These Walls ── Ransom Drysdale
Fandoms: Knives Out x Chicago Fire.
Amy Sinclair estaba en casa de su madre por tercera vez esa semana. Desde que anunció que se mudaría con su nuevo novio, Ransom Drysdale, Alice no había dejado de asfixiarla. Había intentado sabotear su decisión con cada argumento posible, pero su relación nunca fue lo suficientemente sólida para sostener una conversación civilizada; siempre terminaban entre gritos y el estruendo de vasijas, fotos y objetos rotos contra el suelo.
Para Amy, esto no era más que otro intento patético de Alice por retenerla. No por amor, sino por las apariencias; para no tener que explicarle al mundo por qué su hija se marchaba a otro estado con un hombre rico al que apenas conocía.
Amy creció bajo la sombra de un gran vacío: su padre biológico. Nunca supo quién era. Siempre sospechó que su madre guardaba la verdad como un arma, una que no soltó ni siquiera cuando Amy estuvo al borde de la muerte. Recordaba la frialdad de aquel hospital cuando su apéndice reventó y necesitaba una transfusión urgente; recordaba la escasez de unidades de su tipo de sangre y la inacción de su madre. La vida de Amy siempre se había definido por esa indiferencia.
Hasta hace apenas unas semanas.
Todo cambió en aquella fiesta en Las Vegas. Entre las luces cegadoras de los casinos, el alcohol caro y las decisiones impulsivas, apareció él. Ransom era arrogante, sarcástico e insoportable, pero por primera vez en su vida, Amy se sintió vista. Él no la ignoraba, no la convertía en un fantasma. Esa atención, tan escasa en su pasado, fue suficiente para que ella le entregara el corazón.
“¡No me digas con quién puedo o no hacer mi vida! ¡Te odio!", gritó Amy, saliendo de la casa y azotando la puerta con una fuerza que hizo vibrar las ventanas.
Se subió de un salto al auto alquilado de Ransom. Él no esperó ni un segundo; hundió el acelerador a fondo, ignorando las señales de tránsito. Ransom frenó en seco en una calle desconocida, justo frente a un bar llamado Molly’s. Tenía una sonrisa ladeada, esa expresión de suficiencia que a Amy tanto le gustaba.
Sin mediar palabra, se lanzaron el uno sobre el otro. El beso fue hambriento, desesperado, una forma de sellar su escape. Las manos de Ransom se hundieron en la cintura de Amy, mientras ella lo sujetaba por los hombros, bajando una mano para desabrochar el cierre de sus jeans. Pero la burbuja estalló cuando el cristal de la ventanilla vibró por un golpe frenético. Era Alice, que los había seguido tras no recibir respuesta a sus llamadas.
“¡Bájate de ese auto ahora mismo, Amy!”, bramó Alice, provocando un escándalo en plena acera.
A pocos metros, Kelly Severide discutía con su padre, Benny, sobre algún asunto del cuartel. Los gritos llamaron la atención de Benny, que giró la cabeza, confundido. Entonces lo vio: Alice. Su ex. Gritando. Furiosa. Y justo detrás de ella, una chica de ojos brillantes que le resultaban demasiado familiares.
“¿Qué demonios...?”, murmuró Benny para sí mismo, deteniéndose en seco.
“¿Qué pasa ahora, papá?”, preguntó Kelly con fastidio, pero Benny ya se estaba acercando al auto. Kelly no tuvo otra opción más que ir detrás de él para evitar que se metiera en un problema.
A medida que se acercaban, los gritos entre Amy y Alice se intensificaban. Amy bajó la ventanilla, enfrentando a su madre con la respiración agitada.
“¿Qué te pasa?”, exigió Alice. “¿Por qué no contestas el teléfono? ¿Acaso estás loca?”
En ese instante, Benny supo con certeza que era ella.
“¿Alice?”, preguntó Benny, su voz cortando el aire cargado de tensión.
Alice se congeló. Amy frunció el ceño, confundida por la interrupción, mientras que Ransom, recargado en el asiento, ahora parecía mucho más interesado en el giro que tomaba la escena. Dos hombres se detenían frente al auto; uno mayor y otro más joven, de brillantes ojos azules, idénticos a los de Amy.
El mayor se detuvo en seco al verla de cerca.
“No puede ser...”, Alice cerró los ojos un segundo, como si todo hubiera llegado a un punto inevitable. “Benny”, susurró, completamente sorprendida.
El silencio que siguió al nombre de Benny fue pesado, de esos que te tapan los oídos. Alice se veía pálida, como si acabara de ver a un fantasma, y no era para menos. Su mente viajó de golpe a casi dos décadas atrás: el olor a llanta quemada, el metal retorcido de su coche tras el accidente y aquel bombero de mirada intensa que la sacó de los fierros antes de que todo explotara. Una cosa había llevado a la otra, un agradecimiento se convirtió en pasión y, después, en el secreto que más le pesaba.
Ransom, que hasta hace un segundo estaba más ocupado en subirse el cierre de los jeans, se acomodó en el asiento del piloto y recorrió con la mirada a los recién llegados. Sus ojos saltaron de Benny a Kelly, y luego regresaron a Amy. Una chispa de malicia iluminó su rostro.
"Vaya, vaya...", soltó Ransom con esa sonrisita de suficiencia que daban ganas de golpearlo. "No sabía que hoy era el festival de los clones de ojos azules. ¿Qué pasa, Amy? ¿Te trajeron a tu familia perdida o solo es una coincidencia genética muy bizarra?".
Amy no respondió. Estaba demasiado ocupada tratando de entender por qué su madre parecía estar a punto de desmayarse frente a ese desconocido.
"¿Alice? ¿De qué está hablando este tipo?", exigió Amy, bajándose del auto por completo para enfrentar a su madre. "Y tú... ¿quién eres?".
Benny no podía dejar de verla. Era como verse en un espejo, pero en una versión más joven y delicada. Los mismos ojos, la misma chispa de rebeldía.
"Soy Benny Severide", respondió el hombre, ignorando por completo el comentario sarcástico de Ransom. "Y conozco a tu madre desde hace mucho tiempo… mucho antes de que tú nacieras".
Kelly se quedó parado a un lado, cruzado de brazos, analizando la situación con la mandíbula apretada. No era tonto. El parecido era tan obvio que dolía.
"Papá, ¿qué onda con esto?", intervino Kelly, con un tono de voz que arrastraba toda la desconfianza del mundo. "Dime que no es lo que estoy pensando, porque la neta, esto ya parece de película de terror".
Ransom soltó una carcajada seca y se bajó del coche, rodeando el cofre hasta quedar junto a Amy, rodeándola por los hombros con un aire posesivo.
"Ay, por favor, no sean tan lentos", dijo Ransom, mirando a Benny y luego a Kelly. "Si le ponen una barba a mi muñeca, es igualita a ustedes. Alice, neta, qué buen secreto te tenías guardado. Ni en Las Vegas vi una jugada tan sucia”.
“¡Cállate, Ransom, este no es el momento!”, le gritó Amy, aunque en el fondo la duda ya le estaba quemando el pecho. Volteó a ver a Alice con los ojos llenos de lágrimas de pura rabia. “¿Es cierto? ¿Él es mi papá? ¿El bombero que nunca mencionaste?”
Alice abrió la boca, pero no salió nada. El pasado la acababa de atropellar justo en la entrada de un bar.
“¡Estás loca, Amy! ¡Completamente loca!”, gritó Alice, evadiendo la pregunta y desviando la atención hacia Ransom. “¿Te vas a ir a vivir a Boston con este tipo que apenas conoces? Míralo, tiene cara de que nunca ha trabajado en su vida, solo se gasta el dinero de sus papis. ¡Te va a dejar tirada en cuanto se aburra de ti! ¡No tienes ni idea de en qué te estás metiendo!”.
La confrontación había alcanzado el siguiente nivel. Ya no había paredes que golpear, ni vasijas que romper, ni fotos que destrozar en el calor de la sala. Estaban en la calle, desnudando sus secretos frente a extraños que compartían su sangre. Y Alice, en lugar de responder, seguía usando la misma táctica cobarde de siempre.
La furia que Amy había acumulado durante años, la humillación de sentirse invisible y la traición de saber que su madre le había ocultado su origen estallaron en un solo movimiento. Sin pensarlo, Amy levantó la mano y, con toda la fuerza de su rabia, le cruzó la cara a Alice con una bofetada que resonó en toda la acera.
“¡Que me contestes, madre!”, gritó Amy, perdiendo la paciencia por completo. “¡Te estoy hablando, carajo! ¿Él es mi padre, sí o no?”.
El sonido de la bofetada quedó suspendido en el aire húmedo de Chicago. Alice se tambaleó, llevándose la mano a la mejilla encendida, mientras los murmullos dentro de Molly’s se apagaban para dar paso a las sombras que se asomaban por las ventanas del bar. El escándalo ya no era solo un pleito callejero; era el espectáculo de la noche.
"¡Contéstame, carajo!", rugió Amy, con la voz quebrada por años de silencios impuestos. "¿Él es mi padre?".
Alice no respondió. Sus ojos saltaban de Amy a Benny, y luego a la figura imponente de Kelly, que parecía una estatua de hielo procesando que la chica frente a él compartía su ADN. El silencio de su madre fue la respuesta más ruidosa que Amy pudo recibir. No hubo una negativa, solo ese miedo cobarde a perder el control de la narrativa.
Ransom, notando que la puerta del bar se abría y que varios bomberos empezaban a salir para ver qué pasaba, decidió que el "show" gratuito había terminado. Dio un paso al frente y rodeó la cintura de Amy con un brazo, pegándola a su costado con una posesividad que desafiaba directamente la mirada de Benny.
"Vaya drama familiar...", murmuró Ransom con una sonrisa cínica, recorriendo con la mirada el círculo de rostros tensos. "Neta, esto supera cualquier cosa que haya visto en las apuestas de Las Vegas. Pero si van a seguir con las adivinanzas genéticas, háganlo sin público. Mi chica y yo tenemos un vuelo que perder y una vida que empezar en Boston".
Ransom tiró suavemente de Amy hacia la puerta del copiloto, tratando de interceptar su furia antes de que terminara en una patrulla.
"Oye, cálmate ya", le susurró al oído, aunque sus ojos seguían fijos en Kelly. "Vámonos antes de que llamen a la policia y pasemos la noche en una celda en lugar de en un hotel de cinco estrellas. Neta, no tengo ganas de lidiar con el sistema judicial de Chicago hoy".
Amy intentó zafarse, con los nudillos blancos de tanto apretar los puños. Giró la cabeza hacia Ransom con una risa amarga que le rasgó la garganta.
"¿Llamar a la policía?", soltó Amy, mirando a su madre con un desprecio infinito. "No sería novedad que llamaran a la policía, Ransom. Es el deporte favorito de mi madre cuando no puede ganar una discusión. ¡Ándale, Alice! ¡Llámalos! Diles que tu mayor secreto acaba de darte una lección de realidad".
"¡Amy, no puedes irte así!", alcanzó a decir Benny, dando un paso hacia el auto, pero Kelly puso una mano en el pecho de su padre, deteniéndolo. Kelly sabía que, en ese estado, Amy era una granada sin seguro.
"Ya escuchaste a la niña,” intervino Ransom, abriendo la puerta para Amy con un gesto exageradamente caballeroso. "No hay respuestas hoy. Pero no se preocupen, si quieren una prueba de ADN, manden el kit a Boston. Nosotros pagamos el envío".
Amy subió al auto sin mirar atrás. Ya no quería escuchar las excusas de Alice ni ver la confusión en los ojos del hombre que debió estar ahí cuando su apéndice reventó y nadie llegó. Ransom rodeó el cofre, subió al asiento del piloto y encendió el motor con un rugido que acalló cualquier intento de réplica.
"¡Amy!", gritó Alice, dando un paso hacia el asfalto.
Ransom metió primera y aceleró a fondo, dejando atrás el bar, los secretos de Benny y la cara desencajada de su madre. En el espejo retrovisor, la figura de los dos Severide se hacía cada vez más pequeña, pero Amy sabía que los muros de Chicago no serían suficientes para contener lo que acababa de liberar.
"Boston suena cada vez mejor, ¿no crees, muñeca?", dijo Ransom, relajando el agarre del volante y recuperando su tono sarcástico mientras se alejaban de la ciudad.
Amy no respondió. Se limitó a mirar por la ventana, con la marca de las lágrimas secándose en su rostro y el corazón latiendo al ritmo de una nueva y peligrosa libertad.
Boston, Massachusetts — Seis meses después
La relación de Amy y Ransom, a pesar del poquísimo tiempo que llevaban de conocerse, resultó ser sorprendentemente estable, algo que dejó con el ojo cuadrado a toda la estirpe de los Thrombey-Drysdale. Lo que sí no dejó a nadie con la duda fue la naturaleza caótica de su unión: se casaron perdidos en alcohol durante su “aniversario” de tres meses. Un juez de paz, dos testigos desconocidos y una resaca monumental después, Amy Sinclair se convirtió oficialmente en parte del árbol genealógico más disfuncional de Massachusetts.
Para Amy, vivir en la mansión era como estar en un nido de víboras, con una sola excepción: Harlan Thrombey. El patriarca adoraba a Amy; veía en ella la chispa de honestidad y fuego que le faltaba a sus propios hijos y nietos.
Sin embargo, con el resto de la familia, la historia era otra. Linda Drysdale y Amy no se podían ver ni en pintura; cada cena familiar era un campo de batalla de miradas pesadas y comentarios pasivo-agresivos. La situación con Richard, el padre de Ransom, y los tíos no era mejor. Para ellos, Amy era solo otra "oportunista", mientras que para Amy, ellos eran una bola de parásitos con apellidos caros.
Ransom, por su parte, vivía encantado con el caos.
"Muñeca, no entiendo para qué quieres buscar trabajo y estrés gratis", le decía Ransom mientras se servía otra copa, recargado en el marco de la puerta de su habitación. “Con lo que tengo nos alcanza para comprar medio Boston si queremos. Relájate, disfruta de la herencia que todavía no me quitan”.
Amy rodaba los ojos, pero no discutía. Oficialmente, no trabajaba. Extraoficialmente, se había convertido en la mano derecha de Harlan, ayudándolo con “detalles” que el viejo autor no confiaba a nadie más, ni siquiera a su propia sangre.
En medio de todo ese lujo y veneno, Amy finalmente había tomado la iniciativa hace un par de semanas. Contactó a Kelly Severide. No hubo necesidad de muchas vueltas; una prueba de ADN y un par de llamadas incómodas confirmaron lo que ambos ya sabían desde aquella noche frente a Molly’s. Eran medios hermanos. Kelly, fiel a su estilo directo, no se sorprendió, pero la relación apenas empezaba a construirse entre mensajes de texto y preguntas sobre Benny.
El cumpleaños ochenta de Harlan Thrombey había empezado con una calma sospechosa. Amy y Ransom llegaron temprano, intentando mantener la fiesta en paz, aunque Linda y Richard no dejaban de lanzarles miraditas de desprecio desde el otro lado de la mesa. Durante la mayor parte de la cena, Amy se mantuvo cerca de Harlan; el viejo autor parecía disfrutar de su compañía más que de la de sus propios hijos, compartiendo bromas privadas sobre los borradores de su nueva novela.
Todo se fue al carajo en cuestión de minutos cuando Harlan, con esa mirada severa que solo usaba cuando hablaba de negocios, pidió hablar a solas con Ransom en su estudio.
Nadie supo qué se dijeron, pero los gritos se escucharon hasta el jardín. Cuando Ransom salió, tenía el rostro desencajado y la mandíbula tan apretada que parecía que se le iban a romper los dientes. Sin decir una palabra, tomó a Amy del brazo y la sacó de la mansión antes de que sirvieran el postre.
Ya en casa, el silencio en la sala era sepulcral. Ransom caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado, sirviéndose un trago tras otro sin soltar una sola palabra.
"Ransom, bebé... ¿estás bien?", preguntó Amy, acercándose con cautela y poniendo una mano en su hombro. "¿Qué te dijo el abuelo? Me estás asustando".
Ransom se detuvo en seco, mirándola con esos ojos que esa noche se veían más oscuros que nunca.
"Solo... solo cállate un segundo, Amy", masculló él, aunque no la apartó. "El viejo está loco. Todos en esa familia están locos".
Pero lo peor no llegó con una discusión, sino con el silencio de la mañana siguiente.
El teléfono de Amy no dejaba de sonar. Era una llamada de la mansión. Cuando finalmente contestó, el grito de Martha al otro lado de la línea le heló la sangre. Harlan Thrombey había sido hallado sin vida en su estudio. Un aparente suicidio, decían las primeras voces.
"¡Ransom, despierta!", gritó Amy, sacudiéndolo con desesperación mientras las lágrimas empezaban a nublarle la vista. "¡Es Harlan! ¡Se murió, Ransom! ¡Dicen que se mató!".
Ransom se sentó de golpe en la cama, pálido como la cera. El mundo que habían intentado construir en Boston, lejos del caos de Chicago, acababa de derrumbarse. Y Amy, con su instinto de Severide gritándole que algo no cuadraba, sabía que la policía no tardaría en tocar a su puerta.