Ballet, ¿también para hombres?
Cuando nos dedicamos a leer un poco sobre historia universal, nos damos cuenta de que la mujer ha sido víctima de exclusiones en muchos sentidos. Sin embargo, cuando hablamos del mundo artístico las cosas son un tanto diferentes: en la danza, el discriminado es el hombre.
En pleno siglo XXI, muchos siguen sin aceptar el hecho de que los varones se involucren con la cultura del ballet clásico por el tabú de verlos en licras de baile, tomando en cuenta que este estilo suele distinguirse de otras danzas por el uso de las zapatillas de puntas; sus gráciles, fluidos y precisos movimientos; y sus cualidades etéreas. La ignorancia de algunos conlleva a que su primera reacción sea juzgar y reprochar esta inclinación artística como «deshonrosa para la tradición». ¿Cuántos de ustedes no lo han pensado al menos una vez? ¿De qué «tradición» machista estamos hablando realmente?
Temiendo a lo «no convencional», la sociedad se atribuye el poder de decidir dónde debe estar cada quién, qué debe hacer el hombre y a qué debe dedicarse la mujer, etiquetando a las personas y encerrándolas en una casilla mínima, cuyos límites dependerán de su género. «Si es mujer, que baile; si es hombre, que juegue fútbol».
Si la danza no discrimina, ¿porqué nosotros si?