Una soledad silenciosa le dijo buenos días, un lapso de descanso inoportuno con la mirada distante y casi perdida se desató. Ató su cabello con fuerza, despeinados, rebeldes y enredados, todos juntos en un rápido movimiento de dedos que escaparon de los nudos pasajeros, de rodillas también decidió buscar entre el desastre de diferentes camas propias de la realeza completamente improvisadas alguna camiseta cómoda. Salir y volver a enamorarse, predecir un vacío en el retorno taciturno a Fenton. Ah, ¡pero su desgracia era una clase de burla!, el cierre parecía trabado, con un quejido de por medio volvió a intentar, repitió aquel método de fracaso hasta llegar a un estado promiscuo de rendición contra lo artificial. Y entonces una sombra delineada parecía acercarse, ¿su salvación tal vez?, aprovechando la situación, Grace movió de inmediato sus cuerdas vocales, hablando ocultada por las paredes de tela coloreada— ¡Hey! —se aclaró la garganta, ah, ¿cómo no sonar asquerosamente torpe ahora? Movió las manos en el dibujo de sombras, el fantasma de cierto toque divertido innecesario pero adecuado— Hey, sí, sé que sonará raro, pero estoy… encerrada, sí, no puedo abrir el maldito cierre, ¿podrías… ayudarme? —comenzó, el ceño se le fruncía de tan sólo escucharse, así que añadirle la ironía a su situación era una medicina dulce y bastante pasable— O bueno, no sé, hacerme compañía al menos, demonios.
Un cigarro y un alba nuevo era la medicina para su mal despertar y la pesadilla filtrante que su mente le había obsequiado cuando la luna abrigo aquel altar de mala muerte donde debía dormir. Con un andar ligero y despreocupante, su calma interna y ambientar fue destrozado por el llamado de auxilio de una damisela en apuros. Él era todo lo contrario a un príncipe, más bien seria el perro vagabundo de aquel flim que, con mucha suerte, recordaba el nombre. Se acercó al bulto de telas coloridas dándole una calada a su cigarro y se puso de cuclillas frente a la entrada de la misma. Oyó las palabras ajenas, aquella voz femenina tan conocida… tan… ¡Grace! Oh, pero claro que se trataba de aquella inglesa, ¿De quién si no? Contuvo su risa y asintió levente. Sacar provecho de la situación le hacía agua en la boca, pero a pese a eso, la pelinegra le caía bien, bueno, al menos un poco. Dejo salir el aire y junto con el una tonada ronca (sin querer) — Graeis, mi cielo, ¿Por qué te persigue la desgracia? —Cuestionó un tanto dramático, apagando el cigarro contra mugriento pavimento. Llevó sus dedos hacia el cierre, comenzó a forcejear con el. — Te diré qué, hacerte compañía es algo muy tentador, pero yo gusto de verle la cara a la gente, así que… —Un tirón bastó apara decirle hola a la primer abertura de la carpa, ¡El príncipe vagabundo había llegado al rescate! — Ahí tienes, princesa en apuros, he matado a el dragón que te aprisionaba en este… —Al terminar de abrir la carpa observó su interior, descubriendo que la verdadera bestia vivía adentro de su tienda. — Chiquero. —Concluyó para luego dedicarle una sonrisa lasciva, de aquellas que decían todo y nada era de lo que daba a entender era concreto, y en un movimiento suave le dedicó su mejilla y apunto con su dedo la misma — Mi recompensa.















