, demonio -escupió entre dientes un Tristán que dio dos pasos mas hacia delante, alargando una de las manos para tantear en la oscuridad y dar con la varilla de metal con la que abrÃan las contraventanas del techo. Si esa bestia saltaba sobre él, la golpearÃa con ello hasta que su sangre le manchase tambien las ropas y la piel.
Morgana y Lancelot se habÃan escondido en un armario de la cocina. Uno de esos debajo del fregadero donde cabÃan a duras penas desde que habÃan empezado a crecer. Lancelot tenÃa una mano tapándose la boca mientras Morgana miraba de vez en cuando por larendija, sin soltar la mano de su mellizo ni un sólo momento. Oyeron a su madre ahogándose en su propia sangre y Morgana se echó hacia atrás cuando vio unas pezuñas arrastrando el cuerpo de Arabella por el suelo. La dejó tirada en el piso, produciendo de nuevo ese sonido chirriante al mover sus dedos.Los ojos azules de Lancelot se cruzaron un segundo con los negros de su madre. Eso fue bastante para que se mordiera el interior de la mano con tanta fuerza que se hizo sangre. Las puertas del armarito se abrieron con fuerza y ambos mellizos gritaron con toda la fuerza de sus pulmones al ver a la criatura. Ésta agarró a Lance por el pescuezo, alzándolo del lado de su hermana quien siguió gritando como una posesa, incapaz de mover un sólo músculo de su cuerpo.Lancelot se hizo pis en los pantalones del pijama antes de que sus gritos se volvieran tan tétricos que supo enseguida que le iba a venir una de esas pesadillas que le daban cuando estaba despierto. Se quedó totalmente rÃgido en la garra de la criatura, según sus ojos se volteaban hacia dentro de su cráneo y unas finas venas aparecÃan por todo su cuerpo. Quizás la criatura no se esperaba eso, el caso es que Morgana habÃa conseguido dejar de gritar, agarrando un cuchillo de la encimera para clavárselo al ser en una de las patas de cabra. Éste pegó un pequeño alarido, soltando a Lancelot que cayó al suelo como un peso muerto mientras Morgana caminaba hacia atrás, sin apartar la mirada del ser aquel que se arrancó el cuchillo para abalanzarse sobre ella.
Pero antes si quiera de que la criatura llegase a tocar a la niña, Tristán apareció a sus espaldas con la varilla de metal y le atizo en toda la nuca con todas las fuerzas que tenÃa. La bestia se detuvo en seco y se giró lentamente flexionando las garras de sus manos hasta clavar sus oscuros ojos color fuego en los de Tristán.
-Morgana, corre -logró musitar el chico antes de que la criatura soltase un grito tan agudo que todas las ventanas de la casa estallaron en mil pedazos.Tristán se llevó ambas manos a sus oidos sintiendo que perdÃa el equilibrio ante aquel grito que nubló sus sentidos el tiempo suficiente como para no percatarse de que la bestia se lanzaba sobre él. Encajó el placaje de la critura y ambos rodaron por el suelo hasta que Tristán chocó contra la pared, viendo como la varilla quedaba a un par de metros de su posición. De reojo se percató del movimiento de la criatura que se abalanzó sobre él con las garras adelantadas al mismo tiempo que Tristán se lanzaba en plancha sobre la varilla, agarrandola con ambas manos para girarse mientras la alzaba por encima de su cabeza.Todo ocurrió tan rápido que ni el propio Tristán supo que fue primero, si la garra del monstruo atravesandole el corazón hasta casi partirsele por la mitad, o él mismo descargando la varilla sobre el cuerpo del monstruo, traspasandole de abajo con ella, desde la parte inferior de su abdomem hasta sacarle la punta por la boca. Ambos se cruzaron una mirada antes de que cayeran de espaldas inertes sobre el entarimado de madera, la criatura emitiendo los ultimos espasmos y Tristán con la boca llena de sangre y aquel agujero a la altura de su corazón segun su mirada se perdÃa hasta quedar inmovil en el techo de vigas de madera.
Morgana habÃa vuelto a pegar un grito cuando vio a la criatura matando a su hermano mayor. Un escalofrÃo recorrió todas y cada una de las articulaciones de su cuerpo. Sus ojos rodaron una milésima de segundo desde su hermano mayor, a su mellizo y de ahà a su madre. ¿A cuál de todos debÃa acercarse primero? Por instinto, fue hacia Lancelot rápidamente, dándole palmadas en la cara para que volviese en sÃ. Su hermano terminó parpadeando costosamente, llevándose una mano a la cabeza ahà donde se habÃa golpeado al caer. Estaba cubierto de sangre pero no parecÃa importarle demasiado.Una vez que vio que estaba despierto, Morgana se lanzó por el suelo hacia donde se encontraba Tristan. HabÃa demasiada sangre por todas partes. Mezcla entre la de su madre y la de su hermano mayor. DebÃa conservar la calma, debÃa respirar hondo y.... Tragó saliva, obligándose a respirar de manera profunda antes de apoyar ambas manos en la herida de Tristán, intentando asà parar la hemorragia. Con todos los gritos que habÃan dado, las familias se despertaron, aporreando la puerta del ático con fuerza. Al final la tiraron abajo, justo cuando Lance se sentaba en el charco de sangre, tocando el rostro de su madre con un dedo antes de echarse a llorar y Morgana intentaba contener sus propias lágrimas antes de lanzarse sobre el cuerpo inerte de su hermano mayor, gritándole al oÃdo que se despertase.
Los vecinos entraron siguiendo el rastro de sangre que habÃa por toda la casa hasta encontrarse aquel panorama en la cocina. Las mujeres lanzaron pequeñas exclamaciones de horror y los hombres intetaban sobreponerse a la cantidad de sangre que habÃa por todas partes, muy seguramente preguntandose qué habÃa ocurrido allÃ. La criatura habÃa comenzado a convertirse en ceniza y a deshacerse sobre la madera, como si nunca hubiera estado allÃ, como si ni fuese la responsable de lo ocurrido.Mientras tanto, los ojos de Tristán seguÃan sin ver en algún punto del techo. Sus oÃdos no captaban ni uno de los gritos de su hermana ni los sollozos de su hermano de fondo, confundiendose con la algarabÃa que comenzaba a formarse en el ático de aquella casa ante el horror que contemplaban los que querÃan hacerse un hueco para ver la escena. Uno de los vecinos quiso apartar a Morgana de su hermano mayor y otro habÃa cogido una de las mantas de los cuartos para cubrir el cuerpo de Arabella en el suelo. —Vamos niña -le decÃa el vecino a Morgana- No quieres seguir viendo esto, no...Pero su hermana seguÃa gritando y su hermano seguÃa llorando. Y desde algún punto de su mente, Tristán lo escuchó. Otro hombre apareció con una manta mas para cubrir el cuerpo de Tristán, pero justo cuando se estaba inclinando para cubrirlo, Tristán reaccionó. Sus ojos recobraron el leve brillo que les hizo desclavar su mirada del techo y todo su cuerpo pareció sufrir una sacudida, alzando su rostro en busca de una enorme bocana de aire seco que chocó contra la sangre de su garganta. El chico comenzó a toser abruptamente girandose para quedar cara al suelo y expulsar asà coagulos de sangre mientras los vecinos volvieron a un murmullo sorprendidos por la vuelta del joven, quien alzó la mirada hasta mirar a Lancelot con una mueca rota ante lo sucedido y de ahà desviar la mirada hasta Morgana.
En ese momento Morgana escapó de entre los brazos de quien la habÃa apartado de su hermano mayor para abalanzarse sobre él, abrazándolo con toda la fuerza de la que era capaz su pequeño cuerpo. Lancelot, aún con las lágrimas recorriendo sus mejillas, se puso de pie sin poder evitar trastabillar con toda la sangre del suelo.Imitó a su melliza, acercándose hasta Tristán pero no le abrazó. Primero le tocó con un dedo la cara, igual que habÃa hecho con su madre y después se abalanzó sobre él echándose a llorar de nuevo. Los vecinos estaban petrificados en el sitio, observando la escena como quien ve una pelÃcula. Uno de ellos decidió llamar a la policÃa mientras otro intentaba calmar a los pequeños. Los mellizos se habÃan colgado de Tristan —Morgana de su espalda y Lancelot de su cuello— y no pensaban soltarle nunca. Acababan de perder a su madre, eso era suficiente pérdida por toda una vida.

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"To be honest, as this world goes, is to be one man picked out of ten thousand."

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I N T R O D U C T I O N: The Working Man
Tyger! Tyger! burning bright In the forests of the night, What immortal hand or eye Could frame thy fearful symmetry?Â
La oscuridad era su única compañÃa y, por esa gran sonrisa que lucÃa en su rostro, no parecÃa importunarle en absoluto. La noche se plegaba sobre las calles de la ciudad, dejando un luminoso firmamento cubierto de estrellas que brillaban como velas en una tarta de cumpleaños. Si no hubiera sido porque se encontraba en el centro de la ciudad, probablemente los altos muros que la circundaban no le hubiesen dejado contemplar la magnificencia del cielo nocturno. Pero, a esa distancia, los muros quedaban demasiado alejados como para obstaculizar su campo de visión. SabÃa que eran una medida de seguridad, para mantener a los seres peligrosos que habitaban de manera salvaje fuera de ParÃs pero no podÃa evitar preguntar quién decidÃa, de entre todos los habitantes de la ciudad, el ser salvaje al que debÃan dejar fuera. La mayorÃa de los que intentaban entrar, superando los niveles de alta seguridad —los cuáles estaban conformados por una decena de soldados armados hasta los dientes y una valla que circundaba los altos muros in-escalables de piedra resbaladiza— eran humanos; harapientos, pobres y desnutridos humanos buscando un lugar mejor antes de caer muerto en las llanuras arenosas francesas. El paÃs le hacÃa competencia al Sahara desde harÃa seis meses, cuando aquella onda violácea acabó con la mitad de la humanidad. Los que aún vivÃan estaban divididos entre los ricos —capaces de vivir en una ciudad, pues eran el último resquicio de la economÃa actual— y los pobres, quienes vivÃan fuera de las lindes de cualquier zona habitada porque se les consideraba escoria.
Por suerte para él, formaba parte del primer grupo.
Lancelot McCoy paseaba con su impoluto traje de Armani por una alumbrada calle pedregosa del centro de ParÃs. SonreÃa, sÃ. No era un tipo pesimista, a decir verdad. Pocas veces se le podÃa ver serio o enfadado, al menos no de cara a la galerÃa. Era un misterio para el reducido grupo de personas que le conocÃan. O creÃan conocerle. ¿De dónde provenÃa? ¿Cuáles eran sus orÃgenes?
Esas solÃan ser las preguntas más habituales entre la aristocracia, quienes sufriendo una mezcla de curiosidad e interés, le invitaban a todo tipo de fiestas con la intención de conocer su historia.
¿Cómo habÃa amasado su fortuna? ¿Era cierto lo que decÃan? ¿HabÃa matado a un hombre para casarse con la ricachona mujer de éste y luego divorciarse para asÃ, quedarse con la mitad de su dinero?
DecÃan que habÃa estudiado en Cambridge, aunque otros aseguraban que su acento le delataba como habitante del sur del continente europeo.
Entonces, ¿cómo habrÃa podido costearse unos estudios en Cambridge si no provenÃa de una familia griega adinerada? Sus rasgos siempre le delataban, aún asà muchos aún le colgaban la nacionalidad americana del cuello. Él solÃa reÃrse, negando educadamente con la cabeza no sin antes dar un sorbo a su copa de champagne. Los comensales esperaban una respuesta que clarificase sus dudas pero Lancelot sabÃa jugar de tal manera sus cartas que siempre terminaba derivando la conversación hacia otros derroteros.
¿Cómo era posible que se mantuviese tan joven? ¿Cómo conseguÃa que los años no pasasen por él?
Poco después de la Segunda Guerra Mundial, en una reunión de veteranos, uno de ellos habÃa hecho una descripción de un joven inglés que se parecÃa horrores a él. La nieta del veterano lo habÃa buscado, con intenciones de encontrar un descendiente al que dar las gracias por salvar la vida de su abuelo. Sin embargo, se encontró con el mismo joven que habÃa descrito el anciano en la reunión y, aunque Lancelot le juró y perjuró que siempre habÃa guardado cierto parecido con su anciano padre, él no era a quien describÃa como el héroe salvador. La nieta en cuestión terminó por creerle —cómo no hacerlo teniendo en cuenta esa mirada tan limpia que se asemejaba al mar mediterráneo— y le agradeció que su anciano padre le salvase la vida a su abuelo. Ella se marchó contenta y él tuvo que cambiar nuevamente de residencia.
No le gustaba quedarse demasiado tiempo en un mismo sitio. Su madre siempre le habÃa dicho que era un culo inquieto. Demasiado hiperactivo para centrar su atención en una única cosa, demasiado inquieto para mantener relaciones que le llevasen a un futuro que no podÃa vislumbrar tras la cortina del Destino. Siempre habÃa sentido la turbadora necesidad de moverse de una ciudad a otra, como si intentase buscar su verdadero yo en cada lugar que visitaba. Como si intentase que con todas esas personas que conocÃa, alguna finalmente traspasase los muros, más altos aún que los que circundaba ParÃs, y lograse demostrarle quien era en realidad. A veces se preguntaba si él mismo se conocÃa. Si conocÃa quién realmente era o sólo representaba el papel que tocase en determinadas ocasiones: el polÃtico de Cambridge, con grandes ambiciones equiparables a su cuenta corriente; el lingüista de Roma, únicamente interesado en los cambios lingüÃsticos que afectaban al idioma a través de las épocas; el filósofo francés, enfrascado en sus propias teorÃas existencialistas y que parecÃa a punto de fundar una nueva corriente filosófica; el escritor de Harvard, con varias novelas policÃacas publicadas o, por el contrario, el investigador de FilologÃa Clásica, tan interesado en los Estudios Mitológicos que cualquier ocasión era buena para hablar sobre los últimos hallazgos arqueológicos que demostraban la existencia de la Atlántida.
¿Cuál de todos ellos era en realidad?
Por el momento, aquella noche estaba siendo el filósofo francés, quien habÃa encandilado a una joven de larga y ondulada melena castaña y vivarachos ojos verdes con la que compartió unos bailes antes de despedirse con una elegante reverencia. Le gustaba ParÃs y las parisinas, nunca tenÃa suficiente con ninguna de las dos. Aunque, la verdad, nunca tenÃa suficiente con nada.
Pero esos malos pensamientos no acechaban su mente en ese momento, caminando por la iluminada calle hacia su mansión de época. Lo normal hubiese sido ir en limusina pero le apetecÃa dar un paseo. Caminar siempre le despejaba la mente y le dejaba inmerso en sus propios pensamientos. Precisamente, iba tan inmerso en sus pensamientos que al pasar por delante de un callejón, siguió caminando como si no le hubiese prestado atención. Apenas habÃa dado seis pasos, únicamente seis pasos, cuando retrocedió paulatinamente hasta quedar justo enfrente del oscuro callejón. No habrÃa llamado la atención de ningún otro transeúnte pero estaba claro que la suya sÃ. Se trataba de una escena dantesca: varios cuerpos pendÃan de los cordones de tender. Cuerpos mutilados, con las tripas fuera y los ojos cristalizados, mirando sin ver. Eran cadáveres de mujeres, todas y cada una de las cuáles reconoció. ReconocÃa los cortes, precisos y milimétricos que habÃan cercenado la piel hasta llegar al músculos. Los moratones fruto de los golpes recibidos en innumerables ocasiones. No llevaban ropa, habÃan sido despojadas de esas prendas como un signo de vejación: para avergonzarlas delante de él.
Retrocedió. Uno, dos, tres pasos. No podÃa apartar la mirada de la escena. Sus pupilas dilatadas, el sabor metálico que le inundó el paladar… Volteó el rostro, contando hasta cinco en voz baja, muy baja, apenas susurrada.
—Perdone.
Un jovencito habÃa chocado contra él, antes de seguir su camino como si nada. Lancelot se humedeció el labio inferior, fijando la mirada en la espalda del chico, según se alejaba. De nuevo, contó hasta cinco y, muy lentamente, desvió la mirada hacia el callejón. Una parte de él temÃa lo que se encontrase allà pero otra comenzó a insultarle por ser tan estúpido. El callejón lucÃa normal, de las cuerdas de tender únicamente habÃa ropa y el único cuerpo que podÃa verse era el de un gato, en el alfeizar de la ventana más baja, lamiéndose una pata.
Cuando era pequeño, su madre lo acunaba entre sus brazos cuando se asustaba. Lo recordaba con absoluta precisión porque solÃa pasarle más a menudo de lo que nunca estarÃa dispuesto a admitir. SÃ, de pequeño habÃa sido un miedica. Durante muchos años, trató de dominar el pavor que sentÃa ante determinadas ocasiones y, aún a dÃa de hoy, algunas cosas conseguÃan revolverle las entrañas. En esos momentos, se sentÃa débil y estúpido. No como ese hombre admirado del que todos hablaban y nadie sabÃa absolutamente nada.
Sus pasos se volvieron más apresurados, menos coordinados. QuerÃa llegar cuanto antes a casa, despojarse del traje y darse un calmante baño. SÃ, eso le relajarÃa los nervios, desvanecerÃa tensiones…
—Eres un maldito pusilánime, McCoy.
Apenas habÃa dado la vuelta a la esquina cuando esa manaza se cerró entorno a su cuello. Sus ojos se volvieron vidriosos, notando que no podÃa siquiera respirar. TenÃa delante a un hombre —por denominarlo de alguna manera— de dos metros de alto y tan monstruosamente ancho que sus ropas se hallaban reventadas. Su brazo se asemejaba más al tronco de un árbol y esa manaza, en torno a su cuello, ejercÃa cada vez más presión.
—No eres real —consiguió decir Lancelot, notando que le faltaba el aire.
—Soy tan real como tu miedo, McCoy —le espetó la bestia de dientes amarillos y ojos rojizos—. Y de ese tienes demasiado.
Lancelot cerró los párpados, murmurando un mantra una y otra vez hasta que sopló al aire y cuando quiso abrir los ojos, se encontraba solo en medio de la calle. A veces creÃa que terminarÃa volviéndose loco… más aún de lo que ya estaba. Frotándose el cuello, reanudó sus pasos hacia su casa pero parecÃa que no iba a llegar nunca, que los hados del destino no le dejarÃan descansar. De entre las sombras apareció una figura, un maleante con un cuchillo para los postres.
—Dame todo el dinero que lleves encima —le ordenó, siseando como una serpiente mientras lanzaba nerviosas miradas a su alrededor.
Aquella zona no solÃa ser muy transitada de noche, al menos a pie. Y si se habÃa encontrado con Lancelot fue de pura casualidad.
De nuevo, volvÃa a ser el filósofo francés, esbozando una media sonrisa de cortesÃa mientras alzaba ambas manos en un gesto de inocente desarme.
—No tenemos por qué llegar a las manos, humilde señor —le dijo, en un tono tan tranquilo que cualquiera dirÃa lo que habÃa padecido segundos antes—. ¿Qué le parece si le invito a mi casa a tomar una copa de brandy?
—He dicho que me dé todo el dinero que lleve encima.
Hizo el amago de intentar pincharle con el cuchillo pero en un rápido movimiento, Lancelot tenÃa el cuchillo y el maleante se hallaba completamente desarmado. ¿Qué iba hacer ahora? ¿Pegarle? Si bien lo intentó, sus puños no llegaron a tocarle. En cuestión de segundos, un nuevo cadáver adornaba la ciudad de Paris.
Y Lancelot McCoy se alejaba a toda prisa hacia su casa con claras intenciones de tomar ese baño donde pensarÃa un nuevo lugar al que mudarse.
In what distant deeps or skies Burnt the fire of thine eyes? On what wings dare he aspire? What the hand dare sieze the fire? Â
You have to pay attention to the moments when you’ve felt on top on the world.

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Mansión Montesco, BerlÃn | Nowadays
 El sol entraba por los amplios ventanales de la biblioteca donde Michael habÃa convocado una reunión de quienes consideraba, a su parecer, los mejores Alóadas que tenÃa a su cargo. No era raro que esos mismos Alóadas también fueran amigos suyos. Por una parte, se encontraba Nicholas con Jo. Desde el rescate de Jo, Michael les habÃa instado que se quedasen en su casa hasta que la piel de la joven se recompusiera del todo. Josephine lucÃa un aspecto bastante grotesco a su parecer, sentada como estaba en una silla de ruedas. Sus piernas aún no soportaban todo su peso y las tenÃa vendadas para recomponer los músculos y las fibras dado que era donde el fuego más se habÃa cebado. El torso y los brazos estaban recubiertos por una fina capa de piel nueva, demasiado fina como para poder tocarla asà como asÃ, por lo que Michael le habÃa aplicado una nueva capa de cremas y potingues que habÃa hecho él mismo para combatir las quemaduras. Jo se negaba a mirarse al espejo para no tener que ver como uno de sus ojos se encontraba parcialmente derretido entre el párpado y la cuenca. Anastasia le habÃa colocado uno de sus chales entorno a la cabeza para cubrir su cráneo herido y tapar esa zona del rostro aún sin regenerar. La parte derecha, algo más sana, estaba a la vista, contemplando a la protegida de Mike contarle un cuento. Anastasia apenas si se separaba de Jo lo suficiente para ir al baño y poco más. Se pasaba las horas muertas a su lado, contándole historias, jugando a las cartas, explicándole el sonido de la lluvia… a Mike no le parecÃa tan mal, si Jo se mantenÃa entretenida con Anastasia, quizás se recuperase antes. Pues estaba claro que debÃa poner de su parte para mejorar.
El coche de Leon entró por la avenida. Alexandra miraba distraÃdamente por la ventana, con la cabeza de Fassy apoyada desde atrás en su hombro. Leon le habÃa dicho que iba a conocer al Jefe de los Alóadas y a ella se le antojaba algo… extraño. Se lo imaginaba como un viejo con bastón, con muy mala leche. Después de todo, trabaja para una Diosa. Y, además, tenÃa que organizar a los Alóadas. Asà que seguro que era el tipo de jefe que no quieres cruzarte nunca en la vida.
—¿Y qué se supone que debo hacer mientras estemos aqu� —le preguntó a su Alóada, viendo pasar un montón de mansiones.
—¿Ser simpática? -respondió Leon lanzándole una mirada divertida a su protegida antes de torcer una sonrisa, regresando su atención a la carretera.
Aquel llamado por parte de Michael le habÃa sorprendido desde el principio. Estaba tan concentrado en mantener a salvo a Alexandra que habÃa perdido la noción del tiempo y del resto del universo. No sabÃa nada del estado del panteón Griego y, por no saber, no sabÃa nada ni de Elizabeth ni de Jo. HabÃa prometido a la primera ir a verla, pero los dÃas pasaban y no veÃa el momento de acudir a Roma. Lo mismo para con Jo. No querÃa tampoco separarse de Alexandra, por eso habÃa decidido que acudiera con él a dicha reunión. No sabÃa quién mas acudirÃa y asÃ, su protegida pondrÃa cara al menos a su jefe y podrÃa comprobar que ese mundo del que Leon la hablaba a veces era más humano de lo que pudiera parecer a simple vista.
Aparcaron en la puerta de la casa y Leon anunció que habÃan llegado. Tras bajarse del coche, rodeó el mismo y en seguida apoyó una mano en la espalda de la chica para guiarla hasta el interior del camino que daba a la puerta principal. El jardÃn que rodeaba la mansión era tan grande, que Fassy no pudo resistir las ganas de echarse un par de carreras estirando las piernas tras el largo viaje que les habÃa llevado hasta allÃ.
En ese instante, Nicholas habÃa aparecido en la parte posterior de la casa con un ramo enorme de rosas para Jo. Pasaba prácticamente todas las noches con ella. Sin embargo, por la mañana solÃa dejarle paso a Anastasia y sus ganas de entretener a Jo. Él, al igual que Michael, veÃa beneficiosa esa unión pues a su vez le dejaba a él tiempo para investigar sobre el aquelarre en secreto. Iba a acabar con todas las brujas de Nueva Orleans si hiciera falta con tal de castigar lo que le hicieron a Jo.
El alóada entró sonriente en la habitación donde Anastasia le estaba leyendo un cuento a Jo. Sacó una rosa del ramo y se la tendió a su protegida.
—Toma, una rosa para una rosa -le dijo con voz solemne antes de echarse a reÃr.- Para que luego digas que no soy un romántico de la vida.
El resto de las rosas las puso en un jarrón de los muchos que habÃa por la estancia. En ese instante, sonó el timbre de la puerta principal.
—¡Ah, qué bien!
Michael habÃa abierto la puerta, esbozando una sonrisa al ver a Leon con su protegida. SabÃa quién era Alexandra y casi preferÃa que Varik no hubiera llegado todavÃa porque eso le daba aún un margen para inventarse algo que contarle a su amigo. Era obvio que Alexandra no se acordaba de él y, por la información que tenÃa acerca de ella, eso se debÃa a la ausencia de su anterior protector. Pero claro, todo aquello sólo lo sabÃa él. Algún dÃa deberÃa comunicárselo también a Leon. SÃ, algún dÃa.
—Tú debes ser Alexandra —dijo, tendiéndole una mano que ella estrechó con cautela—. Me llamo Michael.
—Hola —respondió secamente Alex entrando en la mansión no sin antes pegar un silbido para que Fassy entrase también a la carrera, con la lengua fuera—. No te importará que Fassy esté dentro de la casa, ¿verdad? Es muy limpio.
El joven McCoy se quedó mirando al perro durante unos instantes. Instantes en los que el perro, con la lengua fuera y jadeando, le devolvió la mirada. Ambos parecieron reconocerse para, finalmente, Fassy echar a andar hacia la biblioteca como si se conociese esa casa. Alex le siguió, mirando todo a su alrededor, sin perder detalle. Nunca antes habÃa estado en un lugar tan lujoso.
—¡Hola! —exclamó Anastasia, levantándose del suelo para acercarse a los recién llegados— Yo soy Anastasia, oh, y tú eres ese pájaro brillante. Me gusta lo que brilla, es bonito.
Alexandra se la quedó mirando como si estuviera loca pero intentó hacer caso a lo que Leon le habÃa dicho de ser simpática.
—Ah… ¿estás colocada? Porque el papel de aluminio también brilla.
Jo estaba oliendo la rosa sin comentar nada al respecto. Aún no habÃa visto a Leon y no sabÃa qué temÃa más: verle o que él la viera a ella.
—Creo que serÃa mejor si yo me marcho a… todo lo lejos que pueda —le dijo a Nicholas, alzando la mirada con su ojo sano—. Seguro que tendréis que hablar de cosas importantes y bueno…
—Jo -la llamó Leon, sin poder evitar el tono de sorpresa al verle en ese estado, postrada en la silla y con aquellas quemaduras por todo su cuerpo. Pero aquel gesto de sorpresa duró más bien poco y se recobró en cuestión de milésimas. No querÃa incomodar a la chica más de lo que podrÃa estarlo, asà que se acercó hasta ella mirándola directamente al ojo sano y se acuclilló para quedar a su altura.- ¿Quien te ha hecho esto? -la preguntó con un tono suave, pero la chica no llegó a responder pues su alóada, al lado de la silla con una mano apoyada en uno de los agarraderos que empujaban la misma, le respondió antes.
—Unas brujas. Pero está todo resuelto -aseguró humedeciéndose los labios, pasando la mirada de Leon a Alexandra, quien debÃa ser su protegida.- Hola, soy Nicholas -se presentó, yendo hacia la chica con una mano extendida.- Te doy mi pésame, por tener que aguantar a Leon todo el dÃa -la comentó en tono medio en broma.
Leon habÃa seguido con la mirada a Nicholas y la regreso a Jo. Alzó una mano, para apoyarla muy cautelosamente en una de sus manos, la que mejor estaba dadas las circunstancias.
—Si lo sé te hubiera traÃdo algo, unas revistas o una máquina de tetris. Creo que aún conservo la que me regalaste cuando me partà la pierna y la tuve escayolada un mes entero -torció una sonrisa ladeando la cabeza. Se incorporó y aprovechando que Nicholas estaba con Alexandra, se inclinó sobre ese chal que cubrÃa su cabeza y depositó un beso cariñoso sobre él, mirándole de nuevo a los ojos.- Eres fuerte, Jo. En menos de lo que crees estarás brincando por ahÃ, ya lo verás -la aseguró regalándola una nueva sonrisa que intentaba subirla el ánimo. Por unos instantes se habÃa hasta olvidado del motivo de su visita allÃ.
Alexandra estaba estrechando la mano de Nicholas con firmeza, componiendo un gesto de extrañeza cuando Anastasia le puso un collar de flores entorno al cuello.
—No es tan difÃcil aguantarle una vez que te acostumbras —repuso, lanzando una mirada a la profetisa que se dedicaba ahora a bailar por toda la sala antes de perderse por el pasillo que daba a la cocina—. ¿A esa qué le pasa?
Michael se acercó hasta Alexandra y Nicholas, viendo como hablaban y decidió responder él a su pregunta.
—Vive la vida muy intensamente —asintió, dándole una palmadita en el brazo a Nick para acercarse hasta Leon y Jo—. Pues claro que es fuerte. Está mejorando mucho.
—No tan rápido como deberÃa —replicó ella, humedeciéndose lo que le quedaba de labio inferior—. Soy un monstruo quemado. Si saliese a la calle, intentarÃan matarme con horcas y más fuego…
—No estamos en la época de la Inquisición, Josephine —repuso Michael, rodando los ojos—. Estar animada es crucial, ¿de acuerdo? No te embadurno cada cinco horas de todos esos mejunjes para que te me hundas en la miseria.
—No estoy hundida en la miseria. Soy realista —desvió la mirada hacia Leon, cambiando de tema de manera rápida. No querÃa seguir hablando de sà misma—. ¿Has vuelto a ver a Elizabeth? Hace mucho que no me escribe.
—No, la verdad es que no -admitió Leon. Con Michael delante no deberÃan ni tan siquiera replantearse esa opción, pero creÃa que era de sobra conocida su poca resistencia a romper las normas, por lo que añadió- Me dejó un mensaje hace unas semanas y no sé nada mas de ella. Tal vez deberÃas de preguntarle a Varik, sabrá más que yo -levantó la mirada hacia Michael.- Por cierto, ¿va a venir o estamos ya todos?
Como si le hubiera oÃdo, en ese instante sonó el timbre, y a los pocos segundos Varik apareció con Anastasia bajo su brazo, ese que le pasaba por encima de los hombros atrayéndola hacia su costado. Varik tenÃa en alta estima a Anastasia, la querÃa como si de una hermana se tratase y desde que habÃa vuelto a Roma, solo sabÃa de ella por lo que el contaba Michael.
—¿Asà que te gustó el gato? -la iba diciendo según entraban en el salón- Me alegro. Puedo traerte otro si quieres, por el barrio donde vivo hay muchos y seguro que tu puedes darle amor y cariño a todos -la dio un pequeño apretón en el brazo y desvió la mirada a la cantidad de gente que habÃa allÃ.- Llego tarde, lo sé. Disculpar mi retraso -iba a añadir algo mas cuando su mirada se centró en Jo, componiendo un gesto de sorpresa primero y de preocupación después.- Pero, ¿que…?
—Unas brujas -le interrumpió Nick antes de que terminara la frase.
—¿Unas brujas? -arrugó el ceño, pasando la mirada de Nick a Jo, acercándose hasta ella.- Pero bueno, ¿Nicholas no te cuida o que pasa con él? No sé si pegar antes a esas brujas o empezar a darle la paliza a Nick…-bromeó, negando indignado con la cabeza mientras Nick le miraba con cara de pocos amigos.
—No deberÃas de hacer esas bromas, ¿sabes? Ofenden -le indicó Nick, bufando.
—Bueno, bueno, tranquilidad -le respondió buen humorado Varik. Desde que habÃa regresado con Elizabeth se habÃa propuesto en cambiar y dejar atrás esos fantasmas del pasado y que habÃan venido tras su regreso de ser una Sombra. Aun habÃa noches que no conseguÃa dormir, y aunque las cosas con Elizabeth estaban marchando, no eran del todo como antes. Pero no importaba, Varik le ponÃa entusiasmo y ganas. Muchas ganas.- ¿Esperamos a alguien más? -preguntó y por primera vez pasó la mirada por todo los presentes. Leon, Michael y Alexandra.
Alexandra. Su mueca divertida se congeló en su rostro y se quedó fijamente mirando a la chica, perplejo. No podÃa ser ella. Era imposible. Michael se apresuró a llegar donde se encontraba su mejor amigo, con una sonrisa tranquila en el rostro.
—Te voy a presentar a la protegida de Leon, creo que no la conoces -le hizo un gesto a la joven, quien estaba mirando dentro de un jarrón pero al ver que se dirigÃa a ella, se acerco con parsimonia hasta Michael.- Esta es Alexandra. Alexandra, este es Varik.
Ella se le quedo mirando de la misma manera en que habÃa visto al resto: sin pizca de interés. Simplemente asintió antes de bajar la mirada cuando sintió a Fassy restregarse contra su pierna.
—Es un pájaro brillante -le dijo Anastasia a Varik, como si asà explicase absolutamente todo de Alex.
—Bien, bueno -Michael carraspeo.- Esta reunión tiene un motivo en concreto..
—PodrÃas haber traÃdo a Elizabeth -le corto Jo, acercándose según se impulsaba con la silla de ruedas.- EstarÃamos todas las protegidas juntas y comerÃamos gominolas. Aunque Eli probablemente nos las tirarÃa a la cara. No era muy de chuches…
—Iba a venir -aseguró Varik, que le habÃa costado unos segundos sobreponerse a esa indiferencia por parte de Alexandra. Estaba claro que no le reconocÃa y, peor, Michael se lo habÃa ocultado. Parpadeó unas cuantas veces antes de mirar a Jo directamente.- Por eso he venido tarde. Ayer dijimos que iba a venir pero esta mañana pareció cambiar de opinión, y traté de convencerla pero ella, bueno…ya sabes cómo es -se encogió de hombros rascándose la nuca.
—¿Que ocurrió con su yo del pasado? ¿Volvió a su lugar? -preguntó Leon, al que no le habÃa pasado desapercibido ese shock de Varik cuando vio a su protegida.
—Oh, sà sÃ. Todo arreglado desde hace semanas -aseguró Varik, quien decidió tomar asiento en uno de los sofases que habÃa en ese salón.
Nick dio una pequeña palmada antes de frotarse las manos e imitar a Varik, sentándose en el mismo sofá que él pero en el otro extremo.
—Bueno, ¿y por qué dices que estamos aquà reunidos? -le indicó a Michael mirándole con interés.- ¿Vamos a ir a cazar dragones? -preguntó soltando una risita entre dientes.
Leon se apoyó de lado sobre una de las paredes, cerca de las enormes cristaleras. Con las manos en los bolsillos no dijo nada, simplemente miraba a Michael esperando que le contara porque estaban allà todos. Anastasia agarró de una mano a Alexandra para llevarla al otro lado de la biblioteca donde Jo se habÃa acercado acariciar a Fassy. Mientras las protegidas estaban entretenidas con el perro, Michael se aclaró la garganta.
—Probablemente no lo sepáis, pues no es una información que se sepa a ciencia cierta pero los griegos empiezan a reagruparse con un plan de ataque. Luego de la toma de control por los nórdicos del Olimpo, parece ser que Ares ha decidido sacar su talante salvaje para hacerles frente. —se cruzó de brazos, quedándose de pie frente a sus Alóadas. Pues en aquel momento no les hablaba como amigo, sino como jefe—. Están decididos a encontrar al resto de sus congéneres, los que queden vivos. Hestia, Afrodita y Hades. Sin embargo, aunque estén todos juntos necesitan un poder más grande del que alimentarse. En el Olimpo, se alimentaban del efluvio de Zeus pero como se ha marchado no se sabe muy bien dónde, se les ha ocurrido que quizás Hera pueda ocupar ese lugar. Claro que —se humedeció el labio inferior, arqueando ambas cejas—. Hera los odia a todos por motivos que ahora mismo desconozco y lo último que se sabe de ella es que salió volando en un dragón poco después de matar a Afrodita.
—DeberÃas de decirle a Artemisa -comentó Nicholas enarcando las cejas- que te dejen de mandar toda la mierda que ellos no quieren hacer. Buscar a Hera es casi tan difÃcil como encontrar a Zeus, ¿como demonios se piensan que la encontremos?
—Tu positivismo es admirable, Nicholas -apuntó Leon apoyado como estaba de lado contra el ventanal. Sin apartar la mirada de Michael, añadió.- Lo más probable es que se encuentre en una realidad alternativa, un hueco en alguna de ellas aunque puede haber millones.
—Hablando de positivismo…-apuntó por lo bajo Nicholas, rodando los ojos.
Varik les lanzó una mirada y se sentó en el borde del sofá, apoyando sus codos sobre sus rodillas.
—El hecho de encontrarla creo que es lo de menos -resaltó Varik- Como tú bien has dicho -alzó una mano en dirección a Michael.- les odia a todos. ¿Que motivo iba a tener para echarles una mano? Esté donde sea que esté, tendrá que sentir la decadencia de sus congéneres y no ha aparecido. La tiene que dar muy igual la situación de ellos.
—¿Por dónde propones que empecemos, Michael? -preguntó Leon ladeando la cabeza.
—EmpezarÃa por Samos, en Grecia. Puede ser un lugar muy lógico para comenzar y, a la vez, muy estúpido porque fue allà el primer templo que le dedicaron pero seguramente, partiendo de que los dioses sienten emociones más allá de su propia soberbia y vanidad, se sentirá más segura en un lugar que conoce y donde la adoraron desde el primer momento —mientras hablaba se daba unos pequeños golpecitos con el dedo Ãndice en la barbilla—. Samos serÃa un buen punto de comienzo.
—Nauplia tiene una fuente muy bonita —dijo una voz, de repente. Anastasia, que hasta ese momento habÃa estado contándoles una apasionante historia a las otras dos, estaba mirando a los Alóadas de hito en hito—. A Hera le gusta renovar su virginidad allÃ.
—¿Y para qué va a querer renovar su virginidad ahora? —preguntó Alexandra que, aunque no sabÃa de qué iba el tema, no podÃa callarse—. Ya la habrá renovado cuando fuese que se marchara con el dragón ese. Seguro que se ha ido al Tibet, con los tibetanos.
—Menuda estupidez —rió Anastasia, inocentemente— ¿por qué se irÃa con unos hombres calvitos cuando lo que en realidad quiere es estar lo más cerca posible de su amado? Zeus no está en el Tibet.
Jo parpadeó varias veces, inclinándose ligeramente sobre la silla de ruedas.
—¿Sabes dónde está Zeus, Annie?
Anastasia frunció los labios, parpadeando varias veces seguidas. ParecÃa estar buscando la respuesta en su mente, como si no quisiera decepcionar la curiosidad de Jo y, más aún, demostrar que ella tenÃa esa información. Sin embargo, no pudo expresarlo con palabras. Y, como no pudo expresarlo de manera adecuada, prontamente su rostro comenzó a contraerse de impotencia.
—No hace falta que lo digas, Annie —dijo Michael, acercándose rápidamente hasta su protegida, arrodillándose a su lado para tomar sus hombros con ambas manos—. No respondas a la pregunta. No pienses en ello. Nadie quiere saberlo porque nadie te obliga a que tú misma lo sepas.
Ella le devolvió la mirada. Una mirada cargada de culpa, de desazón y sÃ, con un brillo de locura que no pasó desapercibido para ninguno de los allà presentes.
—¿Por qué no vas a ver cómo está Bigotitos? —le propuso Michael, ayudándola a ponerse en pie.
—SÃ… sÃ…
—Venga, yo te espero aquÃ.
La acompañó hasta la entrada de la biblioteca y, como un zombie, Anastasia siguió su camino por el pasillo.
—Esa chica es rara de cojones —sentenció Alexandra, recostándose hacia atrás en el sillón donde estaba sentada.
—No mucho más peculiar que tú, ¿no crees? -le replicó Leon que ante la mirada de su protegida torció una sonrisa indicándola que iba de broma.
Varik bajó la mirada al suelo, pensativo. Aunque pareciera que pudiera estar pensando en lo que les reunÃa ahÃ, nada más lejos de la realidad. Le estaba dando vueltas al hecho de que Alexandra estuviera ahà mismo, respirando el mismo aire que él cuando recordaba perfectamente el dÃa que murió en sus brazos. Bueno, él tampoco estaba del todo muerto y ella podrÃa preguntarse lo mismo si llegara a acordarse de él, cosa que no hacÃa.
La voz de Nicholas le obligó a volver a la realidad.
—Vale, vamos a Nauplia, nos encontramos a Hera ¿y luego qué? -el alóada pasó la mirada por los allà presentes.- ¿Que va a evitar que nos parta por la mitad? Por que dudo que nuestros fÃsicos arrebatadores lo impidan, incluso tu labia Michael.
—Puedes intentarlo tú, Nicholas -intervino Leon, que le miro con gesto sereno a pesar de sus palabras- Al fin y al cabo no serÃa la primera vez que convencieras a un alto cargo de hacer algo que no quieren, ¿no?
Ambos Alóadas se quedaron mirando en un tenso silencio que no duró demasiado mas porque Varik se puso de pie de un salto, dando una palmada.
—Bueno, ¿entonces qué dices, jefe? -se dirigió hacia Michael, colocándose como que no tenÃa la cosa entre Leon y Nicholas, por si acaso saltaban uno encima del otro, antes tendrÃan que quitarle a él de en medio- ¿Nos fiamos de la sugerencia de Annie y vamos directos a Nauplia?
Michael no respondió inmediatamente sino que se tomó su tiempo, con la mirada fija por donde se habÃa marchado Anastasia. PodÃa oÃrla cantándole al gato en algún punto de la cocina.
—Podemos dejarnos guiar por esa corazonada… sÃ, podrÃamos intentarlo —se volteó hacia ellos, encogiéndose de hombros—. La negativa por su parte ya la tenemos, asà que habrá que pensar una manera de convencerla. Si realmente está tan enamorada de Zeus, podrÃamos utilizarle como baza para ello. No sé. Quizás mencionar el hecho de que la necesita para volver de donde quiera que esté y para ello, ella tiene que ayudar a su panteón contra los nórdicos. Ya se me irá ocurriendo algo por el camino.
—Si es una mujer despechada —apuntó Jo, dando pequeños golpecitos en uno de los brazos de la silla—. te aconsejo que no le digas que el volver con él, solucionará las cosas. No veo a Hera precisamente enamorada de Zeus por toda su grandeza, sino porque es lo que ha hecho durante toda su vida. Y él la ha engañado en numerosas ocasiones asà que eso la convierte en una mujer despechada.
—Pero ya has oÃdo a la rara —le interrumpió Alexandra—. Está enamorada de su amado y no irá a ninguna parte sin él. Los amores más puros suelen ser asÃ. Por muchas putadas que tengas que aguantar, siempre querrás a esa persona que te completa.
—Pero puede no ser recÃproco -apuntó Nicholas apoyándose cómodamente en el respaldo del sofá, mirando a Alexandra.- Podemos pensar que Hera sà que le quiera, que puede hacerlo, pero supongo que como toda mujer tenga un lÃmite para soportar gilipolleces del idiota al que un dÃa creyó que iba a ser su todo y finalmente, no llego a cumplir sus expectativas -Nick suspiro teatralmente- Hay algunos que no admiten su derrota aun cuando ven el tren alejarse.
—Nicholas, para ya -le espetó Leon sabiendo que aquello iba por él.
—Oh, ¿te has sentido aludido? Perdóname, no iba con esa intención -se llevo una mano al pecho, dolido- Aunque, ahora que lo dices…-apoyo un dedo Ãndice su barbilla- Si mira, ¡iba por ti!
—No sé en qué momento pensaste que juntar a estos dos iba a ser buena idea -le comentó Varik a Michael, negando con la cabeza resignadamente.
—No os confundáis, yo puedo trabajar perfectamente con Nicholas -aclaró Leon- Tal vez el problema le tiene él y su inseguridad camuflada con ataques gratuitos hacia mi persona -se giró hacia Nick, con las mano aun metidas en los bolsillos de su pantalón.- Eh, Nick ¿que te parece esto? En vez de dedicarte a lanzarme pulladitas sin sentido, ¿que tal si dedicas esos esfuerzos a proteger mejor a Jo la próxima vez que quieran quemarla viva? -escupió entre dientes, aparentando una calma que por dentro le estaba abrasando hasta el estómago.
—¿Por qué no cerráis la bocaza de una puta vez? —les espetó Jo, harta ya de las pullas que se dedicaban aquellos dos. Se dio impulso con la silla, pasando la mirada de uno a otro— Hay cosas más importantes de las que ocuparse. Las rencillas del pasado deben quedarse ahÃ, en el pasado. Parecéis crÃos de seis años peleándoos por un juguete. De verdad, ¿cuándo vais a madurar?
—Tampoco tienes por qué hablarles asà —intercedió Alexandra, a quien no le gustaba ni un pelo como aquella rubia quemada estaba fulminando con la mirada a Leon—. Y mucho menos, mirar de esa manera a mi Alóada. Si quieres tratar al tuyo como si fuera basura, vale pero con el mÃo, te relajas. ¿Entendido, guapa?
Jo giró la silla hasta quedar frente a la morena, quien se habÃa puesto de pie con su habitual gesto endurecido a fuerza de malas situaciones en las calles.
—Tú no sabes una mierda de lo que va esto asà que no te metas.
—Me meteré si me da la gana, ¿o vas a pasarme por encima con tu silla de ruedas? —torció una sonrisa socarrona que le hizo arrugar ligeramente la nariz—. Si tu Alóada es un inepto en cuestión de protegerte, no tienes por qué pagarlo con el mÃo, ¿vale?
—Conozco a <tu Alóada>, como tú misma lo llamas, desde hace más tiempo asà que puedo hablarle de la manera en que quiera. No va a venir aquà una perra callejera a decirme cómo debo hablarle.
—¿Acabas de llamarme perra callejera?
—¿Además eres sorda?
Michael se metió rápidamente en medio de aquellas dos antes de que Alexandra le saltase encima a Jo. Estaba claro que el hecho de que él se metiese no iba amedrentarla. Es más, apartó a Mike de un empujón, sacando su navaja para ir directamente hacia Jo, quien echó la silla hacia atrás justo en el momento en que Mike cogÃa en el aire a Alexandra. Al ser tan pequeña, pudo alzarla sin problema del suelo.
—Eh, eh, parad. A ver si las que tenéis que madurar sois vosotras. —les espetó el joven McCoy, aún con Alexandra en brazos.
—Mejor que no te acerques a mà —le dijo Jo—. No quiero que me contagies la rabia.
Michael tuvo que ejercer más presión cuando Alex comenzó a revolverse entre sus brazos, haciendo aspavientos con la navaja con intenciones de cortar en dos a la rubia, quien se fue alejando muy digna de la estancia hasta perderse en el pasillo en busca de Anastasia. Leon acudió rápidamente hacia su protegida, arrebatándola suavemente la navaja para metérsela en el bolsillo y tomar el rostro de Alex entre sus manos al tiempo que Michael la soltaba.
—Eh Alex, tranquila -la dijo mirándola directamente a los ojos, con un semblante totalmente sereno- ¿Me oyes? Está bien -bajó esa manos de su mejilla a sus brazos.
—No, Leon -inquirió Varik, que se habÃa vuelto a sentar ante esa pelea de gatas. Se alegraba enormemente de que no hubiera acudido Elizabeth visto lo visto- ¿Cuando vais a dar por zanjado el tema vosotros dos? -lanzó una seria mirada a Leon y luego la rodó hasta Nicholas, que hacÃa como si el asunto no fuera con él.
—Yo no tengo ningún problema -repitió Leon quedándose al lado de Alex, respondiendo a Varik con cara de pocos amigos- Es Nicholas que parece recrearse dÃa tras dÃa en el pasado.
—¿Yo me recreo en el pasado? -saltó Nick, llevándose ambas manos al torso- ¿¿YO?? El que no sabe vivir su vida sin romper con su hermana ni con su antigua novia, ¡hay normas, chaval! A ver si te enteras de una vez, porque por tu metedura de pata, Varik terminó siendo una Sombra.
—Vale, ¡eh! Tiempo muerto -se puso de pie el aludido, haciendo una perfecta T con ambas manos- No sigáis por ahÃ. Estamos reunidos para encontrar a Hera, no tenéis por que sacar mierda del pasado que ahora ya no importa. ¿Vais a comportaros? De acuerdo. Perfecto -no les dejó responder, bufando por la nariz y mirando a Michael, intentando reconducir la conversación inicial.- ¿Para cuando quieres ir a Nauplia?
—Cuanto antes mejor —repuso Michael, echando un vistazo a Alexandra que se habÃa sentado en el suelo según su perro le lamÃa la cara para tranquilizarla—. Supongo que nuestras protegidas tendrán que quedarse todas juntas aquÃ, para evitar que se hagan daño aunque bien pensado, quizás se maten entre ellas.
—No dudes que pienso devolvérsela a esa gilipollas —le espetó Alex desde el suelo, acariciándole la cabeza a Fassy—. ¿Quién se cree para hablar de esa manera? No hay cosa que más me reviente que la soberbia. Seguro que se piensa que es mejor que nosotros porque tiene una casa donde vivir. —le decÃa a su perro, dejando de hablar con los allà presentes—. Pero nosotros valemos de lejos mucho más que ella. Al menos, no hemos terminado en un horno, vuelta y vuelta, ¿verdad? Eso es que tenemos al Alóada correcto.
Como si le entendiese, Fassy asintió, lamiéndose el hocico antes de desviar la mirada hacia Varik un segundo y luego volverla a Alexandra, que estaba demasiado ocupada sacándose una chocolatina del bolsillo.
—Partiremos al amanecer —les comunicó Michael, haciendo caso omiso a las palabras de la joven—. Intentad no envenenaros mutuamente —añadió, dirigiéndose tanto a Nicholas como a Leon—. Ambos sois buenos Alóadas, por eso os he elegido y no me gustarÃa que en lugar de morir entre terribles sufrimientos a manos de un dios, tengáis una muerte menos honorable por culpa de una mujer.
—Eso no ocurrirá, no te preocupes -la aseguró Nicholas poniéndose en pie mientras se sacudÃa las traseras del vaquero.- Me gusta tu protegida, Leon -se dirigió hacia él pero sin mirarle, pues habÃa tomado camino hacia la cocina.- Es guerrerona -añadió soltando una carcajada que resonó contra las paredes según se alejaba.
Leon se mordió con ganas el labio inferior antes de lanzar una mirada a Michael y extender una mano hacia él, en tono de disculpa.
—Te aseguro que no ocurrirá nada de esto nunca más, al menos cuando estemos de misión. Simplemente…se nos ha ido de las manos. Lo siento -suspiró y se acercó hasta Alexandra, acuclillándose para quedar a su altura, alargando una mano para acariciarle la cabeza a Fassy.