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EL LIBRO
Un libro no comienza cuando se escribe.
Comienza mucho antes.
A veces comienza en una esquina, cuando un niño descubre que el destino puede cambiar de dirección en un segundo.
A veces en un pasillo de Tribunales, entre expedientes que guardan más silencios que palabras.
A veces frente a hombres cuyo nombre después repetirá una provincia.
A veces en una casa, cuando una mujer espera.
A veces en los hijos.
En los muertos.
En una cicatriz.
Y algunas veces comienza en una montaña.
Durante años creí que escribía sobre cosas que habían sucedido.
Ahora sé que estaba escribiendo sobre el tiempo.
El Malevo Ferreyra.
Los Ale.
La Justicia.
El poder.
El miedo.
Las decisiones que nadie puede firmar por uno.
Todo eso ocurrió.
Pero también ocurrió Isabel.
Ocurrieron mis hijos.
Ocurrieron los nietos que un día comenzaron a correr por mí sin saberlo.
Ocurrieron los amigos.
Ocurrió la fe.
Ocurrieron unas muletas que dejaron de ser el recuerdo de una ausencia para convertirse, misteriosamente, en otra manera de estar de pie.
Y ocurrió Tafí.
Siempre Tafí.
Ese valle donde las montañas parecen saber algo que nosotros ignoramos.
Quizá por eso regresé tantas veces.
Uno cree volver a un lugar.
En realidad vuelve al hombre que fue.
Esta noche miro la tapa de este libro y veo un rostro.
Miro la contratapa y veo otro.
Entre ambos hay casi una vida entera.
Sin embargo, sospecho que ninguno de los dos es completamente yo.
El verdadero hombre está en algún lugar entre esas dos imágenes.
Es el niño de nueve años.
Es el juez que alguna vez tuvo miedo.
Es el padre.
Es el abuelo.
Es el hombre que cayó.
Es el que volvió a levantarse.
Es también aquel que todavía se pregunta, frente a las montañas, qué extraño hilo une todas las cosas que hemos vivido.
Tal vez un libro sea precisamente eso:
un intento de encontrar ese hilo antes de que el tiempo lo esconda para siempre.
No sé si estas páginas lograrán encontrarlo.
Sé solamente que fueron escritas desde un lugar donde el silencio tiene memoria.
Desde un valle.
Desde una vida.
Desde la certeza, aprendida muchas veces y pagada algunas veces demasiado cara, de que mientras quede una palabra, una persona amada, una montaña a lo lejos o una razón para levantarse…
todavía no está dicha la última página.
Siempre se puede.
Jorge Bernabé Lobo Aragón
Tafí del Valle — 2026
CUANDO LA PALABRA REGRESA CONVERTIDA EN GRATITUD
A veces uno escribe creyendo que arroja unas palabras al viento.
Después descubre que el viento tenía memoria.
En estos días han llegado diplomas, distinciones y gestos de afecto desde distintos espacios literarios. Los recibo con gratitud, pero también con esa extraña sensación de quien mira un camino recorrido y comprende que ninguna huella le pertenece por completo.
Porque detrás de cada palabra están quienes nos enseñaron a pronunciarlas.
Los libros que alguna vez nos desvelaron.
Los amigos que permanecieron.
Los que partieron.
La familia.
La infancia.
Y acaso también ciertos paisajes que terminan escribiendo dentro de nosotros.
El mío tiene un nombre: Tafí del Valle.
Desde aquí, cuando la tarde comienza a descender sobre los cerros y los cardones alargan sus sombras sobre la tierra, los reconocimientos parecen adquirir otra dimensión.
El oro de un pergamino dura un instante.
El oro de una puesta de sol sobre el valle pertenece a otra clase de eternidad.
Entonces comprendo que tal vez escribir consista solamente en eso: intentar salvar del olvido aquello que amamos.
Una voz.
Una casa.
Un rostro.
Una ausencia.
El ruido lejano del viento atravesando los pastizales.
Agradezco profundamente cada reconocimiento recibido y, sobre todo, a quienes alguna vez se detuvieron a leer una de mis palabras.
Porque un escritor puede llenar muchas páginas, pero el verdadero milagro sucede cuando, al otro lado del mundo o de la calle, alguien encuentra en ellas algo que también le pertenece.
Esta noche vuelvo a mirar el valle.
Los cerros siguen allí.
No conocen diplomas ni ceremonias.
Tal vez por eso saben más de eternidad que nosotros.
Y mientras quede una palabra por decir, seguiremos escribiendo.
Desde Tafí del Valle, donde hasta el silencio parece tener memoria.
Jorge Bernabé Lobo Aragón
El hombre que escribía desde el Valle
EL VALLE SABE
Hay lugares que uno visita
y lugares que, secretamente,
nos visitan durante toda la vida.
Tafí del Valle pertenece a los segundos.
Tal vez sus montañas sean una forma antiquísima de la memoria.
Tal vez el viento, cuando desciende por las cumbres,
no traiga solamente el frío,
sino voces.
Voces de quienes amamos.
De quienes se fueron.
De los que todavía caminan a nuestro lado
y de aquellos que sólo pueden regresar
cuando pronunciamos sus nombres.
He pensado muchas veces
que el tiempo es un extraño escribano:
anota nuestras victorias,
pero parece demorarse especialmente
en nuestras heridas.
Después comprendí que también las heridas escriben.
Escriben en el cuerpo.
En la memoria.
En los hijos.
En los silencios.
En esa obstinación inexplicable
por levantarnos una vez más.
Quizás por eso nació este libro.
No para contar una vida,
porque ninguna vida cabe enteramente en un libro,
sino para dejar algunas huellas
antes de que el viento las borre.
Fui abogado.
Fui juez.
Conocí los corredores de la Justicia
y también sus laberintos.
Conocí el poder,
sus salones iluminados
y sus sótanos.
Conocí la caída.
Y un día descubrí algo más difícil:
que también se puede volar sin correr.
Desde entonces existe en mí un pez imposible
que abandona por un instante el agua
y se atreve al cielo.
Tal vez todos llevemos uno.
Un pez volador.
Una esperanza absurda.
Una pequeña rebelión contra el destino.
Ahora, mientras el sol desaparece detrás de los cerros de Tafí,
comprendo que este libro tampoco me pertenece del todo.
Pertenece a quienes estuvieron.
A quienes están.
A quienes todavía creen
que después de cada noche existe alguna forma del alba.
Porque las montañas conocen un secreto
que los hombres olvidamos con facilidad:
han visto pasar generaciones, imperios, dolores y alegrías,
y continúan allí.
Esperando.
Como si supieran que caer
es solamente una de las maneras
que tiene la vida
de enseñarnos a levantarnos.
DESDE TAFÍ DEL VALLE,
LOS QUE TODAVÍA SE LEVANTAN
Ya nació el libro.
Y desde algún lugar del Valle,
entre el viento, las piedras y la eternidad,
un pez comienza nuevamente a volar.
Jorge Bernabé Lobo Aragón
Jorge, el Pez Volador
Tafí del Valle — Tucumán
EL VALLE SABE
Hay lugares que uno visita
y lugares que, secretamente,
nos visitan durante toda la vida.
Tafí del Valle pertenece a los segundos.
Tal vez sus montañas sean una forma antiquísima de la memoria.
Tal vez el viento, cuando desciende por las cumbres,
no traiga solamente el frío,
sino voces.
Voces de quienes amamos.
De quienes se fueron.
De los que todavía caminan a nuestro lado
y de aquellos que sólo pueden regresar
cuando pronunciamos sus nombres.
He pensado muchas veces
que el tiempo es un extraño escribano:
anota nuestras victorias,
pero parece demorarse especialmente
en nuestras heridas.
Después comprendí que también las heridas escriben.
Escriben en el cuerpo.
En la memoria.
En los hijos.
En los silencios.
En esa obstinación inexplicable
por levantarnos una vez más.
Quizás por eso nació este libro.
No para contar una vida,
porque ninguna vida cabe enteramente en un libro,
sino para dejar algunas huellas
antes de que el viento las borre.
Fui abogado.
Fui juez.
Conocí los corredores de la Justicia
y también sus laberintos.
Conocí el poder,
sus salones iluminados
y sus sótanos.
Conocí la caída.
Y un día descubrí algo más difícil:
que también se puede volar sin correr.
Desde entonces existe en mí un pez imposible
que abandona por un instante el agua
y se atreve al cielo.
Tal vez todos llevemos uno.
Un pez volador.
Una esperanza absurda.
Una pequeña rebelión contra el destino.
Ahora, mientras el sol desaparece detrás de los cerros de Tafí,
comprendo que este libro tampoco me pertenece del todo.
Pertenece a quienes estuvieron.
A quienes están.
A quienes todavía creen
que después de cada noche existe alguna forma del alba.
Porque las montañas conocen un secreto
que los hombres olvidamos con facilidad:
han visto pasar generaciones, imperios, dolores y alegrías,
y continúan allí.
Esperando.
Como si supieran que caer
es solamente una de las maneras
que tiene la vida
de enseñarnos a levantarnos.
DESDE TAFÍ DEL VALLE,
LOS QUE TODAVÍA SE LEVANTAN
Ya nació el libro.
Y desde algún lugar del Valle,
entre el viento, las piedras y la eternidad,
un pez comienza nuevamente a volar.
Jorge Bernabé Lobo Aragón
Jorge, el Pez Volador
Tafí del Valle — Tucumán

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MI MADRE: NUNCA ES TARDE
Mi madre, María Susana Aragón de Lobo, me enseñó muchas cosas sin proponerse enseñármelas.
Había sido maestra. Había conocido las aulas desde el lugar de quien entrega una palabra y espera, acaso durante años, que germine. Enseñó también en el Seminario Mayor, entre jóvenes que se preparaban para el sacerdocio, mientras su propia vida transcurría entre hijos, nietos, obligaciones y esa multitud de pequeños deberes sobre los que se construyen las familias verdaderas.
Fue madre de ocho hijos.
Y conoció también el dolor que ninguna madre debería conocer: despedir a algunos de ellos antes de tiempo.
Sin embargo, siguió.
Tal vez de ella aprendí que el dolor puede acompañarnos sin tener necesariamente la última palabra.
Era hija del doctor Roque Raúl Aragón y llevaba consigo una historia familiar vinculada a Tucumán, al derecho y a la vida pública. Pero su mayor título no estaba escrito en ningún diploma.
Hasta que un día decidió obtener uno.
Cuando muchos piensan que ha llegado la edad de detenerse, mi madre volvió a las aulas.
Estudió Derecho.
Rindió materias.
Avanzó un año detrás de otro.
Y a los sesenta y nueve años se recibió de abogada.
Nunca interpreté aquello como una búsqueda de prestigio. A esa altura de su vida no necesitaba demostrarle nada a nadie.
Creo que buscaba otra cosa.
Buscaba la Justicia.
No solamente aquella que duerme entre códigos y expedientes, sino la otra: la que intenta dar a cada uno lo suyo, la que se hermana con la equidad, la que nace antes que las leyes escritas y permanece cuando las leyes cambian.
Mientras algunos de sus hijos habíamos transitado la Justicia, la política o la función pública, ella parecía recordarnos silenciosamente que detrás de cualquier cargo existe algo más importante: la rectitud.
Su graduación tampoco fue un récord.
Fue una lección.
Nunca es tarde.
Nunca es tarde para estudiar.
Nunca es tarde para comenzar.
Nunca es tarde para descubrir una habitación de nosotros mismos cuya puerta habíamos dejado cerrada.
Nunca es tarde para levantarse.
Con los años comprendí que buena parte de aquello que llamé perseverancia quizás no fuera enteramente mío.
Venía de antes.
Venía de ella.
Mi madre murió el 11 de agosto de 2009.
Desde entonces aprendí otra cosa: las madres no desaparecen del todo.
Se vuelven raíces.
Quedan en ciertas palabras que pronunciamos igual que ellas. En algún gesto de nuestras manos. En la manera de mirar a nuestros hijos. En una oración que regresa cuando tenemos miedo. En esa fuerza inexplicable que aparece precisamente cuando creemos que ya no podremos continuar.
A veces, desde Tafí, miro las estrellas.
No sé cuál sería la suya.
Quizás ninguna.
Quizás todas.
Pero me gusta pensar que aquella mujer que volvió a las aulas cuando otros ya pensaban en el descanso todavía sigue enseñándome.
Y cuando la vida vuelve a poner delante de mí una cuesta, escucho aquella lección que nunca necesitó escribir:
siempre se puede.
Entonces comprendo que sigo caminando con una parte de ella.
Porque hay madres que nos dan la vida una vez.
Y hay otras, como la mía, que continúan dándonosla después de haberse ido.
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
Tafí del Valle, 11 de agosto de 2026
Hay expedientes que un día se cierran. Y hay preguntas que permanecen abiertas mucho después de que se apagan las luces de los tribunales. E
PAULINA: CUANDO LA VERDAD TAMBIÉN ESPERA
Hay expedientes que un día se cierran.
Y hay preguntas que permanecen abiertas mucho después de que se apagan las luces de los tribunales.
El nombre de Paulina Lebbos pertenece, dolorosamente, a esas preguntas.
Con Alberto Lebbos no me une una amistad íntima. Nos hemos encontrado algunas veces, hemos conversado, hemos intercambiado palabras. Pero existe una forma de cercanía que no necesita de la amistad: la que nace cuando uno reconoce en el otro una lucha que considera justa.
Y su lucha, antes que cualquier otra cosa, ha sido la de un padre.
Un padre preguntando.
Un padre esperando.
Un padre negándose a aceptar que el tiempo pudiera transformar la ausencia de respuestas en una respuesta definitiva.
He pasado buena parte de mi vida entre expedientes, juzgados, fiscalías y tribunales. Conocí la Justicia desde adentro. Conocí sus grandezas y también sus fragilidades. Sé que no puede condenarse a nadie por rumores, sospechas o clamores populares. La presunción de inocencia no es una concesión: es una de las columnas sobre las que se sostiene el Estado de Derecho.
Pero existe otra columna igualmente indispensable.
La verdad.
Cuando una investigación acumula dudas, contradicciones o irregularidades, una sociedad tiene derecho a preguntar. Y la Justicia tiene el deber de responder con pruebas, independencia y coraje.
No me corresponde decir quién fue culpable.
Tampoco señalar con el dedo a quien no haya sido juzgado.
Me corresponde algo mucho más sencillo: no ser indiferente.
Porque conocí los pasillos de Tribunales cuando todavía era casi un muchacho. Porque fui fiscal. Porque fui juez. Porque alguna vez tuve que tomar decisiones sabiendo que detrás de cada expediente había personas de carne y hueso.
Y porque aprendí que un expediente jamás contiene solamente papeles.
Contiene vidas.
Paulina tenía una.
Alberto perdió una hija.
Y Tucumán quedó con una pregunta.
Tal vez por eso, cada vez que encuentro a ese padre perseverando después de tantos años, pienso que hay dolores que podrían haber destruido a un hombre y que, misteriosamente, terminan convirtiéndolo en alguien que camina.
Camina porque detenerse sería aceptar el silencio.
No sé cuál será algún día la última palabra judicial sobre todo lo ocurrido.
Pero sí sé cuál debería ser la primera obligación de cualquier República:
buscar la verdad.
Sin nombres intocables.
Sin condenados anticipadamente.
Sin poderes capaces de torcerla.
Sin miedos.
Porque la Justicia que alguna vez elegí servir —y por la que también sufrí— sólo merece ese nombre cuando puede mirar de frente tanto al poderoso como al desamparado.
Paulina merece verdad.
Su padre merece verdad.
Tucumán merece verdad.
Y acaso eso sea lo único que podemos pedir quienes todavía creemos que la Justicia, aun cuando tarda, aun cuando tropieza, aun cuando parece extraviarse entre los hombres, debe seguir buscando el camino.
Porque hay verdades que pueden esperar durante años.
Pero nunca deberían morir.
Jorge Bernabé Lobo Aragón
Tafí del Valle
EL LIBRO YA NACIÓ.
Tiene nombre.
Tiene rostro.
Tiene historias que dolieron y otras que salvaron.
Tiene familia, amigos, tribunales, caminos, ausencias, poesía… y un extraño Pez Volador que un día comprendió que para volar no siempre hacen falta alas.
Se llama:
EL HOMBRE QUE ESCRIBÍA DESDE EL VALLE
Memoria, Justicia y Palabra.
No voy a contarles mucho más todavía.
Sólo les adelanto algo:
muy pronto dejará de ser mío para convertirse en libro de ustedes.
Desde Tafí del Valle, donde comenzó a encontrar su voz, ya está preparando el viaje.
Nos encontraremos entre sus páginas.
Pronto. Muy pronto.
Jorge el Pez Volador
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
Tafí del Valle — Tucumán — Argentina
LAS PERSONAS QUE NO SE VAN
Para Aurora Ramos Taboada
La vida me enseñó que existen encuentros pasajeros y presencias permanentes.
Las primeras pasan como el viento.
Las segundas se parecen a los árboles: crecen despacio, ofrecen sombra sin pedir nada y, aun cuando el tiempo cambie los paisajes, continúan allí, silenciosas, firmes y generosas.
Aurora Ramos Taboada pertenece a ese raro linaje de personas que nunca abandonan del todo la vida de quienes han compartido con ellas un tramo del camino.
Los años modifican las distancias.
Cambian las ciudades.
Transforman las ocupaciones.
Nos llenan de responsabilidades, de hijos, de nietos, de alegrías y de dolores.
Pero hay amistades que el tiempo no desgasta; simplemente las vuelve más profundas.
Quizá por eso, cuando pienso en Santiago del Estero, no escucho primero el ruido de sus calles.
Escucho un bombo legüero marcando el pulso antiguo de la tierra.
Escucho una chacarera que parece haber nacido para recordar que la alegría también puede bailarse con el alma.
Siento el perfume del algarrobo y del mistol, la dulzura del río Dulce y esa hospitalidad que convierte a un visitante en un hermano.
Entonces comprendo que algunas personas terminan pareciéndose a la tierra donde nacieron.
Aurora tiene algo de Santiago.
La serenidad de sus atardeceres.
La calidez de su gente.
La belleza que no necesita exhibirse para ser reconocida.
La inteligencia que ilumina sin deslumbrar.
La sensibilidad que escucha antes de hablar.
Y esa elegancia interior que sólo poseen quienes aprendieron que la verdadera grandeza consiste en hacer sentir bien a los demás.
Mientras Isabel emprendía el viaje para abrazarla en un nuevo cumpleaños, pensé que los regalos más valiosos jamás caben en una caja.
Son la memoria compartida.
La confianza que nunca se rompe.
La lealtad que no conoce calendarios.
La certeza de saber que, aunque pasen los años, todavía existen personas capaces de alegrarse sinceramente por nuestra felicidad.
Desde mis montañas de Tafí del Valle imaginé, casi sin darme cuenta, que una chacarera comenzaba a subir por las quebradas y que el viento la llevaba hasta Santiago del Estero.
Era una melodía sin fronteras.
Un puente invisible entre dos provincias unidas por la cultura, la amistad y el profundo respeto por la vida.
Comprendí entonces que los afectos verdaderos no conocen mapas.
Habitan un lugar mucho más profundo.
Ese rincón del corazón donde el tiempo deja de contar los años y comienza, simplemente, a contar los abrazos.
Porque la riqueza de una existencia no se mide por los cargos, los honores o los reconocimientos alcanzados.
Se mide por las personas que, al evocarlas, hacen que el alma vuelva a sonreír.
Y algunas de ellas, como Aurora, permanecen para siempre.
Hoy el calendario señala un cumpleaños.
Pero quienes tenemos la dicha de conocerte sabemos que no celebramos solamente un año más de vida.
Celebramos una vida que ha sabido sembrar afecto, cultivar amistades sinceras y dejar, con la naturalidad de los seres buenos, una huella imborrable en el corazón de quienes te queremos.
Feliz cumpleaños, querida amiga.
Que Dios bendiga cada uno de tus días.
Que nunca falten en tu camino la música de una chacarera, la sombra de los viejos algarrobos, la paz de los atardeceres santiagueños, el abrazo de quienes te aman y la esperanza que siempre renace con cada amanecer.
Y que, cuando el viento cruce las montañas de Tafí del Valle rumbo a Santiago del Estero, lleve también este abrazo fraterno, convencido de que las distancias desaparecen cuando la amistad es verdadera.
Porque hay personas que cumplen años.
Y hay personas que, con su sola presencia, hacen más hermoso el paso de los años. Jorge Bernabé Lobo Aragón

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ANTES DE MORIR… VIVE
Desde Tafí del Valle
Antes de hablar… escucha el silencio de las montañas.
Antes de escribir… deja que el corazón encuentre las palabras.
Antes de juzgar… intenta comprender la historia que cada persona lleva en su alma.
Antes de herir… recuerda que una sola palabra puede dejar cicatrices o sembrar esperanza.
Antes de rendirte… mira hacia el Aconquija. Ninguna cumbre se alcanza sin esfuerzo.
Y antes de morir…
Vive.
Vive con gratitud, porque cada amanecer es un regalo.
Vive con fe, porque aun en la noche más oscura siempre existe una estrella que guía.
Vive abrazando a quienes amas, perdonando más de lo que creías posible y soñando más allá de tus propias fuerzas.
Que el viento de Tafí del Valle lleve tus preocupaciones.
Que el canto de los pájaros despierte tus ilusiones.
Que el perfume de los nogales y el murmullo de los ríos te recuerden que la vida nunca deja de renacer.
Porque no es la cantidad de años lo que hace grande una existencia, sino la cantidad de amor que dejamos en el camino.
Y cuando un día Dios nos llame a su presencia, podamos decir con serenidad:
“Viví. Amé. Serví. Y procuré dejar este mundo un poco mejor de como lo encontré.”
Desde Tafí del Valle, donde la tierra abraza el cielo y el alma encuentra su verdadero hogar.
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
Siempre se puede.
SUSANA Y LA MEMORIA DE TAFÍ
Hay personas cuya partida no produce solamente un silencio. Produce una modificación del paisaje. Desde el instante en que dejan este mundo, las calles ya no son exactamente las mismas, las montañas parecen guardar una respiración más lenta y hasta el viento que baja del Aconquija trae una ausencia que antes no conocíamos.
Así sentí la partida de Susana de los Ríos.
No fue únicamente la muerte de una mujer querida. Fue el apagarse de una de esas luces discretas que sostienen la memoria de un pueblo sin proponérselo. Hay seres cuya grandeza consiste precisamente en eso: nunca buscaron ser protagonistas y, sin embargo, terminan formando parte de la historia íntima de todos.
Las familias de Tafí del Valle nunca fueron simples vecinas. Fueron ramas de un mismo árbol, entrelazadas por los nacimientos, las fiestas patronales, las penas compartidas, las tardes interminables y los veranos en que los niños corríamos creyendo que el tiempo era infinito.
Por eso hoy no despido solamente a Susana.
Despido también una parte de aquella Tafí que vive únicamente en la memoria de quienes tuvimos la gracia de conocerla.
Pienso en Fernanda Lohezic, en sus hermanos, en Santiago Gallo Cainzo, en León, Martín e Iván, y en toda la querida familia Lohezic, Gallo Cainzo y De los Ríos. Pienso en esa casa donde el silencio tendrá ahora un peso distinto; donde una silla vacía hablará más que todas las palabras; donde cada fotografía comenzará lentamente a transformarse en un diálogo con la eternidad.
Los antiguos decían que nadie muere del todo mientras exista alguien que pronuncie su nombre con amor. Borges, desde otra orilla del pensamiento, imaginó que el tiempo no es una línea sino un inmenso jardín de senderos que se bifurcan. Me gusta creer que, en alguno de esos senderos invisibles, Susana sigue caminando por las calles de Tafí, sonríe a los vecinos de siempre y vuelve a abrazar, con la serenidad de Dios, a quienes un día volverán a encontrarla.
Quizá la muerte no sea otra cosa que el instante en que el alma deja de mirar la tierra para comenzar a contemplar la eternidad.
Quizá Dios, que conoce el nombre secreto de cada uno de nosotros desde antes del primer amanecer, simplemente haya llamado a Susana para devolverla a la casa definitiva, allí donde el tiempo ya no hiere, donde las lágrimas dejan de existir y donde el amor alcanza su plenitud.
Entonces comprendo que los hombres hablamos de despedidas porque ignoramos el idioma del cielo.
Allá arriba no existen los adioses.
Existen los reencuentros.
Y mientras ese día llega, Tafí conservará algo de ella en la sombra de sus nogales, en el perfume de los jazmines después de la lluvia, en la brisa que baja del Aconquija, en las campanas de la vieja iglesia y en la memoria agradecida de quienes aprendimos que la verdadera inmortalidad no consiste en permanecer vivos, sino en seguir habitando el corazón de los demás.
Porque hay personas que dejan este mundo.
Y hay otras —muy pocas— que, con la sencillez de una vida buena, se convierten para siempre en parte del paisaje del alma.
A mis queridos amigos Fernanda Lohezic, Santiago Gallo Cainzo, a sus hijos León, Martín e Iván, a los hermanos de Fernanda y a toda la familia Lohezic, Gallo Cainzo y De los Ríos, les hago llegar mi abrazo más profundo, mi oración y la certeza cristiana de que el amor nunca es derrotado por la muerte.
“La muerte no apaga la luz de quienes amaron; solamente la coloca detrás del horizonte, desde donde seguirá iluminando el camino de quienes aún peregrinamos.”
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
Tafí del Valle, donde las montañas enseñan que todo parece alejarse, pero nada de lo amado desaparece.
DESDE TAFÍ DEL VALLE, CON EL CORAZÓN AGRADECIDO
Recibo con profunda emoción y sincera gratitud el reconocimiento como “Poeta del Mes”, otorgado por la Federación Mundial de las Artes, la Literatura, la Educación, la Paz y la Cultura (FEMALPC).
Lo recibo con humildad, porque los verdaderos honores nunca pertenecen solamente a quien los recibe, sino también a quienes lo inspiraron, lo acompañaron y creyeron en el poder transformador de la palabra.
Desde la serenidad de Tafí del Valle, donde tantas veces nacieron mis reflexiones, mis poemas y mis cartas, renuevo mi compromiso de seguir escribiendo para construir puentes de amistad, sembrar esperanza y defender la dignidad de cada ser humano.
Mi más profundo agradecimiento al Dr. Miguel Leonardo Gamarra Quiroz, presidente fundador; a la Dra. María Norma Bischoff, presidenta global; a la Dra. Ana Isabel Vallejo Cuspineda, vicepresidenta global; y a toda la gran familia de FEMALPC, por este inmenso honor que guardaré entre los recuerdos más queridos de mi vida.
Este reconocimiento no representa una meta alcanzada, sino un nuevo compromiso con la poesía, la cultura, la paz y el servicio.
Seguiré creyendo que la palabra puede abrazar al que sufre, despertar conciencias, unir pueblos y recordarnos que la verdadera paz comienza en el corazón de cada persona.
Gracias por este honor que recibo con humildad, emoción y esperanza.
Con afecto y eterna gratitud.
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
Desde Tafí del Valle, Tucumán, Argentina.
“Siempre se puede.”
Hoy, 4 de agosto, LA GACETA cumple 114 años de conversación ininterrumpida con los tucumanos. No deseo recordar este aniversario solamente c
Cuando informar también protege
Hoy, 4 de agosto, LA GACETA cumple 114 años de conversación ininterrumpida con los tucumanos. No deseo recordar este aniversario solamente con una salutación, sino con un testimonio personal de gratitud.
Durante mis años como fiscal y juez de Instrucción debí intervenir en causas complejas, investigar hechos graves y enfrentar amenazas que alcanzaron también a mi familia y a quienes trabajaban conmigo. En aquellos momentos comprendí que una prensa independiente puede cumplir una misión que va más allá de informar.
LA GACETA, por medio de periodistas valientes —muchos de ellos entrañables amigos que me acompañaron a lo largo de los años— dio a conocer investigaciones, antecedentes y amenazas que podían haber quedado ocultos detrás del miedo o del silencio.
Aquellas publicaciones, muchas veces destacadas en sus primeras planas, resultaron fundamentales. Cuando una amenaza se hace pública, deja de pertenecer exclusivamente a las sombras. La sociedad se convierte en testigo y quien se encuentra amenazado deja de estar completamente solo.
Por eso puedo afirmar, desde mi propia experiencia, que la libertad de prensa no es una formulación abstracta. En determinadas circunstancias, informar con responsabilidad también significa proteger. La palabra publicada puede convertirse en una custodia moral y, algunas veces, en una verdadera defensa de la vida.
LA GACETA ha contado durante más de un siglo la historia de Tucumán, pero también ha participado activamente en ella: registrando sus luchas, preservando su memoria y dando voz a quienes necesitaban ser escuchados.
En este nuevo aniversario, mi reconocimiento a sus directivos, periodistas, fotógrafos, colaboradores y trabajadores. Y, especialmente, mi gratitud a quienes, en tiempos difíciles de mi vida pública, tuvieron el coraje de no mirar hacia otro lado.
Gracias, LA GACETA, por estos 114 años de periodismo y por demostrar que la verdad, cuando encuentra una voz valiente, también puede proteger la vida.
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
Abogado y escritor
Ex fiscal y juez de Instrucción
San Miguel de Tucumán, 4 de agosto de 2026

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DESDE TAFÍ DEL VALLE
Carta a la Pachamama
A la Madre Tierra, memoria viva de los pueblos andinos
Hay montañas que hablan en silencio. Hay valles que guardan la memoria de los siglos. Y hay una madre antigua que los pueblos andinos aprendieron a escuchar mucho antes de que la historia escribiera sus primeras páginas. A esa presencia milenaria la llamaron Pachamama.
No es solamente la tierra que pisamos. Es el nombre que la gratitud le dio a la creación cuando el hombre comprendió que ninguna semilla germina sin esperanza, que ningún fruto madura sin paciencia y que ningún pueblo sobrevive si olvida el suelo que le dio origen.
Como una inmensa nube de ternura extendida sobre la faz del mundo, abrazas montañas, quebradas, ríos, bosques y desiertos. En tu inmenso regazo florecen los colores de las flores silvestres, el canto de los pájaros, la danza de los vientos, la lluvia fecunda y el pan que cada día llega a nuestra mesa.
El sol te despierta. La luna parece acariciarte. Las estrellas custodian tu sueño mientras el hombre, casi sin advertirlo, deposita sobre tu piel las semillas de su futuro.
Recibes en silencio el trabajo de los campesinos. Guardas cada grano como quien custodia un milagro. Luego devuelves multiplicado aquello que recibiste: trigo convertido en pan, uvas transformadas en vino, árboles cargados de frutos y campos vestidos de esperanza.
Pero también conoces el lenguaje del dolor. Hay días en que tus vientos rugen con la fuerza de la historia, tus ríos desbordan su cauce y tus tempestades nos recuerdan que la naturaleza no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la naturaleza.
Entonces comprendemos que no somos dueños de la Tierra, sino apenas peregrinos sobre ella.
Los pueblos andinos levantaron piedras sagradas y lugares de oración para agradecerte la vida recibida. Porque toda cultura necesita símbolos para expresar su gratitud y porque cada generación busca una manera de honrar aquello que la sostiene.
Desde mi fe cristiana te contemplo como la maravillosa obra del Creador, la tierra bendecida que Dios entregó al hombre para que la cultivara, la cuidara y jamás la destruyera. Cuidar la creación es también una forma de amar a Dios.
Hoy, cuando tantas veces confundimos progreso con devastación y riqueza con explotación, vuelves a hablarnos con la voz del viento que desciende desde los cerros de Tafí del Valle.
Nos recuerdas que un árbol tarda décadas en crecer y apenas minutos en caer; que un río limpio vale más que cualquier tesoro; que el aire no tiene dueño; que el agua no reconoce fronteras; y que la verdadera grandeza de una civilización se mide por el respeto hacia la tierra que heredó y hacia la que dejará a sus hijos.
Bendita seas, Pachamama.
Humilde madre de los caminos, silenciosa compañera de nuestras alegrías y nuestras lágrimas.
Que nunca olvidemos que de tu seno recibimos el alimento cotidiano y que, cuando termine nuestro peregrinar, volveremos a descansar en la misma tierra que durante toda la vida nos sostuvo.
Que Dios, Señor del Universo y Creador de todas las cosas, bendiga siempre esta tierra generosa y nos conceda la sabiduría para custodiarla con amor, humildad y gratitud.
Porque quien aprende a respetar la Tierra, aprende también a respetar la vida.
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
EL ALMA QUE VUELA Y NADA
Soy un pájaro que ha olvidado los límites del cielo
y un pez que no teme las honduras del silencio.
Ignoro cuándo comenzó esta doble naturaleza.
Tal vez ocurrió antes de mi memoria,
cuando el universo aún no había separado del todo
las aguas de los cielos
y cada criatura podía reconocerse
en todas las demás.
Mi nido no está en el árbol ni en la roca.
Tampoco descansa en las orillas conocidas.
Mi casa se encuentra en ese instante secreto
en que el agua y el aire se abrazan;
en ese umbral invisible
donde el vuelo se vuelve corriente
y la corriente, eternidad.
Allí vuelo.
Allí nado.
Me deslizo entre las aguas como quien regresa
a una patria que nunca ha visto,
pero que siempre ha recordado.
Avanzo por el aire con la certeza
de que el universo es mucho más
que la tierra firme que pisan los hombres.
Un día amé a un pez.
No lo amé por la geometría de sus escamas
ni por el resplandor fugaz de su cuerpo.
Lo amé porque, al verlo saltar sobre el agua,
reconocí en aquel movimiento
el espejo de mi propia alma.
—Esta es tu casa —pareció decirme.
Entonces comprendí
que el cielo también habita en las profundidades
y que el agua posee estrellas
que solamente pueden contemplar
quienes se atreven a descender.
Desde aquel día
ya no sé dónde termina mi vuelo
ni dónde comienza mi danza submarina.
El halcón me observa desde las alturas
y guarda silencio.
La paloma me sueña,
aunque no alcanza a comprenderme.
Los pájaros creen que pertenezco al agua.
Los peces sospechan que pertenezco al cielo.
Tal vez ambos tengan razón.
Tal vez ninguno la tenga.
Porque ni el ave más libre
ni el pez más profundo
pueden abarcar esta doble eternidad
que llevo dentro de mí.
Soy un viajero del aire y de las aguas.
He aprendido que existen hombres
condenados a permanecer en una sola orilla,
y otros que, aun sin poder correr,
descubren caminos que atraviesan
los mares, los cielos y el tiempo.
Yo pertenezco a estos últimos.
Cuando respiro,
lo hago con la alegría de quien ha comprendido
que la libertad no consiste solamente
en llegar más lejos,
sino en no aceptar jamás
los límites que otros trazaron para nosotros.
Por eso vuelo.
Por eso nado.
Y mientras avanzo entre las corrientes invisibles
de la vida y de la memoria,
comprendo finalmente
que el verdadero gozo no se explica,
no se proclama
ni se escribe por completo.
El gozo se vive.
Y acaso vivir
sea aprender, cada día,
a respirar bajo el agua
sin dejar de mirar el cielo.
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
Tafí del Valle — Tucumán — Argentina