La lectora
Ilustración: Florencia Guzzo
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he wasn't even looking at me and he found me
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Evaporación
—“Abre esa ventana que quiero ver el mar”
Las últimas palabras de Rosalía de Castro antes de morir.
El sonido de cuatro campanadas despertó a Alejandra. Se había quedado dormida leyendo, como así lo indicaba el libro que ahora estaba caído entre sus pies. Sin levantarse del sillón se estiró y lo levantó del piso para ponerlo luego en la mesita de luz junto al portarretrato. En la foto estaban ella y su hermana, sesenta años atrás, armando un castillo de arena en la playa de Florianópolis junto con su padre. Le gustaba mucho esa foto. Miró a su madre, tendida en la cama de la casa de salud y vio como el suero con los medicamentos seguía goteando. Ella había tomado la foto. Se levantó y le acomodó las sábanas.
La habitación estaba bien, no se le podía pedir mucho más tampoco. Dos cuadros con paisajes marítimos colgaban de las paredes en un intento de hacer del espacio un lugar más agradable. Por lo menos era un poco más ameno que el hospital. Una ventana grande permitía que entrase bastante luz durante el día. La vista no era nada espectacular pero sin duda mejor que si hubiese dado a un pozo de aire. Alejandra se acercó y miró para afuera. Durante la madrugada la cantidad de autos que transitaban por la avenida 8 de octubre disminuía considerablemente y una podía disfrutar hasta de cierta tranquilidad. Los comercios, en ebullición con el transitar de la gente durante el día, estaban con sus persianas bajas. En la esquina quedaba el único local que permanecía abierto para recibir a los noctámbulos: el bar Manolo. A las horas en punto e y media las campanas de la iglesia que tenían en frente quebraban el silencio.
Hace unos cinco meses con su hermana habían tomado la decisión de mudar a su madre a una casa de salud. Tras la muerte del padre de ellas, hace tres años, su mamá se había arreglado bastante bien viviendo sola en su pequeño piso del barrio Malvín norte. La vecina de abajo solía visitarla un ratito por las tardes para que se sintiera acompañada y luego llamaba a Alejandra para avisarle que todo iba bien. Los fines de semana traían a su madre a que almorzara con ellos y luego salían a dar una vuelta. En esos paseos y en algunas de las charlas por teléfono fueron viendo como ella iba perdiendo cada vez más la memoria, olvidándose por momentos del hilo de la conversación. Era como si quedase suspendida. Cuando vieron que era insostenible la situación, las dos hermanas tuvieron que ponerse de acuerdo en lo que era mejor para su madre.
Se volvió a sentar en el sillón mientras la miraba dormir. Su respiración estaba tranquila, finalmente. Las últimas noches no habían sido buenas. Miró sus manos y las acarició. La piel era finita y tenía constelaciones de pequeñas manchas marrones. Con los años se habían tornado suaves y frágiles. Eran las mismas manos que tantas veces le habían preparado los ñoquis caseros los 29 de cada mes, y las que hace años deslizaban a sus nietos pequeños billetes enrollados con cierta picardía. Acto seguido les hacía un gesto de silencio como para que fuese solo un secreto entre ellos. Alejandra miró sus manos y confirmó lo que siempre le decían, que eran las mismas que las de su madre. Su hermana había sacado de ella los ojos.
Durante los momentos de lucidez a su madre le gustaba hablar de las caminatas que solían hacer con su padre hasta la playa cuando vivían en la zona de la Costa de oro. Ella decía que era el ritual que tenían. Caminaban por calles de tierra con árboles; los perros de algunas de las casas salían a saludarlos. El viento y los graznidos de las gaviotas les anunciaban la proximidad de la playa. Le encantaba el olor a la arena mojada y juntar caracoles. Cuando recordaba ella extrañaba a su compañero de toda la vida y sus caminatas. Alejandra lo sabía.
Su madre empezó a moverse. Lentamente abrió los ojos y después de unos segundos miró hacia el costado donde estaba su hija. Alejandra esperó, calma, para ver qué sucedía a continuación. Su madre le sonrió y en voz baja dijo su nombre. Alejandra le preguntó qué pasaba, si quería o precisaba algo.
—Abrí la ventana, cariño. — le decía mientras le sonreía. Alejandra se paró y la abrió. El tibio aire de Enero se coló en la habitación.
— ¿Así está bien, mamá? —le preguntó con cariño y preocupación.
—Sí, mi amor, gracias. Dejala abierta así puedo escuchar mejor el mar. —le dijo y cerró los ojos.
—Claro, mamá. —Alejandra sabía que el mar no se escuchaba desde ahí, que estaba a kilómetros de distancia, pero ese día haría que las olas rompieran en la avenida. — ¿Escuchás las gaviotas?—agregó.
Su madre sonrió mientras asentía con la cabeza. Se estaban despidiendo, caminando de la mano, en una calle de tierra y árboles.
Texto: Florencia Guzzo
Morriña
Ella estaba sentada en la escollera. Miraba a los pescadores que, como todos los domingos por la tarde, se reunían a esperar que la suerte estuviera de su lado. Algunos, los más viejos, disfrutaban de la tarea en solitario. Tenían la cara bien arrugada, como las de esas personas que han pasado demasiados años de su vida marchitándose bajo el sol. A sus pies, una caja metálica que contenía anzuelos y paquetes de colores con cebos relucía gracias a los últimos rayos que el sol arrojaba sobre ellas. Más a lo lejos, dos parejas jóvenes charlaban animadamente entre sí mientras algunos de sus hijos se divertían jugando y tocando los peces recién sacados del agua. Cada tanto, llegaba desde la otra punta el sonido de una radio vieja que se entremezclaba con el ruido de las olas golpeando contra la pared de piedra. Después de haber pasado dos años viviendo en una ciudad sin salida al mar agradecía tener el viento salado acariciándole la cara. Un hombre que estaba sentado en un pequeño banco de madera entrelazaba unas cuerdas de color anaranjado. Sus manos, toscas, sucias y curtidas, se movían rápidamente y con seguridad. Se acordó de su abuelo.
Anoche había soñado con él. Desde que había muerto hace dos años se le aparecía cada tanto en sueños y mantenían conversaciones. Ella creía que esto le sucedía por no haber podido despedirse de él. Estaban en el jardín de la casa de La Paloma, donde solían pasar los veranos. Ella estaba sentada en el piso, tenía la edad que tenía ahora —treinta años— pero la escena le parecía como si hubiese salido de su infancia. Su abuelo, “Tata”, estaba sentado en su silla de hierro blanco justo detrás de ella. Ella le había pedido que le trenzara el pelo. Sí, su abuelo sabía trenzar el cabello. No le había quedado otra opción que aprender con seis hijas mujeres. “Dos trenzas abuelo, haceme una de cada lado, como la otra vez”, le decía.
—Volviste al pelo largo, como cuando eras chiquita. —Su abuelo sonreía mientras le dividía el pelo por la mitad.
—Sí, extrañaba esto, las trenzas. —le contestaba mientras miraba el piso.
— ¿Qué es lo que pasa, Paulita? —le preguntaba, concentrado en la tarea. —Cada vez que me pedías que te trenzara el cabello es porque te habías peleado con tu madre o porque estabas triste.
Paula demoró en contestar. Sabía que lo que le decía era cierto. Que le acariciaran el pelo había sido siempre un aliciente para cualquier malestar. Era algo simple pero efectivo; la ayudaba a pensar.
Paula había decidido dejar su confortable vida montevideana hace tres años. Irse de su país había sido en todo momento un plan muy presente en cualquier proyecto a futuro que se planteaba. El objetivo era estudiar en Europa, conseguir un trabajo y quedarse el tiempo que fuese necesario. Si era para siempre, sería para siempre. Para muchos de su generación cruzar el Atlántico era la promesa de una vida mejor, de más oportunidades, “la tierra prometida”. Sin embargo, cuando uno planea irse muchas veces se olvida de que de verdad se está yendo. “Solo el que emigra sabe lo que es emigrar”, le había dicho su abuelo una vez, cuando le hablaba cuando con dieciséis años se subió a un barco para dejar para siempre su Galicia natal.
El sol se iba ocultando lentamente en el horizonte. Varios de los pescadores ya se habían ido o estaban levantando sus cosas. La radio se había apagado y ahora solo reinaba el silencio del mar. A lo lejos podía ver como las luces de la ciudad se encendían dándole la bienvenida a la noche. Hace ya unos meses que la idea venía rondando por su cabeza y sentía que, en este momento, era lo mejor para ella. Pero concretarla le generaba más miedo que el que le había ocasionado irse. Miró las olas que rompían a sus pies. En ese mismo instante, ella se sintió escollera. Se pensó como un bloque de piedra ubicado entre la tierra y el mar, metiéndose de a poco en el agua pero sin perder contacto con el suelo firme.
Su abuelo terminó las trenzas y sonrió con satisfacción. Le alcanzó un espejo para que se viera. Habían quedado perfectas. Paula apoyó el espejo al lado suyo y se dio vuelta para verlo. Le devolvió una sonrisa.
—Creo que es hora de volver a casa. —le respondió, sin agregar más nada.
Texto: Florencia Guzzo
Mujer galaxia.
Ilustración: Florencia Guzzo
Variaciones sobre el amor
Todos los viernes por la tarde salía a pasear por el centro. Hacía siempre el mismo recorrido de forma casi religiosa. Tan es así, que a las 18:43 se lo podía ver siempre parado en la esquina de Tetuán y Albareda. Solía vestir un traje de tres piezas marrón oscuro, camisa blanca, corbata naranja y zapatos de cuero impecablemente lustrados. En todo su aspecto podían encontrarse numerosos detalles a destacar: el pañuelo de seda colocado en el bolsillo del lado izquierdo de su pecho, los gemelos de nácar, el sombrero de fieltro completando su imagen de modelo de catálogo. El pelo, bien negro y lacio, estaba cuidadosamente peinado con raya al costado y milimétricamente dominado por el gel. Su bigote, recortado y peinado en la barbería de Gervasio Richetti, era de una perfección casi geométrica. Soltero y de buen pasar, le gustaba pavonearse por las calles del centro de Sevilla con un ramo de rosas blancas en su mano, dispuesto a regalárselo a aquella mujer que se cruzara en su camino y lo enamorara.
*
Todos los viernes por la tarde salían a pasear por el centro. Hacían siempre el mismo recorrido de forma casi religiosa. Tan es así, que a las 18:43 se los podía ver siempre parados en la esquina de Tetuán y Albareda. Los dos se vestían de forma muy elegante. Él, con su traje de tres piezas azul oscuro, camisa blanca y una flor roja en el ojal izquierdo. Su pelo, negro y con algunas pinceladas entremezcladas de canas, estaba cuidadosamente peinado con raya al costado y milimétricamente dominado por el gel. Su rostro, afeitado al ras en la barbería de Gervasio Richetti e hijos, era de una pulcritud absoluta. En una de sus manos iba sosteniendo su sombrero de fieltro y con la otra la mano de su esposa. Ella llevaba puesto un vestido rosa pálido que contrastaba con su cabello enrulado y castaño. Iba maquillada sobriamente, a excepción de sus labios rojos. Unos zapatos, también rojos, completaban su conjunto. En su mano llevaba un puñado de rosas blancas, regalo de su marido, que le daba cada vez que salían de paseo.
*
Todos los viernes por la tarde salían a pasear por el centro. Hacían siempre el mismo recorrido de forma casi religiosa. Tan es así, que a las 18:43 se los podía ver siempre parados en la esquina de Tetuán y Albareda. Él llevaba un saco de vestir, camisa, pantalón y una corbata estampada. Su pelo —o más bien lo que quedaba de él— era bien blanco. Su calvicie era elegantemente disimulada con un sombrero de fieltro. Iba empujando la silla de ruedas que trasladaba a su esposa. Ella llevaba puesto un trajecito marrón, sobrio, y unos zapatos chatos que hacían juego. El único maquillaje que llevaba puesto podía verse en sus labios, un tono rosado natural. Sobre su regazo, una rosa blanca mantenía vivo el recuerdo de viejas épocas. Dentro de dos meses cumplirían 55 años de casados.
*
Hubo un viernes, por la tarde, donde no se les vio salir a pasear por el centro. Ese día, a las 18:43, nadie se paró en la esquina de Tetuán y Albareda. No hubo rosas blancas.
*
Todos los viernes por la tarde salían a pasear por el centro. Hacían siempre el mismo recorrido de forma casi religiosa. Tan es así, que a las 18:43 se los podía ver siempre parados en la esquina de Tetuán y Albareda. A modo de mantener una tradición que les parecía importante, su hija y el esposo de ella aprovechaban los viernes a recorrer las calles junto con él, mientras lo llevaban en su silla de ruedas. Él se seguía vistiendo con su chaqueta y su sombrero. Llevaba sobre su regazo una rosa blanca, por las dudas de si se encontraba con el recuerdo de su esposa a la vuelta de la esquina.
Texto: Florencia Guzzo

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“Sevilla tuvo una niña Y le pusieron Triana Y le pusieron Triana La bautizaron en el Río Los gitanos de la Cava La bautizaron en el Río Los gitanos de la Cava Vaya un bautizo con arte Muchos barbos en adobo Mucho vino y alegría Y allí aprendieron los moros El baile por bulerías”
Ilustración: Florencia Guzzo
Cormorán
“¡Son preciosas! Pero el agua eso sí… ¡fría de cojones!”. Nerea nos había recomendado terminar nuestro pasaje por Galicia en las islas Cíes. Nos enteramos de la existencia de ellas cuando hace tres días fuimos a visitarla con Agustín a su casa en Vigo. La habíamos conocido en un intercambio que ella había hecho a través de la facultad cuando fue a estudiar a Uruguay; los tres nos hicimos muy amigos en aquel momento y siempre habíamos dicho que algún día la íbamos a ir a visitar. Con Agus hacía un mes que estábamos recorriendo el norte de España, cumpliendo una promesa que nos habíamos hecho hace cinco años de hacer un viaje de amigos por algún destino de Europa. El momento propicio llegó cuando renuncié a un trabajo y cuando él dejó con su novia de cuatro años.
—Precisábamos cambiar de aire, ¿entendés? —le explicaba a Nerea mientras íbamos caminando hacia la terminal portuaria desde donde zarpaban los barcos que nos llevaban a las Cíes. Habíamos conseguido, finalmente, boletos para esa mañana. Agustín iba más atrás hablando por el celular con su familia—. Así que nada, sin pensarlo mucho elegimos venirnos a hacer el norte que ninguno de los conocíamos.
—¿Y qué tal la convivencia? —. Su tono era curioso.
—¡Re bien! Divino todo —. Miré hacia atrás para ver en qué andaba Agustín. Seguía hablando. —La verdad es que no hemos discutido ni nada, los dos nos lo tomamos con calma y tratamos de que el otro la pase bien. Es lo que tiene viajar de a dos ¿viste? Hay que negociar.
—Y ahora, hablando de cosas importantes, ¿se puede saber por qué aún no le dijiste que te gusta? —preguntó Nerea, entre curiosa y rezongona—. ¡Espabila! ¡No seas parva!
—No es tan fácil —le respondí, y quedé en silencio.
—¿Falta mucho para llegar? —Agustín se acercó corriendo, se había quedado un poco atrás—. Perdonen pero ya saben cómo es mi madre. Cuando se pone a hablar nadie la para.
—No, ya casi estamos —contestó ella. Y no volvimos a hablar del tema.
Nos despedimos de Nerea y quedamos en tomarnos un café a los cinco días, cuando volviésemos de las islas y para devolverle también la tienda de campaña y los sobres de dormir que nos había prestado.
—¡Marcho que teño que marchar! —gritó Agustín mientras nos subíamos al barco, imitando su mejor acento gallego y poniendo en juego la única expresión que había aprendido esos días. Los tres nos reímos. Nerea nos saludó con la mano a lo lejos y dándose media vuelta se fue.
*
Al día siguiente Agustín y yo decidimos pasar cada uno la tarde por su cuenta. Él se fue a hacer senderismo con un grupo de gente que había organizado el camping, mientras que yo me fui a hacer un tour especializado en la fauna autóctona de las islas. “¿Un tour de aves? ¿En serio? Sos tan nerd”. En el recorrido nos llevaron por la isla del Medio, en donde visitamos una pequeña sala que tenía información visual y técnica, mientras que a lo largo de la ruta nos iban señalando las distintas aves que se nos iban cruzando. Aprovechamos a ir hasta el faro, donde pudimos ver con claridad el archipiélago de tres islas que conformaban las Cíes. Volvimos a bajar y esta vez fuimos hasta la isla Sur. Allí nos metimos por unos caminos de tierra entre árboles que nos condujeron hasta una zona elevada que daba al lado del Atlántico y en donde habían armado una caseta que servía como plataforma de observación de aves. Nos sentamos en el pasto, mientras veíamos frente a nuestros ojos los distintos pájaros planeando. Nos hablaron de las gaviotas patiamarillas y de la gaviota oscura, pero hizo especial hincapié en el cormorán, un tipo de ave acuática que captura los peces zambulléndose en el agua.
—Hay algo muy interesante en el cormorán — dijo el guía. —A diferencia de las gaviotas, que para cazar se lanzan al agua todas las veces que quieran, esta ave carece de un tipo de glándula que hace que sus plumas no sean impermeables. Esto trae como consecuencia que al mojarse, las plumas se hacen más pesadas, lo que le permite hundirse a mayor profundidad y bucear con mayor facilidad. Pero hay un problema. ¿Se imaginan cuál puede ser?
—¿Que las plumas no se le sequen? —aventuró a preguntar, con cierta timidez, el que tenía a mi izquierda.
—¡Exacto! Eso es correcto —respondió entusiasmado—. Una vez sale del agua las plumas demoran mucho tiempo en secarse.
—¿Y cuál es el problema con eso? —preguntó una señora rubia, con toda la piel rojísima por el sol. Parecía que iba a hacer combustión espontánea en cualquier momento.
—El problema —continuó el guía—es que si se zambulle y falla en la caza, el cormorán tiene que esperar mucho rato, con hambre, para intentarlo de nuevo. Lo que las gaviotas hacen sin pensar una y otra vez a él le lleva más tiempo, si bien es un cazador muy hábil.
—¡Pinches gaviotas! —gritó un turista mexicano en señal de simpatía con el cormorán.
Todos nos reímos. Desde lo alto podíamos ver las olas que golpeaban contra los acantilados de piedra. El cielo se iba cubriendo de tonos pasteles, entre el celeste y el rosa. Agustín probablemente ya estaría llegando de vuelta al camping.
—Un cormorán aprende a esperar el momento adecuado para intentarlo —señaló el guía, sonriendo.
*
Agustín volvió corriendo desde la orilla y se sentó al lado mío. Hacía tres días que estábamos y todavía no habíamos podido meternos en el agua. Realmente, era muy fría.
—Mirá, yo creo que lo mejor es tirarse de una —recomendó él, como si hubiese estado pensándolo seriamente por un buen rato —. No hay que pensarlo demasiado.
—Boludo, es demasiado fría —. Me quedé mirando, de forma preocupada, el agua—. Más fría que la de Punta del Diablo, con eso te digo todo.
—¿Y entonces qué decís de hacer? —preguntó.
—¿Esperar a que el sol suba más y ver si calienta algo? —propuse.
—Sabés que eso no va a pasar. Ya nos lo había dicho Nerea —.Y derribó toda esperanza.
—¿Esperar a mañana? —la contrapropuesta era la excusa que venía usando desde el momento que habíamos llegado.
—No te vas a meter nunca si seguís poniendo excusas —y agregó— ¿te vas a perder la mejor playa del 2007 nombrada por The Guardian? —me recriminaba, poniendo un tono burlón y citando la información con la que lo había querido convencer para decidirnos a comprar los boletos de barco.
—Estoy dudando profundamente del criterio periodístico, bah, del criterio en general, de la gente de ese diario. Seguro ninguno se metió al agua —le contesté—. O la nota la hizo un sueco.
—Te vuelvo a repetir, creo que no tenés que pensarlo mucho —dijo él—. Creo que ese es tu problema. Pensás demasiado.
—¿Cuándo esto empezó a transformarse en una terapia? —le respondí, indignada.
—Bueno, como quieras —. Se paró, se sacó los lentes de sol, el reloj y los tiró al lado mío —. Esto es lo que voy a hacer: voy a contar hasta tres y me voy a ir corriendo hasta el agua y me zambullo sin que importe más nada. Dale, no seas mala, hay que superar este obstáculo juntos.
—No seas tan melodramático, Agus, es solo agua —le dije.
—Dale, jugatelá —insistió él.
—Lo voy a pensar —le prometí.
—Vos seguí pensando —me contestó—. Yo te voy a estar esperando en el agua.
Y sin más lo seguí con la mirada mientras corría y se zambullía en el agua turquesa de la playa de Rodas. Me quedé mirándolo un rato, viendo como temblaba y se movía de un lado para el otro intentando entrar en calor. Me reí. Desde allá me miraba agitando los brazos como para que fuera y me sonreía. “Un cormorán aprende a esperar el momento adecuado para intentarlo”. Me levanté y corriendo me tiré al agua.
Texto: Florencia Guzzo
Aguacero
Llave del gas cerrada, heladera desenchufada descongelándose, ventanas trancadas, alarma puesta. Magela iba tildando lentamente en su mente todo lo que debían asegurarse de hacer antes de irse de vacaciones por quince días. Estaba tan entusiasmada con la idea que tenía la valija pronta desde hacía una semana. Se sentía como una de esos adolescentes que esperan expectantes en la puerta de los hoteles a que salga su ídolo a sacarse una foto con ellos; solo que ya le quedaba poco de adolescente y hacía tiempo que había dejado de tener ídolos.
—Amor, si no te apurás vamos a perder la reserva. —Su esposo la miraba desde el umbral de la puerta, un poco harto de esperar hacía ya varios minutos. Jorge nunca había sido un hombre con mucha paciencia y los cincuenta años lo habían encontrado aún peor. Sacó un cigarrillo del bolsillo de su bermuda beige y se lo puso enganchado arriba de su oreja—. Te espero en el coche. Voy subiendo las cosas al maletero.
—¡Ya casi estoy! — Magela, en un rapto de obsesión, chequeó mentalmente las cosas por segunda vez mientras miraba, corroborando, a su alrededor. No quería que nada fallase. Llevaban demasiado tiempo necesitando esas vacaciones. —¡Voy a revisar por última vez las ventanas de arriba!
Subió las escaleras lo más rápido que pudo y fue, una por una de las habitaciones, asegurándose de que las trancas estaban correctamente puestas. “Más vale prevenir que curar”. Cuarto matrimonial: trancado. Estudio de Jorge: trancado. Baño principal: trancado. Cuarto de invitados: trancado. Posible cuarto para un futuro bebé pero que mientras tanto es depósito de porquerías que no usan pero tampoco están dispuestos a tirar: trancado. Magela volvió al comedor y digitó la clave de siete números que mantendría cuidada su casa mientras ellos no estaban. Cuando empezó a tintinear la luz sabía que contaba con veinte segundos para tomar su cartera y salir de la casa. Dio una última mirada general y corriendo fue hasta la puerta.
—¡Todo listo! — Sonrió. Bajó los escalones que separaban la entrada principal del patio delantero casi que saltándolos.
—Ya era hora. —Jorge le devolvió la sonrisa. Estaba apoyado contra la puerta del lado del conductor. —Ya metí todo adentro. ¡A tomar la ruta, bebé! —agregó mientras se ponía unos lentes de sol negros y tiraba el cigarro que tenía en la boca, imitando a una especie de James Dean pero ejecutado torpemente.
*
La ruta hacia el Este estaba bastante tranquila para ser un 30 de diciembre. Jorge había propuesto salir bien temprano para evitar aglomeraciones y el calor sofocante del mediodía. El aire acondicionado del auto se había roto hacía meses y no tenían el dinero suficiente para arreglarlo. Las ventanillas iban bajas y Magela estaba feliz con el viento que le acariciaba la cara y le revolvía su melena enrulada castaña.
—¡Ah! ¡Me encanta este tema! —gritó entusiasmada cuando sonó “Si no te hubieras ido” de Marco Antonio Solís en la radio. —¡Subí el volumen!
—Sos una terraja tremenda. —Jorge se reía mientras con su mano derecha iba girando la perilla. Estaba contento de ver a su mujer tan alegre después de mucho tiempo. Además, estaba hermosa. El vestido azul le quedaba divino contra esa piel blanca que pronto se broncearía. — No puedo creer que te guste esta música, de verdad.
—No juzgues la música, Jorge. —Empezó a mover la cabeza y los brazos siguiendo la tonada. —Hay música que solo es para dejarse llevar. Dale, dejate llevar Jorge. Vos podés.
Jorge se reía. Magela empezó a cantar, o más bien gritar, a todo pulmón.
—¡No hay nada más difícil que vivir sin ti! — Ella cantaba y lo miraba, como si estuviese haciéndole una serenata. — ¡Sufriendo en la espera de verte llegar!...El frio de mi cuerpo pregunta por ti… ¡y no sé dónde estás!... ¿¡y cómo sigue Jorge!?
El auto se había convertido en un karaoke de mala muerte a las cinco de la mañana.
—¡Si no te hubieras ido sería tan feliz! —respondió Jorge, siguiéndole la corriente a su esposa y con los ojos fijos en la ruta.
Magela lo miró riéndose. La idea de tomarse unas vacaciones en la playa había sido una gran decisión. En los últimos tres años no se habían tomado vacaciones de verano y sus cuerpos lo estaban necesitando. El tratamiento de fertilidad al que ambos se estaban sometiendo les había exigido tomar más trabajos de los que usualmente hacían para hacer frente a los gastos. Hace mucho que querían un bebé pero nada de lo que probaban funcionaba. El panorama era difícil, los años pasaban, pero no perdían las esperanzas. El estrés laboral y las frustraciones, sin embargo, habían hecho que atravesaran períodos de crisis grandes. Las vacaciones habían llegado en el momento adecuado.
*
Magela corrió y se zambulló en el mar con un salto. Lo primero que sintió fue el golpe del agua fría de lleno contra su cuerpo y en seguida las burbujas contra su cara. Escuchó como todos los sonidos de la superficie se amortiguaban y el movimiento del agua le susurraba en los oídos. Intentó abrir los ojos: vio su figura desdibujada y su cabello suspendido como una medusa. Los cerró nuevamente y con un impulso salió a la superficie de vuelta. Giró y saludó con la mano a Jorge que la miraba sentado en la arena. Él le respondió con el mismo gesto.
Se echó para atrás y extendió su cuerpo para que quedara flotando ligeramente en la superficie. Las corrientes de agua la iban meciendo lentamente mientras miraba el cielo radiante y despejado. El agua ya no se le hacía fría. A lo lejos sintió los gritos de unos niños que estaban jugando en la orilla. Cerró los ojos y se dejó llevar por la corriente. “El mar lo cura todo, el mar lo cura todo”. Las palabras de su madre le resonaban en la cabeza y se repetían como un mantra. Ella siempre decía eso. Magela se sentía bien, por fin después de tanto tiempo, se sentía bien. Solo precisaba esto, un poco de agua salada.
Una ola pequeña la tomó por sorpresa y la revolcó. Cuando se recuperó del susto no pudo contener la risa. Aprovechó el quiebre para volver a mirar a Jorge. Se había colocado en una de las reposeras debajo de la sombrilla. Tenía grandes manchas de protector solar en toda su cara, además de un sombrero de paja y su par de lentes negros. Leía un libro que ella le había regalado la navidad pasada. A él no le gustaba mucho la playa y odiaba tomar sol, pero de todas formas había cedido frente a la insistencia de ella. Era un buen hombre y un buen compañero.
Salió del agua y fue caminando hasta donde estaban. Tomó la toalla que estaba colocada en el respaldo de la reposera y se envolvió con ella. Dejó que el sol y el aire la secaran. Se desenredó el pelo con los dedos de las manos y finalmente se sentó al lado de él. Jorge seguía concentrado en la lectura. Cada tanto, despegaba sus ojos de la página y le sonreía. Ella le devolvió la sonrisa y se puso a mirar el mar. Identificó a unos metros a los niños que había escuchado cuando nadaba. Estaban en ese momento parados en la orilla y cada vez que una ola rompía se iban corriendo mientras se reían. Una niña, más chiquita, construía un castillo de arena con el padre y lo decoraba poniéndole caracolas. Se preguntó si alguna vez podría hacerlo también con su propio hijo. Apartó ese pensamiento, hoy no.
*
La lluvia golpeaba sobre el techo de chapa. Desde el comedor podían ver como las olas se agitaban y rompían sobre las rocas.
—Cuando nos jubilemos deberíamos comprar una casa en la playa. —sentenció ella.
—Sí, puede ser una buena idea. —respondió Jorge quitando sus ojos del libro. Ya lo estaba por terminar. —Aquí mismo sería lindo.
—Sí, pero más cerca de la playa. Capaz que cuando estemos viejos no podemos caminar tanto. —pensó ella.
—Si es necesario te llevaré a caballito, amor. —dijo él.
—¿Y quién te dice que vas a estar como para llevarme a caballito vos? —contestó desafiante ella. —Tendrías que ejercitarte desde ahora.
—Por favor, si soy pura fibra. —Jorge se tocó su panza cervecera.
Ambos quedaron en silencio. Jorge volvió al libro.
—El otro día vi a una pareja de viejitos caminando por la orilla. Iban agarrados de la mano, eso me dio mucha ternura. —Se frenó en lo que estaba diciendo, como recordando. —Un viento le voló el sombrero a ella y él fue caminando lo más rápido que pudo. Cuando lo alcanzó se agachó con cierta dificultad. Ella lo esperaba en su lugar. Cuando él volvió se lo puso en la cabeza y los dos se rieron.
—Menos mal que no se le voló lejos. —dijo Jorge, volviendo a mirarla.
—Cuando los vi me pregunté si nosotros nos vamos a seguir queriendo cuando seamos como ellos. —Magela miró para afuera de la ventana. Al rato agregó —Creo que solo vamos a ser nosotros dos, Jorge.
Él marcó la página y cerró el libro. Acto seguido estiró su mano hasta alcanzar la de Magela. Ella la tomó.
—Los dos es más que perfecto. —Jorge la estrechó contra su cuerpo. Por unos segundos se quedaron en silencio.
—Odio que llueva en vacaciones. —Magela se acomodó en los brazos de su esposo mientras deseaba fervientemente que mañana estuviese soleado.
Texto: Florencia Guzzo
A Sevilla.
Si hoy elijo agradecerte no es por el desafío ni por la independencia no es por tus naranjos ni por tu primavera dulce no es por la Semana Santa ni la lluvia de pétalos no es por la Feria de Abril ni las noches de Alameda no es por tu flamenco ni por tu pasión y tus cantos no es por tus calles amarillas ni la serenidad de tu río.
Si hoy elijo agradecerte es porque aun en los días más tristes me diste consuelo y fuiste casa.
Texto e Ilustración: Florencia Guzzo
Haciendo agua
Un charco de agua sucia se expandía por todo el pequeño monoambiente. Cuando Paula se levantó de la cama en plena madrugada sintió el líquido tibio y pestilente invadiéndole los pies. Se sobresaltó. Miró al suelo y en la oscuridad pudo entrever como todo lo que había dejado tirado el día anterior se había vuelto una masa más pesada, húmeda y chorreante. Las medias de algodón blancas, sus pantuflas tejidas, su mochila de cuero, la frazada de lana; todo había absorbido parte del desastre. Se paró y desanduvo con la vista la trayectoria del agua para localizar de dónde provenía. Dio seis pasos y cuando llegó a la encimera descubrió el origen del caos: el fregadero.
Continuó hasta el baño y prendió la luz. El shock inicial de la luz blanca la encegueció, haciendo que entrecerrara los ojos por unos segundos. Se sentó al wáter y por unos momentos se quedó con los codos hundiéndose en sus muslos y la cabeza escondida entre sus dos manos. Después de un rato, levantó la mirada y vio el campo de batalla en el que se había convertido el baño. La lavadora tenía encima una pila grande de ropa sucia que habían dejado estar de los últimos días. Adentro de la bañera, tres ollas grandes que usualmente utilizaban para cocinar ahora servían como utensilios para bañarse. El termo se había roto hace unos cinco días, el piso se había quedado sin agua caliente y era invierno. Silvia, la encargada del alquiler, había jurado infinitas veces al teléfono que estaba esperando respuesta de los de la garantía para ver si se podía ahorrar el costo del arreglo. Alegaba que había llamado miles de veces pero que todavía no le habían dado una respuesta. Cada vez, antes de cortar el teléfono, prometía volver a llamar y que los mantendría al tanto de las novedades. Mientras tanto, seguían calentando agua con las mismas ollas en las que después preparaban los fideos.
Se levantó y tiró la cisterna. El ruido se magnificó en el silencio denso de la noche. Abrió la canilla, se lavó las manos y se miró en el espejo. Sus ojos estaban un poco hinchados y tenían un leve color rojizo. Inmediatamente debajo de la zona de las pestañas unas sombras negras de maquillaje corrido se entremezclaban con el tono grisáceo natural de unas ojeras cultivadas en los últimos tiempos. Tomó un pedazo de algodón, lo mojó con líquido desmaquillante y comenzó a pasárselo por toda la cara. Se enjuagó el rostro, lo secó con una toalla y luego tiró el algodón en el wáter. Nuevamente, tiró la cisterna que volvió a retumbar en la calma de la noche. Abrió la puerta y la luz blanca inundó como un flash el comedor.
—¿Era necesario que tiraras la cisterna dos veces? —Pablo, su novio, la miraba encandilado desde el sillón que se encontraba en frente a la puerta del baño. Ella le devolvió la mirada.
—Sí. —Su respuesta fue seca y firme. Apagó la luz.
Él se dio vuelta en el sillón, se tapó con la frazada y dándole la espalda se volvió a dormir. Ella se lo quedó mirando, parada, desde la puerta del baño. Vio como lentamente su pecho comenzaba a subir y bajar lentamente, acompasando la respiración. Su pie izquierdo se escapaba de la superficie cubierta por las sábanas, como si se tratara de un iceberg peludo y de mal gusto.
Chapoteando cruzó la habitación, agarró un buzo gigante de lana que tenía para andar entre casa y se asomó hasta el balcón. Abrió la puerta ventana y el viento frío le golpeó la cara. Las cortinas comenzaron a ondear levemente. Una vez afuera se encendió un cigarro. La calle estaba calma, a excepción de los pequeños grupos de jóvenes que cada tanto pasaban borrachos, a los gritos o cantando, como todos los domingos de madrugada. Después de los días de lluvia el cielo se mostraba más despejado; incluso pudo divisar un par de estrellas. Cuando exhalaba el humo por su boca, este se esfumaba velozmente en las ráfagas de viento que azotaban cada tanto.
—¿¡Paula es en serio!? ¡La puerta! —Pablo se había vuelto a despertar.
Paula continuó fumando, lentamente, disfrutando del cigarro. Cuando terminó la última pitada, lo apagó y lo dejó arrugado en el cenicero. Volvió a entrar al piso y cerró la puerta detrás de sí. Se sentó en la cama, se quitó el buzo de lana y con él intentó secarse los pies. Lo tiró hacia el borde, se recostó y a los pocos minutos se quedó dormida.
*
A la mañana siguiente Paula se despertó con los gritos de Pablo.
—¡Paula! ¡Hay agua por todo el piso! —Parecía desconcertado por el panorama, mirando hacia todos lados como si no entendiese lo que estaba sucediendo.
Ella continuó, tendida en la cama, con los ojos perdidos mirando el techo. Al rato se incorpora, queda sentada en el colchón y se gira para ver a su novio. Se lo queda mirando. Pablo la mira, con los ojos levemente entornados, como intentando descifrar su reacción.
—Lo sé. —contesta ella.
—¿Cómo que sabés? —le pregunta, aún más extrañado.
—Ayer cuando me levanté ya estaba así. —contesta.
—¿Y cómo no me dijiste? —dijo él.
—¿Para qué iba a hacerlo? No podíamos hacer nada. —Su tono era tajante. Pablo se quedó callado por unos segundos.
—No te entiendo, Paula. —contestó él—. Hace ya un tiempo que no te estoy entendiendo.
Ambos se quedaron en silencio por un rato. Paula continuó sentada en la cama, mirando para afuera de la ventana, mientras que Pablo se recostaba contra la cocina mirando el piso.
—Hay que llamar a Silvia. —Pablo comenzó a buscar su celular.
—No la vas a molestar hoy. —respondió Paula.
—¿Por qué no? —preguntó él.
—Porque es domingo. —contestó ella. —La gente descansa los domingos.
—Paula, hace días que nos estamos bañando con las putas ollas, estoy hasta las pelotas de esto, ¡y ahora encima se rompe el caño de mierda! —Pablo esperó un momento y se calmó. —Todo bien con descansar el domingo pero que se joda, es su deber.
—No va a poder hacer nada hoy. —le respondió ella. —Nadie le va a atender el teléfono por más que lo intente.
—Tu calma me está exasperando un poco, Paula. —dijo él.
—Y a mí me exaspera que no te importe que la gente descanse los domingos. —contestó ella, mirándolo fijamente.
—Esto es muy fuerte. —dijo él. —Me voy a fumar un pucho.
Pablo salió al balcón. En su monoambiente esa era una de las pocas opciones que tenían para escapar de compartir el mismo espacio del otro. Ella lo vio cerrar detrás de sí la puerta ventana y sin más, volvió a recostarse en la cama.
*
El domingo ninguno de los dos descansó. El día se les deslizó de las manos mientras fregaban el piso, escurrían trapos, corrían los muebles, ponían a lavar todo lo que había quedado impregnado con el agua de la tubería. Todas estas tareas las hicieron prácticamente sin hablarse mutuamente. Solo lo estrictamente necesario. Al llegar la noche los dos se dejaron caer, agotados, en el sofá. El monoambiente había quedado impecable, como hacía tiempo no estaba. Paula miró a su novio, simplemente se lo quedó mirando por un rato. Cuando él se dio cuenta, le devolvió la mirada. Paula comenzó a llorar. Él la abrazó y apoyó su cabeza sobre la de ella.
——Pablo, hay que arreglar esto. —Y los dos se quedaron callados, viendo hipnotizados cómo se movían las cortinas a ritmo del viento.
Texto: Florencia Guzzo

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In memoriam
Nada en su vida lo había preparado para ese momento, y eran ya varios los años que le caían encima. Él miró a su alrededor y no pudo más que divisar un vals de numerosas manchas negras que iban y venían por el salón en cámara lenta. Algunas estaban quietas. Un silencio respetuoso inundaba todo el espacio y solo se rompía cuando entraba alguien nuevo. La habitación era bastante grande pero estaba atiborrada de gente. A varios los conocía y a muchos otros no.
Odiaba los velatorios, los odiaba de verdad. Si la muerte ya era suficiente, ¿por qué prolongarla de esta forma? Él entendía que todos los que estaban allí querían despedirse. Dar su pésame. Decirle cuanto lo sentían, lo buena persona que había sido, la crueldad de la vida en llevárselo tan joven y encima con hijos chicos. No quería escuchar más ningún consuelo, no quería ser abrazado, no quería dar apretones de manos. No quería asentir con la cabeza en señal de comprensión ni repetir hasta el hartazgo “Gracias por venir”. No quería aguantarse más las ganas de llorar ni de parecer entero frente a la vista de todos. Quería irse a su casa a dormir. Le dolía la cabeza. Estaba agotado. Levantó la mirada para ver si ella estaba bien. Se quedó tranquilo cuando la vio sentada en una de las sillas que rodeaban el ataúd.
Salió de la habitación hacia la cafetería que había en el primer piso. Los ojos se le cerraban por momentos pero todavía tenía que mantenerse despierto. Cuando atravesó la puerta se alegró de comprobar que estaría solo. Aunque fuese por unos minutos. Pidió un café con leche y se sentó en la mesa más apartada que pudo encontrar. Miró a su alrededor: unos cuadros de naturalezas muertas colgaban de las paredes. Esparcidas por las esquinas, unas plantas de plástico pretendían darle al ambiente un toque más alegre. Le pareció excesivamente coherente que todo lo que era propiedad de la casa velatoria no tuviese vida. Tomó uno de los sobrecitos de azúcar y lo echó entero en la taza. Revolvió por unos segundos con la mirada fija en el remolino marrón que tenía adelante. La cabeza le iba a estallar. Todo había sido muy rápido, demasiado rápido. La noticia había llegado ayer por la mañana: un infarto. Tomó el diario que había en la mesa de al lado. El titular rezaba “Peñarol campeón del torneo clausura”. En otro momento hubiese sido feliz de leer algo así. Apuró lo que quedaba del café y bajó.
Todo seguía prácticamente igual. Solo se había sumado a las otras una corona de claveles blancos: “Tus compañeros de Hirigoyen & Co. te recordaremos siempre”. Saludó a tres de esos compañeros de trabajo que habían prometido tenerlo en su memoria y huyó hacia la habitación. Volvió a mirar a su alrededor. Ella seguía sentada en el mismo lugar en el que la había dejado. Tenía la mirada perdida y en su rostro se podía leer cierta confusión. Se la quedó observando. Los dos últimos años le habían dejado un aspecto desmejorado, estaba más flaca y parecía que toda ella se había encogido. Lo único que seguía intacto eran sus dos hermosos ojos azules que en ese momento lo atravesaban desde el otro lado del salón. Él le sonrió levemente y con señas le indicó que ya iba para ahí. Dos apretones de mano después, llegó finalmente hacia donde lo estaba esperando. Ella miraba fijamente el ataúd. Él ya sabía lo que le iba a preguntar. Ya lo había hecho, y no por eso la pregunta seguía siendo igual de dolorosa que la repuesta. Se sentó y ella giró su cabeza con melancólica sorpresa.
—Viejo, ¿por qué estamos acá? ¿Él quién es? —Su voz era bajita y curiosa.
Él se la quedó mirando. Sí, sus ojos azules seguían iguales. Le tranquilizó reconocerlos.
—Él es nuestro hijo. — Respondió.
Texto: Florencia Guzzo
“Cierro los ojos. La oscuridad me traga. Te siento cerca.”
Ilustración y Haiku: Florencia Guzzo
Romance del faro
Cuando no encuentro el camino a veces al mar le rezo. Le pido guía en la noche, cierro los ojos, espero.
Siento el rugir de las olas hablándome del silencio. Me susurran las mareas "calma, todo es pasajero".
Deseo el despojo crudo del que goza el marinero, ser ligera de equipaje y vivir en movimiento.
La brisa del mar me trae olor a sal y recuerdos: mi casa y el río plata, la escollera y su puerto.
Miro a lo lejos el faro con su luz en parpadeo, pienso en la suerte que tiene: ser quieto y ser movimiento.
Texto: Florencia Guzzo
“Gira el haz de luz Para que se vea desde alta mar Yo buscaba el rumbo de regreso Sin quererlo encontrar
Pie detrás de pie Iba tras el pulso de claridad La noche cerrada apenas se abría Se volvía a cerrar
Un faro quieto nada sería Guía mientras no deje de girar No es la luz lo que importa en verdad Son los 12 segundos de oscuridad”
Jorge Drexler.
Hoy tengo la claridad de un faro.
Ilustración: Florencia Guzzo
Un instante en la naturaleza.
Texto escrito bajo la sombra de un árbol en el puerto de Santa María.
Un faro llegó, ayer por la noche, a mi ventana. No pidió permiso pero entró sin molestar. Llegó cuando menos lo esperaba. Entrelazamos claridades y nos sobrecogimos, juntos, en la oscuridad. Manchó de luz mis paredes y despejó las sombras de mi cuerpo. ¨Por favor, guiame¨, le supliqué, ¨no dejes que encalle, no dejes que me pierda¨. Me respondió con silencio y llenó de susurros de espuma mis oídos. Escribo ¨justo a tiempo¨ y cae la lluvia. Cae con todo su peso sobre mi pelo y sobre el papel. El agua siempre llega justo a tiempo. Llego a la ciudad seca y no deja de llover. Me ahogo en mi mente sin respiro y crece en mí el invierno. Le ha rezado a un río preguntándole por otro. Le pedí que se disfrazara de plata para sentir más cerca a un viejo amigo. Me contestó, sereno, que no me confundiera, que traía otras respuestas, palabras de oro y otros llantos. Viajé por horas para encontrar la costa. La brisa del mar me llevó a mi casa y al mismo tiempo me preguntó cuál casa era esa. Las olas fueron mantras y yo fui marea. El cielo se nubla y una flor amarilla crece a mis pies. Todavía no está del todo abierta. Espera el momento adecuado para mostrarse, simple y bella, radiante y silvestre, sin complejos, frente a las rosas. Una ligera brisa mece las hojas sin desprenderlas del árbol. ¨Dejanos ir¨ le susurran. ¨No todavía¨, contesta. Me pregunto si hay libertad en el arraigo, y si siempre es necesario vivir el otoño para partir. Aflora en mi recuerdo el clavel del aire, flor que nace en el viento y elige ella dónde crecer. Nuevamente sale el sol para hablarme de cierto equilibrio y de que hay un tiempo para cada cosa.
A la noche un faro llegó a mi ventana. Esta vez nos despedimos. Sabíamos que lo hacíamos para esperarnos.
Texto: Florencia Guzzo

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Tantas flores amarillas
Foto: Florencia Guzzo
A mi poética.
Sevilla, jueves 15 de marzo de 2018.
A mi poética, por si algún día nos conocemos.
Me pidieron que hablara de vos y yo no puedo más que imaginarte. Te cuestiono y en ese acto vivo cuestionándome a mí. Me pregunto cómo serás, qué forma adoptarás, cuándo nos reconoceremos y si algún día, tras años de compartir el pan, podremos hablar de la otra siendo la misma. A veces, sólo a veces y por la noche, me pregunto si existís. Pero hoy, que puedo construirnos, te quiero contar cómo te pienso.
Te imagino como la calma que me da un mar furioso y como el susurro de las olas, susurro que es rugido hasta que calla en la orilla y me moja los pies. O serías también montaña, montañas entre las que no crecí y siempre ansié, como esas que vi una vez en Perú y que me aseguraron que tenían alma. Serías las calles caminadas hasta el cansancio de mi Montevideo, serías ese pedazo de hormigón que me sostiene en un limbo entre la tierra y el río, serías siempre el lugar que no conozco.
Te imagino como el nudo que se me hace cuando veo una foto vieja y el tiempo se condensa. Serías las manos manchadas de mi bisabuelo antes de morir o los lentes rojos de aquella, que sin ser mi abuela, lo fue. Serías la memoria de los que me precedieron y viven todavía en mi sangre. Lo siento, pero no sé por qué, siempre tendrías gusto a recuerdo.
Te debatirías entre ser carne o ser viento, hasta descubrirte pájaro y ser los dos. Anidarías en el espacio que habita entre dos brazos que aún no conozco, y contrario al resto de las aves te esfumarías, ligera, al aparecer el sol.
Serías tónica, átona, pausa, pero ante todo, pausa. Serías lo justo y lo necesario, nada más, ni nada menos. Me gustaría que fueses siempre rosa y que crecieras sin necesidad de tocarte, pero creo que nos conoceríamos mejor en nuestra pequeña huerta de perejil. Serías la madeja de hilo con la que me enredo pero que siempre me termina marcando el camino de vuelta.
Serías todo esto y nada más que palabra. Pero más que palabra, serías el fuego que la enciende y el silencio, hecho ceniza, en el que muere.
Aquí te espero.
Por siempre tuya,
Florencia