Digo que nada ya importa, que ya no me preocupa. Digo que si las cosas serán de una forma, es porque debían ser así. Lo reconozco, pero a la vez me miento. Me resulta tan derrotista como esperanzador, y me muevo entre los dos espectros de la misma idea.
Aún así nada cambia, mi vida es la misma. Los días se pasan cada vez más rápido, el tiempo parece más corto. Hay tantas cosas sucediendo a la vez, tantas que no dejan que las otras avancen, se saturan. Las cosas suceden, pero yo no me muevo. Me he convertido en un espectador de mi propia vida.
No tengo claridad sobre cómo sentirme realmente, sobre el cómo me siento en realidad. Reconozco la verdad absoluta de la casualidad por encima de la causalidad, y aún así su doble dimensión es lo que más me afecta. Lo bueno y lo malo va a pasar independientemente de mis deseos, en muchas ocasiones más allá de mis acciones.
No creo tener un control real y absoluto sobre mi vida, siempre voy a estar limitado por las posibilidades, por los medios, por lo que me rodea, por las personas en mi vida.
He aceptado la idea de que si estoy destinado a comer mierda, eso es lo que haré. No vale la pena decepcionarse porque ocurra algo malo, no va a cambiar nada. De nada vale tener expectativas, de nada sirve la premonición, los buenos deseos, los malos augurios. No vale la pena esperar algo, el mundo no te lo debe.
En ocasiones siento que estoy en un bote, en un río, algo con inicio y con final, así es para todos ¿por qué preocuparme entonces por luchar contra la corriente, si de todas formas así será?
Me perturba, carcome, consume, destroza, debilita y martiriza esta dicotomía. Parece que no debo preocuparme, porque el camino ya estaba decidido, pero es frustrante, desalentador y lamentable pensar en aquellas vertientes, en que nada de lo que hagamos importa realmente.
No soy libre, no somos libres, no me siento libre. Conozco la condena, visto los grilletes, me encuentro frente a un juicio que jamás pedí, nadie lo hace. Nadie pide estar vivo, nadie lo elige, no escoges dónde, cómo, cuándo, la poca libertad considerable es elegir si quitárnosla o no. No deseo morir, aunque sé que lo haré, no tengo miedo, es algo que todos sabemos que va a pasar. Me da más miedo la idea de pensar en lo insignificante que es nuestra voluntad.