Las olas dan pelea a la tabla, intentando pasar por encima de ella, pero el Sol no las deja: con su cuerpo, y la fuerza de sus piernas, va ganando la disputa. El brillo del sol le pega en la cara, pero eso poco importa ahora. Sus amigos, que surfean también, se quedan viéndola, aplaudiendo su hazaña.
Una hazaña que hace casi todos los días, como un ritual, desde que su padre le enseñó a mantenerse firme sobre el mar. En la arena, lejos de la orilla y la gente curiosa, la Noche está acostada panza abajo leyendo un libro. Se la ve relajada, con lentes de sol y bikini negra. La lona llena de personajes de Los Simpsons la protege del calor de la arena. Hay un grupo de varones jugando a la pelota, y la Noche desea que no le peguen a ella.
El instinto, la coincidencia, o el mosquito que daba vueltas a su alrededor, la hacen levantar la vista hacia el mar. Sonríe, porque le gusta lo que ve: al Sol, saliendo del agua, con su traje de neoprene que ajusta donde debe. Su tabla es más grande que ella, pero no se le hace pesado. Va riendo con uno de sus amigos, hasta que se acercan a ella. “Hey, tengo hambre.” Le dice el Sol a la Noche. Con mirada lujuriosa, aunque no se ve detrás de los lentes, responde “Yo también.” Los ojos rodando del Sol y la risita incómoda de su amigo, indican que entendieron perfectamente lo que ella quiso decir. La Noche se levanta y se estira, luciendo su cuerpo sin realmente quererlo. Un par de tatuajes asoman por las piernas y la costilla derecha. El Sol se da vuelta para que ella pueda ayudarla con el traje, y tiene que actuar rápido para que no se le caiga la baba cuando ve la bikini rayada de su novia. El Sol sabe de eso, y se ríe. “Karma, cariño.” Le dice al oído. Una vez sentadas, el mate pasa de aquí para allá. No hay mucha agua así que se torna una ronda rápida. Mucha gente ya junta las cosas para irse, entre ellos, los chicos de la pelota. La Noche lo agradece, y se junta más al Sol, apoyando su cabeza en su hombro. Ya no hay música de reggaetón, ni clases de zumba. Los choclos ya se enfriaron, y los panchos volaron. De lejos algunos aún intentan vender, y los vendedores de anteojos siguen pasando. El atardecer se hace ver, y el Sol repite su queja. “Yo también tengo hambre, podríamos ir a merendar a algún lugar ¿no?” Responde la Noche. Los ojos verdes del Sol se vuelven más brillosos y eso significa un sí. Su amigo se queda en la playa, en un rato volverá al agua con los demás.
La arena no está tan pegada a sus cuerpos, y por suerte no hay tanto viento: levantar la lona ya no es un enredo de piernas e intenciones de no molestar con la arena a los demás. No hay mucho más para llevar que la tabla y una mochila con el termo y el mate que estaban usando. Las cartas quedaron en la casa, y los celulares siempre estuvieron guardados. La Noche se viste con su short de jean, y la musculosa holgada negra. El Sol fue así como se va, con el traje hasta su cadera. Debaten si ir directamente a alguna cafetería, o por el contrario ir a la casa y bañarse para sacarse los rastros del mar. La tabla ayuda a decidir ir a la casa. Es una casa chica, con dos habitaciones y la cocina. Un baño blanco, reluciente. La Noche se bañó primero, y su toalla le cubre su cuerpo mientras retoma su lectura en el sillón. El Sol sale de bañarse y se pone la ropa interior, con detalles en tela de encaje rojo, frena abruptamente la lectura de la Noche para sentarse entre sus piernas y estar cara a cara. Lejos de enojarse o despistarse, ella le pregunta qué sucede, mientras acaricia el muslo de su pierna derecha. “¿Qué te parece si merendamos acá? No tengo ganas de salir.” Sonríe, orgullosa de su idea. “¿Lo decís en serio? Después no te vas a arrepentir y decir que no disfrutamos nada estos días porque nos la pasamos en la casa y blabla?” Con un beso suave, el Sol asiente a la pregunta. “En serio.” La Noche quiere más besos, pero el Sol se va a la cocina. Empieza a romper y batir los huevos, mientras pone rodajas de pan en la tostadora. La Noche ayuda sacando las cosas molestas de la mesa, casi todas de ella: una notebook, un par de libros, auriculares y el vuelto de la compra del día anterior, que quedó ahí. Puso los mantelitos que ya venían en la mesa, y empezó a batir el café. Mientras tanto, el Sol hace el revuelto de huevos y corta la palta. Saca los arándanos de la heladera y retira las tostadas calentitas. Pone una nueva tanda, y a las otras les unta queso crema. Finalmente une el huevo con la palta y los arándanos sobre las tostadas de la nueva tanda. La Noche termina con el café y la pava avisa que el agua hierve, la taza con el saquito del mate cocido la espera.
En la mesa luce todo: por un lado, el café con las tostadas con queso crema; y por el otro, el mate cocido con las tostadas con huevo. De un lado, el Sol, del otro, la Noche. Hablan sobre el día y lo que podrían hacer al día siguiente, el último del finde largo. Después, serían días habituales con facultad y trabajo de por medio. Y lo que más, días sin mar. “Me gustaron las tostadas con huevo que me hiciste, gracias amor.” Dice la Noche, mientras levantan todo.