Una chica de piel canela que parece guardarse el sol en la piel y el caos en la mirada.
Tiene los ojos grandes, hechos así para que puedan contener todos los paisajes que ama en silencio… aunque en el fondo se notan las ojeras que delatan sus noches largas por el ruido que hace su mente.
Su rostro está salpicado de pequeñas pecas, como si el cielo le hubiese dejado constelaciones solo para ella.
Sus labios suaves, provocativos sin esfuerzo, como si nacieran para decir verdades con ternura.
Es delgada, pequeña y ligera, pero no frágil: su cuerpo se mueve con una gracia rebelde, como si jamás pudiera encajar del todo en los moldes que otros esperan.
Tiene algo que la hace cercana, es esa empatía que no se estudia ni se finge. Siente todo intensamente, a veces más de lo que debería.
Y aunque parezca segura, a veces se rompe en silencio preguntándose si realmente merece el amor.
Le cuesta creer que sea suficiente.
Que ella sola, sin adornos, sin esfuerzos, sin darlo todo primero, pueda ser merecedora.
Pero lo hermoso —lo inmensamente valiente— es que nunca se cansa de amar.
Da amor como quien respira, sin pedir permiso, sin esperar aplausos. Porque su forma de querer no está hecha para recibir, sino para tocar almas y dejar huellas suaves.
Esa chica… tal vez no lo sepa, pero es el tipo de persona que uno recuerda sin entender del todo por qué.
Tal vez sea porque, en un mundo cansado, ella sigue siendo la prueba de que la ternura también es una forma de resistencia.



















