Anoche nunca me dormí y hoy es otro día. Anoche sin dormir. Sobreviví. Me acosté así (así nos acostamos todos) y escuché que ya empezaban los pajaritos. Mierda. En un momento, creí estar durmiendo, pero abrí los ojos y evidentemente había dos posibilidades, o había estado durmiendo, o tuve los ojos cerrados dos horas fingiendo, para mi misma, que dormía. Me tiro más a la segunda. Entonces abrí los ojos y lo primero que vi acostada en el colchón fue el cielo como un cuadrado blanco entre ventanas esmeriladas. Desde mi angulación lo que se veía en la ventana que estaba abierta eran los últimos pisos de un edificio, en perspectiva. Yo sé que ese edificio es un hotel de categoría de la zona, a veces le robamos wifi. El edificio del hotel estaba iluminado vestido de dorado, y lo impactante era que su fondo, el cielo, estaba gris oscuro con nubes cargadas de agua a puntisimo de llover. Vi el edificio de hotel, vi las nubes negras acercarse, vi los cables, y pájaros negros revoloteando en el cuadrado, a lo lejos, se me pasó por la cabeza que podrían ser cuervos, aunque claro que nunca podrían haberlo sido más que en mi cabeza. No podía dormir y necesité salir. Sigilosamente agarré mis cosas y me fui. Afuera todavía no llovía. Zombis urbanos se dirigían a sus instituciones zombilenses. La calle cubierta de una especie de gelatina húmeda y transparente, me invitaba a recorrerla con mis mocasinsitos que hacían un ruido muy sutil, muy femenino, y empecé a caminar, y me supe inmediatamente un fantasma. Pasé al lado de madres, hijas, taxis, porteros, barrenderos, bares, oficinistas, chicas recién bañadas, verdulerías que abrían, librerías que dormían con sus lúces interiores encendidas y eso me daba ilusión porque por un segundo se me pasó por la cabeza que la librería podía estar abierta y yo necesitaba desesperadamente una lapicera porque ahora que lo recuerdo, mientras fingía dormir lo único que pensé fueron palabras palabras palabras y me desperté pensando en palabras, poesía, idilios, y mierda, tenía cuaderno pero nada para escribir. Esa manía de perder las lapiceras siempre. Son indurables, hijas de puta. Bueno, tenía los ojos más abiertos que de costumbre y caminaba despacito por ese asfalto gelatina contemplando los últimos rayitos de sol que llegaban a pegar en algunos edificios antiguos y hermosos de la avenida y mientras yo no dejaba de caminar las nubes negras avanzaban conmigo y despacito, como todo prometía, se puso a llover gotas suaves, ligeras. Me encontraba feliz de estar caminando a esa hora sin dirección concreta sin paraguas y sin dormir, mientras todos los otros caminaban magnetizados a sus lugares de trabajo o estudio, como yo misma lo hice durante miles de miles de mañanas inútiles. Creía en ese gris de la ciudad a esa hora cubierta de suave lluvia, me perdí en aquella imagen llena de poesía. De la ciudad, una de las cosas que más me gustan es el silencio que se escucha en las primeras dos horas del amanecer, el momento en el que sale el sol despacito detrás de las nubes y los edificios y detrás de la ola negra, y parece que no hay ni una persona en toda la cuidad que se anime a hacer el primer ruido, porque todos sin falta, disfrutan un poco de darle descanso a sus oídos. Hasta que ya empieza a haber más luz y la gente poco a poco se empieza a apurar a sus lugares, pero aún así en el colectivo a esa hora van dormidos, callados, zombis. Y yo los contemplo, desde mi hogar invisible, mi cuerpo invisible, llena de palabras que no puedo decir, llena de poesías que no puedo escribir porque no tengo lapicera y estoy en un colectivo paseando de gris entre edificios grises entre gente gris y entre calles grises, yendo a una cama a morirme, por fin!