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"God, grant me the serenity to accept the things I cannot change, the courage to change the things I can, and the wisdom to know the difference."
Llegar a Nueva York desde Escocia no había sido para nada fácil, pero había valido la pena. Allí, si bien la vida era más rápida, parecía que Maurice Lancaster era invisible ante los ojos de la gente. Para Mo aquello era una bendición, porque significaba que no lo notaban, y pasar desapercibido era sinónimo de paz. Una paz que había estado ansiando desde que el niño de los Lyon había llegado a su vida y los cazadores que los rodeaban habían puesto un precio a su cabeza por haber participado en su secuestro y, desde luego, ser la mano derecha del demonio que tanta sangre se había llevado consigo.
Numair le había perdonado la vida, pero había visto en sus ojos el odio y la rabia. Sabía que, de cruzárselo en algún momento, y cuando Thomas no estuviera a su lado para detenerlo, el calebita no dudaría y él estaría muerto en cuestión de segundos – sin que a nadie le importara, solo un muerto más en la morgue.
Estaba solo. Viserys había asesinado a Mike, y la familia que tenía en Chicago, aquella que no veía desde que era un niño, no lo reconocería si se presentaba a su puerta a pedir reparo. Por eso ahí estaba – en el peor barrio de Nueva York, y por supuesto, en la peor casa que pudo encontrar.
Era una vieja casa vacía de estilo victoriano, con ventana tapeadas y pocos muebles, pero Mo se había encargado de arreglar gran parte del interior y conseguir lo que creía necesitar; un antiguo televisor de los 90, bastante grande; un refrigerador, y la instalación eléctrica funcionando, la cual le había costado una botella de whiskey y el trabajo de un yonqui tartamudo llamado Jonah que rezaba haber sido fontanero antes de que le embargaran la casa, su mujer lo abandonara y cayera en la ruina.
Al final del día, Mo había dejado que se quedara a pasar la noche.
—Mira, hijo —le había dicho el sujeto luego de darle un trago a su vaso de whiskey, una vieja taza color rojo. Habían estado hablando de todo tipo de cosas, pero aquel tema parecía apasionar al hombre a tal punto que tuvo que acomodar su posición y, con el cigarro entre los dedos, señalar el aire. —Si existiera una píldora que curara la tartamudez, no sé si la tomaría. Supongo que esto me convierte en lo que soy hoy en día, y no me gustaría cambiar quien soy. Estoy orgulloso de quien soy —acotó rápidamente, alzando el mentón casi de forma dramática, como en las viejas películas —, aunque no mucho de donde acabé —acotó, riendo.
La sonrisa de Mo se ampliaba gradualmente a medida que el hombre continuaba expresándose. No había ni una pizca de fluidez en su forma de hablar, desde luego, lo que creaba de alguna forma una especie de suspenso.
—Al final… Yo soy yo, y esa píldora no existe, así que tengo que encontrar la forma de convivir con ello, ¿me entiendes?
—No tienes idea.
—Qué va. Eres un crio —bramó, su voz ronca, pero de alguna forma aquellas palabras no habían salido con fin de ofenderlo.
—Tengo 24 años —corrigió Mo, riendo.
—Pues luces como de 17. Tengo un hijo de tu edad —comentó. —No quiere verme, por supuesto. Es una suerte que sepa que existo.
—Lo siento.
—Que le den —gruñó.
Un largo momento de silencio bailó entre ellos, pero al cabo de unos segundos Jonah decidió romperlo cuando una pregunta se escapó de sus labios.
—¿Dónde están tus padres?
Una pequeña sonrisa triste curvo los labios del muchacho.
—En Chicago, supongo.
—¿Chicago?
Mo asintió.
—¿Qué haces tú aquí?
—No lo sé —se encogió de hombros. —Solo sé que no puedo ir allá.
—¿Por qué no?
—Porque me fui hace mucho tiempo y… —una risita nerviosa se coló entre sus labios y su mano se escabullo entre su cabello, desacomodándolo. —Digamos que no es seguro. He hecho cosas malas, y las cosas malas llevan correa.
—¿A qué te refieres? —insistió el hombre, tenía el ceño fruncido y no dejaba de verle.
Mo inspiró.
—A que vayas donde vayas, tus demonios siempre van a ir contigo. Y no quiero esos demonios cerca de mi familia.
Asintiendo, el hombre finalmente dejó de observarlo y clavó los ojos en el fuego de la chimenea. Conseguir leña había sido toda una odisea, pero lo había logrado.
—Todos tenemos demonios —dijo Jonah en un susurro. —Todos tenemos oscuridad dentro de nosotros, es parte de nuestra alma. Somos lo que somos gracias a ella, muchacho... O culpa de ella —ágilmente, hizo volar la colilla al fuego y bebió otro trago. Los ojos de Mo danzaban entre las llamas, absorto en ellas y en las palabras del hombre. —Hay que poder mirar esos demonios a los ojos y aceptar su existencia… Luego mátalos y ve a ver a tu familia, ¿quieres? —su semblante serio enseguida fue reemplazado por una sonrisa bromista y, a continuación, se puso de pie y caminó hacia el destartalado sofá. —Buenas noches, hijo.
Maurice movió la cabeza, apenas sonriendo.
—Descansa, J.
Efecto Pigmalión.
Introducción al personaje.
ᅝᅝᅝLas flores florecen en su camino con la misma facilidad con la que mueren. Los pájaros lo siguen, vigilándolo. A veces, en días como ese, supone que en el fondo siempre lo supo. Mo ha sido dueño de un poder que ha ignorado y despreciado durante gran parte su vida – un poder para curar, para controlar, pero también para destruir. Un poder que va más allá de su conocimiento, un poder que lo ha condenado.
Años atrás.
ᅝᅝᅝEl dibujo que el pequeño Mo trazaba en la hoja había sido hecho sin levantar el crayón de la superficie: un burdo retrato de algo que, a ojos de su madre, era una figura demoníaca. La mujer se había escandalizado lo suficiente para hacer llorar al crio, que ahora se encontraba con ambas manos en el rostro gimoteando en silencio mientras aquella mujer lo reprendía por algo de lo que el pequeño de seis años aún no estaba del todo consiente. Por supuesto que no era el mejor dibujante del mundo, ¿pero era eso motivo para que su madre rompiera el dibujo frente a sus narices y lo botara a la basura pidiéndole que no volviera a hacerlo? Porque la Srta. Wesson decía que debía practicar, que tenía un don con el lápiz, y por consecuente probablemente también con el crayón, pero su madre parecía estar disgustada con aquello. A Mo la idea de ver a su mamá tan desesperada no le hacía gracia, por lo que desde luego no volvería a retratar a su amigo.
ᅝᅝᅝMo se limpió las lágrimas y con los ojos rojos la observo caminando por la sala, con el teléfono pegado a la oreja y una mano en la frente. Hablaba en susurros. Por el sonido de la tele a Mo se le dificultaba oír lo que sucedía, sin embargo pescaba palabras vagas: “tu hijo”, “extraño”, “médico”.
ᅝᅝᅝAhora, Mo no recuerda esto, desde luego. El psiquiatra le explicó a sus padres que se trataba de algo que la hija de Freud llamo “olvido motivado”. Algo que, por supuesto, el jefe de la familia Lancaster no entendía y por consecuende debía ser invento.
ᅝᅝᅝ—He can't just not remember it.
ᅝᅝᅝ—Yes, he can, Mr. Lancaster.
ᅝᅝᅝ—Buddy, I know my son, 'kay? He's denying it, I'm telling ya.
ᅝᅝᅝEl Dr. Roché miró a James Lancaster por encima de sus lentes y sonrió. Una sonrisa en son de paz, pero que decía lo estúpido que lo encontraba.
ᅝᅝᅝ—When we repress something, Mr. Lancaster, we truly forget about it; however when we deny it, as you say, we just... pretend we did. That kid doesn't remember a single thing, I'm telling ya.
ᅝᅝᅝJames Lancaster era un personaje curioso – no creía en fuerzas divinas, pero pensaba que los psicólogos eran babosos que ganaban dinero con los problemas ajenos. Un trabajo deshonesto, a diferencia de sus estafas o sus largas estadías en los bares. Por otro lado, Lucille, su esposa y madre de Mo, era una fiel creyente cuando le convenía (como aquella vez, cuando su padre recibió un disparo y ella le pidió al Señor que si sobrevivía, dejaría de fumar… Cosa que jamás sucedió, a pesar de que su padre saliera ileso del accidente).
ᅝᅝᅝMo recuerda los domingos de misa con canciones, calor y agobio: los negros eran buenos cantantes, y la iglesia era muy bonita, pero nadie parecía pararse a reparar el problema con el pesado calor del verano. No recuerda una presencia divina o la fe, aunque la tuvo (y tal vez la tiene), solo recuerda el calor. La gente sudando, aplaudiendo, o atendiendo a los sermones que él no era capaz de comprender… Y el calor.
ᅝᅝᅝNo paso mucho tiempo hasta que Mo volvió a causarle un susto a sus padres.
ᅝᅝᅝEran las siete de la tarde. Jackson y Maurice jugaban en el vecindario mientras que su madre cumplía el doble turno que había solicitado en su trabajo como empleada en servicio de los moteles de la carretera que despedía a los habitantes de la ciudad y recibía a los turistas. Los pequeños Lancaster habían encontrado un cachorro muerto en la senda vecina y habían estado observándolo desde hacía minutos, pretendiendo descubrir la causa de la muerte.
ᅝᅝᅝ—It stinks —exponía el pequeño Jackson, de 10 años.
ᅝᅝᅝPero Alby, que había entrado a los 18, fumaba un cigarro y los observaba de lejos en compañía de su colega Luke, con cara de quien no quiere la cosa. Les había dicho que no lo hicieran, pero no oían ("nunca oyen"); él ya había cumplido su rol, ahora estaba en las manos del universo. Selección natural, le llamaban.
ᅝᅝᅝ—You're gonna get sick — les decía.
ᅝᅝᅝY Luke, con falsos aires de grandeza, agregaba:
ᅝᅝᅝ—That shit's been dead for about two days, yo.
ᅝᅝᅝAlby no era un mal tío, pero tenía tendencias a comportarse como uno cuando sus malas amistades estaban cerca. Con Luke, creian sus hermanos, era incluso peor.
ᅝᅝᅝEl pequeño Mo se sentó a un lado del cachorro y lo tomo en brazos, recibiendo miradas de asco por parte de cada uno de los presentes. El animal olía mal, efectivamente, y su pelo estaba sucio; con trozos de barro y comida, sin embargo eso no lo detuvo a la hora de acariciarle con preocupación.
ᅝᅝᅝ—Do you think he'll be fine, Alby? —preguntó, arrugando la nariz.
ᅝᅝᅝSe sentía ansioso, inquieto, y sin más remedio que desear lo ilógico, deseó que el animal se encontrara bien. Pidio, en su inocencia, que se encontrara bien, porque tal vez, solo tal vez, su madre se lo dejara quedar.
ᅝᅝᅝ—Agh —se quejó su hermano mayor. Parecía estar a punto de vomitar a la hora de desviar la mirada. Mo, sin embargo, continúo merodeando en sus fantasías. Pensó en lo que le diría a su madre, incluso; “me encargaré de alimentarlo y pasearlo”, pero el momento le fue abruptamente apagado por un grito.
ᅝᅝᅝ—For Christ's sake, Maurice!
ᅝᅝᅝSu padre.
ᅝᅝᅝEl pequeño alzó la vista atolondradamente, pero antes de poder focalizar la imagen que se alzaba imponente frente a él, su padre ya le había arrebatado el cachorro de las manos y le había dado una abofeteada tan fuerte que dejó de oír del lado izquierdo durante unos segundos. Entonces, su nariz comenzó a sangrar.
ᅝᅝᅝJames Lancaster era un padre horrible, cualquiera podía dar crédito a eso, pero jamás le había levantado la mano a ningún integrante de su familia. Ni si quiera en las noches que volvía tan borracho que terminaba durmiendo en las escaleras del porche.Atemorizado y desorientado, mientras las lágrimas comenzaban a humedecerle las mejillas, Mo se llevó una mano a la cara y lo oyó.
ᅝᅝᅝ—What the fuck do you think you're doing? —espetó, desesperado, mientras comenzaba a toser. Su mirada porcina viajo rápidamente a su hijo mayor y este le contesto con un encogimiento casual de hombros. “Tú sabrás, es tu hijo”.
ᅝᅝᅝ—Dammit, kid! I haven't told you this before — tosiendo como si una mosca se le hubiera metido en su enorme boca de sapo, se acomoda cerca del rostro de su hijo. —But I think it's pretty obvious that you should not play with dead animals, isn't it? I mean, common sense, son?
ᅝᅝᅝPero algo sucedió. Antes de que James pudiera soltar el cadáver tieso del animal, este chillo y cayó al césped. Un chillido repentino e inesperado de dolor que logro abrirles los ojos como platos a todos, recolectando toda la paciencia y lógica que existía en sus seres para poder concebir lo que acababa de suceder frente a sus narices. Mo, sin embargo, no necesitaba mucho de aquello para alegrarse, aunque estaba tan sorprendido como el resto de los presentes.
ᅝᅝᅝEl olor había desaparecido y el cachorro se sacudía como si se despertara de un largo sueño y enseguida se acercó al niño con pasos torpes. James Lancaster, que volvía del bar de Philip con unos cuantos vasos de whisky y cerveza encima, como de costumbre, estaba comenzando a dudar de su juicio, pero siente como, de un sopetón, el alcohol se le evapora de la sangre. Se llevó la mano a la garganta y siguió tosiendo, sin poder quitar los ojos de la escena que se daba a cavo frente a sus ojos; (“estaba muerto; lo vi, lo sentí, lo olí”). Tosía con violencia y desesperación. Tosía y sudaba, mientras sus pequeños ojos se llenan de lágrimas, su bigote de morsa temblaba, su rostro se volvía rojo, y su dedo se alzaba para señalar de forma acusadora al más pequeño de sus hijos, que lo miraba inocente.
ᅝᅝᅝ—What did you do?
ᅝᅝᅝ—Nothing.
ᅝᅝᅝ—You… You can’t do this —ordenó, señalando al cachorro.
ᅝᅝᅝMo era pequeño y como cualquier otro pequeño, no entendía mucho a los adultos, pero se había animado a suponer que aquella mirada en los ojos llorosos de su padre no era nada bueno. Había desprecio y miedo; desconcierto. Estaba disgustado, y Mo no entendía exactamente por qué, pues no había hecho nada malo, ¿o sí? El cachorrillo se encontraba bien.
ᅝᅝᅝEl cachorro estaba bien.
ᅝᅝᅝ—You can’t —repitió el gordinflón, pero se detuvo.
ᅝᅝᅝJames tomó una bocanada de aire en un fiero intento para calmarse. Inútil, pues al volver a abrir la boca, su voz continúo siendo un grito grueso. Los vecinos estaban asomándose por las ventanas y Alby ya estaba detrás de James, dispuesto a golpearlo si el hijo de puta volvía a levantarle la mano a su hermano pequeño. Pero James estaba demasiado ocupado ahogándose de forma muy literal en sus conspiraciones (“está marcado”).
ᅝᅝᅝ —The Lord takes what He takes, you can’t bring it back.
ᅝᅝᅝ En el fondo siempre lo supo.
ᅝᅝᅝ James Lancaster fue diagnosticado con edema de pulmón esa misma noche, mientras Mo se acurrucaba con su nueva mascota.
ᅝᅝᅝ«Siempre he tenido deseos inconscientes de sanar – personas, cosas. De pequeño, mi madre ponía mi mano bajo el grifo cada vez que me lastimaba. Para lavarla, o algo así. Una vez, vi a ese pajarillo que se había caído de su nido, lo recogí e hice lo mismo sin darme cuenta de que a fin de cuenta, el pequeño se ahogaría. La intención era ayudarlo, porque crease o no, mis intenciones siempre han sido buenas, pero como dicen por ahí; el camino al Infierno está empedrado de ellas. Cuando me di cuenta de lo que hice, lloré durante días.»
ᅝᅝᅝTodo se había vuelto ambiguo. Los buenos momentos ya no aplacaban a los malos, y la tensión se sentía en el aire, así que cuando acabó de fumar el ultimo cigarrillo de la cajetilla, tiró la colilla dentro de la taza de café y se quedo sentado en el porche, en el frío de la mañana invernal londinense. En silencio y con la mirada en un punto fijo inexacto, jugueteo con el mechero entre sus dedos.
ᅝᅝᅝNo era la primera vez que estaba en Londres. De hecho, había viajado por el mundo entero en compañía de Viserys. A veces se encontraba indignado por no saber hablar japonés, o alemán, pero luego recordaba que el propósito de aquellos viajes no era precisamente con fines turísticos y dejaba de ser tan duro consigo mismo.
ᅝᅝᅝViserys siempre tenía asuntos entre manos, a pesar de que luchaba por escaparse “de las garras del infierno y sus políticas”. Pues, a diferencia de la creencia popular entre cazadores y depredadores, nunca había demostrado particular interés en los Lyon – aquellos individuos a los que debía, en simples palabras, córtales la cabeza por deudas pendientes. Siempre alegaba que aquello era trabajo y nada más que trabajo, que asesinarlos (o rastrearlos, como él le llamaba) no era más que una tarea que debía cumplir para que el ejecutado no fuera él. Porque incluso el infierno tenía sus leyes, y cada duque era completamente responsable del comportamiento de sus subordinados – si no le complacían, eran totalmente libres de hacer lo que quisiera con ellos. Viserys, claro, no estaba de acuerdo con la jerarquía del Sótano, y por eso pasaba la mayor parte del tiempo en el plano terrenal, con humanos y costumbres mundanas. Pensaba en los demonios como seres imbéciles e incompetentes. En sus delirios de grandeza se creía superior, pues había sido un ángel, pero Mo no estaba realmente seguro de sus palabras.
ᅝᅝᅝViserys le prometía seguridad, garantía, protección y amparo; le decía que quería las cosas como estaban y que traer a aquellos “buenos para nada” a aquella tierra jamás había estado en sus planes y que nunca lo estaría. Y por supuesto que Mo le creía.
ᅝᅝᅝ«Yo sufro porque soy mejor» decía casualmente en ocasiones, en la tranquilidad de su hogar y en la compañía de su peculiar amigo. «La belleza es efímera, viejo, el dolor es eterno». Y ambos reían, porque sonaba terriblemente ridículo.
ᅝᅝᅝEran distintos en todos los aspectos, empezando porque Viserys era un caído y Mo un fenómeno.
ᅝᅝᅝLa verdad es que ni él estaba seguro de lo que era, pero sabía que no era precisamente un sinónimo en vida de la normalidad como la conocía el resto de la gente (porque Viserys decía que todo aquel rollo era relativo). La primera pista era que tenía como colega a un demonio, y la segunda se centraba en sus poderes — poderes que jamás había sido capaz de explicar. Poderes que jamás había pedido y que lo habían llevado a esa vida.
ᅝᅝᅝSe conocieron por primera vez el día de su nacimiento, en los 90. El segundo encuentro fue cuando Mo tenía 6 años. Se había peleado con su padre y había decidido huir. No pudo hacerlo: no porque no supiera cómo, sino porque un “idiota al volante”, como lo llamó su madre, lo atropelló. No había sido un accidente grande: solo un rasguño en la rodilla, en la palma de las manos, y la rueda de la bicicleta violentamente torcida, pero había sobrevivido. Viserys vestía la carne de un sujeto en sus cincuenta, con larga barba blanca y una barriga que amenazaba sin descanso a los botones de la camisa. Había decidido ir por el nombre Neil.
ᅝᅝᅝMo no sabe esto y con suerte, nunca lo sabrá.
ᅝᅝᅝLas razones por las cuales Viserys había decidido interferir en prácticamente toda la vida de Mo eran obvias a su ver: el chico era especial. No “especial” como los alumnos súper dotados, porque sus notas apestaban: no “especial” en el sentido de retardado, porque era inocente pero eso no significaba que tenía un retraso: era especial porque su sangre lo era. Lo cual lo convertía en un arma muy potente y única, una que para bien o para mal, Viserys creía necesitar. Porque era mejor prevenir que lamentar.
ᅝᅝᅝEl demonio había estado moviendo las cuerdas de muchas marionetas para armar su vida desde que se había encargado de cambiar los bebés en aquella sala de recién nacidos. Más tarde habría matado a los verdaderos padres y con ellos, al verdadero Mo Lancaster. Sin si quiera esforzarse en que pareciera casualidad, había dejado la escena como una señal para el resto de los cazadores que protegía, o había intentado proteger, a los Delauny.
ᅝᅝᅝHabía sido una maniobra fríamente calculada. Hasta lo había designado a los Lancaster con un fin – sabía de James y su actitud arrogante, sabía de cómo hacía sentir como escoria a su gente en un inútil intento de sentirse mejor consigo mismo, y sabía que esa actitud actuaría positivamente (a futuro) en el pequeño Mo. Humillado por su padre, con su madre atemorizada y con sus hermanos indiferentes, Viserys pudo interferir fingiendo ser un buen amigo, un buen hombro en donde apoyarse para continuar caminando, aunque no fue sencillo. Por suerte, contaba con el apoyo de tres colegas.
ᅝᅝᅝCon siete años y la rabia ahogándole, Mo se dispuso a huir de casa nuevamente. Se topó con Viserys, quien ahora vestía a un nuevo sujeto de cabello oscuro, y grandes ojos verdes. Increíblemente delgado y alto, a comparación de Neil. El demonio se mostró amable, le contó lo asombroso que le parecían aquellos poderes (porque él y sus amigos tenían unos parecidos) y le dijo que podía ayudarlo, así que Mo accedió y no volvió a ver a su familia hasta que cumplió los 15.
ᅝᅝᅝLos amigos de Viserys no eran lo que Mo esperaba, aunque lo mismo sucedió cuando, con su estúpido acento inglés, le dijo que era un demonio. Uno decía “demonios” y pensaba en… Bueno, se imaginaba a un demonio, no a Viserys. Porque a simple vista, Viserys no era más que un inglés bocazas y algo idiota: un humano a fin de cuentas. Porque podías verlo comiendo una hamburguesa o tomando whisky, pero jamás imaginabas las cosas atroces que era capaz de hacer y que, en efecto, había hecho.
ᅝᅝᅝHabía 3 personas en las que Viserys confiaba: Doble D, y “el tarado de” Gendry, que formaban un dúo de ineptos pero que al fin de al cabo resultaban muy leales. Y estaba Mike Foster. Mike había tenido familia: una pequeña niña como hija: Alice, o “Ally” como solía llamarla en anécdotas, y su esposa, Sarah. La cosa sobre Mike es que era un traidor (o esa era la voz que se corría) – había trabajado en Betel
ᅝᅝᅝMike había sido el encargado de criar a Mo, lo que representaba instruirlo y alimentarlo, ya que Viserys era muchas cosas pero definitivamente no era bueno con los infantes. Esto no significaba, sin embargo, que Mike resultara siendo un reemplazo paternal afectuoso. Nada de eso: Mike era una persona dura, a la que la vida le había arrebatado todo lo que tenía y amaba, así que había optado esa nueva filosofía de vida para sobrevivir: “don’t get attached to things… or people” y mucho más importante, a Mo. Porque Mike sabía lo que Viserys estaba cociendo, lo veía en sus ojos. Miraba a Mo de esa manera ambiciosa – como aquellos sujetos que entrenan perros para peleas, sin embargo, no dudarían un segundo en ponerle una bala entre las cejas a la primera mordida a traición, porque dicen ser “buenos y tolerantes”, pero no son estúpidos.
ᅝᅝᅝQuería hacer de Mo un arma mortal, y lo lograría si le prestaba la suficiente atención. Efecto Pigmalión. Eso y el entrenamiento, claro. Pero el muchacho tenía demasiada humanidad y romperla era un trabajo que necesitaba dedicación y tiempo. Sin embargo, lo lograría con el correr de los años.
ᅝᅝᅝLa primera vez que le arrebato la vida a alguien –de forma consiente– fue en su cumpleaños número 15. Luego Viserys lo había invitado a festejar, como si nada hubiera pasado, pero Mo no había podido dejar de pensar en ello.
ᅝᅝᅝ—I want you to fix this— le había dicho. Y Mo supo de inmediato que se trataba de un humano porque lo que había colocado en la mesa, frente a él, era una automática.
ᅝᅝᅝApunta, dispara, apunta, dispara.
ᅝᅝᅝ¿La razón? Aquella persona, Jules, presentaba una amenaza para los Lancaster, o eso era lo que Viserys había asegurado. James se había metido en problemas y ahora Jules amenazaba con arrebatarle la vida a su hermana menor, aquella que había nacido nueve meses después del incidente con el cachorro y que en aquel entonces acababa de entrar al primer grado. Viserys le había explicado que era asunto suyo, cosa de familia, y que por ende él debía manejarlo. Así que Mo, cegado por el deseo de eliminar una amenaza inventada y manejada al antojo de un demonio, lo hizo. Y lloró como una nena, como Viserys le comentaba a Mike.
ᅝᅝᅝDurante tres semanas se miró por las mañanas en el espejo preguntándose si se le notaba mucho. Sentía que lo llevaba escrito en la cara. Una gran A roja en la frente de Asesino.
ᅝᅝᅝEventualmente, comenzó a olvidarlo, pero jamás lo reprimió.
ᅝᅝᅝDescubrió que la muerte, para aquellos individuos, era un asunto completamente trivial. Quiso acostumbrarse a la idea, Dios sí que lo quiso, pero no pudo, porque cada vez que lo meditaba comenzaba a razonar y sentirse enfermo.
ᅝᅝᅝ—I want the best for you, Mo! —decía Viserys, frunciendo el ceño cada vez que sus órdenes o sus puntos de vistas eran cuestionados. —You'll have to get used to the idea that this will be your life, mate, because if you don't...
ᅝᅝᅝ—If I don't what. What happens then?
ᅝᅝᅝEntonces Viserys haría ese gesto en donde aprieta los labios, ladea la cabeza y lo observa con esa mirada – una mirada llena de infinita y falsa preocupación, con sus enormes ojos verdes chispeando en chantaje. Mo lo percibía enorme, absoluto.
ᅝᅝᅝ—Law of the jungle. Have you heard of it?
ᅝᅝᅝPorque creía conocerlo sobradamente bien como para predecir con cierta exactitud lo que iba a hacer o decir en ciertos escenarios, porque lo practicaba y porque así le inquietaba menos. Solo era su forma de lidiar con las cosas, fingir que sabía, pretender que tenía un poco el control y sin más remedio seguir con la corriente, porque lo que hacía era lo correcto.
ᅝᅝᅝMike Foster arribó al apartamento que Mo había rentado aproximadamente media hora después de que este saliera a fumar su último cigarro. Con sus lentes de sol y su chaqueta de cuero, se bajó de su Chrysler del 80 y se detuvo frente al muchacho, que alzó la vista a los pocos segundos de verse reflejado en el brillo de sus zapatos.
ᅝᅝᅝ—Hey.
ᅝᅝᅝ—What are you doing here? —interrogo, pero lo hizo de tal modo que Mo supo que no debía responder. Él mismo intentaba averiguarlo, observando alrededor. —I don't wanna know, really. Take those pajamas off, would ya. We've got things to do.
ᅝᅝᅝ—What kind of things?
ᅝᅝᅝ—Does it matter?
ᅝᅝᅝ—Can I least know where we going?
ᅝᅝᅝ—East—informó, entrando al apartamento con su copia de la llave. Mo lo siguió. —It's 9am, the flight it's at 10. Hurry up, I won't say it twice.
ᅝᅝᅝ—Well excuse me.
ᅝᅝᅝEntro a la cocina, tiro la caja de cigarros en la basura y luego abrió el refrigerador. Las cosas que había dentro eran contadas: kétchup, mayonesa, dos latas de cerveza, una caja de leche y un refresco de uva. Mo tomó la caja de leche, pero cuando se la llevo a los labios y la saboreo, hizo una mueca y volvió a colocarla en su lugar.
ᅝᅝᅝ—Which part exactly? Middle East, Far East… —Mike lo observo como si se sorprendiera del conocimiento geográfico que el joven acababa de demostrar, pero Mo no se inmuto. —Can you be a little more specific?
ᅝᅝᅝ—Israel, I think —especifico el hombre en un tono cansino. Mo no tenía término medio: o era insufriblemente insoportable, o curiosamente comprensible. Como si se hubiera arrastrado parte de su infancia y adolescencia a sus casi 30 años. —Not really sure.
ᅝᅝᅝ—Holy Land… —una sonrisa le curvó los labios. A Viserys le gustaba jugar con aquello, no le sorprendía en absoluto. De hecho, estaba seguro que nada volveria a sorprenderlo desde aquella vez que visitaron el Vaticano. —Where is he, anyway?
ᅝᅝᅝ—Who?
ᅝᅝᅝ—Viserys.
ᅝᅝᅝA paso lento, se dirigió a la habitación y comenzó a cambiarse perezosamente. Oyó a Mike sentarse en el sofá y encendiendo el televisor antes de contestarle.
ᅝᅝᅝ—Do I look like his goddamn secretary?
ᅝᅝᅝ—Kinda.
ᅝᅝᅝMike bufó, aunque Mo no fue capaz de oírlo.
ᅝᅝᅝ—He said we'll meet at the airport —cambió de canal: una reportera con un inspirador escote hablaba en francés. El muchacho volvio a entrar a la sala desacomodandose el cabello y arrastrando los pies, con una mochila colgando de su hombro. Viajaba ligero, no es como si tuviera muchas cosas, de todos modos. —You know him.
ᅝᅝᅝ—Sometimes I'm not so sure I do—murmuró.
ᅝᅝᅝ—The drawbacks of being buddies with a bloody demon, I'm afraid —apretó el botón rojo del mando y el televisor se apago. Se levanto con lentitud, Mo estaba seguro que había algo con respecto a sus huesos que andaba mal. —You ready?
ᅝᅝᅝ—Yeah.
Highlands, Scotland.
Si le hubieran preguntado seis meses atrás si era feliz, lo hubiera dudado. Como toda persona, se habría tomado un momento para rascarse la barbilla y considerar las cosas buenas que la vida que vivía traía consigo, pero ahora… Ahora sabía la respuesta. Se le notaba en la cara y en el cuerpo, incluso en la voz.
Viserys no había perdido el control de la situación, pero Mo a veces sentía que había perdido el control de sí mismo. Aunque claro que, la mayor parte del tiempo, Mo olvidaba que Viserys era un demonio y que no tener el control de sí mismo era algo así como un requisito para entrar al club demoníaco, pero había algo raro sucediendo con él. Algo que Mike enseguida atribuyo a la presión. Como era sabido, Viserys era poderoso, pero no lo suficiente a comparación de los peces gordos. Recibía órdenes y las cumplía de la forma más competente que podía, lo cual para sorpresa de muchos, resultaba siendo a menudo.
No era tarea sencilla con los Lyon, y la cosa se complicaba cuando debía pasar tiempo con un niño calebita de 13 años, el cual obviamente requería paciencia, algo que Viserys no conocía ni poseía. Debía haberlo matado, pero era preferible matar dos pájaros más gordos de un tiro. Era cuestión de lógica y si Mo debía reconocer algo, reconocería que era una buena jugada. Sin embargo, no estaba seguro de que todo resultaría como lo planeado… Nunca era tan sencillo.
Para cuando Viserys hubo terminado la llamada, Thomas se había movido tanto y tan bruscamente, que Mo ya no pudo retenerlo. Salió corriento de su agarre directo al demonio, pero pareció chocarse una pared de energía invisible porque, a mitad de camino, se detuvo abruptamente.
—I’m gonna kill you —le prometió el niño.
Viserys se acercó a paso lento portando aquella sonrisa que parecía tener como fin burlarse de todos. Mo dio un paso hacia delante de forma instintiva, pero Mike le tomó el brazo, deteniéndolo.
—Ah, ¿sí?
—Lo juro —dijo Thomas entre dientes. —Lo juro por Dios, voy a matarte.
—¿Por Dios? —sus cejas se alzaron y su sonrisa se amplió. Thomas tragó saliva espesamente. —¿Y dónde está Dios exactamente ahora, niño? —sus ojos recorrieron la habitación. —¿Esta aquí? ¿Está con nosotros?
—Vete al infierno.
—Voy todos los fines de semanas, ¿seguro no quieres venir conmigo?
—Viserys —la voz de Maurice sonó ronca pero firme. Probablemente era la primera vez en su vida que le hacía frente no una, sino dos veces al día. Casi pudo sentir como el corazón de Mike se encogía y sus manos se preparaban para tomar inútilmente su arma. —Stop it.
—Or what? —el demonio se volteó. —¿Qué harás Mo?
—Leave it, son —murmuró Mike, tomando su brazo, pero Mo se zafó de su amarre y avanzo dos pasos.
—Sabes lo que puedo hacer, lo sabes.
—Lo que dices que puedes hacer —corrigió. —Lo que todos creen que puedes hacer.
—Puedo hacerlo —aseguró.
—Hazlo, entonces. Te reto a que lo hagas —los brazos de Viserys junto con su mentón se alzaron. —¡Hazlo! ¡Vamos! Mo podía sentirlo. A cada hora, a cada momento, podía sentir su esencia oscura y densa. Podía sentirla encresparse cuando se enojaba y flotar como en el agua calma cuando estaba tranquilo y confiado. Podía sentirla hirviendo, burbujeando en exaltación y cólera en aquel preciso momento.
Estaba enfadado, ¿y cómo no estarlo? Su humano, su mascota, aquel instrumento con el que contaba para sus futuras batallas a quien había usado alguna que otra vez como defensa contra los de su propia estirpe ahora estaba volteándose, poniéndose del lado ni más ni menos que de su enemigo. Y como si eso no fuera lo suficiente, era capaz de matarlo si se lo proponía. Tenía una de ventaja, sin embargo, y era simple: Mo era demasiado débil para hacerlo. Tenía mucho corazón, demasiada lealtad.
Solto una risilla entre dientes como si intentara decir “eso pensé”, pero aquella mueca no duro mucho tiempo. De repente y sin previo aviso, algo le golpeó el pecho.
El demonio frunció el ceño confundido y bajó la vista para descubrir de que se trataba. Habia un agujero a la altura de las costilla, justo al lado de su codo, y de ahí salía sangre negra. Muy poca para considerarlo normal.
Alzó la vista encontrándose con la cara boquiabierta de Mo, la de desesperación de Mike, y la de terror de Thomas, que con manos temblorosas sostenía la pistola que le había arrebatado de la cintura al cazador. Viserys no perdió el tiempo y con las fosas nazales bailando como las de un toro, se acercó a pasos agigantados. Thomas disparó una, dos, tres veces, antes de que la pistola se le resbalara de las manos y callera al piso.
Mike se interpuso en su paso, colocando una mano en el pecho del demonio, sintiendo la humedad de la sangre tibia manchándole.
—No —quiso sonar calmado, pero su voz fue más un grito que un murmuro. Un grito que pretendía servir como conector entre su enojo a la tierra. —No lo hagas. No. Tiraras todo el plan a la basura, maldita sea, todo en lo que hemos tr…
Pero antes de que pudiera terminar la frase, la mano de Viserys se cerró contra su garganta con tanta fuerza que a Thomas, que se encontraba detrás, pareció huir crujir su tráquea.
—NO! —rugió Mo, abalanzándole contra Viserys. Este no se movió ni un centímetro, sus ojos fijos en los de Mike, sus nudillos blancos. —No! Please!
Paulatinamente, el agarre crecía con más presión, y a su vez el color del rostro de Mike se tornaba de rojo a violeta. Tanto Viserys como Mo podían sentir su vida desvaneciéndose, pero solo uno de ellos estaba realmente disfrutándolo. Se trataba de un momento de éxtasis, absorbiendo de forma inconsciente todas sus energías favoritas encerradas bajo el mismo techo, Viserys se sentía en un banquete luego de lo que suponía se sentía una larga dieta. Había tenido peones durante tanto tiempo que por había sentido como se sentía matar con sus propias manos.
Finalmente, Mike dejó de pelear y su cuerpo cayó al suelo pesadamente. A su lado, de rodillas, le siguió Mo. Lo tomó del rostro y lucho para ver a través de sus lágrimas, abofeteándolo con las manos temblorosas y repitiendo una y otra vez una sola palabra: su nombre.
Un mes atrás.
—Mike solía contarme historias cuando era pequeño —murmuró Mo. Estaba con los codos apoyados en la mesa y los ojos, azules y grandes, bailando en la comida. —Había una… Tal vez la conozcas. Era sobre un leñador que vivía en el bosque con su esposa y sus dos hijos. Ya no podía mantenerlos. Todas las noches se preguntaba qué sería de ellos y una noche la mujer le dice que tiene una idea; por la mañana llevarían a los niños al bosque y los dejarían allí. Los niños se despiertan, por el hambre, ¿sabes? Se despiertan y los oyen hablando.
Thomas arrugó el entrecejo, aun masticaba un trozo de patata frita.
—¿Qué clase de historia es esa?
—Una realista —replicó Mo, dibujando una sonrisa casi nostálgica mientras untaba la patata en el kétchup. —Verás… La entendí cuando crecí. Era la forma de Mike de decirme que no debo confiar en nadie. Que todos somos una carga sustituible.
Thomas rio.
—¿Qué no es Hansel y Gretel? Vaya forma de profundizarlo.
—Me dormía aterrado —continuó Mo, contagiado de la risa del niño. —Cuando lograba dormir, claro.
—Eres un nenazas.
—Tal vez, pero si conoces la historia sabes que Gretel salva el día. Mike me contaba esta historia y yo era un niño, no había ninguna Gretel… —se encogió de hombros y se llevó la patata a la boca. —Me lo advirtió, supongo. Siempre estuve jodido.
Thomas lo estudió en silencio pero finalmente habló.
—Mi mamá solía contarme esos cuentos cuando era pequeño —dijo. —Nunca me gustaron. Ahora me gustan menos.
Mo sonrió por la ironía. Si a un fanático de Dracula le presentaban a un vampiro, pensó, sucedería lo mismo.
—Todo es más sencillo en los cuentos, tío —opinó Mo, estirándose en la silla. —Uno es bueno o es malo, uno es puro o impuro. Es simple. Este mundo es… Es todo lo contrario. Es todo complicado, está lleno de grises.
Un largo silencio colgó de ellos. Thomas se limitaba a masticar la comida perezosamente mientras que Mo inspeccionaba el techo.
—¿Mo? —el niño le saco de sus pensamientos de repente, obligandolo a dirigirle una mirada.
—¿Si?
—No me dejarás en el bosque, ¿verdad?
Maurice sonrió con afecto, pero sus ojos se mostraron alarmados. No obstante, rápidamente logró camuflar todo lo que aquella pregunta había despertado soltando una risita burlona entre dientes.
—¿Quién es el nenazas ahora, eh?
Actualidad.
Sus manos apretaban con fuerza su chaqueta y su rostro estaba hundido en su pecho, intentando inútilmente parar el llanto. Quería despertar, solo era un mal sueño, eso no podía estar pasando.
—Hey… —la voz de Viserys se oyó suave, podía oírlo sonreír. —No llores, puede volverlo a la vida, ¿verdad? Solo necesitas… —chasqueó la lengua contra el paladar. —Otra vida.
Cuando Maurice alzó la vista tenía los ojos rojos e hinchados. Observó a Viserys por unos segundos antes de viajar la vista al pequeño que, asustado y confundido, los observaba con la espalda contra la barandilla de las escaleras.
Mo se sintió enfermo de tan solo considerar la idea, pero rebusco consuelo en recordar de quien se trataba. Era Mike muerto a sus pies, Mike el que le había enseñado más cosas de las que podría haberse imaginado. El que le había alimentado y arropado en sus primeros años de infancia, el que le había salvado de la impaciencia de Viserys cuando se trataba de sus poderes. Pero aquel era un niño. Era solo un niño con mala suerte que había sido arrastrado a todo eso como efecto colateral.
—No —meneó la cabeza, carraspeando. Intento recuperar su voz mientras se incorporaba. —No, no lo haré. No… —Se detuvo frente a él y lo miró directo a los ojos. No había conseguido la forma de detener las lágrimas, pero pudo contener los espasmos tensando la mandíbula y apretando las mangas de su buzo. —No te daré el gusto.
—¿Crees que quiero esto? —cuestionó. —¿Crees que quiero que mates al niño Lyon y te cagues en todos mis planes?
—Tu ibas a matarlo.
—¿Eso crees?
—Eso es lo que vi.
Viserys hizo algo parecido a rodar los ojos.
—Iba a darle unas palmadas en la espalda por ser tan valiente y estúpido.
—¿Por qué mataste a Mike? —al decir su nombre, la voz de Mo volvió a quebrarse, pero recuperó la compostura cuando pasó la manga del hoodie por sus ojos, limpiando las lágrimas. —No tenías que hacerlo. El no…
—Claro que tenía que hacerlo —le interrumpió. —Claro que no fue su culpa, pero tenía que hacerlo.
Aquellas palabras hicieron que a Mo se le helara la sangre. Frunció el entrecejo confundido y dio un paso hacia atrás de forma instintiva, luciendo como si sus rodillas comenzaran a fallar. Bajó la vista a Mike, sus ojos lo observaban.
—Se lo que sucede, Mo, contigo, con el niño… —murmuró el demonio, reconociendo la expresión quebrada en su rostro. —Y déjame decirte que es una jugada estúpida. No me sorprende viniendo de ti, pero creí que a estas alturas podrías pensar con más claridad, más coherencia. Estas pensando en irte, lo has estado pensando antes de que el calebita apareciera incluso, pero el crio se ha vuelto un problema en muchas formas —Viserys dio un paso y dejó una mano sobre su hombro. Algo que a Mo le habría resultado familiar e incluso reconfortante en el pasado ahora lo hacía sentir enfermo, sucio. —Elige sabiamente. Y mientras lo piensas, recuerda a tu familia en Chicago.
La mansión de su familia hizo que Maurice alzara la vista, clavando los ojos azules en los de Viserys. No le importaba su padre ni su madre, ¿pero sus hermanos? ¿Su hermanita pequeña? Tragó saliva espesamente viendo rojo con la simple consideración del posible escenario si no elegía lo que Viserys esperaba y entonces sucedió. Viserys frunció el ceño desconcertado. Dio un paso hacia atrás, luego otro, y otro, como si intentada huir de algo invisible.
Podía sentir su esencia alertada, inquieta. Podía sentirla intentando escapar de su recipiente, desprendiéndose de forma dolorosa, logrando que el demonio se quejara y se llevara la mano al pecho. Entonces, Mo pudo ver el humo negro escapándose por las heridas de bala.
Viserys rió a pesar del dolor, orgulloso.
—You’re gonna kill me? —inquirió, hacienda un leve énfasis en la última palabra y volviendo a reír. —If you kill me you’re left with nothing. What have you got in your life, Mo? Huh? Nothing, nobody! —ladeó la cabeza, estudiando su rostro. Su mano aún seguía en su pecho. —Oh wait, yes! —dijo de repente. —Video games and movies and go-karts and fast food! Oh, boy, what a life! —espetó. —The hunters, they will end you. They will fucking end you.
—Maybe I deserve it —susurro el muchacho, apenas pestañeaba. Su nariz había comenzado a sangrar.
El dolor pareció intensificarse porque Viserys se dobló dando un quejido. Entonces, alzó la vista, pero en vez de ver al muchacho, sus ojos se clavaron en la figura de Thomas que observaba la escena en silencio en la misma posición que había adoptado hacia unos minutos. Al cabo de unos segundos, el niño comenzó a toser. Se llevó las manos a la garganta e intentó respirar como si estuviera debajo del agua, abriendo la boca y alzando la mirada en donde se suponía estaría la superficie. A continuación, Mo volteó para comprobar lo que sucedía y entonces todo se desvaneció. Thomas cayó de rodillas al piso tosiendo y Viserys se había esfumado.
Lo buscó con la mirada de forma instintiva, sabiendo que era inútil, y cuando entro en razón de que efectivamente había huido como mejor sabía hacer, las lágrimas volvieron. Primero le nublaron la vista, luego, mientras intentaba contenerse tensando la mandíbula, sintió como su labio comenzaba a temblar y ahí estaba. El llanto, sonoro.
—He can’t keep getting away with it! —Gritó, pateando una silla y hacienda añicos la lámpara que descansaba sobre la mesa ratona. Era un grito de guerra, de tristeza, de rabia. No le importaba que el niño lo estuviera viendo, solo le importaba que Mike estaba muerto, que había sido su culpa, y que el autor había sido aquel demonio al cual alguna vez le había jurado lealtad.
—I’m sorry… What?
—Hunters. They’re looking for you. And they’re gonna get you, boy. They’re gonna find you eventually, and when they do, you’re gonna wish you were dead.
Lo que en un principio iba a ser un viaje más se había convertido en el comienzo de una guerra. Había ayudado a Viserys a secuestrar (porque sí, porque esa era la palabra: secuestrar) a un niño de unos diez años y ahora, según el maloliente ruso que le había entregado su tercera cerveza aquella noche, tenía a un ejército de cazadores pisándole los talones. Y bien, claro, todo el mundo sabía que los cazadores eran malas noticias, especialmente para personas como Maurice, ¿pero cazadores enojados? Eso era tema de pesadillas. Thomas (así se llamaba el niño) había sido un auténtico dolor en el culo desde que había despertado del automóvil aquella vez. Mo no había dejado de rezarle al cielo ni un solo día para que Viserys no perdiera la calma y, en ocasiones, aquello no era suficiente y se veía obligado a intervenir (“es solo un crío, tío” y “cierra la boca, chaval, joder”). No obstante, su arbitraje no siempre daba resultados y Thomas ya se había ganado alrededor de cuatro golpes por su insolencia. La valentía no la discutía, la defendía, pero tenía una lista enorme de razones por las que no quería ver al niño muerto, sabiendo que los golpes eran el primer paso a ese destino. Primero, porque era un niño, y segundo, porque si aún no estaban en guerra y podían jugar videojuegos cuando le obligaban a cuidarlo, era porque su muerte sería lo que descaderaría una serie de hechos que no viviría para contar, lo cual en algunas noches no le parecía una mala idea. La casa en la que pasaban los días parecía una aparición fantasmal en la inmensidad del páramo durante las noches. Tenía dos plantas, una buhardilla y postigos desvencijados en cuyas esquina el hielo dibujaba formas curiosas. La tierra era yerma alrededor y se extendía durante kilómetros en el gris y plomizo paisaje inglés, con cielos lúgubres y brumas espesas que lo cubrían todo. Desde el césped a los corazones. —¿Puedo hacerte una pregunta? —la voz de Thomas era la de un niño, desde luego, pero en ocasiones Mo tenía la sensación de que hablaba con un alma vieja. —Ese día, afuera de la escuela, ¿era mi padre quien me llevo a la Van? Negando con la cabeza, Mo se estiro para dejar el joystick sobre la mesa. Thomas de acomodo en el sofá enseñando un ceño fruncido, intentando con todas sus fuerzas tomar esa actitud despreocupada que probablemente describía a su padre. Según lo que Mo había visto de Caladh Lyon en Viserys, aquel niño de espesas pestañas, cabello oscuro y actitud de adolescente no sé parecía a su padre, no físicamente, lo que le daba lugar a suponer que seguro era la imagen de su madre. —¿Cómo es eso posible? —Con un poco de magia y malas intenciones. —¿A qué te refieres? Carraspeando, Maurice se estiro nuevamente a la mesa para coger la bolsa de snacks, la cena de todos los días, y le ofreció antes de continuar. —¿Te agrada Viserys? —¿Viserys? —alzando una ceja, con una expresión de quien no quiere la cosa, observo el rostro de Mo mientras masticaba. —¿Te agrada a ti? —Es mi amigo —contesto Mo riendo. —Pues no lo parece. —¿Por qué dices eso? El niño volvió a acomodarse y luego de apretar un botón en el mando, volvió a meterse en el mundo del videojuego, lejos de aquella realidad en la que lo habían condenado. —Te trata como si fuera tu jefe —dijo finalmente.

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