"Eso debería aparecer en este espacio de la pantalla y no está"... escucho otros ruidos indescifrables, me aturdo. Despierto. Me cambio de habitación, hago scroll en redes, busco desayuno, limpio la cocina, me acuesto otro rato...
Me siento frente al computador, reviso mi lista de pendientes. Lleno mi correo electrónico de correos programados, como si dejara sobres escondidos debajo de los tapetes de bienvenida que hay en casas ajenas, mientras las personas están de viaje, esperando que los vean cuando lleguen y no los pisen o pasen inadvertidos por días enteros.
Siguiente tarea. 12:47, escucho un ruido en la habitación, me paro y voy a la cama, no sé cómo resulto ahí acostada. Me gusta redondear las cifras, "a la 1:00 me paro". Me retuerzo y acomodo hasta que el letargo se hace un lugar. La alarma sonará a la 1:55, para estirarme al menos cinco minutos y empezar a trabajar a las 2:00 p.m. Pero no sé a quién quiero engañar: el celular marca la hora pactada, lo pospongo dos o tres veces, hasta que me da pena con el aparato y decido apagar la alarma.
Hora Pi del día (3:14), me levanto de nuevo, doblo las cobijas. Busco una receta para hornear. No hay suficiente mantequilla. No he desayunado. No hay arepas. No quiero salir. Aparece un sánduche en mi mesa, hecho por las manos mágicas que también me trae medio litro de café para la concentración; tengo toda la actitud de estar trabajando: los audífonos puestos, el navegador con todas las pestañas que necesito para hacer lo que tengo que hacer, la mirada serena que va navegando por los renglones de distintas publicaciones.
5:02. Abro por fin el documento guía, descubro que son 45 páginas...Suspiro, me levanto de la mesa, voy al baño, me arranco las uñas, tomo otro sorbo de café. Empiezo a leer. Página 3. Abro mi cuenta de Tumblr. Pienso en la cantidad de veces que he pensado en escribir con frecuencia. Empiezo a escribir y ahora soy la serpiente que se come la cola.