EL NUEVE DE COPAS
A menudo los manuales de Tarot nos dicen que el Nueve de Copas es la carta del "deseo concedido", la felicidad y la satisfacción absoluta.
Pero si dejamos a un lado los libros y miramos al detalle el arte original de Pamela Colman Smith, la imagen nos revela una historia psicológica mucho más profunda y fascinante.
Vamos a analizar la simbología real y el lenguaje no verbal de este personaje.
EL ENTORNO Y EL MANTEL
Fíjate bien: no estamos ante un cortinaje de fondo y una mesa separada.
Es una única e inmensa mesa semicircular cubierta por un larguísimo mantel azul que cae hasta el suelo.
El azul representa el mundo emocional. Al estructurar ese azul en un mantel que contiene y ordena, el personaje nos dice que ha domesticado sus emociones. Las tiene expuestas detrás de él, perfectamente alineadas, como trofeos en una vitrina. Todo está bajo su control.
El fondo y el suelo en amarillo brillante nos hablan de una satisfacción consciente y terrenal. Sabe exactamente lo que tiene y dónde está.
EL CIRCUITO DE LA ENERGÍA ROJA
El personaje lleva un gorro rojo y, si miras hacia abajo, también lleva las medias del mismo rojo vibrante.
El rojo es el color del deseo, la pasión y la voluntad encarnada.
Al coronar su cabeza y vestir sus pies con este color, Waite y Pamela nos muestran que toda su energía, desde sus pensamientos hasta su contacto con la tierra, está impulsada por el deseo y la ambición. Es un circuito que va de arriba abajo y se cierra sobre sí mismo.
La túnica, por su parte, no es blanca. Es de rayas blancas y negras verticales entretejidas. Blanco y negro integrados, no separados. Este personaje contiene ambas polaridades. No es inocente ni oscuro: es las dos cosas a la vez, y las lleva con comodidad.
LOS ZAPATOS
Los zapatos son de un marrón dorado, en la misma gama del suelo amarillo sobre el que pisa.
No contrastan con la tierra. Se mimetizan con ella.
Este personaje no marca un límite entre él y el suelo que ocupa: se funde con él. Pertenece a este lugar de una manera profunda y natural. Ha echado raíces aquí.
No lleva zapatos negros que señalen separación. No lleva zapatos rojos que extiendan el circuito del deseo hasta el contacto con la tierra. Lleva el color del suelo mismo.
Refuerza todo lo que ya nos dice su postura: no solo ocupa este espacio. Es el espacio. Este es su reino y lo sabe.
UN LENGUAJE CORPORAL DE BARRERA Y DOMINIO
Los brazos cruzados no son un gesto de autoabrazo.
Es una postura de bloqueo psicológico clásica. La conocemos bien: cuando estás frente a alguien y no puedes alejarte físicamente, pero tampoco estás abierto, pones los brazos por delante. Creas distancia sin moverte del sitio.
Este personaje nos pone esa barrera a nosotros, a quien mira la carta. Nos muestra sus trofeos, pero nos prohíbe acercarnos.
Las piernas abiertas hablan de otra cosa: dominio territorial, seguridad absoluta en el espacio que ocupa. No hay duda en esa postura. Aquí mando yo.
Y luego están los pies.
Un pie apunta hacia la derecha. El otro apunta hacia la izquierda.
En el lenguaje del cuerpo, los pies revelan hacia dónde va la energía inconsciente. El ego de este personaje está sentado, satisfecho, sonriente. Pero su cuerpo está dividido en dos direcciones opuestas. Hay una tensión interior que la sonrisa no puede ocultar del todo.
La mirada y esa expresión complacida mirando de frente al espectador terminan el retrato: sabe que lo estás mirando, y se regodea en ello.
Pamela no pintó simplemente la felicidad.
Pintó el retrato de quien ha conseguido lo que quería, lo protege con los brazos cruzados, lo exhibe con orgullo, se funde con el territorio que ha conquistado y lleva por dentro una tensión que sus pies delatan sin que él lo sepa.














