Este es un recuerdo, agridulce y nítido, me transporta a mi tierna niñez. Mientras yo me perdía ingenuamente entre letras y cuentos, él se perdía en el amargo consuelo del licor. Sin embargo, aquellas melodías Huancas, resonando en el silencio con un trasfondo de sentimiento y soledad, eran el mapa de su alma, reflejaba la profunda pena que llevaba dentro mi querido abuelo. La herencia más valiosa que me dejó: fue el eco inconfundible de la música de Huanca en el corazón.
Ya han pasado siete largos y dolorosos años desde tu partida. Te recuerdo con una ternura inmensa, pero también con una tristeza que no tiene fin. Te extraño un montón, abuelo, y la verdad es que no hay vacío más grande que tu ausencia. Eras mi ancla, mi segundo padre; aquel que, incluso entre gritos y regaños (a carajeadas), nos forjó el carácter y nos enseñó las verdades crudas y bellas de la vida. Nada, ni nadie, podrá jamás sustituirte.













