Memoria
Apichatpong Weerasethakul, 2021
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ella no puede dormir, no puede, la persigue una piedra que cae y suena, redonda, vaya uno a saber dónde. ella no lo sabe y nosotros tampoco. o no sé si en algún momento se llega a saber con algún tipo de certeza, porque me dormí. me iba durmiendo y tengo pedazos de película perdidos que no sé cuáles son ni cuánto duran pero que, al despertar, intentaba recobrar para hacer sentido de lo que estaba viendo sin los fragmentos que no había visto. mi propia memoria no tiene continuidad y salta de ella escuchando una banda, a ella escuchando el río, y a ella escuchando a un hombre que recuerda demasiado y que resulta ser, creo, si mi memoria no falla, la fuente del sonido redondo que no sé de dónde lo recordará él. si lo escuché en sueños, lo olvidé. pero qué importa el raccord si esos pedacitos perdidos hicieron que la experiencia fuera hipnótica. lo que sí recuerdo bien es a ella pidiéndole a él que duerma mientras ella está despierta. y él se duerme en la tierra fresca así sin más.
pero ella no puede dormir, y en ese momento nosotros hacemos de contrapunto, durmiendo de a ratitos todo lo que ella no puede. así como ella recuerda el sonido que viene de adentro de otro y llora como si viniese de adentro de ella misma, nosotros dormimos por ella y para ella. contenemos la memoria de su sueño o algo así. «tal vez sea por esto / que pensar en un hombre / se parece a salvarlo», diría juarroz.
tal vez la película nos sostiene mientras dormimos. nos piensa. nos calma. nos hipnotiza porque la miramos o tratamos de mirar con los ojos bien abiertos y, entretanto, la memoria y el cine nos salvan.











