SOMIN.
– ¿Necesitas ayuda? –preguntó, corriendo hasta donde la muchacha se había caído. Dudaba que la muchacha se hubiese hecho mucho daño, no había sido una caída muy grave, pero de todas formas se preocupó un poco–. Ven, te ayudo –dijo, extendiéndole una de sus manos.
Aceptó la mano de la mayor y le tomó con firmeza, ayudándose de esta para poder reincorporarse en el suelo de un salto. Ahora estaba toda sucia y empapada, pero todavía estaba largando una que otra carcajada avergonzada, y solo cuando logró calmarse fue que pudo dirigirse a la otra. “Muchísimas gracias.” Se pasó las manos por el rostro.
















