La depresión de la que no se habla
Di a luz hace 25 días, cuando lo escuché llorar en el quirófano mis lágrimas escurrieron, sentí mucha gratitud con Dios por permitirme oírlo, porque no escuché a la gente presente alarmarse y entonces eso significaba que todo estaba bien. En este punto entiendes la frase que muchas personas dicen cuando tienen a una persona cercana embarazada “Que sea lo que Dios quiera, pero que nazca sano”, te da un pavor que puedan decirte que algo está mal, que le falta alguna extremidad, escenarios catastróficos sobran.
El doctor me preguntó: ¿cómo se siente, está feliz? Y yo sólo pude responder “no sé” y todo mundo lo adjudicó a la anestesia. Sin embargo, ese “no sé” era realmente el inicio de todo esto.
Llegando a casa, cuando tuve que enfrentarme a mi nueva realidad, esa realidad de “mamá”, era muy duro porque tenía entre los brazos a un pequeño indefenso que no tenía idea de lo que estaba viviendo y parecía que su madre tampoco. Desafortunadamente a la semana me tocó experimentar eventos que jugaron con mis emociones, hormonas y mente; me vine abajo.
Cuando mi madre (en este momento la persona más cercana en este proceso) me pregunta: “¿estás feliz?”, le volví a decir que no sabía, que creía que sí. Indiqué tener miedo, miedo a no hacerlo bien, a no educarlo correctamente, a que le pase algo, incluso a no saberlo cambiar de pañal. Mi mamá hacía una cara de confusión y desagrado, parecía que no entendía mis palabras. Ahí finalizaba la conversación y esta se ha repetido 2 veces en menos de un mes y ha sido muy similar.
Cuando es de madrugada, estoy alimentando al bebé y hay un silencio profundo en la habitación pienso constantemente si esto era lo que yo realmente quería para mí. Hace calor, me duele la espalda, el bebé llora, a veces no entiendo si de verdad tiene hambre, son cólicos lo que tiene, esta incómodo, siente mi desesperación o qué le ocurre.
De pronto amanece y estás cansada, pierdes la noción del tiempo y cuando por fin crees que vas a poder parar tu cerebro y dormir, el bebé llora y hay que iniciar de nuevo. Y tu cuerpo, tu instinto te hace seguir, por inercia. Y esta sensación se vuelve casi permanente, tus amigos, familiares te preguntan “¿cómo estás?, ¿cómo vas?, ¿cómo te sientes?” Y tú solo eres capaz de responder: “si, bueno, bien Gracias, ahí voy, me estoy adaptando”
No quieres ahondar en el tema porque da vergüenza, decir que no sabes cómo te sientes, que estás cansada, que te has cuestionado la maternidad porque entonces serías una mala madre. He recibido más empatía de mis amigas que no tienen hijos que de quien si los tiene, porque estas últimas creen que debes “aguantarte”, que es “normal” y lo que falta.
Se habla mucho de las redes de apoyo pero lo cierto es que la gente que está muy cerca de ti, no es precisamente la más empática (no quiere decir que no te apoyen, claro está que ayudarte con el bebé mientras te bañas o comes es un privilegio) y no vas a ir por el mundo contando tu triste historia en espera de que alguien si te entienda, además, el apoyo que esperas es que se te deje llorar, que se te deje sentir todo eso que te abruma, no que lo intenten bloquear con discursos.
Si tienes mucha suerte, cuentas con una pareja que está dispuesta a brindarte un abrazo y consolarte pero no siempre ocurre porque volvemos a lo mismo, te da pena estar externando esto y sabes que no puedes hacerlo muchas veces porque corres el riesgo que te digan: “¿otra vez?” Y pff, sería un golpe doloroso. La relación en pareja ya en este punto dista mucho de lo que era antes del embarazo o incluso durante el mismo.
Y la pregunta del millón, esa que todos los días una se hace: ¿cuándo pasará esto?
No se sabe, no hay prueba científica que nos permita saberlo, algunas les durará unas semanas, unos meses e incluso un par de años.
Da coraje no tener la certeza de cuándo finalizará, da coraje perderse momentos con el bebé que no regresarán, da coraje no saber como nosotras mismas podemos ayudarnos, hacernos autosuficientes.
Es un proceso de vida, uno para que el nadie nos prepara, no hay opción, hay que vivirlo y esperar el ansiado día donde ya por fin te reconoces al espejo.