{ jacqueyre }
En aquel día tan especial, Evian se veía obligado a cumplir con los caprichos de su padre para presentarse en una cena de “negocios”, la misma aparentando ser un simple encuentro casual y amistoso que nada tenía que ver con asegurarse una mutua ganancia económica. Y no, no se trataba del principio de un cambio drástico, de un repentino giro en los pensamientos de Evian que finalmente lo llevaría a intentar tener una buena relación con su padre. Por el contrario, el suizo tenía la oportunidad de causar a aquel anciano una rabieta que, Dios mediante, lo sacaría de este mundo, y no tenía deseos de desaprovecharla.
Y ahí se encontraba él, avanzando a un paso tranquilo en dirección a la mesa que había reservado con una anticipación prudente para que el encuentro pudiese producirse con el éxito y la elegancia necesaria, siendo guiado por una de las empleadas que había asegurado que su cita ya se encontraba esperándolo. Pero qué grosero de su parte hacer esperar a tan importante personaje. Sin embargo, cuando se encontró lo suficientemente cerca de su mesa para permitir que su mirada se posase sobre quien sería su compañía, una figura femenina, de porte elegante y un rostro que en otra ocasión no rechazaría como su compañía, lo recibieron en cambio. Su expresión mutó por completo en una que demostraba con facilidad cierta molestia ante el (estúpidamente) decepcionante cambio de planes que venía ligado a la presencia de aquella desconocida. Sin problema alguno, y tras despedir a la empleada que le había servido de guía, se acomodó frente a la fémina en aquella mesa que les tocaba compartir, y saltándose los cordiales saludos se decidió a dirigirle la palabra:— Espero que Bartruff tenga una excusa más que buena para ausentarse y enviarme en reemplazo a su… —dedicó algunos segundos a meditar posibles opciones:— ¿Nueva amante? ¿Secretaria? ¿Ambas? —inquirió, alzando las cejas como si en verdad le interesara conocer la respuesta.
Años, larguísimos eran los años que habían transcurrido desde su última cita formal (si era que el asistir a una fiesta tras un juego de fútbol, durante su adolescencia, podía ser catalogado de aquella manera), y la emoción que usualmente suele arrasar por completo tu sistema nervioso ante semejante acontecimiento se encontraba por completo ausente en la noche de Jacquelyn. Ya ubicada en la mesa que, le habían indicado, supo reservar el sereno hombre con el que compartiría algunas horas a partir de aquel momento, la francesa contemplaba con un leve dejo de molestia el elegante reloj de roble que descansaba en una de las esquinas del restaurante, la indignación comenzando a resultar obvia al colarse en su espina dorsal y desfigurar su postura elegantemente recta por una rígida y sin gracia. Diez minutos eran los que habían transcurrido de la hora acordada y aún no llegaba; para ella, en aquel instante, era claro que caballeros ya no quedaban en ninguna parte.
A las veinte quince, las manos de Jac comenzaban ya a rebuscar en su cartera de cuero a por su teléfono celular, dispuesta a cancelar aquella cita que nunca había comenzado pero ya terminaba en fracaso. Sin embargo, su tarea supo verse interrumpida ante la llegada sorpresiva de un desconocido que no había visto venir. En un efímero shock, su verdosa mirada contempló perdida la espalda de la joven que, claramente, había sabido traerlo por equivocación hasta su mesa. Ahora, tras vislumbrarla desaparecer en dirección a la entrada, caía en la cuenta de que había perdido cualquier oportunidad de atraer la atención de nuevo a ella, echada a perder la posibilidad de aclarar con rapidez el malentendido. —Buenas noches —comenzó ante todo al llevar su mirada a él, contemplando la seguridad con que ocupaba sin vergüenza un asiento que no le correspondía; misma seguridad con la que por poco la había insultado segundos atrás. —Siento la confusión, pero tú no eres la persona que debería ocupar esta mesa. No me suena en absoluto el nombre que has pronunciado… Quizá deberías preguntar una vez más en el recibidor por tu lugar.









