You're wrong.
2024.
«Interesante, muy interesante. Jace, ven conmigo». La voz de Edgar había estado llena de algo que solo podía catalogarse como fascinación, delatada por un brillo en sus ojos que se negó a abandonarle mientras le seguía hasta su despacho. La casa gremial era amplia, repleta de decoraciones con madera oscura que le recordaban a un hogar a dónde deseaba volver en sus peores días, y luminosa. Al parecer, tener las manos manchadas de sangre no implicaba el mal gusto. Sabía que una persona o dos en su vida dirían lo contrario, pero su mente todavía no recordaba ciertos de talles, ni determinados rostros.
El pasillo se alargó de manera infernal, convirtiendo el camino una tortura silenciosa a la que no reaccionó. Con las manos cruzadas tras la espalda y el mentón alto, pese al cansancio de haber luchado con el monstruo. Sus músculos se resentían, pero no era nada que no hubiera probado ya con los constantes entrenamientos. Su mentor era un hombre letal, que blandía una mano de hierro por bandera. Jace contuvo el impulso de rascarse el mentón cuando entraron al acogedor despacho.
Aún no se acostumbraba a que, de todos los lugares, aquel fuera el que más tranquilidad le transmitía. Era irónico, considerando que ese era el lugar donde se te asignaba una nueva misión, y muy posiblemente tu próxima muerte. Varias de las decoraciones delataban que no era un lugar que visitara normalmente. La noción se escapaba de su comprensión, pero no abrió la boca y dejó que el silencio fuera llenado por su acompañante.
Se sentó en una de las sillas frente al escritorio, angosto pero fino. Había papeles sobre este, sobres por si se necesitaban, bolígrafos y compartimentos para el almacenamiento. Estaba seguro de que, en caso de investigarla en detalle, también encontraría varias armas escondidas en su interior. Era lo normal en ese sitio, parecía que estaba rodeado de tiburones a punto de atacarse los unos a los otros, organizados en fila y comandados por alguien más grande.
—¿Cuándo notaste los primeros vestigios de magia? ¿Fue tras los entrenamientos? ¿En el pozo, quizá? —no sabía a qué se refería, nunca se consideró dotado de habilidades extras. Eso lo sabía. Todo lo que podía hacer, se debía a arduos entrenamientos y a su propio metabolismo. Pero, ¿magia? De no haber estado tan cansado, su risa habría llenado el espacio—. Dime, ¿lo notas como un cosquilleo? ¿O como algo tirante? —le daba la espalda, demasiado ocupado en rellenar dos vasos con agua que mantenía en una botella siempre fría. Lo sabía porque, incluso desde su posición, podía ver los hielos en su interior—. Existen brujos que lo sienten en los pies.
—Te equivocas —tomó el agua cuando se la ofreció, y pudo verle sonreír como si fuera un niño confundido. ¿Insinuaba que el monstruo…? No quería llamarle mentiroso, pero no podía haberlo llamado. Ni siquiera sabía cómo.
Edgar se sentó en frente suyo, jugando con una llave entre sus dedos. Le observaba como si intentara desenredarle, encontrar el motivo de su existencia. Era algo que le había visto hacer mucho, incluso entre carcajadas. Le consideraba metódico, curioso, científico. En cambio, no creía que él mismo pudiera ser así.
—Rara vez, Jace. Rara vez. Piensa.
—Creo que…
En su expresión residía una calma que no comprendía, y menos considerando que acababan de perder a más miembros a causa de ataques en medio de la noche. ¿Sentía algo diferente? ¿Un cosquilleo? Se paró a considerarlo, a buscar dentro de sí un cosquilleo, un tirón, una presión… Pero la búsqueda no fue fructífera.
Si algo extraño moraba en su interior, entonces llevaba consigo desde que volvió a respirar. Y, por si no era evidente, era el mismo tiempo en el que una sensación foránea se había instalado en sus extremidades. Su cuerpo parecía distinto, desde el peso hasta la forma en la que caminaba, pero a su vez, si alguna vez fue distinto, los recuerdos de eso permanecían tan borroso como una señal de tráfico cubierta de neblina.
No encontró nada, fue lo que iba a decir cuando, de repente, la llave que se movía de un dedo a otro de los del hombre terminó incrustada contra la pared más cercana. Confuso, giró el rostro para observarla segundos antes de que una masa de color verde oscuro lo levantara de su asiento, apretando su cuello con sus manos pringosas. Hedía a muerte, a hierro, pero el serbio no tuvo demasiado tiempo de analizarlo.
Igual debería haberse dado cuenta de que algo ocurría ante el silencio metódico de su mentor, que aprovechaba hasta el más insulso de los silencios para maquinar. Lo que conocía de él era poco, pero suficiente para poder ser capaz de anticipar algo así. No lo hizo, prueba de ello era la falta de aire, que comenzaba a subírsele a la cabeza y darle una migraña que no tenía nada que ver con los golpes nuevos que estaba recibiendo.
De los brazos de la criatura caían gotas que le recordaban al blandiblú, o a la plastilina, o a un pastel de barro espeso. De esos que uno hace con cuatro años, que no son nada apetitosos. Solo que de color verde, y que ahora dejaban manchas en el suelo. Tenía dos ojos, uno encima del otro, con pupilas a diferente lado. Uno miraba al frente, el otro se encargaba de los alrededores, y de hecho, vio como se introducía en su interior para salir por otro lado y contemplar la estancia.
Que era alto estaba claro, ya que se encontraba prácticamente rozando el techo con la cabeza. La madera se resentía contra su cabeza, astillada. Sentía que iba a terminar tan aplastado como una mosca. La posición no le permitía pensar con coherencia, por lo que, los pocos movimientos que hacía eran torpes y desacertados. Quiso tocarlo, ver si era tan gelatinoso como parecía y podía cercenar su mano de un puñetazo. Estaba seguro de que estaba poniéndose morado, ya fuera por el esfuerzo o la falta de aire… Era algo que no sabía.
Jace consiguió que uno de sus puños impactara directamente contra el brazo de la criatura, solo para quedarse atascado. Era como estar rodeado de una plastilina dura, que temblaba como la gelatina y dolía como materia corrosiva. No buscó la mirada de Edgar, olvidando por completo su presencia en el lugar.
En su espalda, sintió como si algo tirara de él hacia atrás. O como si luchara por salir. No eran alas, además de porque era una locura, porque sabía que no las tenía. Fue algo distinto, que tardó en ver una vez se liberó, pero que sintió como la caricia de una almohada mullida. Se encargó de abrir su boca y tragarse a la criatura de un solo mordisco, haciendo que con la misma rapidez con la que había terminado en el aire, ahora estuviera en el suelo.
Parecía un conejo extremadamente blandito, con la consistencia de la espuma o de una nube. Era blanco y diminuto, probablemente su boca abierta hubiera sido más grande que toda su anatomía, y le miraba. Desde el suelo, Jace observó aquellos ojos negros, y solo pudo parpadear conmocionado.
—La espalda —habló, casi balbuceando—, lo he notado en la espalda.
La carcajada de Edgar estalló en el lugar, energética. La criatura, el conejo o lo que fuera, se acercó hasta el serbio y frotó su mejilla contra su brazo, como si buscara una caricia. Él respondió por instinto, obedeciendo con una confusión notoria. Buscó la mirada de Edgar.
—Parece que tendremos que adaptar tu entrenamiento para ver qué puedes hacer.
—Yo no…
—Deja de negar lo evidente, tanto el conejo, como el monstruo de esta noche y su desaparición, son cosa tuya.
—Jamás…
—Sé que no es a propósito, igual que sé que es algo que debes aprender a controlar. Sueños, parece que son tu fuerte, ¿no? —ladeó su sonrisa hasta hacerla una mueca divertida. Le ofreció su mano como ayuda, y terminó levantándose. Se sentó por su silenciosa orden, y bebió mientras parpadeaba muy despacio. No comprendía nada.
—¿Sí?
—Bien. Deberías descansar, mañana será peor que los otros días. Has utilizado mucha magia para alguien que no sabe controlarla, probablemente estés drenado —cogió el teléfono que estaba en el escritorio, y que no había visto, y llamó a alguien. Intercambiaron un par de frases en inglés, pero no se molestó en escucharlas, sino en entender.
Suponía que se refería a la criatura que había atacado a los otros, lo que significaba…
—¿Has intentado matarme?
—No —alzó la mirada de los papeles de la mesa, que ahora leía por encima. La puerta se abrió dos segundos después, con la rapidez del rayo—. Si no hubieras podido con ello, yo me habría encargado personalmente.
—¿Y si llegabas demasiado tarde? —frunció tanto el ceño que la cabeza le dolió.
Los ojos del rumano eran marrones, pero en ocasiones donde se quedaba mirándole con fijeza, podía atisbar pequeñas motas de azul, como si fueran remanentes de generaciones pasadas. En esos momentos, el azul le pareció mucho más intenso que en otras ocasiones.
Una de las enfermeras de la casa se acercó hasta él y comenzó a examinarle, a tratar heridas que no sabía que tenía, y a asegurarse de hacerlo en silencio. Edgar no respondió con palabras, pero sí que le puso la mano sobre el hombro izquierdo y después abandonó la estancia.













