Madre: una reflexión sobre la vida, la muerte y las relaciones filiales
Por Montserrat Piffaut Fontboté
Dentro del marco del proyecto Teatro Nativo, el Teatro Regional del Maule organizó una residencia enfocada en hacer un laboratorio escénico cuyo objetivo, a través de la investigación y la experimentación, era crear un nuevo montaje teatral para potenciar y enriquecer la producción escénica local con diversos artistas nacionales y regionales. Este proyecto reunió a la dramaturga Trinidad González y al director Marcos Guzmán, quienes junto a los actores Nelly Carrasco, Álvaro Rojas, Francisca Maldonado, Rodrigo Calderón y Liviarosa Roncagliolo dieron vida a Madre. Una producción desde la región del Maule, para Chile.
Al inicio de la pieza se observa desentendidamente un hombre de terno con rasgos faciales indefinidos que deambula por el escenario silenciosamente entre los personajes congelados: cuatro disfuncionales hermanos. Al término de la obra, el mismo hombre vuelve a aparecer. Tanto al inicio como al final, este se manifiesta como una premonición de lo que sucederá. Al término, el personaje incluso toma una actitud desvergonzada y coqueta. Es la muerte, que sin cara siempre nos acompaña de manera indefinida. Nos seduce y baila entre nosotros, quienes ineludiblemente debemos aceptarla en algún punto de nuestro trayecto vital.
Tres hermanos adultos se juntan para despedir a su madre, quien se encuentra en sus últimos respiros. Esta reagrupación entre hermanos resulta bastante inusual, ya que los cuatro tienen sus vidas construidas de manera muy distinta. De a poco, se van revelando las carencias de sus vidas actuales y los vestigios de su pasado familiar. Rastros que cada uno maneja de forma diferente para no confrontar el dolor que implican los pasajes oscuros y antiguos de su madre, quien yace inconsciente en medio de la cocina, dentro de una especie de vitrina (o ataúd transparente).
La escenografía de Madre es prolija. Está compuesta por una cocina de vivos colores que acompaña un escenario contemporáneo. Los actores utilizan el espacio a cabalidad, en distintos niveles, movidos por las distintas temáticas de la charla que sostiene su encuentro, las ocupaciones e intereses de cada hermano y la forma en que aquello moldea su carácter. La música es simple, precisa y no sobresale. El ritmo escénico de la obra es muy espontáneo y las acciones se van desenvolviendo de manera muy natural.
Es notable el proceso creativo del elenco, que desemboca en muy buenas interpretaciones; pues las personalidades de cada personaje están muy bien construidas y definidas. Las situaciones y acciones cotidianas son verosímiles y reconocibles. No es nada difícil imaginar el panorama fraternal que exponen. Podría suceder perfectamente en la vida real, casi como si ya lo hubiéramos visto antes. Casi como si una misma hubiese estado en esa situación alguna vez, o pudiese estarlo en el futuro, desde cualquiera de las perspectivas de los cuatro hermanos.
Se habla de la muerte con frívola distancia y demasiada cercanía al mismo tiempo. El momento de la risa se torna confuso. Hay ocasiones en que dentro de lo cómico, reírse se vuelve un acto culpable debido a lo políticamente incorrecto que enuncian algunos personajes. Y sí, la comedia muchas veces consta de eso. De reírse de aquello que nadie se ríe, de lo prohibido. Pero es que con la muerte y el respeto a la familia es diferente, porque hay toda una estructura socialmente aceptada de lo que es digno de burla y lo que no. El tabú se intensifica. El discurso de los hermanos contrapone sentimientos e intereses materiales, lo fútil con lo emocional. Un juego que, a mi parecer, es lo más interesante de la propuesta.














