Menos mal habían decidido mantenerla con material de entretenimiento, allí donde podría estirar su mano para coger una botella de vino y poder hacer de todo aquello más llevadero. O soportable. “Uno, ¿cuánto tiempo estaré aquí?” cuestionó al aire, a la multitud y a nadie en específico. “Dos, ¿quién mierda se creen para encerrarme?” bufó. “Y tres, incluso bajo tierra luzco preciosa.” finalizó, trazando la yema de su índice por la boca de su botella abierta.
El viejo hábito de tronar los dedos había logrado volver a ella con un sigilo tal que era sólo en aquel momento, cuando el sonido proveniente de su mano izquierda llegaba a sus oídos, que lograba pensar en el alivio que aquello parecía traer a su cuerpo. Esos tontos pensamientos, los que distraían su mente de la situación en que se encontraban, lograron quedar en segundo plano al escuchar ajenos. En aquella ocasión, no culpaba a quien iniciaba una charla consigo mismo. ---¿Ya has comenzado a beber? ---la pregunta podía tomarse como ataque por parte de alguien a la defensiva, pero quien escuchara con atención podía notar un tipo de broma implícita. ---Te has rendido con facilidad ---comentó al final, haciendo referencia a su situación de encierro.















