Dibujo de la portada del au "Fuera de juego" de Miss_Mersa (su nombre en Twitter)
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we're not kids anymore.

祝日 / Permanent Vacation
YOU ARE THE REASON

⁂

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@cornudaa
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Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
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Horacio despierta💖
Aquí tratando hacer animación xdd

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we were talking abt alt lukanette in ash's server and
Volkacio <3
Los celos son malos 😛
Q risa ver a gente q conozco de twitter aqui porq se nota que aun no entienden muy bien como funciona tumblr y lo utilizan como si fuera tw JSJSJ
Si les puedo dar unos consejos y los quieren tomar, aqui van:
• En tumblr si te gusta algo le das REBLOG, no le das solo fav. Los favs no cuentan en el algoritmo asi que si quieres apoyar a la gente debes dar reblog.
• Si quieres comentar algo al respecto (por ejemplo, decir que el dibujo esta muy bonito) lo escribes en los HASHTAGS. No en el reblog. Por lo general eso se hace si quieres añadir algo a la conversacion. Los comentarios no se usan mucho.
• Tu blog es como tu espacio personal. Llenalo, mierda. Den reblog a todo lo que les gusta. Dibujos, escritos, analisis, gifs. Lo que sea. Que alguien entre a su perfil y se pueda dar una idea del tipo de persona que eres.
• Por favor informense de la cultura de tumblr lol. Aqui te haran burla si te identifican como ex twitter user.
• Aqui no hay discursos, no eres especial por ser queer (todos lo son), no hay necesidad de censurar palabras, y aqui no hay funas ni bardos. Acostumbrense.
• Aqui el bloq no es la gran cosa xd
• Aqui hay muchos bots. Si no personalizas tu blog, probablemente te den bloq porque pensaran que eres uno. Ponte una foto de perfil, cambiate el nombre, y ya con eso probablemente estes bien.
En fin. Pasenla bien y sean respetuosos y chidos. :D
H Director 🛐✨
Directo desde Twitter, les dejo un cómic que hice! Poco a poco voy a ir mudando los dibujos de ahí para acá ♥️

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Kitty toys 😸💖
Horacio por favor despierta :")
🔞Volkacio🔞
𝑀𝑒𝑟𝑔𝑒𝑑 𝑠𝑜𝑢𝑙𝑠
"And in the middle of the night, I found myself admiring you and loving you. It's been a long path, but, oh, honey, our souls became one tonight."
⚠️: V!Bottom
☀️⊶⊷⊶⊷⊶⊷≪🌒≫⊷⊶⊷⊷⊶⊷☀️
La mano de Horacio se pasea con suavidad y lentitud por los brazos de Volkov, explorando cada parte de éstos; bajando hasta los antebrazos y encajando sus dedos con los de su novio una vez llega a tantear el inicio de su palma; un contacto que termina por brindarle al subdirector la confianza y seguridad que necesita para continuar con aquello que habían hablado, discutido y hasta analizado luego de que él mismo lo pidiera.
Se besan y se aman con cada toque y caricia; profesando su cariño y devoción por el otro sin necesidad alguna de palabras.
Volkov siente la delicadeza con la que Horacio le trata; como lo hace normalmente él en las sesiones de sexo que tienen. Y lo agradece, porque es completamente inútil negar que los nervios no le presionan el pecho y le hacen aferrarse aún más a la existencia de Horacio; apretando con cuidado el agarre en su mano y buscando ese tacto que, sabe, le otorgará calma y una vía rápida para volver a la realidad.
Es en vano, también, creer que en ningún momento se tensará o que su mente no le traicionará, con esa molesta vocecita de la inseguridad, y que hará que cambie de parecer en el último momento.
La espalda de Volkov toca el colchón y las suaves sábanas que decoran su superficie. Los labios de ambos se separan, buscando oxígeno y un corto descanso para sus pulmones. Es algo inevitable, ya, cómo Viktor se descubre, hoy, ayer y todas las noches que pasa junto a Horacio, admirando la belleza que el director federal posee; esa que le hace perderse en su universo de pecas, en su océano de cabellos coloridos y en el intenso y encantado brillo que rutila en sus pupilas heterocromáticas. Una hermosura culpable de acelerar sus latidos y enamorarle otro día más del dueño de su atontado corazón; repleto, de píes a cabeza, con maravillantes imperfecciones, manías y enloquecedores detalles que sólo Volkov cree ser capaz de notar.
Horacio le besa los labios, la mejilla, el cuello y los homrbos. Lo hace lento; tomándose su tiempo y disfrutando de los bajos jadeos que su novio no tiene vergüenza en dejar salir. Sonríe en mitad de su recorrrido, feliz de saber que Volkov está disfrutando; objetivo principal del director esa noche.
Los botones de la camisa de Volkov se desprenden y Horacio mima su pecho, las cicatrices y las marcas de cada rincón de su cuerpo; barriendo los malos recuerdos del pasado para dar paso al futuro incierto que recorrerán juntos. Sin saberlo, Horacio disipa sus miedos y preocupaciones, haciendo que Volkov se adentre y pierda en un infinito paisaje de calma, excitación y cariño al que su pareja logra transportarle con cada beso y cada toque provisto sobre su piel.
Se deshacen de las prendas con una lentitud tortuosa que les permite disfrutar de los segundos transcurridos; la intimidad reinando como único soberano del ambiente que envuelve toda la habitación de ambos federales.
Las manos de Volkov acarician los flancos del cuerpo de Horacio, prestándole especial atención a su cadera, y consquistan cada centímetro hasta que sus dedos recorren la verticalidad de su espalda; delineando la columna vertebral de su pareja mientras sus labios besan, con cariño y adoración, la clavícula de Horacio.
El director le da un último beso en los labios y le mira. Le observa buscando alguna pizca de negación o de un arrpentimiento repentino; esos que pueden volver un momento mágico en un recuerdo amargo y desagradable, capaz de revolver estómagos y crear feas muecas en la cara.
Pero, en cambio, encuentra las tonalidades azules fusionadas con las grises en los ojos de Volkov; las mesetas y abismos que se crean en sus iris, y el reverbero de la luz lunar sobre ellos, porque, junto a Horacio, Volkov ha perdido todas las inseguridades que tenía y ha dado lugar a la confianza y convincción.
—¿Seguro? —le murmura el director, rozando sus narices en un beso esquimal que hace sonreír a Volkov y cerrar sus ojos; disfrutando la cercanía que se encuentra experimentando con Horacio.
—Contigo siempre estoy seguro, Horacio... —responde, bajo y antes de abrir los ojos nuevamente; incapaz de destrozar el cómodo ambiente que los acoge, entremezcla y danza a la perfección junto con la calidez que desprenden ambos cuerpos desnudos; colmantes de amor y cariño.
El director le sonríe y asiente levemente. La distancia entre sus labios vuelve a romperse; creando una pequeña y dulce distracción que Horacio aprovecha para ingresar, con lentitud y cuidado, en su pareja.
Volkov se tensa, víctima del repentino pico de dolor que le ha navegado el cuerpo entero en cuestión de segundos. Los movimientos de sus labios se detienen y su ceño se frunce por consecuencia. No hace falta que el subdirector diga nada para que Horacio entienda lo que está sintiendo su novio; deteniendo su ingreso.
Aguantan unos segundos, conscientes de que Volkov debe acostumbrarse, aunque sea un poco, a la nueva intromisión antes de continuar.
—Tú dime, amor —dice Horacio.
Volkov asiente y busca hacer uso de ejercicios respiratorios para relajar su cuerpo y quitar su mente del ardor que aún experimenta. Siente los besos de Horacio por sus labios, mejillas y ojos; queriendo distraerlo y elimiar las tensiones que tienen el control del cuerpo de Volkov.
El agarre a la espalda de Horacio se suaviza y Volkov da un último respiro; verbalizando el "Continúa..." que le da luz verde al director para retomar su recorrido hacia adentro, repitiendo el proceso anterior al estar completamente unidos.
La zurda de Volkov se atreve a viajar hasta la nuca de Horacio. Se miran. Se miran como hicieron hace cinco minutos, como lo hicieron hace dos días y como lo harán toda la vida.
—Te quiero —dice Volkov; contemplando como la mirada de la naturaleza que posee Horacio se alterna entre ambos de sus ojos.
El director termina, finalmente, juntando sus frentes y ambos cierran los ojos. —Yo también te quiero, ruso guapo... —murmura. Con suavidad comienza sus movimientos de cadera, complementándolos con incontables besos regados por toda la cara de Viktor—. Hermoso... —sigue diciendo; en jadeos a pesar de estar marcando un ritmo lento—. O-Oxidado...
Volkov se permite dejar escapar una risa que pronto se transforma en un gemido de placer. Sus uñas se aferran a la espalda alta de Horacio; expresando, con sutiles marcas sobre la piel del director, la transformación de su dolor e incomodidad en goce y delectación que todo su él experimenta.
Las estocadas comienzan a acelerarse, los gemidos aumentan hasta crear una sonata de sus nombres en mitad de la silenciosa noche, y sus almas se fusionan, una vez más y como siempre lo han estado, en una sola.
—Ho-Horacio... —logra suspirar Volkov en mitad de su tormenta de sensaciones y sentimientos; bombardeado, también, por las gotas de sudor que recorren su cuerpo como una plaga.
—Te quiero, te quiero —responde Horacio con la voz agitada y entrecortada. Se acerca y besa sus labios una vez más—. Te quiero —repite contra la boca de su pareja—, muchísimo. Demasiado.
La antesala del orgasmo se le arremolina a Volkov en el vientre bajo; cosquilleante y burlón. Es incapaz, a estas alturas, de concentrarse para poder formular una frase coherente, así que simplemente se deja arrastrar por todo aquello que Horacio le hace sentir cada vez que están juntos.
El subdirector siente el clímax avecinarse. Busca con desesperación la mano derecha de Horacio y entrelaza sus dedos. Juntan sus labios nuevamente y el beso logra atrapar y ahogar el último gemido que le vibra en la garganta a Volkov.
Horacio no tarda en seguir el mismo destino que su pareja luego de unas pocas estocadas más; dándoles un tiempo a ambos a calmar y estabilizar sus respiraciones antes de salir.
El director se deja caer en la cama y Volkov, ganado por la necesidad de contacto e ignorando el cansancio, le envuelve con sus brazos; besando sus hombros con dulzura y cariño. Horacio ríe, encantado por la mimosa actitud que su novio siempre adopta en esas situaciones.
Entrecajan sus piernas entre las del otro y se aferran al cuerpo contrario; aspirando la extraña combinación entre sudor y los aromas que desprenden naturalmente, besando las pecas y lunares de la piel que tienen a su disposición, y juntando sus pechos; donde sus corazones se sincronizan y sus almas se mantienen unidas.
Se quedan unos segundos en silencio; deleitándose con los casi imperceptibles cantos de las cigarras del patio, la suave respiración del otro, y los bajos chasquidos que resuenan cada que dan un nuevo beso.
—Te quiero —susurra Volkov contra el hombro de Horacio.
El director sonríe y mima, por instinto, los cabellos de su pareja. —Yo también te quiero, mi ruso precioso —corresponde; feliz, enamorado.
La noche se les acaba cuando cierran los ojos y se preparan, como el alma en conjunto que son, para recibir al próximo día que les depara el futuro; escribiendo su historia juntos en la nueva página en blanco de sus vidas.
~𝓣𝓱𝓮 𝓮𝓷𝓭 ~
• as brother, as lover, as son
• vlkc angst
El disparo llegó hasta sus oídos cuando las llantas del coche derrapaban en la gravilla del camino, presionó las manos sobre el cuero del volante, mientras se convencía a sí mismo de que había sido un disparo al aire, de que era imposible que ninguno de ellos tres podía haber hecho aquello, ninguno podría haber disparado. No.
El disparo llegó hasta sus oídos como un fantasma del pasado, un grito enterrado en mitad de sus recuerdos, llegó como las lágrimas que había enterrado en lo profundo de su ser, porque sabía que no había sido un disparo al aire aún cuando trataba de convencerse de lo contrario.
Antes de que el auto se detuviera observó la imagen, y las lágrimas se cortaron tan súbitamente como habían llegado, mientras se bajaba del auto, ocupando las manos en buscar la pistola que llevaba consigo.
— ¡Dejadle! — exclama, apuntando el arma en dirección a las dos personas que aún están conscientes. — ¡Que le dejes ya, joder! ¡Capullo! ¡Atrás, anormales, o les pongo una puta bala entre las cejas! — continúa, mientras se acerca hasta el pequeño desastre que se ha formado allí, ese que ha empezado cuando el disparo llegó hasta sus oídos. — ¡Pidan un 10-38! ¡Ya! ¡Y he dicho que lo sueltes, puto ruso de los cojones, déjalo ya!
— Я не могу... это мое солнце... я не могу отпустить... (No puedo... es mi sol... no puedo soltarlo...) — susurra él, forzándose a traducir las palabras que se deslizan entre sus labios, justo como la tibia sangre entre sus dedos. — N-no... no puedo...
Conway finalmente baja el arma al descubrir que tanto Volkov como Gustabo -o Pogo- han olvidado sus armas en mitad de la tierra manchada de sangre bajo ellos, ambos de rodillas, con manos temblorosas y ojos que tratan de apartar lágrimas.
Quizás no quiso verlo, porque era demasiado doloroso, porque se le partía el corazón, o lo poco que quedaba de él, pero sus ojos finalmente enfocaron la escena completa mientras se unía a los otros dos hombres allí.
Las manos de Volkov, al igual que las mangas de su sudadera, estaban manchados con la sangre que surgía a borbotones del pecho de Horacio, quien parecía tratar de aferrarse a los antebrazos del ruso, mientras lo miraba, con ojos cristalizados, el verde y el miel demasiado tenues mientras se forzaba a sonreírle.
— ¿H-Horacio...? — susurra el rubio de pronto, con la voz ahogada, y los ojos del chico de cresta lo miran a él. — ¿... qu-qué...? — continúa, con las manos aún temblorosas presionándose sobre las de Volkov. — ¿... qué pasó? ¿Dónde estamos...? — inquiere, aún volviendo en sí, siente la sangre tibia manchar su piel también. — ¿... quién hizo esto? — cuestiona, ladeando la cabeza para observarlo mejor, más demacrado y cansado desde que lo vio la última vez que... desde la última vez que se fue a dormir, y sabe perfectamente la respuesta cuando una de las manos de su hermano, demasiado fría, se posa en su mejilla. — No... no fui yo... no lo hice yo, hermanito, de verdad...
— ... lo sé... — suelta, tan bajito que parece que no parece real, y le observa los ojos, descubriendo otra verdad, descubriendo porque Pogo lo dejó despertar, después de tanto tiempo, y las lágrimas en sus ojos azules caen sobre el pecho de Horacio, mezclándose con la sangre que no ha parado.
— Lo siento... — murmura, presionando la mejilla contra la mano de Horacio, que vuelve a sujetarse del antebrazo de Volkov. — lo siento...
— Deja de mascullar gillipolleces — regaña la voz de Conway, cuando por fin ha decidido hablar. —, ve a por un 10-38, a la de ya, anormal. — y Gustabo no quiere apartarse de su hermano, porque siente que en cuanto deje de verlo desaparecerá, pero termina por obedecer, dando trompicones hasta el auto, en busca de una de las radios de policía. — Horacio, vas a estar bien, super nena, solo aguanta un poco más, ¿bien? Mírame, no te vayas a dormir.
— Super... — llama, buscándolo con la mirada, pero es que siente el calor en todo el cuerpo, demasiado agradable como para resistirse a él, así que termina por cerrar los ojos, dejando que el calor lo consuma desde aquel lugar en el pecho donde las manos del comisario presionan el latir de su corazón, escucha voces distorsionadas mientras se concentra en escuchar el latir de su corazón en alguna parte de su cuerpo, escucha la voz de Conway, pidiéndole que se quede despierto, la de Volkov murmurando palabras en ruso, y a Gustabo gritando algo sobre números que casi parece recordar.
Y todo parece un vago recuerdo de su vida, desde la época en la que vivió en la calle, desde que Gustabo lo cuidaba, y todo da un salto, mientras pasa por los recuerdos de su primer beso, y el primer piercing, hecho por su hermano, escucha voces de fondo, llamándole "marica", "subnormal", "retrasado", y salta hasta su primer día en Los Santos, como basurero y como buzo, y escucha la risa de Segismundo, a Trujillo y Pablito.
Escucha su propia risa, mezclada con la de su hermano, las canciones en la radio del Z a todo volumen mientras conduce, a Torrente, y a Emilio, tiene el destello de unos ojos azules que buscan los suyos mientras murmura algo sobre no estar listo, un doctor que le sonríe con dulzura mientras le extiende una paleta, la voz de Greco y su risa.
Vuelve en sí con un suspiro, abriendo los ojos de par en par, descubriendo el rostro del ruso apartándose del suyo, y la sangre en sus manos que ha puesto sobre su rostro. — No vuelva a asustarme así, Horacio, por favor. — pide, y aunque trata de sonar severo, la voz suena demasiado ahogada.
— N-no... — alcanza a soltar con el poco aire que siente en los pulmones, que para ese punto ya no son más que dos masas pesadas dentro de su pecho.
Busca con la mirada a Conway, quien es el encargado de cubrirle la herida en el pecho lo descubre allí, sin las gafas oscuras y con la expresión más desesperada que ha visto en su rostro nunca, pero los ojos de Horacio prefieren mirar a la mujer de pie tras él, tiene el cabello de un color que más que rojo parece naranja, y una mirada dulce que lo calma, aún cuando sabe perfectamente quien es.
— Eh, jotito, vámonos ya. — escucha de pronto, descubriendo a Pablito de pie a un par de pasos de él. — Yo sé que le gusta hacerse el mártir, pero se nos hace tarde. — insiste, dándole un toquecito a su pie, los ojos de Horacio se llenan de lágrimas entonces y el mexicano resopla. — Esto se va a resolver mucho más fácil sin usted, jotito, créame.
— No me gusta admitirlo, pero el delincuente tiene razón. — concuerda la voz de Torrente a su lado, inclinado sobre el hombro del ruso. — Buenas, Horacio, pensé haberle dicho que fuera con 10-3.
Y quiere disculparse con ambos, pero no tiene voz, se le ha escapado con el escaso aire que no logra contener, y siente que si habla, la sangre que se le ha acumulado en la boca saldrá a borbotones también.
— Está bien, Horacio — murmura entonces la mujer, con voz angelical, dulce. —, de verdad, puedes venir con nosotros. — continúa, sin dejar la sonrisa apaciguadora de lado. — Ya cuidaste de mi esposo y de mi hijo, ahora yo puedo cuidar de ti... — susurra, y Horacio cree que la mirada que tiene en los ojos azules es exactamente la que debería tener una madre, su madre.
Asiente quedamente, convencido de que ya está, de que eso es todo, está en el final de la línea, sostenido solo por la idea de que quizás debería vivir un poco más, solo un poco.
— Gu... Gustabo... — llama para cuando el rubio ha vuelto a inclinarse hacia él, y tal y como ha temido, la sangre en su boca desborda un poco entre sus labios, pero eso no le impide continuar hablando. — tu... tu mamá... — continúa, encontrando el rostro pintado de blanco a su lado. — Ju-Julia... — susurra, mirando fugazmente a Conway. — es... es... muy linda...
— ¿Cómo? — inquiere el rubio, con el ceño fruncido.
— La... la con-conocí... — continúa, tratando de usar tan poco aire como puede. — y a... Torren... te... — dice, mirando al ruso forzando una sonrisa. — le... le extra... extrañaba...
— No diga eso, Horacio — pide el comisario. —, no diga ese tipo de cosas... se lo prohíbo... — insiste, y el de cresta descubre que tiene la nariz ligeramente roja, al igual que los ojos.
— Sea... — empieza, moviendo la mano hasta ponerla sobre la más pálida. — sea... muy... muy feliz...
— Horacio, se lo advierto — suelta Volkov. —, lo voy a degradar.
Quiere reírse, pero su cuerpo no tiene fuerzas, ni siquiera para sostener la mano sobre la calidez de la piel del ruso, así que la deja caer, mientras se concentra en respirar, pesadamente, el sonido de su corazón contra los tímpanos casi es imposible de encontrar, así que toma todo el aire que puede para poder hablar.
— Pa... papu... — llama, con los ojos cerrados, porque ni siquiera puede mantenerlos abiertos. — sem... semper fi... — asegura, con una sonrisita.
— Cállate, no te estás despidiendo, anormal, has salido de peores, y vas a salir de esta. — asegura, aunque quizás está tratando de convencerse a sí mismo. — Horacio, coño, ¡no te duermas! ¡¿Me oíste?! ¡No te puto duermas! — exclama, y el de cresta asiente quedamente, aunque ni siquiera sabe con exactitud lo que ha dicho, y con las últimas energías de su cuerpo, mira a Gustabo, quien le mira de vuelta, con los ojos azules siendo claros, los ojos de Gustabo, no de Pogo.
— Gracias... — murmura, y mientras los ojos se le cierran, y el latir de su corazón finalmente desaparece de sus tímpanos, les sonríe a los tres hombres allí.
Y se ha despedido, finalmente.
Ha dejado de ser, y se ha despedido, no como Horacio, con H de ser el Héroe de la ciudad, sino como un hermano, un amor y un hijo.
Y Volkov vuelve a presionarle la nariz, aún con el rastro de sangre en las manos, y apoya sus labios juntos, tratando de darle algo más de aire, algo más de tiempo juntos, y lo hace, una vez, y dos y tres.
Pero Horacio ya no es, y ya no está, al menos no por completo.
— Horacio... — llama Volkov, tirando de su cuerpo para acomodarlo sobre su piernas, deslizando los dedos entre las hebras de la despeinada cresta. — Солнце ... бабочка ... вернись ... (Sol... mariposa... vuelve...) — y se inclina, para presionar sus frentes juntas, en un intento de guardar el calor del cuerpo contrario. — Lo siento tanto... ese disparo era para mí, tuvo que haber sido para mí... — continúa, mientras las lágrimas finalmente dejan sus ojos. — Это было взаимно... (Era mutuo...) — susurra, avergonzado. — Это было взаимно, но я не был готов... (era mutuo pero no estaba listo...)
— Esto es culpa suya. — descubre Conway de pronto, aflojando el agarre sobre el pecho de Horacio. — Es culpa suya... — repite, mientras Volkov y Gustabo lo miran, confundidos. — tú lo mataste — dice, mirando al rubio. —, y recibió la bala por ti. — continúa, observando a Volkov. — Mi... mi hijo murió por ustedes dos, es culpa suya.
— Conway, — llama Gustabo, con la voz aún temblando al salir de sus labios, no tenía lágrimas por derramar, Pogo estaba volviendo a llamarle desde lo profundo de su cabeza. — no se ponga violento, ¿eh?
— Podría — admite en voz baja. —, pero no, porque van a llevarse esta muerte a sus espaldas, ambos recordarán siempre que la muerte de Horacio no fue culpa de nadie más que suya. — murmura, mirando sus propias manos, tan demacradas, viejas y manchadas de sangre, con esa tan fresca que se deshace cuando las lágrimas le caen sobre las palmas. — Es culpa suya. — insiste, dejando que las lágrimas le rueden por las mejillas, incapaz de contenerlas para cuando vuelve a ver el rostro de chico, con la sangre resbalando entre sus labios entreabiertos, y manchando toda su ropa, desde aquel agujero en su corazón.
La idea casi lo hace echarse a reír, porque es casi una puta broma, una broma de ese universo tan desalmado que lo odia con cada célula en su infinita existencia.
Casi puede echarse a reír porque asesinaron a Horacio, su hijo, con un agujero en su corazón, en su gran corazón.
Y en realidad cree que no hay otra forma de que su chico se hubiese ido, la única forma era esa, abriendo un agujero en su gran corazón.
Todo terminaría un par de semanas luego, cuando Gustabo, quien había desterrado a Pogo de su mente, finalmente delató los planes de la mafia.
Terminó un par de semanas después, con todo el cuerpo de policía de Los Santos rindiendo homenaje a Horacio, el héroe de la ciudad.
El hermano, el amor y el hijo.
• as brother, as lover, as son
• vlkc angst
El disparo llegó hasta sus oídos cuando las llantas del coche derrapaban en la gravilla del camino, presionó las manos sobre el cuero del volante, mientras se convencía a sí mismo de que había sido un disparo al aire, de que era imposible que ninguno de ellos tres podía haber hecho aquello, ninguno podría haber disparado. No.
El disparo llegó hasta sus oídos como un fantasma del pasado, un grito enterrado en mitad de sus recuerdos, llegó como las lágrimas que había enterrado en lo profundo de su ser, porque sabía que no había sido un disparo al aire aún cuando trataba de convencerse de lo contrario.
Antes de que el auto se detuviera observó la imagen, y las lágrimas se cortaron tan súbitamente como habían llegado, mientras se bajaba del auto, ocupando las manos en buscar la pistola que llevaba consigo.
— ¡Dejadle! — exclama, apuntando el arma en dirección a las dos personas que aún están conscientes. — ¡Que le dejes ya, joder! ¡Capullo! ¡Atrás, anormales, o les pongo una puta bala entre las cejas! — continúa, mientras se acerca hasta el pequeño desastre que se ha formado allí, ese que ha empezado cuando el disparo llegó hasta sus oídos. — ¡Pidan un 10-38! ¡Ya! ¡Y he dicho que lo sueltes, puto ruso de los cojones, déjalo ya!
— Я не могу... это мое солнце... я не могу отпустить... (No puedo... es mi sol... no puedo soltarlo...) — susurra él, forzándose a traducir las palabras que se deslizan entre sus labios, justo como la tibia sangre entre sus dedos. — N-no... no puedo...
Conway finalmente baja el arma al descubrir que tanto Volkov como Gustabo -o Pogo- han olvidado sus armas en mitad de la tierra manchada de sangre bajo ellos, ambos de rodillas, con manos temblorosas y ojos que tratan de apartar lágrimas.
Quizás no quiso verlo, porque era demasiado doloroso, porque se le partía el corazón, o lo poco que quedaba de él, pero sus ojos finalmente enfocaron la escena completa mientras se unía a los otros dos hombres allí.
Las manos de Volkov, al igual que las mangas de su sudadera, estaban manchados con la sangre que surgía a borbotones del pecho de Horacio, quien parecía tratar de aferrarse a los antebrazos del ruso, mientras lo miraba, con ojos cristalizados, el verde y el miel demasiado tenues mientras se forzaba a sonreírle.
— ¿H-Horacio...? — susurra el rubio de pronto, con la voz ahogada, y los ojos del chico de cresta lo miran a él. — ¿... qu-qué...? — continúa, con las manos aún temblorosas presionándose sobre las de Volkov. — ¿... qué pasó? ¿Dónde estamos...? — inquiere, aún volviendo en sí, siente la sangre tibia manchar su piel también. — ¿... quién hizo esto? — cuestiona, ladeando la cabeza para observarlo mejor, más demacrado y cansado desde que lo vio la última vez que... desde la última vez que se fue a dormir, y sabe perfectamente la respuesta cuando una de las manos de su hermano, demasiado fría, se posa en su mejilla. — No... no fui yo... no lo hice yo, hermanito, de verdad...
— ... lo sé... — suelta, tan bajito que parece que no parece real, y le observa los ojos, descubriendo otra verdad, descubriendo porque Pogo lo dejó despertar, después de tanto tiempo, y las lágrimas en sus ojos azules caen sobre el pecho de Horacio, mezclándose con la sangre que no ha parado.
— Lo siento... — murmura, presionando la mejilla contra la mano de Horacio, que vuelve a sujetarse del antebrazo de Volkov. — lo siento...
— Deja de mascullar gillipolleces — regaña la voz de Conway, cuando por fin ha decidido hablar. —, ve a por un 10-38, a la de ya, anormal. — y Gustabo no quiere apartarse de su hermano, porque siente que en cuanto deje de verlo desaparecerá, pero termina por obedecer, dando trompicones hasta el auto, en busca de una de las radios de policía. — Horacio, vas a estar bien, super nena, solo aguanta un poco más, ¿bien? Mírame, no te vayas a dormir.
— Super... — llama, buscándolo con la mirada, pero es que siente el calor en todo el cuerpo, demasiado agradable como para resistirse a él, así que termina por cerrar los ojos, dejando que el calor lo consuma desde aquel lugar en el pecho donde las manos del comisario presionan el latir de su corazón, escucha voces distorsionadas mientras se concentra en escuchar el latir de su corazón en alguna parte de su cuerpo, escucha la voz de Conway, pidiéndole que se quede despierto, la de Volkov murmurando palabras en ruso, y a Gustabo gritando algo sobre números que casi parece recordar.
Y todo parece un vago recuerdo de su vida, desde la época en la que vivió en la calle, desde que Gustabo lo cuidaba, y todo da un salto, mientras pasa por los recuerdos de su primer beso, y el primer piercing, hecho por su hermano, escucha voces de fondo, llamándole "marica", "subnormal", "retrasado", y salta hasta su primer día en Los Santos, como basurero y como buzo, y escucha la risa de Segismundo, a Trujillo y Pablito.
Escucha su propia risa, mezclada con la de su hermano, las canciones en la radio del Z a todo volumen mientras conduce, a Torrente, y a Emilio, tiene el destello de unos ojos azules que buscan los suyos mientras murmura algo sobre no estar listo, un doctor que le sonríe con dulzura mientras le extiende una paleta, la voz de Greco y su risa.
Vuelve en sí con un suspiro, abriendo los ojos de par en par, descubriendo el rostro del ruso apartándose del suyo, y la sangre en sus manos que ha puesto sobre su rostro. — No vuelva a asustarme así, Horacio, por favor. — pide, y aunque trata de sonar severo, la voz suena demasiado ahogada.
— N-no... — alcanza a soltar con el poco aire que siente en los pulmones, que para ese punto ya no son más que dos masas pesadas dentro de su pecho.
Busca con la mirada a Conway, quien es el encargado de cubrirle la herida en el pecho lo descubre allí, sin las gafas oscuras y con la expresión más desesperada que ha visto en su rostro nunca, pero los ojos de Horacio prefieren mirar a la mujer de pie tras él, tiene el cabello de un color que más que rojo parece naranja, y una mirada dulce que lo calma, aún cuando sabe perfectamente quien es.
— Eh, jotito, vámonos ya. — escucha de pronto, descubriendo a Pablito de pie a un par de pasos de él. — Yo sé que le gusta hacerse el mártir, pero se nos hace tarde. — insiste, dándole un toquecito a su pie, los ojos de Horacio se llenan de lágrimas entonces y el mexicano resopla. — Esto se va a resolver mucho más fácil sin usted, jotito, créame.
— No me gusta admitirlo, pero el delincuente tiene razón. — concuerda la voz de Torrente a su lado, inclinado sobre el hombro del ruso. — Buenas, Horacio, pensé haberle dicho que fuera con 10-3.
Y quiere disculparse con ambos, pero no tiene voz, se le ha escapado con el escaso aire que no logra contener, y siente que si habla, la sangre que se le ha acumulado en la boca saldrá a borbotones también.
— Está bien, Horacio — murmura entonces la mujer, con voz angelical, dulce. —, de verdad, puedes venir con nosotros. — continúa, sin dejar la sonrisa apaciguadora de lado. — Ya cuidaste de mi esposo y de mi hijo, ahora yo puedo cuidar de ti... — susurra, y Horacio cree que la mirada que tiene en los ojos azules es exactamente la que debería tener una madre, su madre.
Asiente quedamente, convencido de que ya está, de que eso es todo, está en el final de la línea, sostenido solo por la idea de que quizás debería vivir un poco más, solo un poco.
— Gu... Gustabo... — llama para cuando el rubio ha vuelto a inclinarse hacia él, y tal y como ha temido, la sangre en su boca desborda un poco entre sus labios, pero eso no le impide continuar hablando. — tu... tu mamá... — continúa, encontrando el rostro pintado de blanco a su lado. — Ju-Julia... — susurra, mirando fugazmente a Conway. — es... es... muy linda...
— ¿Cómo? — inquiere el rubio, con el ceño fruncido.
— La... la con-conocí... — continúa, tratando de usar tan poco aire como puede. — y a... Torren... te... — dice, mirando al ruso forzando una sonrisa. — le... le extra... extrañaba...
— No diga eso, Horacio — pide el comisario. —, no diga ese tipo de cosas... se lo prohíbo... — insiste, y el de cresta descubre que tiene la nariz ligeramente roja, al igual que los ojos.
— Sea... — empieza, moviendo la mano hasta ponerla sobre la más pálida. — sea... muy... muy feliz...
— Horacio, se lo advierto — suelta Volkov. —, lo voy a degradar.
Quiere reírse, pero su cuerpo no tiene fuerzas, ni siquiera para sostener la mano sobre la calidez de la piel del ruso, así que la deja caer, mientras se concentra en respirar, pesadamente, el sonido de su corazón contra los tímpanos casi es imposible de encontrar, así que toma todo el aire que puede para poder hablar.
— Pa... papu... — llama, con los ojos cerrados, porque ni siquiera puede mantenerlos abiertos. — sem... semper fi... — asegura, con una sonrisita.
— Cállate, no te estás despidiendo, anormal, has salido de peores, y vas a salir de esta. — asegura, aunque quizás está tratando de convencerse a sí mismo. — Horacio, coño, ¡no te duermas! ¡¿Me oíste?! ¡No te puto duermas! — exclama, y el de cresta asiente quedamente, aunque ni siquiera sabe con exactitud lo que ha dicho, y con las últimas energías de su cuerpo, mira a Gustabo, quien le mira de vuelta, con los ojos azules siendo claros, los ojos de Gustabo, no de Pogo.
— Gracias... — murmura, y mientras los ojos se le cierran, y el latir de su corazón finalmente desaparece de sus tímpanos, les sonríe a los tres hombres allí.
Y se ha despedido, finalmente.
Ha dejado de ser, y se ha despedido, no como Horacio, con H de ser el Héroe de la ciudad, sino como un hermano, un amor y un hijo.
Y Volkov vuelve a presionarle la nariz, aún con el rastro de sangre en las manos, y apoya sus labios juntos, tratando de darle algo más de aire, algo más de tiempo juntos, y lo hace, una vez, y dos y tres.
Pero Horacio ya no es, y ya no está, al menos no por completo.
— Horacio... — llama Volkov, tirando de su cuerpo para acomodarlo sobre su piernas, deslizando los dedos entre las hebras de la despeinada cresta. — Солнце ... бабочка ... вернись ... (Sol... mariposa... vuelve...) — y se inclina, para presionar sus frentes juntas, en un intento de guardar el calor del cuerpo contrario. — Lo siento tanto... ese disparo era para mí, tuvo que haber sido para mí... — continúa, mientras las lágrimas finalmente dejan sus ojos. — Это было взаимно... (Era mutuo...) — susurra, avergonzado. — Это было взаимно, но я не был готов... (era mutuo pero no estaba listo...)
— Esto es culpa suya. — descubre Conway de pronto, aflojando el agarre sobre el pecho de Horacio. — Es culpa suya... — repite, mientras Volkov y Gustabo lo miran, confundidos. — tú lo mataste — dice, mirando al rubio. —, y recibió la bala por ti. — continúa, observando a Volkov. — Mi... mi hijo murió por ustedes dos, es culpa suya.
— Conway, — llama Gustabo, con la voz aún temblando al salir de sus labios, no tenía lágrimas por derramar, Pogo estaba volviendo a llamarle desde lo profundo de su cabeza. — no se ponga violento, ¿eh?
— Podría — admite en voz baja. —, pero no, porque van a llevarse esta muerte a sus espaldas, ambos recordarán siempre que la muerte de Horacio no fue culpa de nadie más que suya. — murmura, mirando sus propias manos, tan demacradas, viejas y manchadas de sangre, con esa tan fresca que se deshace cuando las lágrimas le caen sobre las palmas. — Es culpa suya. — insiste, dejando que las lágrimas le rueden por las mejillas, incapaz de contenerlas para cuando vuelve a ver el rostro de chico, con la sangre resbalando entre sus labios entreabiertos, y manchando toda su ropa, desde aquel agujero en su corazón.
La idea casi lo hace echarse a reír, porque es casi una puta broma, una broma de ese universo tan desalmado que lo odia con cada célula en su infinita existencia.
Casi puede echarse a reír porque asesinaron a Horacio, su hijo, con un agujero en su corazón, en su gran corazón.
Y en realidad cree que no hay otra forma de que su chico se hubiese ido, la única forma era esa, abriendo un agujero en su gran corazón.
Todo terminaría un par de semanas luego, cuando Gustabo, quien había desterrado a Pogo de su mente, finalmente delató los planes de la mafia.
Terminó un par de semanas después, con todo el cuerpo de policía de Los Santos rindiendo homenaje a Horacio, el héroe de la ciudad.
El hermano, el amor y el hijo.

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El cumpleaños de Volkov fue el final perfecto, cómo que hay más rol? no no
Dejo mi segundo dibujo que hice cuando compre mi tablet digital.
Mi lindo Horacio Pérez