Estamos rotas
Aquí ya no se puede ni llorar a nuestros muertos.
Porque la injusticia se nos cuelga del cuello,
aprieta,
asfixia,
y convierte el duelo en rabia.
Aquí tampoco nos dejan sentir rabia,
porque la indignación nos desborda,
nos inunda los pulmones,
nos deja sin aire.
Estamos hartas.
Estamos cansadas.
Estamos enfermas de cargar el miedo
como si fuera una segunda piel.
Estamos rotas.
Estamos llorando.
Estamos secas.
Secas de tanto sobrevivir.
Secas de tanto explicar que nuestras vidas importan.
Secas de tanto entierro prematuro,
de tanto nombre convertido en consigna,
de tanta ausencia convertida en costumbre.
Y mientras el horror avanza,
nos siguen diciendo:
“Cuídate.”
“No hables tanto.”
“No te expongas.”
“Realmente no sabes quién es quién.”
“Desconfía.”
Como si el problema fuera nuestra voz
y no la violencia.
Como si el peligro fuera denunciar
y no la impunidad.
Como si la solución fuera el silencio.
Pero somos mujeres.
Somos defensoras.
Y hemos aprendido que callar
también mata.
Nos duele el cuerpo de tanta crueldad.
Nos duele el país.
Nos duele la cárcel, la bala, el racismo,
la persecución, las amenazas,
la indiferencia que mira hacia otro lado.
Nos duele vivir en un lugar
donde exigir justicia puede costar la vida.
Y aun así,
aun rotas,
aun llorando,
aun cansadas,
seguimos.
Porque nuestros muertos merecen memoria.
Porque nuestras niñas merecen futuro.
Porque nuestras comunidades merecen dignidad.
Porque la ternura también es una forma de resistencia.
Y porque un día,
cuando esta oscuridad termine,
nadie podrá decir
que guardamos silencio frente a la crueldad.















