Esperando a que lleguen las nueve porque es la hora del báculo

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Esperando a que lleguen las nueve porque es la hora del báculo

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EJERCICIOS DE ESTILO
Hay maneras de escribir y maneras de copiar la escritura. Es obligación moral, por tanto, reconocer que una no acumula un inventario de libros leídos y escribe de la nada sino que con encanto y soltura combina esas miles de páginas. En los Ejercicios de Estilo (1947)de Raymond Queneau versaba una historia trivial, de tremendo desinterés al lector y sin embargo 99 veces la contó resultando un contenido maravilloso.
Este no es un ejercicio de Queneau: Escribir un texto
mientras alguien lee otro
mirando fijamente un objeto.

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Algo le sentó mal en su debilidad.
Se retiró, se alejó y desapareció, como los elefantes.
Vuelve mañana y volveremos a sentarnos.
Viaje a Dublín, 2014
Me desperté pensando en el dolor
en la exageración del sufrimiento.
Me levanté con el remordimiento
del mediodía.
Lloré un poco en mi mente
y abatí el cuerpo un poco más en la cama.
Me desprendí del desayuno con un café,
me dejé llevar por el cauce de la bañera.
Hace largo que no sabes la hora
porque no escuchas las campanas de la iglesia.
Los días que leí a Deleuze
apenas me aproximaba a la continuación, no avanzaba más de una página por día o dos para ser concreta y par. Todo era nueva información, fascinante y altamente instructiva que quería relacionar cuanto antes con lo que aún no sabía. Parecía una revelación. Al día siguiente de leer regresaba al libro emocionada, al cabo de 40 días, como una resurrección, empecé a sentirme un poco frustrada, apagada por no avanzar más rápido, Deleuze escribió más de 20 libros y más de 10000 páginas y yo no quería gastar 10000 días en leer a Deleuze, me agobié primero y luego me atrapó la impotencia.
Descubrí con Deleuze que acordonados llevaba a Lewis Carroll, a Derrida, a Foucault, a Heidegger, a Guattari y Agamben y también a Camus a Kierkegaard a Ortega y Bachelard. Y los que me parecieron que hablaron de él, Farocki, Gego, Perec...
Así comprendí que el mundo debía ser un poco más pequeño de lo que me esperaba y un poco menos utópico. Y también bastante desordenado. Todos ellos habían hecho crecer raíces que resultaban estar muy unidas. Todos muertos. Y a todos ellos quise dedicar cada uno de los días que no tengo. Cada una de las páginas que no escribí. Y nunca más volví a leer a Deleuze: lo inventé como quien intenta ordenar el mundo.

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Qué extraño es el tiempo dotado de ojos que vigilan las palabras. Qué extraña la vida que pierde generosidad y ofrecimiento y qué extraños los ojos que disminuyen su tamaño oblicuo haciendo que en la vida una camine sin más ruido, de puntillas; ligera y sin golpes de una manera tan leve...con pena, desvaída por la memoria lejana.
Caminar...por las habitaciones de puntillas cerrando las puertas con el mayor sigilo y abriéndolas con - extrema - precaución en la semioscuridad de una luna que asoma y un sol roto por los paisajes con los que va chocando. Son baches necesarios, pienso, roces extraordinarios.
Imagina una conversación ficticia
con el otro. Imagina que le cuentas, le hablas sobre la vida. Imagina una conversación a tres o a una multitud. Imagina que hablas sobre lo común.Imagina esconder la conversación en un punto, porque te da miedo guardar el archivo visible en el escritorio de tu ordenador. Con letra muy pequeñita, casi escondida, vas haciendo tiempo hasta que se te ocurre una idea, quién sabe, puede que hasta escribas algo más. Y que resulte bonito. Bonito como si no escribieras, como si no hubieras escrito nunca. Repites las frases y los tiempos verbales, los subjuntivos y hasta las comas para no parecer demasiado pedante. Escribes, como dibujas, hasta encontrar la premisa. O hasta que tu cuerpo se derrumbe. Aunque, pensándolo mejor, la escritura en el ordenador no deja demasiado espacio al movimiento, entonces, lo de caer será difícil, si acaso un leve cansancio ocular...debería aprender a utilizar un diccionario de sinónimos o en el mejor de los casos encontrar la palabra a sinonimizar. O mejor la invento porque a veces las palabras no existen y muevo los brazos, gestualizo un enorme círculo o, con dos dedos a modo de pinza, intento conectar mi mente y mis cejas con una palabra mejor, la más cercana a lo que imagino. No sé si mi cabeza está pensando, yo creo que más bien imagina, a pesar de las referencias reales, a pesar de chocarse con los ángulos. Mientras tanto sigues pensando en diminuto: imagina que en cada punto estuviera contenida una frase es decir, que la frase tuviera el tamaño de un punto. Aunque el punto ya contiende, ya «la lucha», ¿merecería acaso preguntarse si un punto pudiera contenerse en sí mismo?
Me gustaría escribir un pequeño texto, uno micro, como una línea en el margen del papel. ¡Qué bonito sería encontrar textos en miniatura en tu libreta de mano, en las entradas de cine! Escribirlos tan chiquitos que debieran descubrirse con una lupa. Y otros aproximarlos al píxel, como el que ahora escribo, y dejarlos ahí, como un dibujo, contenidos esforzándose por no ocupar. Imagínense encontrar una novela en dos páginas, qué grata sorpresa. No paro de pensar en las diferentes maneras de reducir todo, pienso en optimizar - de alguna manera capitalista y productiva - de poner todo esto en orden. Si escribiera con una letra más pequeña en el papel tal vez ahorraría en espacio y podría escribir más en él, aunque en un procesador de texto el archivo pesará apenas igual, visto así...el consumo es casi el mismo y el esfuerzo inútil. Pero queda el misterio, el misterio y la libertad. Si disminuyera las letras podría escribir sin miedo a lo que pueda ser leído, sin miedo a que me pregunten, podría incluso escribir más, mucho más y todo como si no hubiera escrito nada. Hasta faltas de ortografía podría escribir. Nos pasamos la vida...viviendo, escribiendo, hablando, caminando, queriendo, comiendo, durmiendo; nos pasamos la vida pensando, compartiendo, riñendo, sufriendo. Nos pasamos la vida en gerundio pero la contamos en pasado y en futuro, tiempos que nunca llegan y mientras tanto no reparamos en el movimiento, como si no supiéramos del tiempo para esperar al presente.
Como yo a veces escribo para que la palabra llegue con gestos torpes y también escribo como si fuera yo
tú
y más allá.
Cuidadosamente voy espaciando las palabras para no parecer demasiado seria, poco interesante, breve, detenida y densa. También lo hago porque no me gustan las frases largas, no las temo sino las olvido y su longitud me hace sentir idiota. Pienso que las palabras deberían suceder fluidamente como el tiempo, como el agua en el río, pero si así fuera consumiríamos demasiado papel - porque deberíamos darle su espacio a las palabras - y con el papel se gastaría el tiempo y nuestro espacio, ese al que llamamos «libre» y que yo aún no comprendo ¡Como si tuviera la obligación de ser llenado!
Finalmente mi diminuto texto es largo así que lo miro por última vez y lo reduzco a una trama de líneas A fin de cuentas siempre me han dicho que hablo mucho y bastante desencajada. Lo mismo que este texto. Una no tiene por qué permanecer callada pero sería una pena dejar de hacerlo. Tal vez algún día invente una palabra aunque quería buscar un final...