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N° 9 Los Prisioneros - Corazones
Si bien no fue un álbum cocinado en dictadura, Corazones, de Los Prisioneros, es una bomba lacrimógena en sí mismo. Llegaba la democracia, se acababan los martes de Merino, los caceroleos y las protestas, y Jorge González no recorre la realidad social, sino más bien, su mundo más íntimo. Era hora de mirar hacia adentro. Todos quedan consternados con la propuesta, pero las radios no tardan en apañar éxitos como “Tren al sur”, “Amiga mía” y, la arrolladora, “Corazones rojos”. Y el álbum se transforma en un fenómeno que supera por varios cuerpos a los discos anteriores.
Corazones es un álbum introvertido, emocional, a ratos cebolla, pero de esa que se pica fina. Ya sin el rock and roll que incorporaba Narea (y que desarrolló sólidamente en su banda Profetas y Frenéticos), la banda convertida en dúo se deja llevar por el sonido synth pop sin pudor, esto, debido a la atracción que sentían por bandas como Depeche Mode.
Cuenta la leyenda que el líder de la banda partió solo a Los Angeles porque Miguel Tapia tuvo problemas con su visa. En esa soledad, la dupla de González fue un hombre que dio que hablar en las mejores producciones latinas de los años noventa y el dos mil, el señor Gustavo Santa Olalla. Productor de discos tan grandes como el RE, de Café Tacuba, o el Donde jugarán las niñas, de Molotov.
Hoy, a dieciocho años de su debut, hay que decir que los videos de los principales éxitos del disco han crecido en importancia. Parecieran ser parte del imaginario de la naciente democracia escenas como una pareja que viaja en camión y pelea a muerte en la playa; González y Tapia en el andén de una estación de trenes o mirando por la ventana del vagón un paisaje sureño, o esos niños cantando el feroz coro de “Corazones rojos”. Imágenes que son casi imposibles de separar de algunas escenas de la campaña del No, que nos remiten a esos años en que empezaba la comisión Rettig y Patricio Aylwin hablaba en cadena nacional.
Y, estos últimos, no son datos caprichosos ni una asociación gratuita: con la distancia que da el tiempo, podemos afirmar que Los Prisioneros se hicieron carne de nuestra historia, pero Corazones es, quiéranlo o no, la democracia, tanto la del país como la íntima de todos nosotros. Esa por la cual muchos tuvimos que luchar por obtener cuando éramos unos pendejos que se sentían libres, aunque no lo fuéramos tanto. Probablemente fue el primer destape emocional de la década del arcoíris o los primeros años sin más enemigo que uno mismo. Aunque el otro, el de verdad, se haya quedado más tiempo del que pensábamos, la lucha era por nuestros propios derechos y la recuperación de una libertad que nunca llegó del todo.
Es cierto que los Prisioneros son una de nuestras bandas más honestas, pero también lo es que Corazones es el más profundo de sus discos. Aquí hay pop, en el amplio sentido de la palabra. La búsqueda de González esta vez fue por los surcos de nuestra intimidad, esa donde residen por ejemplo lugares tan oscuros y pantanosos como el machismo y el clasismo. Dos de nuestros rasgos que hasta la fecha no hemos podido solucionar y que son esto que somos como país: corazones que deambulan sin rumbo en la postmodernidad. Maldita sea. Pero es lo que somos y Los Prisioneros lo cantaron hace dieciocho años y lo seguirán haciendo por muchos más, ya que al parecer, no tenemos vuelta.
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