Correr en círculos vs. avanzar con dirección
Una idea se me quedó clavada: hay dos formas de moverse. No todo movimiento es avance. La física lo dice con elegancia—velocidad no es desplazamiento—y yo lo traduzco a mi vida como correr en círculos versus avanzar con dirección. Muchas veces hago mucho y, en el fondo, no avanzo. Hacer, descubrí, no siempre es progresar.
Mi epifanía llegó después de un largo período de hiperactividad con pocos resultados, también estoy leyendo un libro titulado -Pasa a la acción- de una escritora argentina llamada Sofía Contreras. Soy obsesivo con los sistemas, me considero racional y lógico de un modo que en la práctica no resulta útil. Empecé a notar que, bajo la apariencia de orden y eficiencia, estaba dejando de vivir. Dedicaba horas a organizar objetos y información de forma casi religiosa, mientras aplazaba lo que de verdad importa: Vínculos, familia, presencia. El perfeccionismo me estaba y me sigue costando vida.
Una escena concreta me lo reveló: La acumulación de microfacturas, metódicamente capturadas y volcadas en Excel para “conocer mis hábitos” y tomar aparentemente mejores decisiones. En teoría suena disciplinado. En la realidad, me sentía frustrado, agotado por listas interminables, sin energía para lo esencial. La complejidad autoimpuesta se convertía en un muro: Tanta preparación que al final no hacía nada.
Otra obsesión: el orden perfecto de mi ropa, inventarios de cosas en casa, la idea de que cada objeto debería terminar en las manos precisas de quien más lo necesita. Lo noble se volvió trampa. Mientras buscaba esa “entrega ideal”, estaba sacrificando tiempo que podría usar para generar un impacto mayor. En vez de perseguir el ajuste milimétrico, podría dedicarme a crear capacidad y poder adquisitivo para regalar zapatos nuevos en algún momento.
Esta lógica se extiende a mi relación con el desperdicio. Me criaron con la idea de no desperdiciar comida, de no desaprovechar nada porque todo cuesta. Ese impulso, llevado al extremo, se convierte en FOMO: miedo a que algo útil se pierda. El costo de oportunidad es tremendo. Acumular cosas, papeleo, datos, implica esfuerzo continuo, disminuye la tranquilidad y roba libertad. Descubrí que hay un precio enorme en no soltar.
El trabajo en la veterinaria también me iluminó el patrón. He invertido una cantidad monumental de tiempo organizando papeles de hace cuatro años, perfeccionando registros y procesos. Sí, hay valor: nuestra clínica se diferencia por reportes claros, por la calidad del servicio y la reducción de problemas con tutores. Pero también vi el lado oscuro: el círculo vicioso de sentirse ocupado sin avanzar. El equilibrio entre orden útil y perfeccionismo estéril es sutil. Muchas horas “productivas” eran, en esencia, vueltas en la pista.
El mismo patrón aparece con la información. Tengo una afinidad profunda por acumular datos: recibos, registros, métricas. Me seduce la idea de que, con inteligencia artificial, podré extraer patrones y tomar mejores decisiones. Puede que sí. Pero mientras acumulo sin actuar, caigo en parálisis por análisis. Lo único que hago es recolectar. No decido, no muevo el marcador de lo que importa.
Hay decisiones postergadas que gritan avance real: Cuidar mi cuerpo, ir al médico—años aplazándolo—y concederme descanso sin culpa, incluso si hay desorden. Compartir más con mi hijo, asumir la complejidad familiar y estar dispuesto al esfuerzo que implica estar presente. Escribirle cartas, contarle historias de mi niñez. Dar prioridad a vínculos que, en la balanza final, pesan más que cualquier inventario.
En el negocio, la falta de acción es evidente: llevo cuatro años y nunca hice un balance. No sé con precisión cuánto gasto o gano. Eso me pone en riesgo. Soy capaz, inteligente, competente; aun así me siento estancado. Veo gente avanzar sin saber tanto como yo. La diferencia no es conocimiento: es su tendencia a actuar mientras yo corro en círculos.
Una línea destacada que me repito: “Hacer no siempre es avanzar.” Y otra, quizás más dura: “El orden perfecto puede ser una forma elegante de procrastinar lo importante.” Detrás de mis hábitos rígidos hay una búsqueda de control. Me aferro a lo que puedo manejar—cajones, hojas de cálculo, inventarios—para evitar decisiones que requieren valentía. Pero esas decisiones son las que despejan el camino.
He empezado a notar qué sí me desplaza: descansar y desactivar la preocupación, priorizar vínculos, ser representativo para otros seres humanos, estar sano, decir que no a la acumulación que me roba tiempo, y decir que sí a acciones con impacto —como hacer el primer balance del negocio, ordenar los números, llamar a mi hijo, y tirar la comida cuando ya no conviene conservarla. Soltar no es perder; a veces es la única manera de ganar espacio para vivir.
Quiero moverme menos y avanzar más. Manipular mi destino no con más datos, sino con mejores decisiones. Dejar de exigirle a la vida una garantía de información total antes de cada paso. Escuchar más al corazón y aceptar la incertidumbre que viene con actuar. Menos miedo, más dirección.
Si al final de la vida hago un recuento, no quiero celebrar la perfección de mis archivos o la exactitud de mis inventarios. Prefiero recordar las llamadas hechas, los riesgos asumidos, los descansos que me devolvieron presencia, los pacientes bien atendidos, las cartas escritas, los pasos que, aunque imperfectos, me sacaron de la pista circular y me llevaron a algún lugar que valió la pena. Porque el avance, a diferencia del movimiento, deja huella.