Me enseñaron a odiar mi nariz. Crecer en un espacio donde era diferente siempre fue un dilema. Crecí creyendo que debía ocultar mi perfil. Veo mis fotos: siempre pequeños gestos, nunca sonreír. Me privé de la felicidad ante la cámara por no mostrar aquello que creía que afeaba mi cara.
Después viajé al Viejo Mundo. Miré mis raíces y en ellas encontré mi contorno, perfiles que no imaginaba, bellezas que no conocía. Mi nariz se sintió imponente, resistente al cambio, un recuerdo de quienes llegaron en barcos.
Ahora es mi fuerza. Mi identidad. Un mapa silencioso de mi historia, de mi sangre y de mi orgullo.
S.Cantú













