El Cine Chapultepec de noche
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El Cine Chapultepec de noche

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Aquí una foto del "angelito", el inolvidable Goyo Cárdenas..
Cine Chapultepec
Es la noche del 10 de agosto de 1942. Un ford del 39 se estaciona a un par de cuadras del cine Chapultepec, sobre la avenida concurrida y luminosa.
De él desciende un hombre moreno, alto, vestido con elegancia, a la moda de la época, sobre su cabeza un sombrero tardan que ladea con ademán distinguido antes de encaminarse hacia la sala de espectáculos. Las manos en los bolsillos del amplio pantalón.
La marquesina iluminada anuncia un filme de riguroso estreno, algunas gentes deambulan por ahí a la distraída. El hombre está recargado contra un muro fuera de un cafetín. Fuma un cigarro con descuido y juega con algo en sus manos, tal vez un fósforo, no se sabe.
La mariposilla ronda el lugar, mira al hombre, que ha llamado su atención. Espera a que él le haga alguna seña, algún guiño. Dos veces pasa frente de él antes que éste repare en ella. Le sonríe. Él la mira. Ella se acerca. Intercambian algunas palabras imposibles de escucharse. Ella ríe de buena gana. Él parece conforme. Le indica con la mano la dirección en que ha dejado aparcado su automóvil. Ella afirma con la cabeza. Lo toma del brazo, se van caminando lentamente, riendo y charlando animadamente, igual que viejos conocidos.
Ya en la calle se detienen. Él saca su billetera y le extiende un billete que ella recibe. Llegan a donde el Ford. Él aborda y, caballeroso, le abre la portezuela a la dama. El motor arranca en medio de un estrépito que se pierde en el silencio nocturno.
De nada le habría valido a ella el haber preguntado su nombre. Ni el tener en sus manos la cartera del hombre, en la que llevaba una credencial de cartón barato expedida por la facultad de Química de la Universidad Nacional Autónoma de México a nombre de Gregorio Cárdenas Hernández.
El firmamento sin luna se ennegreció, abiertas las fauces de la noche y agudos colmillos de estrellas.
Hasta ahora no parece existir ninguna otra foto del inolvidable cine Cuitláhuac...allá en la calle de Egipto en Claveria..alguién tiene alguna??
PIEDRAS
Yo acostumbraba a ir de chamaco al Cuitláhuac, allá en el rumbo de Claveria; iba siempre a la primera función, la de las 4,20, con cortos a las 3 y pico, llegaba temprano, antes que empezaran...Me gustaba ir a galería, porque allí se veia mejor, se juntaba menos gente, se estaba más a gusto... Una vez, llegando, vi a una pareja de novios ( di por sentado que eran novios) , en las últimas filas, abrazándose y besándose, muy acaramelados, digo, nada raro o fuera de lo común, así me pareció.
Por respeto o por vergüenza me quedé en un lugar de las primeras filas, cerca de la escalera, vi la película _no recuerdo si fueron dos, y me dormí un buen rato, como me era costumbre.
La siguiente ocasión, o no sé si la siguiente, una vez después, los volví a ver, en los mismitos lugares, besándose igual, muy pegados, olvidados del mundo...La curiosidad se me despertó, me fui a un asiento más cercano al de ellos, no mucho; quién sabe; había algo raro en ellos, no nadamás que fuera la segunda vez que me los encontraba; era... no sé, una sugerencia, algo que me cosquillaba en el cuerpo.
Al día siguiente que regresé ahí estaban de nuevo; esta vez, decidido, me dirigí escaleras arriba hacia ellos, dispuesto a , no sé, a acercarme, preguntarles cualquier cosa. De nuevo ellos no parecían percatarse de nada a su alrededor, se diría que, juntos, vivían en otro mundo, no en éste, en algún otro. Ya estaba a tres filas escasas de ellos: los vi clarito: ella tenía el cabello rubio, lacio, largo, enredado en el cuello, y me pareció tan bonita. Èl también, chino, oscuro, revuelto; no sabría decir cómo iban vestidos; se me figuró que ella lloraba o sollozaba...sólo eso vi; No, vi también...¿una luminosidad? , ¿transparencia? No sé, fue un instante nada más; quizás ni eso; entonces se apagaron las luces: dos segundos, no más, de absoluta obscuridad.... Cuando el destello de luz blanca que iniciaba la función irradió la sala, ya estaba junto a ellos... bueno, eso creí...Los busqué. En vano forzaba a mis ojos a mirar, a traspasar las tinieblas... Nada, en ninguna parte, se habían ido, mejor dicho, esfumado en mis propias narices... Bajé casi volando los escalones, tenía una sensación fría, ignoro si eso es a lo que llaman helarse la sangre ..., me escabullí, no regresé jamás a la galería de ese cine, no hubo poder humano que me forzase a volver.
Lo tiraron. Unos años después. Hoy cuando paso frente al baldío de la calle de Egipto, pienso en ellos, con profundo respeto _ya no soy un niño, no me espanto tan fácilmente con cualquier cosa. Pienso que me gustaría que él haya podido, al fin, consolar el llanto de ella. Tal vez. Me pregunto si seguirán acudiendo por las tardes, igual que antes. Porque ya no queda galería ninguna. Ya no queda nada. Un estacionamiento inundado. Algunas piedras.

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Otra magnífica imagen del París a la hora del crepúsculo
El París de noche...sobre la oscura avenida del Paseo De La Reforma
París de noche
Oblonge decidió que esa tarde no regresaría a trabajar. Tomó el periódico, revisó la cartelera. Resolvió que la mejor manera de combatir el tedio de una tarde calurosa y agobiante de abril, sería irse al cine. Eso haría.
Fue a un local grande, de los de Reforma, enclavado dentro de un edificio o algo así, y a sólo unos pasos de una glorieta. La canícula se encontraba su apogeo.. La gente, extenuada, iba de aquí para allá, los hombres, sin saco, desabrochados los cuellos, las corbatas sueltas. Las mujeres, ligeras, sin suéteres o abrigos.
Sin fijarse mucho recorrió el hall, se acercó a la taquilla, adquirió un boleto guinda, y se dirigió a la entrada.
Eligió un lugar en luneta (casi no le gustaba ir a galería, decía que se mareaba). Tomó asiento en la butaca. No se veia a nadie en esa fila , ni en la de adelante, tampoco en la de atrás. Miró la película _nada rescatable, una auténtico churro firmado de origen de España_ , y hasta dormitó un buen rato. Disfrutó, eso sí, los cortos, los noticiarios, una caricatura de Tom y Jerry.
Cuando salió, aún era temprano. Reinaba la luz del crepúsculo, anaranjada como un tomate inmaduro. Se acercó a un quiosco, compró una golosina y se puso a curiosear los encabezados de los vespertinos.
Entonces la vio; criatura pálida y lánguida, de cabellos color del trigo, cabizbaja y andando despacio, con un vestido hasta debajo de la rodilla, floreado y de un color que podía parecer beige, pero no se sabía a ciencia cierta, y un suéter azul cielo, desabotonado al frente. Zapatos de piso.
Sin fijarse mucho recorrió el hall, se acercó a la taquilla, adquirió un boleto color guinda y se dirigió a la entrada.
Oblonge comprendió que era ahora o nunca.
Sin fijarse en nada recorrió el hall, se acercó a la taquilla, adquirió un boleto color guinda y se dirigió a la entrada.
Cuando ella se detuvo, él se acercó.
Cabe decir, para que no le confundais, que esta actitud era totalmente inhabitual en él. No un Don Juan, ni mucho menos. En realidad era bastante tímido. Ni novia tenía, desde ya largo rato. Y a decir verdad, era vírgen.
Ahora actuaba impulsado por una voluntad que no parecía la suya.
__ Hola_ le dijo, queriendo ser amable.
Ella no le respondió. Apenas lo miro un instante, lo suficiente para que él se diera cuenta que tenía los ojos color paja. Claro, bellos.
__ Me llamo Oblonge _ le tendió la mano.
Ella no correspondió. Se limitó a mirarlo durante un segundo más prolongado.
__Vienes sola, ¿verdad? _ insistió, sorprendiéndose él mismo de su porfía y del aplomo que mostraba.
__Sí_ musitó apenas, sin dirigirle la mirada.
__Bueno, es un calor infernal, que lo enloquece a uno…no como para venir a encerrarse en el cine, ¿no crees?
__ Eres justo…lo entiendes muy bien…nadie lo entiende, nadie entiende ni sabe nada…
Su voz le parecíó dulce, cantarina.
__Oblonge es mi nombre…_ de nuevo le tendió la mano.
__ … _ ella le dijo su nombre. Él ni la escuchó, absorto en su voz y sus ojos luminosos.
__Sí, sólo los auténticos locos…bueno…, ¿puedo invitarte algo? ¿ Me permitirías sentarme a ver la cinta contigo? Dicen que es bastante buena…
__¿Ah, sí?! ¿Por qué no?
Oblonge casi se sorprendió cuando ella, del brazo, lo llevó a la galería. Se acomodaron en butacas juntas en una de las filas posteriores. Un noticiario completo transcurrió antes que él se decidiera a pasar su brazo derecho sobre el respaldo del asiento. Otro, junto con varios comerciales, antes de atreverse a rozar furtivo los hombros de ella.
Comprendió entonces Oblonge, con una lucidez que lo atemorizó, que las dos horas de oscuridad que se abrían frente a él, podían muy bien convertirse en su mejor cómplice. Pero también, que el imperio de lo posible lo abarcaba todo, mucho más que todo de lo muy poco que él podía hacerse cargo.
La mano de ella sobre su rodilla le marcó la senda a seguir. Cuando sus dedos rozaron sobre el fino encaje de la prenda íntima, percibió la respiración entrecortada, cerró fuerte los ojos, dejó que la música de la pantalla le invadiera las circunvoluciones cerebrales.
Y supo que , en México, la suma de oscuridad y calor , produce, muchas veces, resultados particularmente extraños. Impredecibles.
Cuando salieron, ya era de noche. La estación parecía haber aminorado sus efectos. Luces de múltiples colores destellaban en la oscuridad. Se fueron tomados de la mano a lo largo de la acera del Paseo.
__¿Dónde vives?_ preguntó Oblonge.
__En Tacuba _respondió …
Oblonge volvió a pasarle su brazo sobre los hombros y ella se arrellanó mimosa contra su cuerpo.
El gas venenoso se elevó desde la oscuridad. Recorrió el hall, pasó frente a la taquilla, atravesó la cortina cerrada del cine fuera de servicio y se le metió por los ojos, por las narices y la boca. Le llenó la cavidad abdominal, el estomago , los pulmones. Hasta pareció rebotarle en los testículos, inflamárselos y hacer que le dolieran. Suspiró. Ya no quiso seguir mirando. Era la maldita nostalgia: Qué diablos. Qué fue lo que ocurrió. ¿A dónde se escaparon los años de tranquila inocencia, de la soledad perfecta? Pensó en la mujer, gruesa, algo desaliñada, que quizás le esperaba, quizás no, en el departamento de la San Rafael. Pensó, como cien veces antes, necesitando convencerse de ello, que él no tenía la culpa, a él no se lo podía responsabilizar de aquello, de todo ese abandono, solamente a ella, a ella o a las cuatro criaturas que corrían como bestias desesperadas de un lado al otro del apartamiento, dejando sus huellas de dulce, comida y mugre sobre los muebles, las paredes, las puertas. Seguro que cuando entregaran el piso, en un mes más, el casero se lo reclamaría, le obligaría a pagar alguna cuota extra para reparaciones. Condenados escuincles. Seguro que eso iba a ocurrir.
Oblonge decidió que esa tarde no regresaría a trabajar. Mejor se llegaría, caminando, hasta la zona rosa. No quedaba lejos. Ahí había visto un complejo de cinemark o algo así, En la calle de Génova, o Niza, o alguna de esas. La canícula se encontraba en su apogeo. La gente, extenuada, iba de aquí para allá, los hombres, sin saco, desabrochados los cuellos, las corbatas sueltas. Las mujeres, ligeras, sin suéteres o abrigos. Tal vez la tarde todavía podía rescatarse. Aunque lo más probable es que resultara la mar de aburrida.

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CARLITOS Y SNOOPY
Luces que se encienden. La función ha concluido. Niños cerca y lejos. Niñas. Niños y niñas, con sus padres, con sus madres, niños por las hileras de butacas, por los pasillos, por las escaleras. Pero yo debo esperar a que se me enfríen los ojos, así siempre me lo dice mi padre. Ya me levanto también. Camino detrás de su figura, que me precede, cerca de su cuerpo alto y robusto, su chamarra color tabaco, los cabellos ralos bien peinados. En el vestíbulo me detengo ante los carteles con los personajes de Schulz; procuro recordar a qué escena corresponde cada fotografía mostrada. Me invade una tristeza gris, inexplicable. La mano firme me remolca con suavidad. Frente a la entrada bosteza un hombre sobre una silla alta y la urna con cartoncitos partidos por la mitad. Afuera todo es oscuridad. Algunas farolas de luz amarillenta no alcanzan a traspasarla. Miro hacia arriba y leo: CINE LAS TORRES en letras rojas contra fondo blanco. De aquí a mi casa, metro Xola, una distancia que yo no sabría andar. Me extraviaría, me devoraría esa oscuridad…Ciudad nacida de oscuridad, ciudad hecha de oscuridad. Tengo miedo. Sólo soy tierra pequeña, nada más. Niño, me llama y sus manos suben la cremallera de mi chamarra. Así me siento mejor. Me sujeto a su brazo y encuentro refugio en su costado. Bajamos los escalones. La noche nos traga.
El interior del Sonora, "la pantalla más grande del mundo"
El Cine Sonora a mediados de los 40 's
CUANDO IBAMOS AL SONORA
__ ¡Yola…ándale, Yola! ¡Ya despiértate, ya van a ser las cinco…se te va’ cer tarde!
La mano apretó la bombilla, la giró despacio, amodorrada de la mañana fría y neblinosa. El bulto en la cama repegada al rincón, al lado de la ventana del patio, comenzó a moverse, a dar señas de vida, probando desplazar toneladas de inmovilidad, de larga noche de fatiga.
__¡Ándale, niña _insistió la voz en un tono más imperioso que el de un minuto antes _! ¿Qué, no me oyes…que te levantes te digo!
La movió, mejor dicho, la sacudió. Un rostro surgió de entre las cobijas, los cabellos enmarañados cubriéndole la cara, los ojos todavía cerrados, la boca retorcida, librando la terrible batalla por el despertar. Fue estirándose lento, lento, con la dimensión de lo inevitable; qué remedio, había que hacerlo; otro día, una vez más…había que hacerlo.
__¿Qué hora es? _preguntó confundida, balbuceante, tallándose los ojos y retirando los cabellos del rostro.
__Ya son cinco para las cinco; ya párate m’ija, no sea que vayas a llegar tarde y luego te regañen..o peor, que te castiguen, y ves que apenas si alcanza…
__Sí, ya voy _contestó todavía aturdida _, ¡ya voy-ya voy! _de un salto ágil estuvo arriba, calzándose las sandalias de hule y despojándose de la bata de dormir, de pie frente al único espejo de la habitación, mirándose, advirtiendo el vacío en la mirada vidriosa de insomnio, ennegrecido el derredor de los bellos ojos de niña, tallándoselos enérgicamente, arrancándose las lagañas pero no el mal humor de la madrugada despuntando.
__Ya te puse el café…aunque sea eso que te tomes…_ volvió a escucharse la voz de la mujer mayor semejante a un cañón de agudez en el espacio del reducido cuartucho.
__Sí, mamacita _respondió la chica con voz gutural, casi incomprensible _, orita me lo tomo, nomás deja ponerme algo, que hace un chingo de frío!
Quiso reprenderla por la palabrita, pero ella misma se sentía tan inmóvil, tan incapaz de nada, tan indiferente, tan helada el alma en esa mañana de invierno, que prefirió hacer oídos sordos, volverse junto a la estufa, al ligero pero delicioso calorcito que esta emanaba, extraviar la mirada en el líquido negro y borbotante sobre la hornilla, llenar los pulmones del aroma fuerte y reconfortante, quedándose allí, espaciada, distante, silenciosa, como absorbida, impidiendo que ningún pensamiento llegase claro a la conciencia, transitoria y perdida fuera del tiempo.
Yolanda cubrió su semidesnudez echándose encima un vestido blanco de vuelo y largo hasta la rodilla, y desapareció tras la cortinita que separaba la pieza del cuarto de baño.
La tía la miró al pasar, de reojo, como por accidente, conservando la imagen fugitiva presa en la mente, admirada de darse cuenta “cuánto había crecido la chiquilla”, trayendo a la memoria aquel día cuando la madre_ su hermana_ la había encargado a su cuidado, siendo una chiquitina, en vistas al viaje que se disponía a emprender rumbo a los estados unidos, en busca de aquel que la abandonara, que se había marchado dejándola en espera de su segundo hijo; aquel al que no estaba dispuesta a renunciar…De eso habían pasado ya más de cinco años, cinco largos años en los que ninguna noticia había tenido de ella ni de nada de lo que con ella hubiese ocurrido; cinco años en los que sí se había habituado a la presencia de la “chiquilla”, a su cercanía que llenaba en cierta forma las horas de soledad, el vacío de su existencia autocondenada al apartamiento, desde el fracaso de su matrimonio, veinte años atrás, con Pablo , el herrero, y de su descubierta e irremediable incapacidad para darle un hijo, razón por la cual él la había abandonada para marcharse con otra. Con cualquiera otra.
Ahora estaba ella, ahora la tenía a ella, esa linda chiquilla entrando a los diecisiete, empezando a despuntar mujercita, rebelde y altiva, eso sí; en ocasiones indolente y apática, aniñada en muchos aspectos, incapaz de una verdadera independencia, y a la vez tan fuerte, tan vital por momentos, un verdadero torbellino cuando se involucraba en algo o cosa alguna absorbía su atención: tan desapegada y tan ambiciosa a la vez, tan dura e insensible por momentos, que le parecía no reconocerla, estar tratando con alguna extraña, una desconocida a sus ojos. Era el sostén de ambas, a su corta edad, la que aportaba los pesos _bien pocos _ de su magro salario para que las dos pudieran vivir, medio alimentarse, medio vestirse, medios seguir existiendo. Ella, la tía Angelita, no podía trabajar, estaba enferma _o eso decía_ , incapacitada para tolerar muchas horas alejada del hogar, de pie u ocupada en tareas fatigosas que la reducían a poco menos que una piltrafa. Amarrada a las medicinas, que consumía en grandes cantidades _claro que ese gasto también lo cubría la bendita sobrina _, debía guardar cama largas horas, en cualquier momento del día, a veces días enteros. Por esa razón solamente aportaba lo que recibía de sus ocasionales faenas de planchadora o costurera “de ajeno”, tareas que efectuaba dentro de su hogar (cuando su salud se lo “permitía” y que le significaban algunos dividendos, que, si bien escasos, más de una ocasión habían servido para sacarlas de un apuro o urgencia inaplazables, aunque no pasaba mucho antes que encontrase la manera de cobrárselos a su sobrina, considerándolos siempre mas un préstamo oportuno, que una obligación personal.
__¡Brrrrr…qué horror! _exclamó Yolanda haciendo a un lado la cortinita y regresando al interior de la habitación, la cabeza a medias envuelta en una toalla deshilachada y sin color, escurriendo el agua de su cabellera negra _ ¡Esto sí que es espantoso, cada día hace más frío! ¡Cómo pude nadie soportar esto! _ la tía masculló una respuesta que ella no oyó. __¿Qué vas a hacer hoy _preguntó mientras cepillaba sus cabellos y daba los últimos toques a su atuendo _? Me refiero a que no vayas a esperarme temprano…
__¿Hoy tampoco? _ inquirió la tía con acento de evidente mal humor _ya nunca llegas temprano; si no es que son las “horas estras”, son las “amiguitas”, es el primo o es el cine. O es cualquier otra cosa, pero nunca puedes venirte temprano a la casa. Ya te gustó…sólo Dios sabe si…en qué pasos andarás…
__¡Chales, no empiézes de nuevo _protestó fastidiada _! ¡Siempre andas con tus figuraciones, no sé qué crees que ando haciendo _se cubrió con un suéter azul turquesa, acomodándose los cabellos a la nuca _ .ya sabes que si no voy con Raúl, tu sobrino, estoy con mis amigas…a todas las conoces, las chavas de mi edad, todas las chavas de mi edad tienen muchas amigas, no sé qué ves de raro o de malo en eso…ni novio tengo, soy la única que no tiene novio, y todo por darte gusto, porque no pienses mal de mi ni me andes moliendo con la misma cancioncita de siempre…¡Ya chole, no?
Nadamás voy con Cuca al cine, vamos a ver el Charro Negro, aquí en el Sonora…ya sabes, sale Rodolfo de Anda…¡papacito! Aunque sea nos damos el “taco de ojo”…te llevaría, pero con eso de que siempre estás mal, que te duele “esto y lo otro”, pus pa’ qué?...mejor solas…Tu te quedas a sobarte tus “riumas”, al fin ya te trajo don Alarcón tu emulsión de mariguana, la mera buena…la que te gusta…
__¡Escuincla, ya le he dicho que no le diga así! Don Pedrito es tan buena persona, todo un caballero, y son tantas las cosas que hace por nosotras y por nuestro bienestar…además es tan galante…!
__Pus sí _ repuso la chamaca _; pero como tu ya’stas vieja, pus pa’ qué le haces al cuento! Mejor déjalo pa’ otra que esté más entera que tu! ¿Qué tal te me desarmas a las primeras de cambio?, luego quién me va’cer mi cafecito en las mañanas?
__¡Condenada mocosa babosa! _ le arrojó el trapo de la cocina a la cabeza, que fue a estrellarse contra la pared y cerca de la ventana, dejando una huella escurriente y grasosa al caer al piso _ Ira, ya mejor tómate esto _le extendió la taza humeante _, y ya vete, que de veras se hace tarde…
__A’i mure, mi viejita, si ya sabe cuánto la quiero _ y le pellizca un cachete _. Nomás que luego te pasas, a veces. No debes andarme chocando, si ya sabes que me porto bien…ya no soy una niña, ya crecí, y se cuidarme sola…
Cuando Yolanda pensó que la tía estaba distraída, ocupada en las cosas de la cocina y sin apercibirse demasiado de ella, se acercó al ropero, disimulada, como distraída en quién sabe qué, y extrajo del interior un envoltorio que debió estar oculto entre sus ropas, lo escondió de inmediato dentro del morralito que ocupaba para llevar sus enseres personales, sonriendo nerviosa al volver la mirada a donde Angelita se encontraba. Esta la miró sospechosa, renuente a sostenerle la mirada, como ausente, totalmente otra cosa de lo que había sido cinco minutos antes. Por un instante quiso interrogarla, averiguar lo que le ocurría, indagar, pero algo la detuvo, la hizo guardar silencio. Vaciló unos instantes, queriendo decirle que sí iría con ella, sopesando la posibilidad de imponerle su presencia. “Estas chamacas seguro que van con alguien más _pensó para sí _ . Segurito que ya han de andar rondando por a’i algunos gavilanes, aunque ella diga que no, segurito que sí, por eso anda tan sospechosa”. Y ante esta consideración y la ineludible circunstancia que, en efecto, ya la chiquilla, “había crecido” y las consecuencias eran inevitables y hasta forzosas, con la idea en la cabeza de “lo mismo me pasó a mi cuando tenía su edad”, prefirió callar. “Además a mi ni me gusta eso del cine, todas esas locuras de andar ahí, batallando en las “colas”, soportando la gente, y tantas horas sentada como mensa, nomás para ver a un mono…ni tan guapo que estuviera! Yo mejor me quedo aquí y a lo mejor y mi Pedro viene a verme…aunque no sea tan guapo…¡Ay, Dios mío, pero qué cosas estoy pensando! ¡Padre Nuestro…!
Y despidió a la sobrina, con una rápida bendición y recordándole que no debía llegar tan tarde. “No es bien visto que una señorita…” Se marchó.
La calle estaba a oscuras. Escuchábanse los ladridos de los perros sobre el fondo del trinar de pájaros en las copas de los árboles anunciando la llegada del nuevo día. Yolanda se quedó de pie un instante en medio de la acera, mirando a la fachada y el portón de la vecindad de la calle de Perú. “¡Maldita pobreza, mil veces maldita!” y reanudó su marcha, silenciosa, con la cabeza gacha y el paso lento, sin volverse a mirar a los ocasionales viandantes de la madrugada, las mujeres cubiertas de la cabeza regresando del primer mandado de la mañana, algún apurado ciclista llevando sobre la mollera la canasta con el pan caliente que las marchantas en cosa de minutos llevarían a adornar la mesa en cualesquiera viviendas cuyas ventanas ya se iluminaban dejando caer su resplandor sobre la calle negra.
* * *
__¡Cómo serás pendeja, ya la chingaste todita…! Es el quinto plato que quiebras hoy! _ le incriminó Cuca, quien desde dos semanas atrás trabajaba junto con ella en la fonda de don Elpidio, allá en las calles de Misioneros, muy cerca de la Merced _ El viejo te los va a descontar, nomás que se de cuenta, ya sabes como es el hijo de la fregada, que no perdona una…
Y sí que aquel fue un día aciago, lleno de vicisitudes, problemas al por mayor, pleitos y enfrentamientos con medio mundo, desde el cliente impertinente que trató de pasarse de listo con las muchachas, hasta discusiones directas con otras empleadas, incluso con el patrón, quien no toleraba errores ni la pérdida de utensilios, vajillas o vasos de su cocina, poníase materialmente fuera de sí, explayándose en una serie de desconsideradas recriminaciones hacia todos los que le rodeaban. ¡Y vaya léxico el del vejete cuando se ponía a lanzar denuestos a diestra y siniestra contra quien fuese; de verdad que era de admirar la paciencia con que algunas de las subordinadas soportaban y se sometían a tan oprobioso flagelo verbal…daba pena ver las caras gachas, los rostros compungidos, los rojos, morados y azules de la impotencia retratados en los semblantes afligidos, descompuestos, bañados de rabia y furor mal disimulados y apenas contenidos; pobres mujeres aquellas, que se autoimponían el absurdo deber de tolerar los exabruptos y horrorosas escenas de aquel tirano anciano que entre gritos y manoteos, exigencias desmedidas, afrentas e injurias, cooperaba cada día a “llenarles de piedritas el buche”, como ellas mismas decían, o en términos más concretos, a desarrollarles una úlcera péptica que, poco a poco, fuese llevándoles más y más cerca de la sepultura, único sitio donde, parecía, podrían verse libres en definitiva de la opresión y sojuzgamiento del malhadado y grotesco dictador.
Llegado el final de la abrumadora jornada, a eso de las seis y minutos de la tarde, las dos chicas, después de las obligadas faenas de limpieza y otras por el estilo, echando mano a sus cosas, salieron como alma que lleva el diablo del aborrecido lugar, no sin antes ser objeto de recriminaciones a causa de la tanta prisa que llevan; parece que no les importa el trabajo!...Debían apresurarse si deseaban llegar a tiempo a la función de las 6:45. “Considerados los cortos, sí, sí llegamos…”
Por ser martes o por fortuna no encontraron cola en la taquilla, pagaron sus tres pesos cada una y se introdujeron en la sala, en las últimas filas de galería y a un costado del cuarto de proyección, acomodándose y arrojando sus cosas en una butaca vacía mientras en pantalla se proyectaba El Continental, mostrando escenas de “la última moda en París”. Ambas amigas disfrutaron a más no poder la exhibición del desfile filmado, admirando los diseños, la suavidad y el brillo de las telas, que, aunque en blanco y negro, se destacaban a la perfección sobre los cuerpos esbeltos y armónicos de las modelos. “Un día yo voy a tener muchos de esos”, murmuró Yolanda como para sí, no dirigiéndose a su compañera, quien sólo volteó a verla de refilón, ignorando sus palabras, la atención toda en la proyección, que seguía su curso presentando un reportaje del presidente López Mateos en gira por el interior de la república.
Para cuando los cortos terminaron _diez minutos o algo así más tarde _ ya la sala veíase bastante concurrida, aun cuando en las filas que ellas ocupaban, nadie parecía tener intención de encontrar lugar, razón por la cual permanecían apartadas, con todo el espacio necesario para sentirse a sus anchas.
__ Bueno, ¿quién de las dos va a disparar los chuchulucos? _ preguntó Cuca, echando un vistazo a la sala, en la que, minuto a minuto, incrementaba la asistencia.
__Tú mera, que todavía me debes los tres pesos que te presté el otro día, cuando lo de tu jefa… _respondió Yolanda palmeándole la rodilla, como para que se pusiera en movimiento.
Al iniciarse la película, un par de minutos pasada la hora, ambas chicas le hincaban duro el diente a la buena cantidad de golosinas adquiridas en la dulcería del lobby: palomitas, gaznates, un paquete de lunetas y un par de vasos de refresco de cola. Gozaron de lo lindo con la proyección; admiraron la apostura del héroe, su varonil presencia y el enérgico tono de su voz, su masculino atuendo _ que en particular a Cuca la arrebataba _ y la fuerza y arrojo de que hacía gala al enfrentar a sus enemigos, lo mismo en las llanuras desiertas que entre los muros de una cantina, a la luz del día o entre las tinieblas de la noche
El hijo del Charro Negro
llegó señores pa’peliar
es valiente y justiciero
nos lo viene a demostrar
__En serio que voy a buscarme un macho de esos…en algún lugar debe haber uno…
__decía Yolanda sinceramente arrobada, suspirando por lo quedo a cada escena en la que el protagonista mostraba sus atributos y habilidades poco comunes, sometiendo a sus contrincantes y provocando la admiración y el embeleso de las féminas en la cinta, y de muchas más entre la concurrencia, contadas ella misma y no menos su amiga.
__ Sí, güey, pa’ que te ponga tus cabronazos y te quite de andar de puta…_respondió Cuca entre dientes, pegándole un buen sorbo a su vaso.
Por supuesto también disfrutaron de los paisajes y escenarios mostrados y siguieron más o menos adecuadamente la trama de la historia, involucrándose en esta con toda la fuerza y el arrebato de la tierna edad, dando rienda suelta a sus emociones con gritos, exclamaciones, amenazas en contra de los bandidos, lágrimas mal contenidas de alegría o tristeza, según la ocasión, y hasta alguna circunstancial mentada, en voz baja susurrada para evitar ofender los oídos del respetable, si bien el general de este, estaba muy lejos de cualquier intención por respetar los de ellas…los de cualquiera que se encontrase en el recinto, disparando y resonando por doquier sonoras alusiones familiares de la peor ralea, silbidos, rechiflas, exclamaciones a viva voz, risitas o carcajadas desagradables u obscenas, estruendosas, el característico clamor de ¡cácaro-cácaro! cuando se presentaba alguna falla en la imagen o el sonido, líquidos y bolsas de golosinas a los que, por alguna misteriosa razón, habíanles brotado alas y surcaban como ráfaga el haz de luz y el rectángulo iluminado de la pantalla, yendo a parar sólo Dios sabe dónde. Quizás sobre la cabellera o rostro de algún distinguido asistente.
Inmersas en este maremágnum de caos y confusión, fueron transcurriendo los minutos, avanzando la función, ya cercanas las ocho de la noche, próximo el final de la cinta, cuando Yolanda se encontraba más sumergida en los embrollos de su héroe, quien hallábase a un paso solamente de la final victoria y la conquista del amor prometido, ausente y como posesa, se escuchó a la voz de Cuca decirle:
__ Oye, vámonos ya, se va’cer tarde…
__Oh, ‘pérate tantito _repuso Yolanda sin poder apartar la vista de la pantalla _ …deja ver en qué termina…¿no ves que ya les va a parar en su madre a los güeyes esos!
__¡En la madre nos van a parar a ti y a mi, pendeja!...Ándale, que tenemos que entrar a los baños antes que empiezen a llenarse---orita todaviastan solos…!
__¿Y para qué a los baños? ¿Qué no podemos hacerlo aquí mismo?...¿Quién nos va a ver?
__¡Estás loca? _espetó Cuca como espantada.
__¿Qué tiene? Ni quien se vaya a dar cuenta. Además…lo mismo da, ¿no?
__¡No! Bueno, ya vas…total, ¿qué?
Y ambas pusieron manos a la obra: abrieron sus respectivas mochilitas y de éstas surgieron los correspondientes adminículos; amparadas por la oscuridad y en rápidas y certeras maniobras, los nuevos caracteres comenzaron a tomar cuerpo: unas blusas floreadas, ceñidas y de colores chillantes, desabotonadas hasta el nacimiento del pecho, sustituyeron a las de “niñas decentes”; las cabelleras se vieron liberadas de trenzas y chongos prisioneros; en los labios apareció el carmín; una falda ajustada, abierta en un costado, reemplazó al vestidito de popelina blanca de Yolanda; los suéteres fueron a parar dentro de las mochilas, hechos bola, y las plataformas relucientes, recién compradas, tomaron el lugar de los zapatitos de calle, de niño podrían haber parecido.
Arrastradas, remolcadas fuera por el río humano, atravesando la puerta del cine, cosechando una y otra furtivas miraditas de disimulo: despreciativas las femeninas; hipócritas, lascivas, las masculinas; se encontraron en la calle, de cara a la gigantesca avenida iluminada, el manto de la noche tendido, dispuesto a ocultar y proteger las nocturnas actividades de las “decentes diurnas niñas”, quienes, al menos por esa noche, no habrían de regresar tan temprano a sus casas.
__Te digo, te digo que he de encontrarme uno de ésos _ insistía Yolanda con voz fuerte y clara, adelantándose unos metros al paso de su compañera, que permanecía rezagada, expectante, observando los rostros de los transeúntes, quizás en espera de un guiño, una señal, una indicación cualquiera. Ninguna atención prestaban a los gritos del papelerito de la esquina, que se empeñaba en vocear a todo pulmón: ¡Entérese, averígue cómo ocurrió… el muerto que aventaron al basurero, aquí en San Camilito…hay testigos que vieron a los asesinos..entérese..las Ultimas Noticias…! y arrojaba dentro de las bolsas del mandilito las monedas _veintes, cincos y pesos _que recibía de los ocasionales compradores, quienes no se ahorraban una subrepticia, mordaz mirada a los cuerpos desamparados y expuestos de las niñas; mas aun que ya las separaba una distancia de varios pasos, ella no desistia en decirle: _Ya verás, cualquier día de estos… lo voy a encontrar, lo he de encontrar…

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