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Por fin había terminado la última clase del día lo que significaba que eran libres, le apetecía poder leer algo o distraer su mente. Sobre todo con aquellas cartas que recibía de un desconocido que lo único que sabía era la inicial con la que firmaba, al final de cuentas se comenzaba a rendir sobre quien era. Se recostó boca abajo en los grandes jardines comenzando a leer cuando escuchó un ronroneo y que pasaba en el espacio que había entre el libro y su rostro, sonrió al ver a la pequeña Molly y la acarició pero se percató que se escondía de las gotas de lluvia. A Natalie no le importaba mojarse por lo que solo la cubrió con la capa. Cuando las gotas se hicieron más grandes se levantó tomando el libro ya todo mojado, por suerte solo le faltaba poco. La lluvia se había soltado y muchos alumnos se habían quedado, otros corrían hacía el castillo. Dio unos pasos al frente dejando que Molly corriera para cubrirse pero una persona justo estaba retrocediendo un paso en donde ella estaba. —¡Cuidado!— gritó para que se percatará y corrió hacía ellos, prefería que estuviera de malas mojada a que la pisaran, la tomó en sus brazos y se quedó acariciándola.
Las clases habían terminado, por fin. Sin embargo, la lluvia no dejó que su humor mejorara, ¿por qué la vida estaba en su contra? ¿Por qué no podía disfrutar de un día sin que se lo jodieran? Gruñendo tomó el libro de pasta dura que llevaba cargando y lo puso sobre su cabeza, ni loco dejaba que se le mojara el cabello, ya se había bañado ésa mañana. Caminó rápidamente por los jardines, ¿por qué se habían decidido por tener una clase al aire libre ése día? ¿Acaso los maestros eran estúpidos? Maldiciendo todo a su paso y empujando a los más pequeños que se cruzaban en su camino, sintió sus pantalones pesarle más y más a medida que caminaba. Genial, ahora tendría que lavar. Roló los ojos, en realidad podría pedirle a Lupin que lo hiciera, él siempre se encargaba de darle el uniforme limpio, pero, no habían quedado en buenos términos desde la pelea. No estaba exagerando, pero aún no hablaban, parecían ser dos completos extraños. El vacío en la boca de su estómago parecía hacerse más grande de tan sólo recordarlo, sólo pensarlo lo hacía perder toda cordura de lo que hacía, por lo que al escuchar un grito, se sobresaltó y paró en sus talones, volviéndose para ver quién le chillaba, ladeando la cabeza al encontrarse con una castaña bastante mojada y un pequeño gato. —Yo que tu me movía de aquí, te va a dar hipotermia.
El comedor yacía repleto de estudiantes hambrientos mientras que Zabrina por otro lado buscaba a Jacob para devolverle algunas notas de un trabajo de Herbología que su hermano había rogado que le diese. Pero ante el plan fallido en búsqueda de su gemelo decidió sentarse a comer algunos bocadillos que se veían apetitosos y la llamaban con susurros engañosos.
— Bien aquí estoy — habló con un pastel de arándanos mientras le daba una mordida saboreando el ácido sabor de la fruta. — Oh no, te recomiendo que no comas eso, hace poco un niño de tercero salió corriendo en dirección a los baños por esa cosa— se refirió al extraño pastelillo que estaba apunto de ser comido por la persona que se hallaba a su lado. Un gracioso se había tomado la molestia de envenenarlo tal vez con un laxante ¿Quien sabía? Mejor era prevenir.
Gruñó para sus adentros, era por eso que detestaba desayunar, todos los estudiantes llegaban a la exacta misma hora y le impedían disfrutar de su comida, odiaba que a mitad de bocado alguien gritase o estudiantes de otras casas lo vieran con desdén, si iban a mirarlo tanto, ¿por qué no mejor tomar una fotografía? Les duraría más a los idiotas. Lo peor del caso, era que sus hermanos seguían dormidos, por lo que estaba solo en sus alimentos, claro que había más de sus amigos, pero todos parecían más inmiscuidos en otros asuntos que en preguntarle qué tal se sentía ésa mañana.
Antes de tomar asiento, los pastelillos de arándano llamaron su atención, y se encontró a sí mismo tomando uno, quitándole el papel de protección que lo cubría para darle un mordisco, más, no estaba ni en su boca cuando alguien lo detuvo, ¿que no lo comiera? Nadie le decía qué hacer, el era Sirius Black. Si quería comerse una gallina viva, lo haría. —Relájate. —Le dijo a la rubia que probablemente sólo intentaba ayudar. Un pedazo fue masticado y saboreado antes de otro, y otro. Pocos segundos después el pastelillo estaba desaparecido y él se veía feliz con su trabajo. —¿Lo ves? Nada de qué preocuparse.
El dolor de cabeza era insoportable y las animadas conversaciones a su alrededor no ayudaban en lo absoluto. Al despertar se había encontrado con aquel dolor insoportable, pero creyó que se iría en cuestión de minutos (le daba como máximo media hora)–. ¿Podrías bajar el volumen, por favor? –dijo en una especie de gruñido a la persona que se encontraba a su lado, hablando animadamente con quien fuese que estuviera soportando su voz.
Sirius hablaba animadamente con el chico de al lado acerca de la fiesta, era sorprendente que sí se hubiese divertido, aún cuando sus mejores amigos no se habían aparecido, no les reclamaba, de hecho lo comprendía, con los papás de James hospitalizados y las cosas tensas entre los cuatro, quizá un tiempo separados era lo mejor. Por su parte le había sido lo más fácil salir a recobrar espíritu en lugar de quedarse en la habitación, el mantenerse estático lo deprimía aún más. El joven Ravenclaw le estaba relatando cómo una pelea de comida se había ocasionado después de la medianoche cuando de pronto alguien gruñó en su dirección. Volviéndose con la ceja enarcada, miró a la castaña con curiosidad. —¿Qué? ¿Tienes la regla? Ni siquiera estamos hablando tan fuerte.
Hufflepuff estaba a cargo de la pista de baile durante la fiesta de ese año, así que era prácticamente su obligación animar a la gente que ya estaba ahí. No tenía idea de dónde se habían metido Gideon y Ted, así que tendría que hacer el trabajo él sólo. De un salto, subió a una de las mesas de la sala común, que ahora estaba pegada a la pared, dejando espacio para que pudieran entrar — ¡Oye tú! — Gritó, al ver que había gente en la entrada — ¿Te vas a quedar ahí o vas a venir a bailar? — Preguntó, señalando la pista de baila con sus brazos.
Iba apenas entrando a la sala común de los tejones cuando fue prácticamente atacado por Jacob Davies, muchas de las chicas que iban detrás de él gritaron al verlo frente a todos con una energía que más bien daba miedo, pero él se limitó a mirarle rolando los ojos. En otras ocasiones hubiese dicho algo sarcástico o que a más de uno le hubiese parecido inapropiado, pero estaba de buen humor y quería bailar hasta que no tuviera pompas, así que saltó de igual modo, le gritó al joven y lo tomó de los hombros. —¡Sí, perra! ¡Vamos a bailar!

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Frank sabía bailar, su madre le había enseñado y según lo que ella decía era bastante bueno. Sin embargo, por excelente que sus habilidades en la pista de baile fueran el joven no tenía animo de estar ahí por lo que decidió que aunque era una fiesta lo mejor sería quedarse en su propia sala común. El gryffindor estaba sentado en uno de los sillones mientras le daba un sorbo a su cerveza de mantequilla. Tal vez luego podría ir por algo de comer a la sala de Ravenclaw o incluso tal vez acercarse a la sala de Slytherin. Sinceramente nada de esto le agradaba o no podía lograr agradarle ya que estaba preocupado en el resultado de sus T.I.M.O.S y estaba seguro de que su rostro mostraba eso con claridad. Dio nuevamente un pequeño sorbo a la cerveza y sus ojos se clavaron en la chimenea mientras pensaba en que podía hacer si no lograba entrar a la escuela para Aurores. Podía aplicar para ser profesor de Herbología pero después de lo que le hicieron esos diablillos de primero sus ganas de dedicarse a eso habían disminuido.
Sirius se miró una última vez al espejo, lo único nuevo en su conjunto era la corbata que el señor Potter le había regalado, pero aparte de eso, su pantalón negro y camisa blanca lo hacían ver como todos los días, aún así, se aseguró de peinar su cabello y sonreír, ¿se veía bien? No, ése adjetivo quedaba corto, se veía fantástico. Salió de su habitación, dejándole una nota sus amigos de que lo alcanzasen en los jardines, todos juntos podrían ir a bailar o a comer algo, no le apetecía estar sin ellos, no después de las terribles semanas que habían pasado, parecía que estar feliz ahora no era más que una simple ilusión. Suspiró mientras caminaba, gente iba y venía por los pasillos, pero lo que más le llamó la atención fue ver a Longbottom sentado con una cerveza en mano. ¿No planeaba hacer nada más? Alzó la ceja, un plan malévolo viniendo a su mente.
Se acercó al chico sigilosamente y esperó tras el sillón en el que estaba sentado hasta que su compañero le diese un sorbo más a su cerveza. Cuando fue así, saltó frente a él emitiendo un grito gutural que espantó a más de uno. —¡No seas marica y ponte a hacer algo!
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Esto era justamente lo que necesitaba, una fiesta, una noche en la que olvidara todo lo que había pasado y beber alcohol. Aun les agradecía a sus hermanos por haberle enviando nuevamente de regalo una caja llena de bebidas alcohólicas (de sus favoritas) y así no tenía que ir hasta la torre de Gryffindor por bebidas.
No tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado desde que la fiesta inicio, ni cuanto había bebido pero suponía que debía de ser bastante para que ella se encontrara bailando en medio de dos muchachos (los cuales no recordaba su nombre) con una botella en la mano al ritmo de una canción desconocida.
Lo único de lo que era consiente era de lo mucho que se estaba divirtiendo.
Menos mal los imbéciles de Hogwarts habían decidido hacer una fiesta, ya estaba harto de sentirse mal, de levantarse en las mañanas sintiéndose miserable, no era él, era alguien completamente distinto que estaba dispuesto a enterrar. Sirius Black no iba por los pasillos lloriqueando como alma en pena, no. Sirius Black iba por los pasillos con la cabeza en alto y dos o tres chicas en sus brazos. La visita a los señores Potter le había dejado más tranquilo, los había visto y ellos les habían asegurado tanto a su hermano como a él que estaban bien y no necesitaban que se preocupasen, algo que sí le daba una pizca de sobreprotección, pues eran sus padres y nunca podría no preocuparse, pero había prometido se divertiría y ellos habían dicho que para las vacaciones estarían como nuevos.
Había pasado primero a comer algo, James se había quedado platicando con Lily acerca de sus estupideces y él se había visto obligado a salirse para no vomitar debido a la miel que su mejor amigo derramaba. Pft. No pensaba pasarse por la sala de Slytherin, no estaba loco. Así que su siguiente paso lógico, fue ir a bailar. Podría conseguirse a alguien de quinto. Las apenas legales eran las mejores.
Mientras estaba en la pista, vio cómo dos figuras se encimaban sobre quien identificó como Lucy Karoonda. —Hey, hey. Pene pequeño. —Le dijo a uno de los chicos que al verlo se hizo hacia atrás. —Bien, yo también quiero bailar.
Let all out || Andrómeda & Sirius.
{ canut0s }
Aquel momento con su hermana la estaba haciendo colapsar, aunque lo cierto era que había estado colapsando ya desde hace semanas, desde antes incluso de ese altercado con Bellatrix del que ya había pasado un mes. Y lo que la estaba haciendo llorar era todo aquello, todo lo ocurrido alguna vez en relación a lo distinta que era de su familia, más los recientes acontecimientos que ahora se habían manifestado a través de ese encuentro con Narcissa, en el que su hermana menor y además la más cercana, con suerte le había dirigido la palabra. Y lo que era peor, la había mirado como si fuera una extraña. Eso, a pesar de no ser quizás lo más fuerte que había ocurrido en el pasado mes, se sintió como lo más fuerte para ella.
Se encerró en su habitación (en la que agradeció no encontrar a sus compañeras) por unos minutos y lloró, lloró como había hecho muchas otras veces por todo lo que estaba pasando últimamente, que le tenía la cabeza y los sentimientos hechos un desastre. Y cuando comenzaba a calmarse, se dio cuenta de que en ese tiempo no había hablado con nadie al respecto. Andrómeda siempre callaba sus problemas, porque les quitaba importancia, pero el estarse callando todo esto le estaba haciendo cada vez peor. Pero ¿con quién hablarlo? No estaba segura que alguien fuera a entender todo lo que tenía dentro actualmente. Y entonces pensó en una persona: Sirius. Era cierto, las situaciones eran distintas: su primo odiaba a su familia, mientras ella en realidad los quería muchísimo, y además él era mucho más valiente al atreverse a enfrentar todo aquello, mientras ella… ella seguía esperando que un milagro pasara y las cosas dejaran de ser como eran. Sin embargo, le tenía confianza y sabía que él podría entender. Después de todo, eran familia. Le escribió una nota que envió casi de inmediato, pidiéndole que se juntaran en un pasillo que solía estar casi siempre vacío. No recibió una respuesta, pero esperaba que lo hubiera recibido y no tuviese inconveniente en ir.
Después de ya haberse calmado por completo, pero aún ofreciendo un aspecto terrible luego de aquello, salió de su habitación y comenzó a caminar por los pasillos, rumbo hacia el cuál le había escrito que se juntaran. A pesar de ir a paso lento, no tardó mucho en llegar al pasillo que se encontraba desierto. Se sentó en el suelo a esperar, hasta que luego de un rato escuchó unos pasos. Alzó la vista, esperando que fuera su primo.
Sirius debía admitirlo, no había sido su mejor semana, no había sido su mejor jodido mes, si era honesto. Había ocurrido la pelea con sus hermanos, en la cual Remus había dicho que no importaba estuviesen juntos o no, terminarían muertos. Le había pegado de tal forma que estaba seguro le quedarían los moretones y las secuelas por años, ahora que lo veía más calmado, se arrepentía de haberlo tratado de ése modo, de haberlo humillado frente a los Merodeadores, pero en aquél momento lo único en lo que que había pensado había sido la ira y la decepción que le provocaban tales palabras. Siempre había estado convencido que sus amigos serían la única familia que tendría por el resto de sus días, después de que sus propios padres lo hubiesen negado, ellos serían su soporte, cuánto había sido su dolor cuando Lunático pronunció aquellas palabras, había llorado ése día. Había llorado abrazado por James, quien le decía que todo estaría bien. E intentó creerle. Lo intentó.
Pero entonces, días después ocurrió lo de los señores Potter, y todo se derrumbó. Parecía que el Universo estaba conspirando para hacerlo sentir miserable. Los que consideraba sus papás estaban enfermos y él no podía hacer nada, no podía llegar a San Mungo y arrancarles la enfermedad, ojalá fuese tan sencillo. No lo era. Se había decidido perderse del paseo de Hogsmeade por ir a visitarlos, pero seguía preparándose mentalmente para lo que vería. ¿Podría soportarlo? ¿Podría verlos ser infelices y él quedarse de brazos cruzados? ¿Qué tal si el personal los trataba mal y él no podía controlarse y terminaba gritando a diestra y siniestra? Menos mal, Cornamenta iría con él, menos mal le sostendría la mano y lo haría sentir bien. Al menos, un poco.
Estaba pensando cómo iba a hacerle, cuando una nota llegó a él. Su prima, la única que valía la pena en el árbol de manzanas podridas de los Black. Se escuchaba urgente, quería verlo y él o se negaría. Sin siquiera escribir respuesta, se levantó de la cama y dejó una nota a sus amigos que seguramente estaban por ahí y regresarían a la habitación tarde o temprano.
“Mierda familiar, si no me encuentran aquí antes de medianoche es porque me mandaron a Azkaban por matar a alguien.”
Lo decía muy en serio. Ni siquiera era broma. Caminó con paso veloz a donde se suponía ambos se encontrarían, y al divisar una figura sentada en el pasillo, se acercó, la castaña lo miró y de inmediato notó las ojeras y la nariz roja. Suspiró. —Te ves terrible. ¿A quién debo partirle la mandíbula?
¡Hey Lupin! Estaba hablando de esto con los chicos, y creo que es más que normal el preguntarte, ¿a qué animal crees que me parezco? Todos quedamos de acuerdo en que debías decidir tú, por razones de sentimentalismo, para... El asunto, ya sabes. Por favor respóndeme cuanto antes. Iré a ver si puedo ver bajo la falda de Jones hoy. ( Sirius. )
Sirius,
¿Entonces… están seguros de que funcionara?
Está bien, escuché que alguna vez James mencionó que tenías la personalidad y el carisma de un perro. Además, te gusta estar en muchos sitios (algunos en los cuales no deberías, claro), así que creo que esa sería una buena opción. ¿Tú qué piensas?
Sirius, no hagas eso.
Remus.
Remus:
Claro que funcionará. Soy yo. Ten confianza en mis habilidades.
Por cierto, ¡un perro no suena nada mal! Puede ser un perro negro, y que se vea pulgoso, creo que en serio denotaría mi personalidad. Y, por cierto, no me digas que hacer. Quizá hoy tenga suerte y pueda llegar a segunda base con Gwenog.
( Sirius. )
Llevaba consigo una nota de la clase anterior. Castigado. Otra vez. ¡Y en los primeros días! Debería considerarlo un récord personal. Honestamente, a estas alturas ni siquiera le afectaba que lo castigaran mil años. Siempre y cuando no se metieran con su adorado quidditch, todo estaba bien. Además nunca estaba solo en esto, Sirius se había llevado un castigo unos minutos después que intentara defenderlo. Se le ocurría que podían hallar la manera de cumplirlo rápido y recorrer el castillo en la noche.
Antes de que la siguiente clase comenzara tomó asiento donde normalmente lo hacía, girándose para poder ver al resto de los merodeadores con facilidad. Entonces escuchó un comentario que le daba pena por la persona que lo dijo. ¡Pobrecita persona! Debía ser duro vivir sin una genialidad como la suya. – ¿Porqué no te haces un favor y cierras la boca? – espetó – Así nos ahorras el suplicio de escuchar tus idioteces.
Un castigo, eran los primeros días y ya tenía un castigo. Quizá podría empezar una colección ése año, ¿cuántas veces lo mandarían a detención junto con su hermano? Sin duda debían contarlas todas y ponerlas en la pared, podrían romper un nuevo récord y ser recordados como los dos fantásticos que sacaron más de quicio a los maestros que cualquier otro. Un título que no le sonaba nada mal. Había tomado asiento en una de las bancas de atrás, un Ravenclaw a su lado, Remus y Peter en la mesa contraria. Lo malo era que James había llegado tarde y le había tocado en uno de los lugares de en frente, a la vista de todos, ugh. No soportaría una clase sin él, ¿quién se reiría de las notas mágicas que escribía durante la lectura? El más alto se volvió durante unos segundos para verle, y le sonrió. Pero su contacto visual fue terminado por un imbécil pavoneándose.
Ay, no.
Nadie (que no fuera él), se metía con su hombre.
A paso veloz, llegó hasta el lugar de su mejor amigo, y enredó uno de sus brazos por el hombro del contrario. —Quítate, ¿no? —Le dijo al Slytherin que no paraba de hablar acerca de... Quién sabía, una estupidez. —Me voy a besar con mi novio.

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@sam ;
“Tengo algo muy importante qué decir: ESTÚPIDO SIRIUS BLACK Y SU ESTÚPIDA CARA DE PERRO, MALDITO PULGOSO, CÓMO TE ODIO.”
Yo también, yo también. Tú y yo.
003.
Luego de que la clase con Kletteburn finalizara, la pelirroja se había dirigido hacia la cabaña del guardabosques, donde estuvo largo tiempo conversando hasta que el primer trueno se hizo escuchar, presagiando una tormenta. Lily se despidió, pero apenas alcanzó el Círculo de Piedra cuando las gotas comenzaron a caer, ocasionando que un resoplido abandone sus labios, mientras intentaba retirar aquellos mejores rojizos que se pegaban a su piel. Esa zona de Escocia siempre había estado nublado, y las nubes habían amenazado con su presencia desde temprano en la mañana. Una vez consiguió llegar al castillo, procuró que nadie más tuviera intenciones de salir, antes de ocuparse por ella misma. Su uniforme estaba húmedo, y su larga melena caía lisa sobre sus hombros y espalda. Necesitaba una ducha o se terminaría resfriando—. Lo siento, no puedes salir. Afuera está diluviando y dudo que a los profesores les agrade que sus alumnos enfermen —comunicó a la persona que se acercó, percatándose de aquellos pies que aparecieron en su plano de visión, aun sin levantar su mirada. Y pensar que podría haber evitado esa situación, no obstante, Evans no se arrepentía de su visita.
Había comenzado a llover justo después de que hubiera intentado robar las hojas de mandrágora (con resultados deplorables), pft, ahora no sólo terminaría empapado, pero sin lo que había salido a buscar en primer lugar, qué terrible suerte. ¿O acaso sería buena? No se había bañado ése día, y si se apresuraba a llegar a los patios podría ver al equipo de Quidditch practicar, lo cual significaba una muy mojada Gwenog Jones. Una vista que no pensaba perderse por nada del mundo. Sonriendo debido a ésta nueva imagen mental, corrió por los pasillos, casi cayéndose más de una vez por lo resbaloso del suelo. Iba sin demora cuando una voz le distrajo, una voz bien conocida. Ah, la pelirroja, quien le robaba el sueño a su hombre. No haría mal molestarle un poco antes de huir. —¡Eh, Evans! —Gritó, llegando a su lado. —Estoy casi seguro que la Sala Común de Gryffindor está bastante acogedora en éste momento. ¿Por qué no vas? Quizá te encuentres a James y puedan darse calor corporal. —Le pegó un suave codazo antes de comenzar a correr, y al estar lo suficientemente alejado, gritó con una sonrisa burlona. —¡James y Lily sentados en un árbol, be-sán-do-se. De lengüita y de succión!
Dorcas no era la misma chica que abandonó cuarto año. Después de una sincera conversación con ella misma, la joven de orbes azuladas y cabello ondeante y castaño había decidido dejar a un lado a la chica violenta y agresiva que trataba a la mayoría con la punta del pie. ¿Por qué? Tal vez madurez, tal vez cansancio. Simplemente no le veía el sentido a la voz golpeada y los siseos que acompañaban su hablar. Claro, obviamente, no se trataba de ingenuidad, toda inocencia se le había sido arrebatada de manera dura y mortal. Ninguna niña habitaba su interior.
Con esa nueva y relajada actitud, la cual agradecían sus amigas, Meadowes mordía su labio inferior. Leía en silencio un libro necesario para su próximo ensayo, más su mente pertenecía a otras situaciones. Desde la primera vez que puso un pie en el castillo, hace tres días, todo lo que escuchaba eran murmullos miedosos sobre los T.I.M.O.S. Los malditos T.I.M.O.S. Los jodidos T.I.M.O.S. Los… Los T.I.M.O.S. Dorcas ya había tenido suficiente de las conversaciones inundadas de temblores y ansiedad compartidas por el noventa por ciento de sus compañeros. Faltaban muchos meses y ya estaban orinando su ropa interior, bah. A ella no podía importarle menos, ya se angustiaría cuando llegara el momento. ¿De qué servía temer meses antes por algo que pasaría después? De nada. Pasó la hoja, molesta, y cuando notó que alguien arrastraba la silla con intenciones de sentarse en frente de ella, gruñó: — Si vas a hablar de los malditos T.I.M.O.S., largarte —amenazó en dirección a la desconocida presencia. Ni si quiera le dirigió una mirada, estaba harta del mismo tema.
¿Cómo demonios iba a hacerle para conseguir hojas de mandrágora? Había leído que debía mantenerlas en su boca por una semana si pensaba convertirse en animago, (ilegal, como el resto de sus amigos. Todo era para ser solidarios con Remus, honestamente, no lo dejarían solo en un mal momento, ellos estarían juntos siempre, fuese como perros o como gatos. Diablos, como gusanos si querían.) la cuestión era cómo ingeniárselas para robarlas, y peor aún, cómo hacer para no escupirlas. Su fuerza de voluntad era enorme, pero acababan de regresar a clases, y todos se darían cuenta de lo poco característico que sería si no dijese algo durante todo el día. Se mordió la lengua, ¿cómo la harían? No sabía, tendría que discutirlo con el resto de sus amigos una vez que se reuniesen en la sala común después de su estupidez del examen de T.I.M.O.S. Faltaban meses para que ocurriese, ¿por qué no se relajaban las primeras semanas y después se ponían a llorar acerca de ello? Le estaban dando un dolor de jaqueca terrible. Nadie paraba de hablar de ello.
¿A quién le importaba, en serio? A él no.
Una materia más, una materia menos. No era para comerse las uñas hasta la cutícula.
En una mesa cercana divisó a Dorcas, al menos con ella podría hablar hasta que sus hermanos llegasen, ¿dónde se habrían metido? Jaló una de las sillas, carraspeando, pero antes de que pudiese decir cualquier cosa, ésta habló. Pft, a él poco le interesaba. Ojalá pudiese leer sus pensamientos. —Ay cálmate. Vengo a hablar de lo buena que se puso Gwenog en el verano. ¿Ya la viste?
— ¡Carajo! ¿Estás bien Sirius? —le pregunto a su compañero al ver que se trataba de él, tambien iba corriendo en su misma dirección con un libro en la mano lo que era demasiado extraño porque frunció el ceño y al escuchar sus palabras lo miro con más atención. — ¿Tambien va a la enfermería? — pregunto mientras empezaba a correr nuevamente a su lado.
Un poco carente de aliento, se volvió hacia Fabian sin dejar de emprender paso hacia la enfermería. Asintió. —¿A dónde más? Me enteré de lo que ocurrió, Glenda me escribió y me dijo que lo de tu hermano. Para que Gideon esté allí, seguramente pasó algo terrible. Digo, esperemos y no. Pero, ya me entiendes. —Sin duda las palabras no eran su potencial. Ahora la prioridad era dejar de hablar y correr para asegurarse que el revoltoso de los Prewett estuviese sano y salvo, algo en su espina dorsal le decía que no era así, pero para qué preocuparse antes de tiempo.

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Intentó devolver la sonrisa, pero él nunca había sido fuerte como Sirius, capaz de sonreír aun cuando todo se desmoronaba alrededor de ellos. Fue más una mueca, una que decía “al menos lo intenté”. Encontrar a Sirius allí lo hacía sentir mejor, no tendría que enviarla solo. No tendrían que enviarla solos; ese sobre debía ser para la misma pareja. —Canuto, no yo es… —un escalofrío desminitió sus inconclusas palabras. Aceptó la chaqueta, agradeciendo el amable gesto de su otro hermano—. Gracias —si se miraba al espejo, encontraría una imagen divertida, dado que la chaqueta no le quedaba del todo bien. Sirius era más alto que él—. ¿Qué es eso? —Llevó su propia carta ante sus ojos, todavía preguntándose cómo todo podía nublarse tan rápido. ¡Si ayer estaban con camisetas divertidas! Y hoy… Hoy sentía que los tres terminarían quebrándose. Para ninguno de ellos era indiferente el estado de los Potter—. ¿Sabes Sirius? Deberíamos entrar… —soltó un largo suspiro y rascó su mejilla, como hacía cuando estaba algo nervioso.
—Tsk, tsk. —Chasqueó con la lengua, ignorando las quejas del más pequeño, claro que diría que no había problema, aún así enredó su abrigo entre los hombros del otro y se separó orgulloso de su trabajo, no dejaría que se enfermase por una tonta ventisca, la culpa recaería sobre sus hombros; como la Navidad pasada en la que se habían salido sin chamarras a pelear en la nieve y Peter había terminado en cama con fiebre y un espantoso resfriado, Remus le había gritado por casi una hora acerca de lo irresponsable que había sido. Le causaba gracia, pero no estaba dispuesto a escuchar a su otro amigo quejarse en ése preciso instante. Su mirada bajó a la carta que sostenía en el pecho, suspiró. —Para los señores Potter, en San Mungo. Quiero saber si puedo ir a visitarlos con James éste fin de semana que es la salida a Hogsmeade. Dumbledore nos dará la autorización si ellos están de acuerdo. Carajo, ¿crees que puedan firmar papeles? Espero que sí. —Se limpió la nariz helada con la mano contraria y asintió. —Sí, sin duda deberíamos entrar. Después de ti. —Dijo, cediéndole el paso a Colagusano. Entraría una vez que él estuviese sano y salvo.
@ the queer squad:
cornamnta ha dicho: OYE NO (ノಠ益ಠ)ノ彡┻━┻.
OYE SÍ (ノ◕ヮ◕)ノ*:・゚✧