Has de saber amigo mÃo –dijo Ondina–, que en los elementos existen seres que, en el exterior, difieren poco de los seres humanos, pero que no se aparecen a ellos más que en raras ocasiones. Las extrañas salamandras brillan y juguetean en el fuego; en las profundidades de la tierra habitan los odiosos y perversos gnomos; los encantadores silfos habitan en el aire y revolotean en las nubes; en los lagos, los rÃos, los arroyos y los mares, vive el numeroso pueblo de las ondinas. Son felices en sus magnÃficas moradas, bajo sus bóvedas de lÃquido cristal que les dejan ver el sol y las estrellas, esas maravillas de la creación. Inmensos árboles de coral con sus hermosos frutos rojos y azules adornan sus jardines. Pisan una arena pura, sembrada de conchas de distintos colores. Los habitantes de las aguas son, la mayorÃa, de un aspecto afable, agradable, más bellos que los hombres.
–Amigo mÃo, tienes ante ti a una de esas ondinas.










