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EXT. BROOKLYN, NUEVA YORK.
Caminaban las calles de Brooklyn como un D*nald Tr*mp lo hubiese hecho tiempos antes de ser el ser más repudiado en varios continentes. Boyd no tenía escrúpulos, y a Sterling la paternidad lo había obligado a madurar, pero seguía siendo Broderick, en lo más bruto del diamante.
Su amistad trascendía cosas de modo inexplicable; se la solía atribuir al modo de vida de solteros, adinerados y despreocupados que juraban mantener hasta la tumba. Pacto roto por el castaño de modo monumental. Su vínculo podría haber muerto ahí, se podría haber disipado como todos los vínculos en la vida de Boyd cuando ya no le servían de forma inmediata, pero los dos veinteañeros sabían que había mucho más allí. La verdad era que Sterling entendía absolutamente todos los mecanismo de Boyd, hasta mejor que el rubio, y Boyd le daba el espacio a Sterling para simplemente ser, sin limitaciones, sin casillas. Su compañía, para ambos, era una bocanada de aire fresco... y quizás ninguna otra persona iría a percibirles de ese modo.
— ¿Cómo va la búsqueda de casa?
— No empecé.
— Ah, vamos, no me digas que te arrepentiste... eres el único hombre que me ha roto el corazón dos veces.
— La única persona —corrigió Sterling de inmediato.
No hizo falta que tornaran la vista el uno al otro para saber que estaban sonriendo. Lo infame de Boyd no era novedad, y aún así lo recibía con ligereza sólo si provenía de Sterling, quien jamás se sorprendía de sus actos, ni lo miraba con miedo o juzgándolo.
— La única persona... —concedió el rubio luego de una pausa, como si hubiese necesitado digerir la idea que Sterling no regresaría a Brooklyn.
— Manhattan no está tan mal, podrías venir conmigo día de por medio. Ya sé que tengo que compartirte con Sean.
— No es lo mismo, ya sabes.
— Lo sé, él tiene más músculos.
Le llevó a Sterling aquel silencio punzante por parte de Boyd para darse cuenta que la broma había acabado, y no acotó más por un par de cuadras. Aquello también era una raíz de su amistad, entender los silencios y no presionar, no esperar nada más el uno del otro.
— ¿Crees que soy hostil?
Aquella inquietud no era natural viniendo de Boyd, oírla salir de su boca parecía haber desvertebrado el orden del universo. Sterling frunció el ceño y buscó el rostro de su amigo, tan solo para asegurarse que no había alucinado esa parte de la conversación, pero sus expresiones estaban tan intranquilas como quien realmente necesita de una respuesta. Sterling abrió la boca aunque tarde porque fue Boyd quien siguió:
— Yo creo que sí, creo que mis padres lo creen, también. Mi hermana me odia. Y... no me molesta, ¿sabes? No me quita el sueño.
— ¿Entonces? ¿crees que Sean piensa que eres hostil?
— Creo que le molesta que lo sea, que no quiere que lo sea. A veces siento que se esfuerza por que seamos amigos, no sé.
Por primera vez en todos los años de conocerse el silencio fue incomodo, como si la conversación demandara más de ellos de lo que ambos podía ofrecer, como muchos de sus vínculos fallidos.
— No puedes ser hostil con Frank.
Y así, como si nada, volvieron a reír.
— No, ¿estás loco? Barbie me da miedo.
LECCIONES DE VIDA ASIMILADAS POR MIS PERSONAJES A TRAVÉS DE SITUACIONES TRAUMATICAS DE LA COTIDANEIDAD ESCRITAS COMO HORÓSCOPO DEL DIARIO DE LOS DOMINGOS, parte 1 / ? .
CLARA: las peronistas son rudas, y la rudeza puede tener varias caras. La dulzura por elección es virtud, y es rudeza en un mundo donde puede ser interpretada como debilidad. Ser parte de tu vida es un privilegio, no es derecho de nadie, y eso está bien. Crecer es darse cuenta que podes volar sin pedir permiso, sin deberle nada a nadie, al fin y al cabo, la persona más importante en tu vida sos vos.
JOAQUÍN: la lealtad tiene sus límites, no podes pedirle a nadie que se quede en tu vereda cuando les hostigas con tus acciones, constantemente. Gánate el lugar en la vida de las personas que amas. Manda ese mensaje, responde esa llamada, cumplí esas promesas. Doma tus inseguridades y entendé que la necesidad de compañía no significa, ni nunca se va a significar, la perdida de la libertad.
LUCY: nadie espera que entiendas el porqué de cada cosa, ni tampoco que justifiques tu dolor con lógica. Estás bien sola, siempre lo estuviste. No te escondas en el espejismo de protección y consuelo que te dan los narcóticos. Los últimos ocho años fueron buenos, pero eso no quiere decir que los que van a venir no lo van a ser también.
MARION: perdonar y seguir adelante no tienen por qué ir de la mano. No perdonar y guardar rencor tampoco. Tu valor no yace en cuál cálido es el espacio de entre tus piernas. Extrañar y no olvidar duele, pero duele más perder el amor a una misma, no importa cuán gradual. No hay límites para cuántas veces quieras reinventarte.
LLEWYN: las cosas no funcionan a veces.
INT. SOUL COLLEGE, ARIZONA — NOCHE
Andar por Soul en la oscuridad y en silencio le sonaba a insulto, lo mismo que encender aquel cigarrillo mientras subía por las escaleras, aunque estaba dispuesta a ignorar eso último.
Si bien la estructura se conservaba en perfecto estado, el interior del castillo se quejaba a su modo de haber estado deshabitado por tanto tiempo. A medida que Marion avanzaba, arrastraba consigo una corriente, y le erizaba la piel la claridad con la que podía distinguir voces escondidas en el silbido de sus pequeñas ráfagas, pero eso no iba a detenerla.
Lo que comenzó siendo una simple curiosidad sobre la vida de su abuelo se estaba transformando en una necesidad, la de saber qué había pasado en ese instituto. Su imaginación corría en completa libertad, era igualmente estimulante como molesto: no tenía formas de corroborar ninguna de sus corazonadas, y le molestaba el no saber exactamente porqué todos habían optado unánimes por el exiliarse de Phoenix.
¿Por qué Dublín? ¿Cómo llegaron a Nueva York?¿Por qué las puertas de Soul se cerraron con intenciones de jamás ser abiertas de nuevo? ¿Acaso había cometido un error al abrirlas con tal ligereza? ¿Había abierto la propia caja de pandora de su familia? Si ese era el caso, no quería ni siquiera entretener la idea de que la maldición comenzaría de a poco a expandirse por todos los descendientes de aquellos que alguna vez caminaron esos pasillos y construyeron sus vidas entre esas mismas paredes.
Augustus jamás habló del castillo, su vida antes de los mellizos era uno de esos temas que nadie cuestionaba. Era como si hubiese nacido ya siendo esa persona que Marion conocía, el que tenía las respuestas a todo, el que parecía haber vivido una y diez vidas, pero de quien se sabía sólo lo superficial. Muchas veces ella se sentía del mismo modo. Reservada, y cuando no, superficial, la naturaleza de un escorpio, decía, excusando su apego evitativo, sin aceptar que deseaba pertenecer de algún modo a aquella inmensa familia que siempre parecía entender cosas que ella, no.
Podrías haber traído una tabla ouija, pensó, y se le escapó una carcajada que se estancó en el aire por tanto que luego de unos segundos se sintió incómoda. No sabría siquiera por dónde empezar, se respondió a sí misma mientras entraba en una habitación, la linterna del celular alumbraba apenas por dónde ir. Fantaseó con lo imponente que sería aquel lugar iluminado y desbordado de vitalidad, quizá su vida tendría un poco más de rumbo si hubiera sido formada allí, o quizá se habría alejado del arte y hoy sería alguien completamente diferente.
Los susurros que respondían a sus pensamientos, como si pudieran oírlos o los dijera en voz alta, ya no se sentían como una amenaza, sino como una amena compañía. Era conveniente, siendo que había perdido recepción ahí dentro y, más importante, no estaba segura si quería compartir esto con alguien. Ni siquiera sabía si a alguien más le interesaría su lectura del lugar, y no tenía más paciencia para que le tildaran de exagerada.
Cada vez que abría una nueva puerta, o doblaba por algún pasillo, lo hacía con la expectativa de que algo se hiciera presente; que se abrieran los ventanales de pronto, que se cayera algún cuadro, que alguna figura se materializara del polvo o en el reflejo del vidrio, algo, lo que fuera. Pero nada de eso pasó, al finalizar la noche, seguía estando sólo ella, y sus ideas. Los fantasmas se los había inventado, y ahora se los llevaría consigo para dejarlos en algún teatro, o inmortalizados en algún filme.
Phoenix, Arizona. Jul. 16, 2021
El misterio yacía en cómo la actriz había convertido un viaje a Las Vegas en una máquina del tiempo. Parada frente a las rejas del castillo, con el sol de verano hirviéndole las ideas, se preguntó qué hacía allí.
Hacía unos meses había comenzado una especie de búsqueda como pasatiempo, basada en un secreto compartido por su abuelo en una de sus últimas conversaciones. Cualquiera hubiera pensado que era la edad hablando, pero la salud de Augustus pudo quitarle todo menos la lucidez, aún en los momentos en los que a duras penas podía modular una oración.
Se arrepentía de pocas cosas, así le había dicho, y una de esas era su hermana: Maxine. Una hermana que había dejado atrás, sin consideración alguna.
Por mucho tiempo, Marion se había enfocado en el detalle menos relevante de la historia, de que aquel hombre con el acento irlandés más marcado que había conocido en su vida, era en verdad un americano del lugar más promedio que podía existir en aquellas tierras. No iban de la mano, Phoenix y Augustus, ese había sido su veredicto al mismísimo momento de caminar por las calles que tenía la historia de su familia entera entre sus edificios.
Encontrar a Vanessa, sobrina-nieta política de la hermana en cuestión, fue una osadía; Maxine no llevaba el apellido materno, el que Augustus jamás había querido soltar, y los Werther de Phoenix no eran los de Dublín, ni los de Manhattan. Apenas había archivos sobre la familia, tan corriente que el apellido con el que Augustus había construido su legado, allí, en su origen, no resonaba en absoluto.
Broderick, por otro lado, aún ocasionaba murmullos. “El castillo está maldito”, “lo mejor que le sucedió a la ciudad fue cuando la familia se esfumó”, “¿bromeas? no fueron más que un mito.” Quizá fue por eso mismo que Vanessa supo mostrar interés en el mensaje de Marion, y su tinte de aventura, suspenso y secretos. Era emocionante, como también lo era oír sobre una de las familias que supo ser la más comentada en su momento. Y si bien Marion no tenía muchos detalles para comentar, más que aquellos rumores e historias diluidas con el tiempo que aún se comentaban cuando un grupo de parientes se alineaban en el mismo bar, su vida sabía ser más interesante que la de la otra mujer.
— ¿Podemos entrar?
— No lo creo, he vivido por la zona toda mi vida y no he visto jamás las cerraduras abrirse. Creí que, no sé, tendrías una especie de llave mágica.
Marion miró a Vanessa de reojo, ofreciendo una sonrisa llena de picardía, y una pizca de condescendencia. Tanto en Nueva York como en Dublín, brevemente también en Los Ángeles, su rostro había sido centro del ojo público, pero no ahí. Nadie sabía de ella en Phoenix, y su gusto por el vandalismo le daba un placentero cosquilleo en el estómago, las mariposas que algunas personas le adjudicaban al amor, pensaba.
Regresó esa noche, sola; ella, sus ideas, y unas pinzas. Le hizo reír la facilidad con la que las cadenas se cortaron, y entendió que las personas allí realmente creían que el castillo estaba embrujado. No había otra lógica por la que a nadie se le hubiese ocurrido hacer lo que ella en ese momento. Aunque a cada paso dirigido a la entrada, iba sintiéndolo, el peso de Soul, la intranquilidad que generaba el edificio, y el inentendible frío que le rozaba los brazos desnudos. Marion no creía en fantasmas, decía que sí en las energías, pero en el fondo estaba convencida que cada cual creaba su suerte. Lo dudo en ese momento, y aún así siguió caminando.
El candado de la puerta principal la intimidó, nadie hablaba ya de lo que había sucedido puertas adentro, en aquellas habitaciones pupilas, en las oficinas, las aulas, los pasillos. El silencio de su familia sonaba ahora como una advertencia, clara y urgente. Mantuvo el aliento captivo y lo soltó cuando el click de la pinza hizo eco a su alrededor, y así, como si nada, se encontraba dentro.
Pequeñas olas de polvo se alzaban cada que sus pies tocaban el mármol debajo, y parecía que el castillo iba, de a poco, despertando. Los cuadros que colgaban alto en sus paredes, estaban ya desgastados, aún así pudo reconocer sin problema la imagen principal. Eran Greg, Jake y Matt.
… Kyle, Sidney, Augustus, Patrick, Marion. Repitió aquello como un mantra, sin darse cuenta que lo hizo en un susurro. Quizá haciéndole saber a Soul que ella era parte, que pertenecía ahí.
El frío se convirtió en calidez, y comprendió la emoción en los ojos de Vanessa cada vez que alzaban una pregunta sobre aquella familia, esa era lo más cercano a una dinastía que Phoenix había conocido. Esa, la suya.
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yo recordando mis cuentas que no checkeo hace diez años: ehhhhhh vamos a volver a volver a volver vamos a volver
29 de Octubre de 2017. Brooklyn, Nueva York
No importaba que sonara en la radio mientras conducía, Hana siempre iba cantando. Inclusive cuando no sabía la letra de una canción, encontraba la melodía para seguirla y tararearla. Llovía en NY aquella tarde, pero ella sentía la boca seca luego de una larga noche que no recordaba del todo bien. No podía quejarse de su vida, si era sincera, no entonces al menos. Las cosas habían sabido estar peores, así que conducía en ese domingo de tormenta con una cautela despreocupada mientras entonaba rimas en la radio a un volumen que no la dejaba pensar. Sabía a dónde iba, no con certeza a qué, pero no le importó. No podía estar en casa sola con su gato ese día, necesitaba algo más. Siempre, invariablemente, necesitaba llenarse el alma de cosas nuevas: la monotonía no era lo suyo.
Estacionó, bajó del coche. Nunca se le había ocurrido atrapar un paraguas antes de salir así que corrió bajó la inevitable lluvia hasta el techo en el umbral de aquel edificio. Se mojó de todos modos, y el cabello oscuro se pegó a su rostro y el maquillaje de las pestañas se corrió un poco. La campera de jean que tenía puesta se oscureció por el agua pero tuvo suerte de llevar puestas unas botas que protegían los pies. Tocó el timbre una vez, luego otra para que supiera que era ella, más que de insistente como señal, y esperó, abrazándose un poco a sí misma. No hacía frío… si estabas seco.
Entre una nube de humo, cabizbaja, se encontraba Arlo perdido entre palabras a las que intentaba acomodar en una melodía que se le había metido en la cabeza hacía ya un par de semanas. No era su padre, no todo le fluía con esa facilidad, y lo odiaba por eso. La tormenta que azotaba la ciudad no tenía piedad por su departamento y escuchaba la gotera en el techo de la cocina que jamás le habían arreglado, y que jamás él se había propuesto arreglar. Era molesto, demasiado, y aún así sólo ponía baldes y ollas para evitar un charco en el suelo.
Suspiró con pesadez al oír el timbre, no porque le visitaran, sino por caer en la realidad de que no iba a haber progreso alguno esa noche y con la misma actitud arrojó su libreta en la mesita ratonera, entre botella y latas vacías, cajas de pizzas y colillas de cigarrillos.
— Pareces una adicta al crack, — fue lo primero que salió de su boca al abrirle la puerta de aquel edificio. No tenía malicia, pero poco cuidaba sus comentarios, lo que muchas veces resultaba peor.
Se hizo a un lado, entonces, abriéndole camino y simplemente esperó que Hana le siguiese.
—Eso,— se soltó los brazos solo para señalarlo cuando contestó su comentario, en ese mismo tono de broma que usaba él. —es racismo, amigo mío.
Entró sacudiéndose casi como un perro, moviendo los brazos en vano antes de darse cuenta que podía quitarse la chaqueta. La remera estaba mojada pero podía ser peor, o eso pensó. Conocía el lugar así que no se sorprendió por el desastre, y la expresión en la cara de Arlo le daba la idea de su frustración pero no lo señaló. Dejó la chaqueta donde pudo antes. —¿Qué haces, dónde escondiste las drogas?— Se dio media vuelta buscándolo otra vez con la mirada. Levantó una ceja antes de acomodarse el cabello húmedo con las manos. Había visto la libreta a lo lejos pero cuando capturaba esos detalles su subconsciente se guardaba los significados, y solo parecía ignorar. Le tenía terror a eso de hacer comentarios de más.
Rodó los ojos pero la comisura de sus labios secos se curvó por unos segundos, la única razón por la que decidió no retrucar fue la falta de ingenio, de no encontrar la frase adecuada para superar la broma.
—Yo no escondo las drogas, — corrigió de espaldas a ella, mientras sacaba del estante una caja de madera bastante descuidad, se leía apenas M.B tallado con cuchillo de manera desprolija, y la dejó sobre la mesa. —Sharing is caring.
En lugar de volver a su esquina del sofá, se metió a su cuarto y regresó con una camiseta en mano. —No quiero que me culpes cuando te de neumonía, — se anticipó al arrojarle la prenda.
—Creo que cuando muera será tu culpa de todos modos.
Volvió a bromear. Era probable que la comunicación entre ellos se basara en chistes internos y comentarios sin sentido, pero funcionaba, después de todo llevaban siendo amigos hacía ya algún tiempo. Atrapó la remera entre las manos y se acercó al sofá. Le daba la espalda. No se preocupó demasiado al sacarse la remera para cambiarse, y no llevaba puesto un sostén. Sucedía que era tan libre con su cuerpo como despreocupada. Había superado los complejos por la delgadez y si era sincera con si misma le gustaba su busto más que comer chocolate y mirar Netflix. No sería la primera vez que Arlo veía algo así, además.
Se sentó con la remera de él puesta, holgada en su cuerpo pequeño. Tomó la caja y se puso a armar. Allí estaba otra vez la libreta; desvío los ojos enseguida, hacia él otra vez.
—¿Estás escribiendo, interrumpo un gran momento de inspiración?
Despreocupado, se encogió de hombros y afirmó; —Puedo vivir con eso.
Había escuchado a sus progenitores en diferentes etapas de su vida decir cosas similares, estaba ya inmune a ese tipo de comentarios, y hasta los esperaba en cierto modo.
Mientras Hana se quitaba la ropa mojada, él aprovechó a buscar un par de cervezas. Tenía cierto respeto por la privacidad que había adquirido de ver mujeres entrar y salir de la casa de JD a lo largo de su infancia. Estaba seguro que aquella muchacha se sentía cómoda en su propia piel, y aún así, eso no le daba la luz verde para mirarle desnudarse como una especie de pervertido.
—No, — respondió casi de inmediato a su pregunta, los ojos fijos en la libreta. —Lo único que interrumpes son mis planes de mirar Perros de Reserva por cable.
—Cuanto lo siento, llanero solitario.- Se preguntó a sí misma si acaso un día llegaría a colmarle la paciencia con sus palabras. Aún así, armó un porro perfecto que encendió calando un par de veces y acomodándose en el sofá. Extendió el brazo para darselo luego. —Estoy bastante segura de que esto ayudará.
Se puso de pie solo para robarle la guitarra. La acomodó entre su cuerpo, casi que podía esconderse tras de ella. Los finos dedos acariciaron las cuerdas y una sonrisa se le dibujó en la cara.
—Si fuera tan buena como tú intentaría ayudarte.— Amaba cantar, y practicaba mucho pero estaba lejos de ser otra cosa que amateur.
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