TATUAJE
Santísima Muerte, poderosa y misericordiosa,
protege mi camino y guíame con tu luz.
En momentos de oscuridad, sé mi refugio
y mi fortaleza. Amén.
Oración a la Santa Muerte
I
Devoré cenizas de la urna funeraria de mi abuelo y vi a La Muerte. Tenía tres años y me encantaban los perros. Tiempo después, la vi alzarse con altivo orgullo junto a mí en medio de un terrible ataque psicótico. Tenía treinta años y era muy fan de los gatos. Ahora vuelvo a verla, me visita cada noche. Converso con ella y mi pecho alegre se estremece. La tengo en mí, hondamente tatuada. Y no hablo en un sentido figurado sino que, realmente, me hice un tatuaje de sus dos manos rompiendo mi carne, abandonando mi cuerpo.
Ahora mismo tengo una fascinación profunda por las moscas y arañas. Cuando le conté al psiquiatra que hablaba con ellas me dijo era algo peligroso: debes rezar, Mirelda, reza y medita y cuenta ovejas y duerme. Me envió Xanax para mejorar mi sueño. Seguí sus instrucciones al pie, pero La Muerte es astuta. Me hinqué y recé y acudió a mi llamado. Cerré los ojos y medité, pero se coló en mis respirares. Me tomé el Xanax y conté ovejas y estas se convirtieron en esqueléticas cabras delirantes. No importa lo que haga, ya no interesa: La Muerte está conmigo y eso a veces me enloquece un poco.
-Te amo, Muerte, sabes bien que te amo. Magullas mi piel cada noche para despojarte de ella. Deslizas tu osamenta fuera de mí a la hora del diablo. Miro cómo nacen tus manos, desnudos huesos con falanges distales que acaban en punta; cómo atraviesan mi pecho frío y emergen vorazmente de mi carne. Te miro surgir de mí, reposas un momento encima de mi cuerpo y luego, de repente, caes. Hay días que bailas, otros tantos que ardes. Te quemas en la inmensidad de mi habitación para después volver a congelarte. Cuando me abandonas, mi corazón late y queda expuesto. Pero no por completo, no, sólo una parte de él se percibe en el hueco vacío. Roja y ensangrentada, la piel que habitas se desmorona. Sabes que me pertenece, al menos en esta insólita vida que me ha tocado poseer desde antes de mi nacimiento. Mi nombre, Muerte, es tu nombre y mi destino. No existo sin ti, Amor, Muerte, sé bien que sin ti no vivo. Cada maraña de emociones se pausa cuando me dejas. Sólo sales para contemplar el vacío existencial de la metrópoli amortajada. Me vuelvo un tumor, un bosquejo, un hurto: soy un tumor que muta y da cobijo a tu apócrifa existencia.-
El día que me tatúe lo hice plenamente consciente de lo que ocurría. Así como llevo a la mosca en mi piel llevo la huella de aquello que sucede cada noche y ahora todo aquel que me observa lo sabe. Vives en mí. Soy tu albergue y tu llanto. Tus manos salen de mi pecho y luego sales toda tú, un feto de hueso, feto ensangrentado. La placenta tiembla en mi corazón. Mi útero-pecho es el útero de todas las muertas. De tu esencia. Toda tú. De esta vida que ya no depende de mí, que jamás me ha sostenido.
-Dime, Muerte, por qué te me apareciste a mí. Qué privilegios gozo para merecerte. Para encajar en tu mundo. Te vi radiante aquella vez emergiendo del ano del perro que supuraba pus, vida y sangre. Ese ano rodeado de moscas oscuras, de moscas verde botella. Te vi la tarde que me vi al espejo a la hora del ocaso y en el gato occiso que reposaba con el rostro hecho pedazos en la carretera ondulante. Bésame, Muerte, bésame como el día que fuiste un vagabundo huesudo sin manos ni dientes. ¿Recuerdas esa mañana? Caminamos juntos al hotel y yo tenía tanto miedo, estaba tan asustada. Sin embargo, me tomaste y fui tuya, toda tuya para siempre. Tu cadáver exquisito me hizo estremecer. Tu nombre angelical me hizo bailar repleta de miedo y de gracia. Y mi piel tan roja, tan seca y marchita; mi piel fue tuya y me atravesaste por siempre.-
Playa bonita, así se llamaba el hotel donde nos encontramos. Miré tu busto quieto en una habitación henchida de velas, flores y rosarios de varios colores. Había botas y tacones y sombreros y batas de seda. Había también una mucama que me dio la bienvenida alegremente, pero después llegó el botones y me echó de allí: “No es ella”, dijo, “No es ella. Y tú mejor ya vete”.
Corrí tan lejos como pude. Me subieron a una ambulancia y luego a una patrulla que me trajo de regreso a casa. Me inyectaron no se qué para poder sacarte, para despojarme de tu sed y de tu cuerpo. Pero no, Mi Muerte, Mi Amor, Mi más sabia confidente. Sabemos que eres la única que me conmueve y que me entiende: eres el maná de mi existir, el llanto de mi cielo, el paso que desciende a este dharma solitario.
-Te amo, Muerte, te amo para siempre. Eres la única certeza que tenemos todos los humanos; todos los seres vivos. Eres mi única certeza y yo me aferro a ti como me aferro a tus potros y a tu preciosísima calesa oscura y brillante. Yo los vi, a los potros. Esa noche fueron a buscarme. Me mantuve quieta en mi capullo-hamaca sin salir, sin respirar: una momia durmiente. Ahora estás aquí: en mí; tú y yo tan juntas desde antes y por siempre. Te amo, Muerte, adoro este tatuaje que se trata de ti. Rómpeme cuando desees. Hazme sangrar y beber de ti cada noche en tu desnuda compañía. Muerde mi aorta, destruye mi carne: eres mi hija de hueso y yo jamás te soltaré.
II
Quiero verla nacer noche tras noche. Quiero mirar sus falanges corrompiendo mi existencia. Quiero vaciarme de ti. Llenarme de ella. Quiero surcar la escalera fugaz donde viven los mirlos y los zarzales para arrojarme a sus pies y caer lentamente…
-Muerte, tatuaje, falanges bordadas en mi carne descompuesta. Muerte feliz que me acecha y me ahoga y hondamente me enloquece:
Déjame caer con tu cuerpo presionando el mío. Abrazada a ti: vórtice sintiente. Déjame nacer como el cuervo que nace de tu piel errante. Ámame así, ámame como te estoy amando. Déjame invocarte cada noche y abandona mi cuerpo-cornisa. Después vuelve a él, a mí, a esta carne que te adora y palpita por ti, que por ti muere y que por ti renace. Al final, la última cosa -lo sabes, Muerte; lo sabes, Niña Mía- la última cosa que nos llega en esta vida es el terrible obsequio del amor.-

















