Policías en acción
por @tresfebrerense
I
Se ven unos perros sarnosos que mordisquean unas bolsas de supermercado. Algunos sachets de leche, cáscaras de banana y yerba adornan el pastizal. El móvil policial avanza y apenas se estaciona frente al alambrado la jauría de perros hambrientos se concentra alrededor del vehículo. Una panza casi cuadrada se asoma y sale lentamente como si estuviera naciendo. El oficial, una vez fuera, levanta la vista y mira al camarógrafo que lo acompaña con una demacrada sonrisa surcándole la cara. El otro oficial, en cuanto sale, mete la pierna hasta la rodilla en una zanja. La pierna empetrolada del policía es captada por el lente de la cámara. Los policías se aproximan dificultosamente ante la vivienda en cuestión debido a que además de los perros flacos, ahora se sumaron un grupo de chicos de cinco a ocho años que les piden a los oficiales si pueden prestarles el arma reglamentaria para ir a mostrársela a sus mamás. Ante la negativa del más gordo, un pequeño rapado y con ojos saltones le escupe el uniforme y sale corriendo.
II
Máscara de Perón, que lo castiguen con una máscara de Perón puesta. Eso quería el marido de la señora desdentada que le explicaba a los policías los extraños hábitos de este hombre. Los policías, que dejaron el patrullero a un costado del barrial que adornaba las casillas destartaladas, escuchaban a la mujer con los labios apretados intentando disimular la sonrisa que le producía que un hombre quiera que su mujer lo queme con cigarrillos mientras ella tiene una careta de Perón puesta. La mujer teñida y desdentada largaba todos los detalles del ritual: cuando ella se negaba a hacerlo, él se arrodillaba, le rogaba, se desnudaba, le indicaba todo lo que ella debía hacer. Le decía que era lo único que necesitaba para ser feliz. La mujer contaba cuando él llegó por primera vez con varias caretas de Perón y artículos de cotillón varios: todo en una bolsita de nylon blanca. Sus ojos temblaban, sus manos brillaban. Vibraban por el ansia, la emoción, el deseo voraz de ser complacido.
Ella en un principio le dio el gusto pero no tardó mucho en cansarse. Dejó de complacerlo, pero él encontró pronto remplazo para el cumplimiento de sus deseos: una sádica vecina que dado el parecido increíble de su rostro con el del general no necesitaba ninguna máscara. De ahí provenía la queja de la mujer desdentada a los policías: que la mujer-perón deje en paz a su marido, porque según ella él “es un enfermito, un pobre pelotudo que no sabe ni lo que quiere”.
Los dos policías se embarraron hasta las cejas dirigiéndose hacia la casa de la mujer-perón. Se detuvieron ante un alambrado y un portoncito estropeado, llamaron, y entonces una mujer muy fea y muy imponente salió, muy decidida, con varios perros tras ella. Cuando los policías le explicaron porque estaban allí, la mujer-perón súbitamente se enojó: empezó a putear a su vecina y “al putito y retrasado de su marido” y le decretó a los policías que no pensaba tener más ningún contacto con esa gente de mierda. Los policías se alejaron. Después de saltar una enorme zanja y franquear un pastizal vieron al hombre en cuestión: era fácil reconocerlo. Los policías que andaban aburridos decidieron divertirse un poco: lo detuvieron y lo subieron al patrullero. El hombre sonreía: seguramente estaría muy agradecido por esa maravillosa y prometedora noche que pasaría en la comisaría.
















