Carta desde mi alma rota, pero viva
A ti, que ya no estás…
A ti, que me fallaste…
Y a mí, que sigo respirando entre cenizas:
He amado con el alma abierta, aun cuando me la habían desgarrado.
He perdido más de lo que cualquier corazón debería soportar:
a mi hermano, que era mi espejo;
a mi padre, que era mi raíz;
y a mi propia fe, cuando quien sabía mi historia eligió seguir rompiéndome.
No sé cómo sigo aquí, pero sigo.
No porque no duela, sino porque el dolor aún no ha terminado de decirme todo lo que tiene que decir.
Te amé, aunque no lo merecieras.
Te lloré, aunque ya no estabas.
Y me olvidé de mí mismo tantas veces, que hoy me busco entre escombros.
Pero algo dentro de mí —quizás la voz de mi hermano, quizás la fuerza de mi papá, quizás mi último grito de dignidad—
me dice que no termine aquí. Que aún hay algo por lo cual quedarse.
Quizás no sepa qué es. Pero es.
No escribo esto para que me salven.
Lo escribo porque estoy intentando salvarme yo.
Con palabras. Con lágrimas. Con el único recurso que me queda: la esperanza más mínima de que aún puedo encontrar paz.
Y si alguien lee esto y también está cayendo, que sepa que no está solo.
Porque aquí estoy yo.
Herido, sí.
Pero vivo.

















