Hay días en que sólo quiero recordar los episodios chotos del vínculo. No registro tanto los grandes momentos. Hoy me gritó Juan Manuel y lo toleré bastante, le pedí que no me grite y que no sea desubicado. No me acuerdo otras cosas que le dije pero algunas más fueron estoy segura. Después seguimos trabajando. Me tomé el té con leche que me había preparado de un saque.
Cuando se fue, vino Rosa a decirme “que paciencia que le tenés” “yo tenía una pareja que también me gritaba”
Crack. Mi cabeza.
Claro, me estoy acostumbrando a esto. Ya pasó tantas veces en estos años que, aunque le pida que no lo haga, sigue igual. La frecuencia creo que es muy limitada. Pero el darme cuenta de que nunca cambia, me hizo llorar.
Y no por mi misma, sino porque el afuera me lo grita (válga la redundancia).
Otra vez soy la peor, la vaga, la que no hace nada, la que vive de arriba. Siempre los ataques son con esas cosas. Que claramente sabe que me hieren y me confunden un montón.
Las ganas de salir corriendo que me dan. Se me retuerce la lágrima en el ojo.
Cuantas veces, cuánto tiempo, puedo soportar la humillación? Porque? Para que?
Lo más tremendo es que no quiero sentirme victima. Quiero poder cambiar todo. Quiero volver a confiar. Quiero estar.
Soñé que me quería pegar. Y yo me quedaba mirando fijo a ver hasta donde llegaba. No lo hacía. Pero me daba mucho miedo.
Tengo miedo. Me arrastra a lugares tan incómodos esto. No puedo entender nada. No se cómo resolverlo. Hoy no tengo soluciones. Solo catarsis y duelos.















