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Se detuvo justo después de haber abierto la puerta y caminado un par de pasos, antes de retroceder un poco y golpear la puerta—. ¿Mejor? —indagó con cierto sarcasmo—. Te recuerdo que yo también tengo derecho de venir aquí. Incluso más que tú.
Sonrió forzosamente--. Mejor --respondió en el mismo tono antes de volver a golpear la bolsa, respirando hondo ante su respuesta--. Casi le vuelas los sesos al hijo del dueño porque no quería aceptar el trato. Además, pensé que eras alguno de esos capullos que tratan de meter las narices donde nadie los llama.
Luego de darle un cuarto golpe a la bolsa de boxeo, sintió que alguien habría la puerta del gimnasio. Extraño, pensó, ya que habían conseguido que aquél fuese un lugar exclusivo de las Nightmare Angels por las noches (próximamente, por todo el día)--. Disculpa, ¿no te enseñaron a tocar? --Escupió de mala gana, girándose a quien había entrado y cuyo rostro no se veía debido a la poca luz que iluminaba el edificio en aquellos momentos--. Es horario de práctica privada.
¿Recién es la cuarta? —preguntó con decepción reflejándose en su tono de voz y volvió su vista hacía la morena—. Me faltan dos más para romper mi récord —confirmó y tiró el bate a un lado, antes de proporcionarle una patada en el estómago a la pelirroja—. ¿Feliz? —su mirada se fijó nuevamente en Paradise, con una de sus cejas alzadas, y comenzó a caminar, alejándose de aquella desconocida—. Apresúrate, Dise, no tengo toda la noche.
Es nuestra primer noche aquí, ¿no quieres contenerte un poco? --Entrecerró los ojos, mirándole con un leve toque desafiante antes de relajar la expresión--. Recuerda por qué estamos aquí --le advirtió. Puso los ojos en blanco al escuchar su pregunta, pensando que la estaba tratando de idiota--. Me refiero a que el primer golpe debe ser en el estómago. No me tomes por imbécil, no soy Destiny --arrugó el entrecejo antes de caminar detrás de ella sin replicar. Sabía cuándo debía hablar y cuándo debía callarse.
Que no, que no puedes pertenecer a mi pandilla —masculló, explotando el globo que había hecho con su goma de mascar entre sus dientes mientras que, en una de sus manos, daba vueltas un bate de béisbol. Miró a la pelirroja que tenía enfrente, ya cansada de que le estuviese preguntando tantas veces lo mismo, y, antes de que la contraria pudiera pensarlo, Muse le dio con el bate en las piernas—. Ya, cállate, joder. Harás que quiera darme la cabeza contra una pared. Mierda —se quejó, llevando una de sus manos a su frente e ignorando el llanto de dolor de aquella desconocida—. Te arrancaré la cabeza con mis propias manos si no te callas.
Se llevó una mano a la mandíbula, pensativa, mientras veía las acciones de su líder. Rodó los ojos al mismo tiempo que exhalaba con exasperación--. Muse --la llamó con un tono de advertencia antes de que volviera a golpear a la pelirroja--. Es la cuarta a la que le pegas en la noche, ya es suficiente --enarcó una ceja antes de levantarse del pedazo de concreto en el que estaba sentada y acercarse a ella--. La próxima, dale al estómago. La dejas inmóvil inmediatamente y además no tienes que escuchar sus lamentables quejidos ya que el dolor no le permite emitir sonido alguno --susurró, mirando de reojo a la chica en el suelo.

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