Brillante y rota. Me aferré a tus palabras como quien busca aire en medio del humo, esperando que vieras la tormenta que escondÃa detrás de cada gesto tranquilo. Te ofrecà mi mente sin trampa, con grietas visibles, y aún asà jugaste con cada una como si no doliera.
No soy un mártir, ni una santa, pero soporté tanto por amor que olvidé cómo cuidarme. Mi cordura fue moneda y tú, sin cuidado, la gastaste. Me harté. De mendigar descanso en tus brazos ausentes, de callar mi angustia para no incomodarte. Hoy, por fin, me elijo —aunque eso signifique dejarte atrás sin mirar.








