El cuerpo resintiendo una vida infeliz. Esa tristeza acumulada por algo imposible de cambiar en el corto plazo. Pienso en cómo seguir sosteniendo, de dónde nutrirme para encontrar fuerza y seguir.
Recorro un archivo viejo de una lectura que decía: "Plantear otros escenarios, plantear otras alternativas, que no sean un plan sino imaginarte cosas que te gustarían también. Y a la vez utilizar las herramientas que has conseguido hasta hoy a tu favor, que una de ellas también es revisar tus talentos: el orden, la disciplina, la estructura y la rutina. Todos esos forman parte de tus talentos porque son algo que te sale natural, entonces cómo podés explotar eso, cómo lo podés usar a tu favor sin que eso se te termine transformando en una cárcel."
Alguien ayer dijo que se sentía como una cárcel. Coincidí. Otra dijo que lo sentía como algo cruel y como un castigo hacia todos. Volví a coincidir. Ese momento de salir a tomar aire y mirar al cielo y pedir un milagro para que esta situación cambie. Sentirme profundamente sola al estar sosteniendo esto.
Pensé en lo que necesitaba y me sentí una estúpida por imaginar que quizá algo de iniciativa iba a venir de su parte y luego volver sola y llorando en el tren.
Pensé en lo que dijo Carolina: "Yo siento que él está muy encerrado en sí mismo. No sé tampoco hasta qué punto se da cuenta de lo que necesitas si no se lo dices porque él está en su mundo. Y todo lo que sea por fuera de ese mundo y no le represente una ganancia individual, no lo ve. Y por eso cuando se le nombra o se le pide, lo ve como un esfuerzo o un sacrificio." Pensé el estar encerrado en ese mundo suyo en donde su atención y su energía están direccionadas siempre hacia él, hacia su vida académica, sus lecturas, sus becas, sus conferencias, su pabellón.
Pensé en cómo siempre tiene en la punta de la lengua un justificativo, una excusa. Ayer, agotada y triste, ni me dieron ganas de decirle que el tren que normalmente tomamos llegaba mucho antes de las 9:20 a New Haven, o que él mismo había dicho que le rendía mucho trabajar en el tren, entonces que podía haber seguido preparando su clase desde allí o desde casa. ¿Para qué? pensé.
Pensé en esa definición de Carolina sobre lo más hermoso que es estar en pareja y es eso de poderse acostar en el otro, que el otro vea cuando no puedes más con tu propia vida y tu existencia y te diga: yo me hago cargo de ti. No pienses más, no hagas más. Poderte alojar en ese lugar.
Pensé en el don y la generosidad. Pensé que quizá, desde su mirada, hacer seguimiento por WhatsApp y dedicar horas a responderme mensajes cumple con la cuota de estar presente. Y por eso cuando le pido algo extra, me dice que él ya me da un montón y me dedica muchas horas en la semana. Como esa tarea más entre las miles que tiene.
Pensé en que nunca hay un día sin su mundo. Un día en el que diga: Hoy no voy a trabajar. Hoy vamos a hacer algo lindo todo el día. Siempre dividiendo el tiempo, siempre esa culpa de que el tiempo lindo que no representa una ganancia concreta para su proyecto de vida profesional no vale igual que el estar sentado avanzando en todos los pendientes.
Pensé en esa entrevista de la China Suárez con Moria, en la que decía que fue una sorpresa cuando, acostumbrada a resolver cosas sola, a cambiar la bombilla de luz sola, de repente se encontró con uno que ya lo había hecho sin tener que pedírselo, había alguien a su lado que podía ver lo que ella precisaba. Que se adelantaba.
Pensé en esa definición de amor del Hobbit de Tolkien y la idea de cargar el anillo. Ese anillo que duele y pesa y agota la existencia. Este trabajo es mi anillo. Pensé en ese amor que diría: Si yo pudiera, cargaría ese anillo por ti. Lo llevaría a cuestas, para que por un ratico pudieras aligerar el peso de ese anillo, ese que todas las noches te hace despertar con una espalda que se parte.