No tenía sentido. Nunca lo tuvo.
Pero te quería, y nada fue mejor que cuando se sintió tan real el que me quisieras.
No duró mucho, supongo que puedes culpar a la negatividad que siempre sentía ante ese pensamiento.
No fue lo que esperaba. Espera, en realidad si. En realidad era justo lo que temía y sentía que podía pasar.
Perdón. Lo pido por ti, por mí y por todo lo que han provocado mis sentimientos.
Porque tal vez si yo nunca hubiera llegado a ti las cosas serían tan diferentes, para ambos.
Aún no sé que lección dejarás en mi vida. Y aún no sé porque nunca pudiste ser para mí, pero así pasa. Siempre espero tanto que ahuyento las cosas, tal vez es porque siempre las deseo tanto que parezco forzarlas, porque no sé esperar a que todo fluya, porque me da miedo que no fluya. Que se estanque. Y es siempre lo que pasa.
Curiosamente, la vida aún nos ha hecho coincidir un par de veces más y eso no podría hacerme más feliz y miserable.
Porque te quiero, porque sé que te quiero y supongo que no quiero cambiarlo, porque aún te quiero a ti, a tu sonrisa y a tus miradas misteriosas.
De alguna manera todo lo que siempre quise solo fue conocerte. Solo quería eso, solo quería que nos diéramos la oportunidad de intentarlo, de ver cómo salían las cosas.
El problema fue que no hicimos ni el intento, te rendiste pronto. Tan pronto que así como llegaste un día te fuiste, y no volvió a ser lo mismo desde entonces.
Y yo me pregunto cómo es que tú puedes vivir tan tranquilo, como es que no te afecta que nunca quisimos avanzar.
Rompimos nuestros miedos y luego regresamos a la cueva. Me llenaste de ilusiones y luego tan solo dijiste adiós.
La sinfonía del alma.













