No nos une el amor, poema de Jose Sbarra
No, naturalmente, no nos une el amor sobrevivimos sin amarnos ¿Cómo podríamos amarnos? Nadie ama a un desdichado salvo que se trate de un hermoso príncipe de cuentos y su desdicha sea sólo aburrimiento o hartazgo.
Nos cansa pronto escuchar un gemido y más aún cuando no proviene de un bello infante Abandonado en una cesta a orillas de un lago de garzas y flamencos.
No, los desdichados estamos confinados a sobrevivir en la soledad masticando nuestra humillación como un veneno que nunca nos mata.
No, naturalmente, no nos une el amor en todo caso, lo que nos une es un idéntico resentimiento una misma rebelión, una rebelión tan desmesurada que acaba por volverse estéril. No es una rebelión genuinamente política ni religiosa, es la rebelión de nuestro origen contra sí mismo de nuestra sangre contra sí misma de nuestra nada contra la nada o de nuestro cielo contra el cielo de los otros. Es la rebelión de los que sufrimos porque deseamos algo que no existe.
No, naturalmente, no nos une el amor nos une el magnetismo de esta casa; nos une este laboratorio del dolor; nos une este cuarto que nos aísla del Insulto, del bostezo indiferente de la calle, de las lluvias heladas del invierno, del sol ardiente del verano; nos une este lugar en el que somos contenidos y este tiempo que nos mide.
No, naturalmente, no nos une el amor nos une la misma búsqueda (o la misma fuga) Nos unen, en definitiva, los mismos interrogantes, las mismas ignorancias y el mismo deseo (una bruta ansiedad) por conocer al menos el por qué de nuestro sufrimiento.
No, naturalmente, no nos une el amor nos une, en el mejor de los casos, el terror a la soledad completa, la incapacidad de amar a otro ser sin sentirnos inferiores y humillados. Nos une un orgullo que se alza cuando más desmoronados estamos. Nos une la incredulidad de que alguien diferente pueda amarnos.
No nos une el amor nos une la vergüenza. Nos une el pudor de saber tan íntimamente cómo es el otro y de no saber con la misma intimidad quién es el otro. Nos une un raro temor, algo así como una envidia anticipada por si uno de los dos ingresa al mundo de los seres dichosos. Nos unen todas las bajezas visibles y las previsibles. Nos une el fracaso como un pacto de niños, firmado con sangre y alfileres.
No, no nos une el amor ni la esperanza de alguna vez amarnos nos une nuestro empecinamiento contra las insalvables distancias que nos separan. Nos une la inercia de dos esculturas que, comparten una plaza: cada una sobre su piedra sin poder alejarse un solo paso pero también sin poder acercarse un solo paso. Nos une ese acercamiento incompleto ese mirarnos cada uno desde su altura (o desde su miseria) Nos une un largo silencio cargado de palabras que pesan demasiado para decirlas así porque sí, sin garantías de que no estallen en los labios al pronunciarlas.
No, no nos une el amor que es un puente lo que nos une es un abismo. Nos une este lamento que trazamos las tardes de lluvia como dos gatos arrinconados por niños armados con piedras. Nos une este lamento como una esperanza involuntaria, inconsciente, de que él nos salve.
No, no nos une el amor quizá sea el infortunio el que nos obliga a aferramos con tanta vehemencia, quizá sea este viento por el que nos dejamos arrastrar o quizá sea esta penumbra que nos desdibuja.
No, no nos une el amor nos une el acicate de una soledad idéntica y diferente y no es únicamente el temor a la soledad presente es también la premonición de encontrarnos solos en el futuro.
José Sbarra de su libro Obsesión de vivir












