“Los hombres pelean, pero sólo Dios da la victoria”
Nacida en la Francia medieval, vivió en el SXV una campesina humilde de la región francesa de Lorena. Desde muy pequeña parece ser que se decía que Juana imaginaba cosas extrañas, y oía voces que ella atribuía a sus creencias religiosas. De nuevo ocurre con ella, como con la mayoría de líderes ejemplares, que su determinación a la vez extraña y atrae. La llamaban loca, pero acabaron siguiéndola…
Cuenta la historia que Juana era una persona hiperactiva, que no se daba un momento de reposo o descanso. Poseía algo especial para convencer a la gente, irradiaba una firme seguridad y una valentía fuera de lo común. Tanto es así, que tuvo la capacidad de convencer a todo su pueblo, incluyendo a sus gobernantes, de que ella había sido enviada para derrotar a los ingleses en la batalla de Orleans y para salvar Francia.
“Dios os dé buena vida, gentil Delfín. En nombre de Dios os pido me deis gente armada y obligaré a los ingleses a levantar el sitio de Orleans y os llevaré a coronar en Reims, pues es voluntad divina que los ingleses se vayan a su país y que vos seáis rey de Francia.”
A Juana se la dio un caballo, ropa de combate, una armadura y una espada que se dice que nunca llegó a estar teñida de sangre. No tenía poderes militares, pero servía de aliento para un pueblo que creía en ella como salvación de Francia. Cuenta la leyenda que aparecía en los peores momentos del combate, y se esforzaba en dar aliento y arengar a sus compatriotas para que siguieran adelante, dejando de lado sus propios dolores y problemas, por el bien de la victoria. Es curioso cómo el lider suele tener como trabajo inspirar, y no empuñar la espada.
Juana vivió una de las experiencias más dolorosas como líder: La traición. Tras la coronación de Carlos VII, fue apresada en el norte de Francia por los borgoñeses y vendida por 1000 francos. Tras luchar por liberar a su pueblo fue condenada por brujería y malas artes debido a sus creencias religiosas. Murió quemada viva en la hoguera y las últimas palabras que pronunció fueron: “Jesús, Jesús”.
Es inherente al trabajo de un líder saber que no todo está en su mano, y que las consecuencias pueden ser nefastas para él por causas ajenas a su control. Donde antes había un héroe, ahora hay acusaciones, condenas, cenizas… Es el precio a pagar por querer formar parte de la historia y hacer algo grande por tu pueblo.
Parece que Juana lo consiguió, si aún 6 siglos después se sigue hablando de ello.
*Gracias Carmen Escobar Carrio, Gotardo y Rafael Tovar por las imágenes.