Cuando llegaron los portugueses, los san y los khoi ya estaban en Sudáfrica. Estaban allí desde hacía más de 50.000 años, a juzgar por los restos arqueológicos, y ambos eran los descendientes de una de las razas humanas más antiguas, con piel broncínea y pelo corto y acaracolado.
Los san y los khoi compartían la misma lengua, extraña y sonora, en la que las palabras empiezan con chasquidos de la lengua y los labios. Pero los san (bosquimanos) eran cazadores recolectores, mientras que los khoi (hotentotes) eran pastores.
Esta diferencia en civilización llevó a los estudiosos a concluir que eran razas diferentes, y de paso sustentar la relación entre la raza y la inteligencia, que tan bien les venía a los nazis y sus aprendices del gobierno del apartheid.
Hoy sabemos que cuando un khoi perdía su ganado, se convertía en san, y sobrevivía en el bosque. Cuando un san se hacía con una vaca o una oveja, pasaba a ser khoi. No había diferencia genética entre ellos. Solo económica. Hoy se les llama khoisan a todos ellos.
Es la sensación que hemos tenido en Sudáfrica durante todo el viaje. El color de la piel no marca las diferencias, excepto para unos pocos radicales. Las diferencias están en la educación, posibilidades y oportunidades, es decir, en los ingresos. Con una población negra del 80%, de la cual la mitad vive en la pobreza, el gran problema actual es la inmigración ilegal, que aquí tiene mucho que ver con la criminalidad.
En los centros comerciales los guardias de seguridad siguen a mulatos, porque estadísticamente son responsables de más hurtos. En los suburbios, los negros sudafricanos quieren expulsar a los angoleños o congoleños, porque estadísticamente son responsables de más asesinatos a tiros. El color de la piel ya no importa cuando hay cifras. Como con los san y los khoi, es solo una cuestión de tener o no tener.