[Fanfic! Johnlock]
Omegaverse.
Omega John Watson/Alfa Sherlock Holmes.
Confesión de amor.
Primer beso. (Pero no es realmente un beso "en"(?))
Basado en la película "Young Sherlock Holmes", de 1985.
Amor correspondido.
Jóvenes emocionalmente tontos.
Dato curioso sobre esta historia: me atoré un mes entero en solucionar una de las últimas escenas, ¡así que nadie me diga que no le puse todo mi corazón! XD Ok, ok, no empezaré con gritos, la primera aclaración es que esta historia fue hecha para otra personita que ganó el pequeño concurso que dije que sería solo para la primera personita (el fanfic anterior), pero que como adoro tanto no tuve el corazón para rechazar su petición, incluso si llegó después, la cual solo fue especifica en la versión de la ship y el que fuera Omegaverse :D
Cosas con las que este fic cumple a la perfección, aunque todavía estoy indecisa sobre si lo hice bien o si perdí el toque -.-... Pero estoy segura de que será al menos entretenido (¬¬U). Lo único que sí puedo asegurar, como dije antes, es que lo escribí con mucho amor y con toda la dedicación del mundo uwu.
Vuelvo a aclarar también, que esta historia es para celebrar mis 500 subs en Wattpad y extiendo un agradecimiento a mi amada personita por perder la timidez y aprovechar las ofertas (?), aunque aún así REALMENTE lamento la tardanza, prometo que hice lo posible para terminarlo rápido... y no pude TwT.
Ahora que finalmente esta aquí, espero que te guste, lo hice con mis lágrimas </3
* * *
—Se dice que los Zetas fueron creados por la madre naturaleza con el único propósito de hacerlos pertenecer a un Sigma —recitaba el profesor frente a la medio adormilada clase—. Los Zetas carecen de dones, sin embargo, dependiendo el clan a cuyos Sigmas que fueron destinados, son capaces de ver, oler o percibir detalles que Deltas y Alfas no pueden, así como de satisfacer plenamente a su Sigma. Muchos Zetas no saben que los son hasta que encuentran a su Sigma destinado…
El joven Holmes parecía físicamente sufrir ante el discurso del profesor, pensar que aun así era quien mayor atención prestaba le retorcía el estómago. Sabía que en alguna parte Elizabeth continuaba burlándose de él. El profesor, un anciano Omega Sangre Pura que debió haberse retirado de la docencia hace una década, hablaba con tal calma que, aunado a su aroma inundando la habitación, pocas opciones dejaba a sus alumnos para asimilar de lo que decía.
Sherlock se esforzaba en aprender, poco importaba su desinterés previo y sus constantes ausencias en esa clase, o cada palabra desdeñosa, cada burla y mención sobre la inutilidad de lo que pretendían enseñar. Ninguna queja guardaba ya algún sentido desde la aparición de John Watson. Y maldita sea, casi aseguraría escuchar la risa de Elizabeth detrás de la ventana, si no supiera que ella se ocupaba ayudando a su tío con algún experimento. La querida señorita guardaba cierta habilidad para reírse de él, por lo que, en cuanto el pequeño Watson apareció y los vio juntos desde que se encontraron, ella no dudó un instante en advertirle lo que estaba destinado a ocurrir.
Sería redundante para Sherlock destacar lo mucho que negó las rápidas conclusiones de Elizabeth, peor todavía, el lapso enorme que tardó en aceptar la facilidad con la que ella hizo a un lado el flirteo que hubo entre ambos antes de que Watson apareciera. No obstante, Sherlock tampoco diría que olvidarse de ello resultó difícil. Como amigos, Elizabeth resultaba igual de animada y deslumbrante que de haber llegado a más, por lo que, una vez Sherlock retrocedió y se colocó a la misma altura, no encontró decepción alguna.
Pensar que su argumento acerca del pequeño Watson tenía sentido, ocupó el doble de tiempo. Al principio ni siquiera lo tomó de excusa usada por Elizabeth para rechazarlo. Tomarlo en serio cuando Sherlock sabía que —con suerte— llegaría, en un futuro lejano, a tenerle a él un cariño similar al que guardaba por ella, zanjó el asunto de manera rotunda. Elizabeth, sabía como ninguna, se rio de él.
—Deberías prestar atención a Responsabilidades Sociales y Morales —dijo ella hacía un mes. Caminaban juntos a donde Watson asistía a su última clase—. John ha sido claramente criado como un digno Omega Sangre Pura, así que no podrás retenerlo a tu lado a base de acertijos y deducciones. —Entonces el pequeño Watson se les unió y Sherlock no tuvo tiempo de preparar una respuesta adecuada.
A Sherlock le incomodó la insistencia de Elizabeth y los consejos que le daba sobre algo que no existía, casi como si tuviera el derecho de decirle cómo sentirse o, peor aún, como si le fuera tan sencillo leer lo que había en su corazón antes de que le propio Sherlock lo descubriera. Así, al comprender su obvio error, sacudió su cabeza tal dolor punzante que no acudió a clases un par de días, tras los que liberó un suspiro cansado al entender de verdad cuánto ella tuvo razón.
No fue su malestar producto de descubrirse enamorado del pequeño Watson, sino de su obvia falta de sentido común al no aceptar las señales viéndolas pasar frente a sus ojos, y luego, a pesar de retenerlas en el pecho, permanecer ciego e incauto. ¿Acaso tuvo la osadía de negar a ese adorable Omega? Si bien rechazaba únicamente el enamorarse de alguien que no fuera Elizabeth, tras admitir haber caído por el pequeño Watson, ningún sentimiento de culpa vino a reclamar sus pensamientos. Al contrario, mayores resultaron los ataques hacia su necedad y grave falta de imaginación, además, por supuesto, recalcaba las disculpas que le debía a Elizabeth. Aunque ella lo perdonó desde el principio.
—Esto pasaría tarde o temprano, no creí que valiera la pena el molestarme contigo, Sherlock —le dijo, sonriéndole esplendorosa—. En lugar de preocuparte, será mejor que tomes de una vez en cuenta mis consejos, Watson ha estado llamando mucho la atención y, sinceramente, no puedo culpar a nadie, él huele tan... bien.
Aquel comentario trajo a Sherlock un par de emociones contrariadas, ya que nadie iba a ser nunca lo suficientemente bueno para Elizabeth y, a su vez, haría hasta lo imposible para que nadie le arrebatara al pequeño Watson. Ella le aseguró que se trataba de puro instinto Beta, que algo solo la hacía sentirse confortable al recibir el aroma Omega, de esa forma el Omega se aseguraba de que, si acaso surgía el escenario, la Beta se rendiría al instinto de proteger a quien poseía ese perfume.
Terminada la explicación, ya consciente del buen Omega que era el pequeño Watson y cómo todos a su alrededor lo trataban, aunado al modo en que correspondía, Sherlock procedió a seguir el consejo de Elizabeth, al día siguiente, enfrentándose a la tortuosa clase de Responsabilidades Sociales y Morales, decidido a aprender cómo siquiera comenzar un cortejo o, para empezar, saber por qué habría de hacer uno.
—… El Registro Delta siempre esta actualizado, es imprescindible que cualquier movimiento importante sea archivado en caso de que el Gamma a cargo de la región tenga dudas sobre los Deltas a elegir. Antiguamente también se registraban los Alfa Sangre Pesada, esto se corrigió hace…
Sin embargo, el profesor se esforzaba en hacer lo que estuviera en sus manos para que Sherlock se arrepintiera de su decisión. Peor todavía, nunca en los dos meses que ahora sumaban sus asistencias, se habló alguna vez sobre el cortejo. Incluso de sus propios compañeros provino el saber que existían, en realidad, dos tipos de cortejo. La frustración que lo consumía desde el primer día comenzaba un abrupto asenso, y pronto lo arrastraría a la locura, si no había sucumbido ya.
De continuar así, cualquier Alfa con mayores conocimientos le robaría a John en cualquier momento. No es que pasara por alto a cada una de las personas a quienes John les daba su atención; Sherlock tenía una lista mental de al menos una docena de ellos. Desde la popular Alfa Sangre Pesada de largo cabello y piel oscura que dedicó al pequeño Watson dos de sus mejores asaltos en Esgrima contra el profesor Rathe, al feroz e inteligente muchacho —también un Sangre Pesada— que compartía muchas de las clases con Watson; todos demostraron prestarle al Omega demasiada atención.
Aun si se tratara de simple paranoia, Sherlock no bajaría la guardia, ya escuchaba, aparte de las advertencias de Elizabeth, cuán fácil resultaría apartar de su lado al adorable Omega que siempre lo seguía. Dado que Sherlock tampoco se mostraba interesado en hacerlo suyo, ni John dejaba en él alguna posesiva marca de olor que lo señalara como su elegido, nada detendría a los otros Alfas para actuar. Y por parte de Sherlock, a pesar de su ignorancia, se habría atrevido a acercarse de manera romántica al pequeño Watson si algo que le asegurara ser correspondido o tuviera idea de cómo dar ese paso.
La forma de acercarse ni la oportunidad para hacerlo eran similares a lo que fue con Elizabeth. Incluso el sentimiento difería en muchos aspectos. Indigno sería compararlos, en principio porque nunca se le concedió la oportunidad de crecer su primer amor y, naturalmente, porque aquello arremolinándose en su pecho en presencia de Watson, colmaba al punto de lo irracional cuanto hubo creído que llegaría a sentir nunca en su vida. Y eso lo asustaba. ¿Qué le haría a su joven corazón si llegara a perderlo? Si el Omega elegía a alguien más y se apartaba de su lado, si los acertijos y una ciencia de la deducción todavía en exceso falible no lograban atarlo y darle tiempo a Sherlock, ¿qué sucedería con él?
Nada excepto la amistad del pequeño Watson le aseguraba su amor, y las condiciones para ganárselo disminuían conforme perdía el tiempo en esa clase. Si parte de su responsabilidad como Alfa consistía en pertenecerle a un Omega, asegurarse de que haya progenie y mantenerlo a salvo, feliz y en paz, el que no le dijeran cómo siquiera ganarse un Omega carecía de sentido. Llegando tristemente a esa conclusión, aceptado el hecho de que no aprendería algo que le sirviera de verdad, se rindió, y frustrado se dejó vencer por el sueño. Ya averiguaría después a quién preguntarle, quizá escabullirse en esa parte de la biblioteca a la que solo se le permitía el acceso a los maestros y alumnos mayores le daría mejores respuestas. Quizá no. Quizá estaba destinado a quedarse solo. Quizá…
—¿También estás por dormirte? —Sherlock reaccionó a la voz del pequeño Watson, sentado detrás de él. Sin girarse asintió para responder, cansado, triste e incapaz de hablar—. ¿Recuerdas eso que hicimos el mes pasado?, pienso que ya es hora de repetirlo. —El joven Holmes asintió, casi animado. Sintió a Watson levantar la mano, se imaginó su rostro teñido de falsa preocupación, y pronto, un dulce aroma floral alcanzó su nariz.
—¿Sí, joven Watson? —el profesor se giró hacia el Omega.
—¿Pu-puedo retirarme, señor Moore?, me-me duele el vientre… creo que… creo que voy a tener un micro-celo. —El rostro alarmado del profesor fue ignorado por la mitad de los alumnos.
Cada Alfa a excepción de Sherlock se giró al instante hacia John. Sherlock se tragó el gruñido salvaje que rápidamente se alojó en su pecho para amenazarlos de no acercarse a su Omega. Se detuvo no porque de verdad su voluntad tuviera tal brío, sino porque eso le ayudaría a salir de ahí.
—Por supuesto, querido, ve a la Torre Omega. —Al levantarse el pequeño Watson, los Alfas que inhalaban su aroma con descaro lo siguieron, atentos, buscando, aguardando el momento en el que se liberara totalmente el micro-celo para saltar y hacer suyo al Omega. Viendo el profesor que Sherlock parecía resistirlo, le dijo—: Holmes, acompáñelo y asegúrese de que llegue a salvo.
Un par de Omegas los observaron acusadores mientras salían, sabiendo que si los delataban, en adelante el profesor se aseguraría de revisar a cada alumno que dijera tener un micro-celo, descubriría que muchos de ellos mentían y no habría ya ninguna posibilidad de que alguien escapara de la aburrida clase. Así, los organizados e inteligentes Omegas guardaron silencio, permitiéndoles irse.
El joven Holmes y el pequeño Watson abandonaron la actuación después de cruzar el pasillo, caminando en dirección a la Torre Omega. Sintiéndose a salvo, John recuperó la tranquilidad de sus gestos y el suave aroma a miel; Sherlock, su humor. Cuando sus ojos se encontraron, rieron, como si hubieran superado una prueba especialmente difícil. Al igual que en las veces anteriores, se escabulleron ágiles a la salida del colegio, esquivando a los guardias Beta y cada profesor con quien pudieran cruzarse a esa hora.
Una vez en la calle, puesto que sería John el que mayor atención llamara al ser un Omega joven que no estaba en clases, Sherlock le ofreció su brazo, a sabiendas de que con ese gesto tan nimio, cualquier entrometido pasaría de ellos al segundo. No serían ya más muchachos irresponsables, sino, acaso, el traslado del Omega a un sitio diferente, con la guarda y compañía de él, un Alfa. El pequeño Watson aceptó el ofrecimiento al instante, la suave alegría de su diversión llegando al olfato de Sherlock en la forma de un sedoso perfume, que no tardó en inhalar e intentar fingir que no lo percibía ni le fascinaba en absoluto.
De esa manera atravesaron un par de calles, cada una menos transitada que la anterior, hasta que llegaron finalmente a su destino; un local abandonado que solía ser una anticuaría. Sherlock lo había descubierto el año anterior, persiguiendo una pista que al final no dio resultado. Del ya estrecho lugar, apenas se desempolvó una esquina; limpiarlo demasiado traería sospechas y, por supuesto, ni él ni el pequeño Watson se ofrecerían a hacerlo. Una vez adentro, se sentaron en desgastadas sillas, a ambos lados de la barra deshecha que haría alguna vez de mostrador, Sherlock en el lugar del tendero y John, del cliente.
—Es incomprensible cómo una clase que debería enseñarnos sobre nuestros papeles en la sociedad, pueda ser tan aburrida. Estoy seguro de que los monólogos de mi padre son más entretenidos. —Sherlock soltó una ligera risa por las palabras y el tono de monumental aburrimiento con el que fueron dichas—. Lo que es peor, dudo mucho que el señor Moore enseñe alguna vez lo que quiero aprender. —Aquella última frase atrajo la atención del joven Holmes.
—¿Y qué sería eso? Espero que no algo sobre los dramas de la realeza o un tema así de intrascendente.
—No, pero creo que igualmente no importa. —Sherlock enarcó una ceja, a la que el pequeño Watson no tardó en responder—. Solo… no sé si de verdad importa sabiendo que a mi Alfa elegido todas esas reglas le parecen absurdas y mucho menos se tomará la molestia de aprender alguna.
Sherlock tragó en seco. Un temblor frío le recorrió la espalda.
John tenía un Alfa elegido.
John tenía un Alfa elegido.
John. Tenía. Un. Alfa. Elegido.
¿De quién se trataba? ¿En qué momento sucedió? ¿Debería Sherlock comprobar si cada uno de sus escenarios inventados para cometer un crimen perfecto, resultarían de verdad perfectos? Ideas, locuras comenzaron a resonar en su mente hasta que, un segundo después, vino el silencio. Cordura y un respiro.
El joven Alfa desenterró las uñas de sus muslos al llegar a él un gramo de razón y descubrir los puntos de interés que pronto le trajeron las deseadas soluciones a sus preguntas. No obstante, su incapacidad para cerrar la boca en situaciones que quizá lo ameritaran, lo obligó a revelar su descubrimiento de una manera poco menos que elegante. Entonces, con la cara luminosa y sonrojada, firme como una ramita, se dirigió al pequeño Watson:
—¿Soy yo?
Los gestos plasmados en el rostro de John permanecerían en la memoria del joven Holmes el resto de su vida. Boca y ojos abiertos de par en par, mejillas iluminadas de profundo escarlata y el cuerpo paralizado. El Omega mantuvo su mirada en él durante un minuto completo antes de dirigir aquel hermoso par de crisoberilos verdes hacia la ventana sucia. Enseguida, suspirando con una fuerza tal que exhaló de sus pulmones cualquier rastro de aire, unidas sus manos sobre su regazo, dijo, en voz baja y tímida:
—… S-sí.
Silencio los cubrió entonces, pesado y pegajoso como el polvo que los rodeaba… Sin embargo, tal cual este polvo que se negaban a limpiar, no incomodo ni inhabitable. Los ojos de ambos viajaron a través de la habitación, buscando aquello que quitara el silencio y lo reemplazara con algo de utilidad. Sherlock, pensando en un centenar de palabras correctas, ni una se le antojaba factible, ni siquiera una que funcionara para salir de su estado mental; ahogado de alegría y la dicha más absoluta. Reprenderse por lo que hubiera pasado si el pequeño Watson respondía negativamente a la pregunta no funcionó. La felicidad de saberse correspondido lo opacaba todo, de una manera tan dominante que, al encontrarse sus ojos y esas hermosas joyas, en realidad, nada faltó para que la atmósfera cambara al segundo.
—Eres un Alfa imposible —dijo el Omega entre risas, pretendiendo cubrirse la boca y fallando, pues sus pequeñas manos no podían ocultar el humor de su boca, Sherlock no se molestó en imitarlo, mostrando sin muros su sonrisa.
—Ese es el punto, mi querido Watson —contestó, guiando su mano lentamente sobre la barra. Las risas se apagaban, permitiendo una maravillosa vista de iridiscente dulzura y cariño—. Creo que por eso me elegiste —susurró. El pequeño Watson observó su intención y sin dudarlo alcanzó su mano. Sherlock le acarició el dorso, la piel sedosa quemó sus dedos.
—Siempre tan inteligente. —Sherlock vio la manera infantil en que rodaba los ojos, al ser obvio que él no estaba de verdad molesto, atrajo la pequeña mano a su boca, girándola despacio para que la cara interna de la muñeca estuviera hacia arriba. Sus labios se acercaron peligrosamente a la sensible piel, sobre la que imprimió un soplo tenue. En ningún momento el Omega intentó retroceder, al contrario, su voz y su cuerpo se relajaron ante el contacto—. Te elegí desde que te fallaste al adivinar mi nombre. —Lamiéndose los labios, sonriente, el joven Alfa no apartó su atención de la blanca piel. La declaración, dicha con un largo suspiro, le aceleró el pulso—. Te elegí aun pensando que jamás sería correspondido.
Sepultando la errada creencia del pequeño Watson, Sherlock besó su muñeca, justo donde una de las glándulas de olor, que en conjunto con las demás, comenzaron a obsequiarle perfume delicioso e intenso, adictivo. Sherlock no se resistió a él, inhalándolo profundamente, hambriento. Besó la piel con devoción, ansioso de no cometer alguna equivocación y que el Omega lo privara del siguiente y el siguiente aliento. De lograr un pensamiento coherente, agradecería a Elizabeth por insistir en hacerle ver lo obvio.
Porque nada existiría que fuera igual de razonable.
—Mi Alfa.
Murmuró el pequeño Watson, advirtiendo una afilada lengua atravesar el límite de los labios que adoraban su piel. Tiernos dedos acariciaron el mentón de Sherlock cuando probó por primera vez la dulzura del Omega. Al tiempo, su saliva lo marcaba como su poseedor.
—Tuyo, Omega.
Porque una respuesta diferente no bastaría.
Porque nunca podría ser Sherlock Holmes, si no se rindiera a los encantos de su John Watson.
* * *
En mi Omegaverse la posesividad entre la pareja (o los integrantes de una asociación de tipo romántico) es más o menos equitativa, pero esto es más de manera interna, ¿ya sabes?, es la manera en que se maneja dentro de casa, en sociedad (fuera de casa) es el Omega quien posee al Alfa y no al revés, aunque siempre es un gesto muy romántico para el Omega que su(s) Alfa(s) se muestre feliz de ser poseído por el Omega ¬w¬. No sé si esta aclaración hacía falta, pero por si acaso no has leído otros de mis Omegaverse o si no lo he dejado muy claro, aquí esta uwu, ¿qué te parece?
Y por favor, también dime qué te pareció la historia :D, estaré esperando ansiosamente para saber tu opinión, así que te lo ruego, amor mío, no dudes en decírmelo :3, todas tus respuestas me darán la energía y la voluntad no solo para seguir escribiendo, sino para sobrevivir otra semana y no perecer en el intento.
¡Muchas gracias por leer!
¡Te adoroooo!












