Federico GarcĂa Lorca, Luis Buñuel, Salvador DalĂ & PepĂn Bello + La Orden de Toledo
[Vagar durante toda una noche por Toledo,borracho y en completa soledad.
No lavarse durante la estancia.
Acudir a la ciudad una vez al año.
Amar a Toledo por encima de todas las cosas.
Velar el sepulcro del Cardenal Tavera]
Y aquà os dejo varias anécdotas y testimonios de algunos miembros del grupo:
》 Me parece que fue en 1921 cuando en compañĂa del filĂłlogo A. G. Solalinde descubrĂ Toledo. Llegamos de Madrid en tren y nos quedamos dos o tres dĂas. Desde el primer dĂa quedĂ© prendado, más que de la belleza turĂstica de la ciudad de su ambiente indefinible.
》 El dĂa de San JosĂ© de 1923, fundĂ© la «Orden de Toledo», de la que me nombrĂ© a mi mismo condestable. Aquella «Orden» funcionĂł y siguiĂł admitiendo nuevos miembros hasta 1936. La decisiĂłn de fundar la «Orden» la tomĂ©, como todos los fundadores, despuĂ©s de tener una visiĂłn. Se encuentran por casualidad dos grupos de amigos y se van a beber por las tabernas de Toledo. Yo formo parte de uno de los grupos. Me paseo por el claustro gĂłtico de la catedral, completamente borracho, cuando, de pronto, oigo cantar miles de pájaros y algo me dice que debo entrar inmediatamente en Los Carmelitas, no para hacerme fraile, sino para robar la caja del convento. Me voy al convento, el portero me abre la puerta y viene un fraile. Le hablo de mi sĂşbito y ferviente deseo de hacerme carmelita. Él, que sin duda ha notado el olor a vino, me acompaña a la puerta. Al dĂa siguiente tomĂ© la decisiĂłn de fundar la "Orden de Toledo". Mi Ăşltimo suspiro, Luis Buñuel.
》 PepĂn Bello era el secretario. Entre los fundadores estaban Lorca y su hermano Paquito, Sánchez Ventura, Pedro Garfias, Augusto Centeno, el pintor vasco JosĂ© Uzelay y una sola mujer, muy exaltada, discĂpula de Unamuno en Salamanca, la bibliotecaria Ernestina González. VenĂan despuĂ©s los caballeros, los escuderos, los invitados de los escuderos y los invitados de los invitados de los escuderos. Para acceder al rango de caballero habĂa que amar a Toledo sin reserva, emborracharse por lo menos durante toda una noche y vagar por las calles. Los que preferĂan acostarse temprano no podĂan optar más que al tĂtulo de escudero. De los invitados y de los invitados de los invitados ya ni hablo.
La fonda en la que nos hospedábamos [...] era casi siempre la «Posada de la Sangre», donde Cervantes situĂł La ilustre fregona. La posada apenas habĂa cambiado desde aquellos tiempos: burros en el corral, carreteros, sábanas sucias y estudiantes. Por supuesto, nada de agua corriente. Luis Buñuel.
》 "¡Chinches toledanas! ¡Noches toledanas!...¡Rafael, Rafael, despierta! ¡Me están comiendo las chinches! MarĂa Teresa LeĂłn en la Posada de la Sangre
》 Otro alto obigado en el camino era la tumba del cardenal Tavera esculpida por Berruguete. «DespuĂ©s, subĂamos a la ciudad para perdernos en el laberinto de sus calles, acechando la aventura.
》 A menudo, en un estado rayano en el delirio, fomentado por el alcohol, besábamos el suelo, subĂamos al campanario de la catedral y escuchábamos en plena noche los cantos de las monjas y los frailes a travĂ©s de los muros del Convento de Santo Domingo. Nos paseábamos por las calles leyendo en alta voz poesĂas que resonaban en las paredes de la antigua capital de España, ciudad ibĂ©rica, romana, visigĂłtica, judĂa y cristiana. Luis Buñuel
》 Cada uno de los miembros de la orden debĂa pagarme diez pesetas por alojamiento y comida. Luis Buñuel
》 Un dĂa Luis nos empezĂł a pedir el dinero que llevábamos todos encima, y nos dijo que nos lo devolverĂa inmediatamente. CogiĂł todo nuestro dinero y se volviĂł a Madrid. Nos dejĂł a todos sin una perra. Tuvimos que pedir un prĂ©stamo a uno de los camareros de la Posada de la Sangre. PepĂn Bello.Â
》 Otras veces los jĂłvenes caballeros gastaban todo lo que traĂan de Madrid, y tenĂan que pedir dinero por telĂ©grafo o recurrir a dibujar en los cafĂ©s y vender los dibujos. JosĂ© Moreno Villa. PeriĂłdico El Nacional, MĂ©xico
》 Una noche, muy tarde y nevando, mientras callejeábamos, Ugarte y yo, oĂmos de pronto voces de niños que cantaban las tablas de multiplicar. De vez en cuando se interrumpĂan las voces y se oĂan risitas y la voz grave del maestro. DespuĂ©s se reanudaba el canto. Apoyándome en los hombros de mi amigo, conseguĂ izarme hasta una ventana; pero las voces callaron bruscamente y yo no pude ver más que oscuridad ni oĂr más que el silencio.
》 Otra noche, estando con las hermanas Ernestina y MarĂa Luisa GonzáÂlez, el mismo Condestable, esperando que las monjas de un convento entonaÂran sus cánticos a las dos de la madrugada, vieron rondar dos figuras. Ellos estaban sentados en un poyo de rinconada, fumando, hablando bajo y disparándose besos. A la segunda o tercera vuelta, los rondadores se fueron aproximando cauÂÂtelosamente Buñuel se levantĂł y empuñó la pistola que llevaba.
<<ÂżQuĂ© quieren ustedes?>> <<Somos policĂas>> <<A ver las placas.>><<Como Ă©stas. Y, ahora, venga esa pistola.>><< Tengo licencia. VĂ©anla.>><< Está bien, pero vámonos a la comisarĂa. >>
Ya en Ă©sta, preguntĂł el comisario a los guardias quĂ© traĂan; contestaron:
<<Pues... aquà éstas... se besaban con este joven y estaban fumando... >> <<Hay muchas señoritas hoy que fuman y se besan –contestó bonachón el comisario. >>
El Condestable y sus amigas pudieron seguir sus románticas peregrinaciones.
》 Toledo tiene ese aire de ciudad antigua, de misterio, de silencio, que a nosotros nos gustaba tanto. PepĂn Bello
》 El plan de Toledo pues, ¡bah! tenĂamos muy poco dinero, como estudiantes, contábamos con muy pocas posibilidades. Y el viaje consistĂa en irse el sábado por la tarde, cuando ha anochecido ya por la tarde, a Toledo, en tren naturalmente, y en tercera, en tren y en tercera. Parece mentira pero entonces se tardaban dos horas, de Madrid a Toledo, en el tren.
Llagábamos a la estaciĂłn y a pie subĂamos a Toledo. Bueno allĂ ya pues, nos sentábamos en Zocodover a tomar una copa o nos empezábamos a callejear y a beber dieces de tinto. No, no, no era nada de lujo, nada, y además no tenĂamos para más. Y muchas veces nos alegrábamos un poco y tal. DespuĂ©s llegaba la hora de la cena, y en cualquier tasca, pues cenábamos. Y despuĂ©s de cenar, si ya, el callejear por Toledo, el ir a la plaza de Santo Domingo el Antiguo y todo aquello, donde estaba la bibliotequita de BĂ©cquer. Bueno pues, asĂ andábamos pues hasta bastantes horas de la madrugada, hasta las dos o las tres de la mañana. Charlando, evocando, callejeando sobre Toledo: ¡es tan extraordinario! Y ya pues a una cierta hora, ya nos recogĂamos. Y nos recogĂamos en la Posada de la Sangre, que estaba allĂ, que dijeron que la iban a reconstruir, bueno yo creo que es irreconstruible... Era pues un patio sucio y tal, desempedrado, empedrado, y con un carro a un lado y con una mula comiendo al otro, y una escalerilla que sube...eso no se puede reproducir, eso es una cosa que la hizo asĂ el tiempo, los siglos y eso no se puede reconstruir. Por eso yo creo que han hecho bien, en no... Hubieran hecho un pastiche. Bueno y allĂ dormĂamos. No me acuerdo si dormir nos costaba algo asĂ como una peseta o asĂ, dormir. Un sitio de limpieza bastante dudosa, claro. Y ya por la mañana nos levantábamos, le estoy diciendo un dĂa cualquiera vamos, nos levantábamos e Ăbamos a Zocodover, lo primero a Zocodover, la posada estaba a dos palmos de Zocodover. Y en Zocodover desayunábamos. No tenĂamos el cuerpo del todo entonado porque habĂamos dormido poco, y habĂamos bebido bastante y tal y cual, y en fin, allĂ en Zocodover descansábamos un poco. Nos tomábamos un cafĂ© caliente y tal. Y entonces fue cuando Buñuel descubriĂł que descansaba mucho y que despejaba la cabeza limpiarse el calzado. Y era verdad, era verdad. Parece una frivolidad pero es verdad. De estar mal dormido y tal, y con el cuerpo bien tocado...por lo menos habĂa betuneros, habĂa muchos, ya no creo que haya ninguno.
Bueno. Y nos limpiábamos el calzado. Y empezaba la visita a Toledo, que empezábamos por la Catedral. Empezábamos por la Catedral, bueno Ăbamos a ver... digo una vez Âżverdad? Claro hemos ido a ver [...] San Lorenzo, digo Santo Tome y, bueno yo me conozco todo Toledo bastante bien. Ăbamos a la catedral, subĂamos hasta el campanario. Me acuerdo que habĂa a la mitad de altura o asĂ un pasillo que decĂa Paso a los gigantones. No sĂ© si existe eso ahora.
Bueno y allĂ en el campanario que tiene huecos a los 4 lados, pues allĂ pues veĂamos Toledo, donde Ăbamos a ir luego, donde habĂamos estado otras veces, pues allĂ y tal, pues allĂ el Alcázar, pues allĂ tal, Santo Tome, el [...] de Santo Tome no se llega a ver, depende. Y asĂ pasábamos de un hueco a otro de la torre hablando y disfrutando de Toledo, vamos. Y allĂ estábamos un buen rato.
Luego pues seguĂamos callejeando un poco e inventando algunas cosas o lo que fuera e Ăbamos a comer a la Venta de Aires, no a la actual Venta de Aires que yo no le quito nada a la actual, pero no tiene carácter ninguno. Y aquella sĂ, aquella era una ventita que estaba tambiĂ©n fuera de Toledo, una venta pequeña, pues nada, con un pequeño patidillo blanqueado, serĂa como esta habitaciĂłn con una parra, una cosa modesta, todo. Una venta de extrarradio. Pero en fin, hacĂan las perdices muy bien, las perdices escabechadas, y tenĂan buen...muy buen vino de Yepes. Y allĂ pues nos tirábamos la tarde, hablando, Federico recitaba, que recitaba muy bien, DalĂ pues hacia sus cosas, sus dibujos... Moreno Villa venia con nosotros Âżlo conocen ustedes a Moreno Villa?
Bueno, total que despuĂ©s de...ya se echaba la tarde encima y habĂa que volver a Madrid y tal, y desde la Venta de Aires, pues si hay una cosa que no fallaba nunca es ir al Hospital Tavera, al Hospital, al Hospital de Afuera. Y allĂ sĂ hay, dábamos una vuelta [alrededor] viendo a los grecos y viendo sobre todo el sepulcro de Tavera, con las escaleritas al pie de madera Âżverdad? AllĂ pues claro, se filosofaba y se inventaba y se hacia todo lo que se podĂa decir. Bueno realmente es un sepulcro...un sepulcro extraordinario. Y la efigie de Ă©l es escalofriante de verdad. Bueno pues allĂ hablábamos, en el patio aquel dividido, el patio de allĂ es precioso. El patio más bonito de...no de España, del mundo. Y de allĂ pues lentamente y tal pues a la estaciĂłn y a Madrid, y eso era todo lo que hacĂamos. PepĂn Bello
》 En el campanario de la catedral «nos sentábamos en los alfĂ©izares de los balcones» y «competĂamos para ver quiĂ©n conocĂa con mayor profundidad la ciudad. Por ejemplo, uno decĂa el nombre de una plaza que divisábamos desde esa panorámica tan majestuosa, y los demás habĂamos de ir citando de memoria una posible ruta y los nombres de las calles que nos llevarĂan hasta esa plaza. Converaciones con JosĂ© "PepĂn" Bello.
》 A pesar del rigor para ser admitido, yo lo fui ese año. Fundada hacĂa algĂşn tiempo por aquel grupo de amigos residentes, el principal deber de sus cofrades consistĂa en vagar, sobre todo de noche, por la maravillosa y mágica ciudad del Tajo (...) Cumpliendo cláusulas severas del reglamento de la orden, los hermanos dejaban la posada cuando ya del reloj de la catedral habĂa caĂdo la una, hora en que todo Toledo parece estrecharse, complicarse aĂşn más en su fantasmagĂłrico y mudo laberinto. Aquella noche de mi iniciaciĂłn en los secretos de la orden salimos a la calle, llevando todos los hermanos, menos yo, ocultas bajo la chaqueta, las sábanas de dormir, sacadas con sigilo de las camas de nuestros cuartos. Luis Buñuel actuarĂa de cofrade mayor. El acto poĂ©tico y misterioso preparado para la madrugada, iba a consistir en hacer revivir toda una teorĂa de fantasmas por el atrio y la plaza de Santo Domingo el Real. DespuĂ©s de un tejer y destejer de pasos entre las grietas profundas del dormido Toledo, vinimos a parar al sitio del convento en el instante en que sus defendidas ventanas se encendĂan, llenándose de velados cantos y oraciones monjiles. Mientras se sucedĂan los monĂłtonos rezos, los cofrades de la hermandad, que me habĂan dejado solo en uno de los extremos de la plaza, amparados entre las columnas del atrio, se cubrieron de arriba abajo con las sábanas, apareciendo, lentos y distanciados por diversos lugares, blancos y reales fantasmas de otro tiempo, en la callada irrealidad de la penumbra toledana. La sugestiĂłn y el miedo que comencĂ© a sentir iban subiendo, cuando de pronto las ensabanadas visiones se agitaron y, gritándome: "¡Por aquĂ, por aquĂ!", se hundieron en los angostos callejones, dejándome -una de las peores pruebas a que se veĂan sometidos los novatos de la hermandad- abandonado, solo, perdido en aquella asustante devanadera de Toledo, sin saber dĂłnde estaba y sin la posibilidad consoladora de que alguien me indicase el camino de la posada, pues además de no encontrar a esas alturas de la noche un solo transeĂşnte, en Toledo, si no le informan a uno a cada treinta metros, puede considerarse, y aun durante el dĂa, extraviado definitivamente. AsĂ que me echĂ© a caminar por la primera callejuela -muy contento, por otra parte, de mi falta de brĂşjula-, decidido a dejarme perder hasta el alba. Andar por Toledo, y en la oscuridad de una noche sin luna como aquĂ©lla, es adelgazarse, afinarse hasta quedar convertido en un perfil, una lámina humana, dispuesta a herirse todavĂa, a cortarse contra los quicios de tan extraña resquebrajadura, es volverse de aire, silbo de agua para aquellos enjutos pasillos, engañosas cañerĂas, de sĂşbito chapadas, sin salida posible, es siempre andar sobre lo andado, irse volviendo pasos sin sentido, resonancia, eco final de una perdida sombra.
Perdido y mareado de sobra estaba yo, cuando de pronto, en uno de esos imprevistos ensanches -brusquedad de una grieta que supone una plaza, codazo de una calleja que hunde un trecho de espacio para el murallĂłn de un convento, una iglesia, un edificio señorial-, se levantĂł ante mĂ un desmelenado y romántico muro de yedra, entre la que clareaba algo que me hizo forzar la mirada para comprenderlo. Era una losa blanca, una lápida escrita, interrumpida aquĂ y allá por el cabello oscuro de la enredadera. El temblequeo de un farolillo colgado a una hornacina me ayudĂł a descifrar: "AQUĂŤ NACIĂ“ GARCILASO DE LA VEGA..." La inscripciĂłn continuaba en letra pequeña, dificil de leer, aumentando otra vez de tamaño al llegar a los nĂşmeros que indicaban el año de nacimiento y el de la muerte del poeta: 1503-1536. Y me pareciĂł entonces como si Gacilaso, un Garcilaso de hojas frescas y oscuras, se desprendiese de aquella enredadera y echase caminar conmigo por el silencio nocturno de Toledo en espera del alba.》«A medianoche sacamos las sábanas de la cama, y con ellas Buñuel se vistiĂł de fantasma. DesapareciĂł y se fue al atrio de la iglesia de Santo Domingo. ApareciĂł sin que se le vieran los pies; la mano asĂ, colgada de las sábanas, y haciendo el fantasma; era realmente impresionante, y tuvimos miedo de que apareciera el sereno, se asustara y empezara a tiros con nosotros. Esa era una de las cosas que hacĂan los Hermanos de Toledo. No estuve más que esa noche, y fui admitido en la Orden. Rafael Alberti en Converaciones con Buñuel. Max Aub.
ComĂamos casi siempre en tascas, como la Venta de Aires, donde siempre pedĂamos tortilla a caballo (con carnes de cerdo) y una perdiz y vino blanco de Yepes.
》 Hubo un dibujo de DalĂ, formidable, en la pared, a lápiz: todos los Hermanos de la Orden de Toledo. AllĂ durĂł bastantes años, despuĂ©s lo encalaron y lo borraron. Rafael Alberti sobre la Venta de Aires. Conversaciones con Buñuel. Max Aub
》 A Buñuel, como a Lorca y a DalĂ, le habĂan fascinado desde su infancia los disfraces, y el entusiasmo de la comparsa en este sentido era contagioso. Los miembros de la orden se paseaban por Toledo en los más estrafalarios y, a veces, escandalosos atuendos. Buñuel daba rienda suelta a su necesidad compulsiva de disfrazarse de cura.... La vida desaforada de Salvador DalĂ. Ian Gibson.
》 Para ellos era un lugar de peregrinaje sagrado, pero no de manera religiosa. Las razones de esa pasión por Toledo no las he llegado a entender del todo. Quizás fue la mezcla de pueblos, culturas e imágenes que uno se encontraba. Claude Carrière
》 Le recordaba yo a Buñuel aquellas fantasmagĂłricas noches toledanas, como tambiĂ©n algunas de sus feroces bromas, entre otras, la de lanzar, a la madrugada, grandes cubos de agua bajo la puerta de las celdas donde dormĂan Federico, PepĂn Bello o DalĂ... ¡Tiempos gloriosos en la Residencia madrileña de Estudiantes!
<< ¡Chico! -me interrumpió, entusiasmado, atenta la mirada, con esa expresión fija, escrutadora, de los sordos- ¡Qué maravilla que me estés recordando ahora todo eso después de más de 50 años! ¡Qué bueno! No nos hemos renovado en nada. Seguimos hablando de lo mismo.[…] >>
<< Es verdad, Luis. Tienes razón. No nos hemos renovado en nada. Aquellos maravillosos años circulan aún por nuestras venas, fecundándonos, cegándonos con deslumbrador recuerdo. >> Rafael Alberti