me gustaste
no por lo que mostrabas
sino por lo que callaste
cuando te hice cariño
y cerraste los ojos
como si nadie lo hubiera hecho así antes.
me gustaste
porque me diste permiso para caer,
para soltar el cuerpo
y dejar que alguien más —por una vez—
sostuviera mis pedazos.
a tu lado
no tuve que cuidar de nadie.
no fui fuerte.
no fui el protector.
fui yo,
quieto,
frágil,
vivo.
y sí,
quizás fue solo eso.
una tregua.
un paréntesis sin promesas
que tú olvidaste al volver a tu mundo
y yo, en cambio,
quise guardar.
no te culpo si no vuelves,
ni si esto fue nada para ti.
pero yo existí en esa noche.
yo me abrí.
yo sentí.
y esto —estas palabras—
es mi forma de no dejarlo morir del todo.
aunque tú nunca lo sepas.
aunque yo nunca lo diga en voz alta.





















